De vuelta a la “Salamandra”

Guillermo Sheridan

 

Para mi amigo Haroldo Dies

 

Agradezco mucho el regalo que nos ha hecho Fernando Fernández del soneto de Gerardo Deniz sobre el poema “Salamandra”, escrito entre 1959 y 1960 por Octavio Paz (11:323), así como la transcripción de la charla que sostuvieron sobre el tema.

 

Es interesante que Juan Almela (el hombre detrás del poeta “Gerardo Deniz”) arraigue la frase/verso “calorífero de combustión lenta” en el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), de donde piensa que habrá sido trasladado a otro diccionario del que Paz lo habría extraído para su curioso poema. Me intriga que Juan —maestro superior de la palabra recóndita y del léxico ramificado, amén de políglota perito— no llevara su curiosidad a Francia, donde la compañía fabricante de estufas Société Chaboche inventó en 1889 la poêle à combustion lente y la registró con el nombre comercial Salamandre, de donde se contagiaría al mundo hispanoparlante.

 

Un anuncio de la Salamandre de la Société Chaboche (ca. 1955)

 

Otra cosa interesante es el reparo que hace Juan a su vecino del Parnaso por referirse a la Salamandra como un lagarto. Y claro, tiene razón, si bien es una razón moderna toda vez que fue sólo en el XIX que ascendió a batracio, y alejada un tanto así de enorme sedimento mitográfico y legendario de esa creatura que, desde Plinio, se definía “como un lagarto”, es decir, como un reptil.

 

Aprecio cierta impaciencia de Juan para ir a corregirle a Paz lo que —todo parece indicarlo así— consideró un error. Y no que no los cometiese, sino que Juan careció de paciencia para apercibirse de que el poema es un collage verbal de imágenes, libros, diccionarios y enciclopedias de variado nivel y nacionalidad. Por ejemplo, el tomo XXIX de la Ecyclopédie de Diderot y D’Alembert (1780) describe a la salamandre —¡en seis nutridas páginas a doble columna! (723 y ss. facsimilar en línea)— como un reptile assez semblable au lésard y, más tarde, como un

espece de lésard qui a le dos arrondi, le col long, la langue terminee en pointe de dard.

 

Cuánto me habría gustado platicar de todo esto con Juan, cuando iba a veces en la mañana a asolearse al jardín de la Fundación. Habría sido formidable escuchar argumentos que, no por conjeturables, dejarían de ser exactos y enriquecedores, tanto como el pequeño comentario sobre “Salamandra” que apareció en su libro De marras. Prosa reunida (2016) con una presentación de Fernando Fernández, y que reproducimos en esta vecindad.

 

 

El amor a la salamandra

 

En mi libro Los idilios salvajes ya narré el origen del poema de Paz. En agosto de 1959, registra en una carta a su amante, Bona de Pisis, la primera referencia al anfibio que comenzaba a figurar en sus cuadros: “salamandra: creación de un estado diamantino, de una transparencia que nos encierre.” La salamandra es el animal talismán que representa a Bona y a la pasión que Paz tenía con esa mujer que también “vive en el fuego y consume fuego”.

 

En la carta, le explica sumariamente que la salamandra es un símbolo de “purificación”, sobre el que se extiende en la explicación de otro poema que, me parece, es “Apremio” (11:304), recogido también en Salamandra:

Escribí un “poema negro” contra el tiempo; pensé que así me purificaba. Hay que quemar la mente, la inteligencia, lo que llaman psicología: así no tendremos sino cuerpo —inocencia— y alma (no estoy contra el alma, que es casta y primitiva, sino contra la degeneración del espíritu: el yo, la mente, la conciencia). Purificación=salamandra… ¿no es ese el significado de tus cuadros?

 

La respuesta se la da Paz a sí mismo en el poema que, casi un año más tarde, le envía a José Bianco para la revista Sur.

 

Continúo con lo que escribí en Los idilios salvajes (pp. 425-432): Paz y Bona se mudan en diciembre de 1961 a un departamento cerca del Pont Mirabeau en el que —azar objetivo— había una estufa marca Salamandre. Por ella, Bona habrá evocado una escena que luego incorporó a sus evocaciones de infancia:[1] está en su casa infantil en Formigine, cerca de Módena, en el jardín. Un jardinero perverso llamado Angiolino suele asediar a la niña y toquetearla; ella, atrapada por el miedo y la sorpresa, pero también con un adarme de curiosidad, no sabe cómo reaccionar. Un día, Angiolino la conduce a su troje. La niña mira ahí “enormes salamandras verdes y amarillas que corren por los muros, y sapos color de barro que saltan por todas partes”.

 

Angiolino, que disfruta el terror que los batracios le provocan a la niña, “de pronto atrapó una salamandra y con la otra mano, mojada de tierra húmeda, asió uno de mis muslos y me obligó a elevar la pierna.” Ella se defendió y logró zafarse (que es la escena a la que se refiere el poema de Paz en los versos sobre la “muchacha de medias moradas/ corriendo despeinada por el bosque”).

 

La estufa Salamandre convoca a la salamandra fálica que Paz “purificará” con su poema.[2] En él, todo el poder simbólico de la salamandra se condensa en Bona que, además, de un modo casi imperceptible, no sólo es destinataria del poema, sino su soslayada protagonista. Hay estrofas en las que su identificación con la estufa Salamandre es evidente, como

 

Salamandra
……………niña dinamitera
en el pecho azul y negro del hierro
estallas como un sol
te abres como una herida
hablas como una fuente,

 

pero también hay dos paréntesis que son mensajes en clave, sendas irrupciones de la biografía. Uno de ellos cierra una letanía de atributos:

 

…………………Salamandra
dardo solar
………….lámpara de la luna
columna del mediodía
nombre de mujer
balanza de la noche
(El infinito peso de la luz
un adarme de sombra en tus pestañas)

 

La salamandra es un blasón, la criatura heráldica que preside y representa la “casa” Paz-Pisis. Claro que la simbología que ha generado ese animal oxímoron, viva metáfora integral, es inabarcable. El poema mismo de Paz es una suerte de extensa definición enciclopédica que va agotando acepciones, saltando de la simbología tradicional a la zoología y la alquimia, y de ahí a la salamandra como luz de la ciudad moderna para luego volverse mito prehispánico.[3]

 

Un estudio a fondo del poema rebasa la intención de este comentario, pero no quiero dejar de enfatizar su compleja energía erótica. Es un poema curioso en la obra de Paz, en esos días en que le daba por parodiar enciclopedias.[4] Tenazmente anfibio y obstinadamente adverso a la grandilocuencia castellana, el poema es a la vez lúdico y “científico”, erótico e irónico, el equivalente verbal del endriago desde su primera estrofa:

 

Salamandra
……………(negra
armadura viste el fuego)
calorífero de combustión lenta
entre las fauces de la chimenea
-o mármol o ladrillo-
……………………..tortuga estática
o agazapado guerrero japonés
y una u otro
…………….-el martirio es reposo-
impasible en la tortura

 

La primera acepción que elige Paz es la salamandre, el artilugio casero que los diccionarios franceses definen como “estufa de combustión lenta puesta en, o frente, a una chimenea”. El mueble, es cierto, se asemeja a una tortuga y a un compacto samurai, lo que es gracioso, aunque deja de serlo en el sentido del poema: el amante lleno de fuego es su propio combustible, como un mártir en la hoguera.

 

La salamandra como alegoría del amante fogoso es obviamente común, como en los versos de Gautier sobre Don Juan:

 

J’ai brûlé plus d’un coeur don’t j’ai foulé la cendre,
Mais je restai toujours, comme la salamandre,
                  Froid au milieu du feu.[5]

 

La asociación del amor con el fuego, y de los amantes con la salamandra, que no sólo sobreviven sus llamas sino viven de ellas, tiene una larga tradición: es el vanidoso Nutrisco et extinguo de la salamandra real.[6]  “Amante sin reposo”, un madrigal de Quevedo, le agrega, como hace Paz, el factor estoico:

 

Está el ave en el aire con sosiego,
en la agua el pez, la salamandra en fuego,
y el hombre, en cuyo ser todo se encierra,
está en la sola tierra.
Yo solo, que nací para tormentos,
estoy en todos estos elementos.
La boca tengo en aire suspirando,
el cuerpo en tierra está peregrinando,
los ojos tengo en agua noche y día,
y en fuego el corazón y el alma mía.[7]

 

Viva criatura entre los surrealistas (como Michel Leiris) por su prestigio alquímico y su poderío simbólico, además de por su carácter contradictorio y contrahecho, paréntesis entre la vida y la muerte, el batracio tiene para Paz un antecedente inmediato en un gran poema de otro surrealista reticente, su amigo Yves Bonnefoy, para quien la salamandra es la imagen viva de la pureza:

 

La salamandre surprise s’immobilise
Et feint la mort.
Tel est le premier pas de la conscience dans les pierres,
Le mythe le plus pur,
Un grand feu traversé, qui est esprit.[8]

 

Aunque si Bonnefoy dice que la salamandra es “mi cómplice y mi pensamiento, alegoría de todo lo que es puro”, Paz toma una actitud distinta: más que “lo puro”, su salamandra alegoriza el ánimo de la purificación, su creencia profunda en el poder purificador del amor. El sentido del amor, de hecho, consistiría en recorrer el fuego del amor-pasión como salamandra (tal la canción de Petrarca: Di mia morte mi pasco et vivo in fiamme,/ stranio cibo et mirabil salamandra![9]), es decir, de sobrevivir al fuego para arribar a un estadio amoroso superior. El poema de Paz recorre todas las asociaciones de la salamandra en el “pensamiento tradicional”, por ejemplo, los versos “nombre antiguo del fuego/ y antídoto antiguo contra el fuego”, que inician la segunda estrofa, remiten a la fraternidad profunda entre la salamandra y la piedra filosofal: “el principio ígneo que conquista al fuego”.[10]

 

La polivalente salamandra que va del aire al fuego y a la piedra y al agua no simboliza la transformación: es la transformación. Es la forma animal del mercurio; una forma viva del enigma. Junto a la salamandra como símbolo de la renovación psíquica, otras estrofas o palabras remiten a aspectos inusitados: Paz confecciona dos juegos de palabras —o como él las llama, dos “palabras-injertos”—[11] para abarcarla más: salamandria[12] subraya su carácter andrógino de amor platónico consumado; Salamadre / Aguamadre denota su potencia creadora femenina. Se identifica así con la energía genitora de Ceres y el espíritu de sobrevivencia de Perséfone (“enterrada semilla/ grano de energía”; “granada que se abre cada noche”), lo mismo que —dada su peculiar forma de practicar la maternidad— con las Madres fáusticas: es sangre vestida de batracio, “condensación de la sangre/ sublimación de la sangre/ evaporación de la sangre”; es la “reina escarlata”; un “caldo nutricio” de sangre, la dadora de vida que recuerda que “no comienza la vida sin la sangre”. Si el carácter ígneo del amor-pasión complementa el lado solar y creativo, su faceta destructiva no es menos abrasadora. Si el lado luminoso de la salamandra hace de ella un avatar vivo del Fénix solar, pura renovación, por el oscuro es una traducción a la fauna de la Mujer Terrible: el poema la degrada de cuadrúpeda a crótalo (en “un patio petrificado por la luna/ oí vibrar tu cola cilíndrica”) y, por tanto, detecta en ella el lado viperino del principio femenino. En Piedra de Sol, claro, la salamandra ya figuraba como “escritura de fuego sobre el jade,/ grieta en la roca, reina de serpientes” (11, 220).

 

Si hay antecedentes de la salamandra como una forma anómala de la serpiente,[13] Paz va más allá y la asocia con la reiterada Melusina, esa condensación de lo femenino terrible que contiene a la hermosa Artemisa capaz de matar, la belleza peligrosa de la kalon kakon, la contrahechura impredecible que danza sobre la razón (en esto Paz coincide con Breton, otro melusínico). Lo que hace deslumbrante a Melusina es ser la Mujer íntima y, a la vez, el monstruo secreto. Lo que la hace más temible es que, sin esa ambigüedad, su esplendor desaparece. Su gracia y su belleza van de la mano con la impredecibilidad de su metamorfosis. La popularidad de la leyenda de Melusina descansa en buena medida en el hecho de que su maleabilidad psíquica se manifiesta como corporeidad: su lado bienhechor —la amante, la madre— se manifiesta en el rostro y el torso esplendorosos, mientras que el terrible radica en el vientre sexual.

 

Que la salamandra es una variante de Melusina continúa en una carta a Bona (25 de julio de 1963, cuando ella ya se ha transformado) en la que Paz evoca una revelación que tuvo durante el viaje que hicieron a la isla de Ustica: “vi una sirena y era una salamandra”. En Piedra de Sol había aparecido como indicio de la transformación de la amada a la temida (“yo vi tu atroz escama, Melusina/ brillar verdosa al alba”) en clara referencia a Melusina según la leyenda de Lusignan. Años más tarde, en Pasado en claro (11, 82), es una atrocidad que visita al poeta viejo:

 

en la gruta nadé con las sirenas
(y después, en el sueño purgativo,
fendendo y drappi, e mostravami’l ventre
quel mi svegliò col puzzo che n’nuscia)

 

El paréntesis remite a Infierno (XIX, v. 19-33): la “dulce Sirena” despliega su belleza superior, y cuando Dante está a punto de caer bajo su hechizo, Virgilio le arranca la ropa “y me mostró su vientre y me despertó el hedor que de ahí salía”. Esto es algo a tal grado desconcertante que asombra al mismo Mefistófeles de Goethe, quien se dirige a ella diciéndole “Se me hace agua la boca al mirar tu parte superior;/ se me seca ante la bestial parte de abajo”.[14]

La transición del sueño erótico de “arriba” a la pesadilla purgativa de “abajo” es una iniciación en el misterio, presidido por la anfibia femineidad de la Diosa-serpiente, la Melusina-Salamandra. Es un estamento de relieve en la compleja visión que tiene Paz del misterio femenino, entramado de pasmo y ansiedad ante la ladera terrible del Esplendor que recorre toda su obra poética, pero que está especialmente activo en la imaginación de Paz durante los años de sus amores con Bona.

 

Et pour cause…

 

NOTAS

[1] Vivre en herbe (París: Gallimard, 2001), p. 46.

[2] Freud dice que el niño imagina los genitales de su madre como “guardarropa, estufa y, sobre todo, como un cuarto” (“Symbolism in the Dream”, en The Psychology of Errors, conferencia 10). Hacer fuego y todo lo relacionado con ello está lleno de simbolismo sexual. La llama es genitales masculinos; la chimenea y la estufa, femeninos.

[3] El poema, por ejemplo, dedica 25 versos a Xólotl, gemelo de Quetzalcóatl, y a la mitografía genésica mesoamericana (del grupo Venus), pues Xólotl se relaciona con el axólotl, aportación mexicana al misterio salamandra.

[4] Como en su prólogo a Árbol de Diana, el libro de Alejandra Pizarnik.

[5] “He hecho arder más de un corazón y pisé sus cenizas/ y siempre estuve, como la salamandra,/ frío entre el fuego”, en La Comédie de la Mort (VII), p. 45.

[6] “Me alimenta y lo extingo”, dice la salamandra entre el fuego. La macarrónica frase era la divisa de Francisco I de Francia, para significar su valor ante las variaciones de la fortuna.

[7] En El parnaso español (musa IV), p. 121.

[8] Traduzco a libro abierto: “La salamandra sorprendida se inmoviliza/ y finge su muerte./ Tal es el primer paso de la conciencia en las piedras,/ el mito más puro,/ un gran fuego atraviesa, es el espíritu”, fragmento de “Lieu de la salamandre”, en Du mouvement et de l’immobilité de Douve (1953), recogido en Poèmes, p. 93. La salamandra posee un valor simbólico elevado en la obra de Bonnefoy, una de las formas de la “Presencia” (cfr. L’Improbable et autres essais, Paris, Mercure de France, 1980).

[9] “Me alimento de mi muerte y vivo en llamas,/ raro alimento y pasmosa salamandra”. Es la Canzone XX del llamado Canzoniere.

[10] Escribe el alquimista Michael Meier en Atalanta Fugiens (1618), citado por Jung, Psychology and Alchemy, p. 264.

[11] En Cuarenta años de escribir poesía. Conferencias en El Colegio Nacional, p. 201. Ignoro por qué no emplea la definición común de Lewis Carroll para esas palabras-maleta, el portmanteau.

[12] ¿O cita a don Luis de Góngora, que llama “Salamandria del Sol” al Can Mayor en la constelación de Sirio, esa estrella perro parienta de Isis? (“Fábula de Polifemo y Galatea”, estrofa XXIV, vv. 185-186).

[13] Gillian M.E. Alban documenta que, en términos culturales, la salamandra es una forma singular de la serpiente y, por tanto, avatar de la Diosa vípera, en Melusine: The Serpent Goddess, p. 4.

[14] Segundo Fausto, II, v. 7147.

Autores

  • Sheridan, Guillermo

Tipología

  • Conversación
Anterior
Siguiente