Aztecas invanden España: una ucronía de Paz

Guillermo Sheridan

 

Octavio Paz dedicó una buena cantidad de ensayos a interrogarse sobre la historia y la naturaleza de la conquista de México. El tema aparece, claro está, en El laberinto de la soledad (1950) donde ensaya –más allá del ya lugar común de la Chingada como cultura violada por el macho conquistador– varias ideas: el expansionismo del Renacimiento, hecho definitorio de la modernidad; la voluntad unitaria e imperial de aztecas y españoles; la voracidad del conquistador y la crisis de legitimidad interna en el imperio azteca y, a pesar de su juventud, su acceso al tiempo vacío de la decadencia propia de los imperios:

¿Por qué cede Moctezuma? ¿Por qué se siente extrañamente fascinado por los españoles y experimenta ante ellos un vértigo que no es exagerado llamar sagrado —el vértigo lúcido del suicida ante el abismo? Los dioses lo han abandonado. La gran traición con que comienza la historia de México no es la de los tlaxcaltecas, ni la de Moctezuma y su grupo, sino la de los dioses. Ningún otro pueblo se ha sentido tan totalmente desamparado como se sintió la nación azteca ante los avisos, profecías y signos que anunciaron su caída. Se corre el riesgo de no comprender el sentido que tenían esos signos y profecías para los indios si se olvida su concepción cíclica del tiempo. Según ocurre con muchos otros pueblos y civilizaciones, para los aztecas el tiempo no era una medida abstracta y vacía de contenido, sino algo concreto, una fuerza, substancia o fluido que se gasta y consume. De ahí la necesidad de los ritos y sacrificios destinados a revigorizar el año o el siglo. Pero el tiempo —o más exactamente: los tiempos— además de constituir algo vivo que nace, crece, decae, renace, era una sucesión que regresa. Un tiempo se acaba; otro vuelve. La llegada de los españoles fue interpretada por Moctezuma —al menos al principio— no tanto como un peligro «exterior» sino como el acabamiento interno de una era cósmica y el principio de otra. Los dioses se van porque su tiempo se ha acabado; pero regresa otro tiempo y con él otros dioses, otra era. (8:107)

 

El tema de la conquista regresa una y otra vez en sus estudios sobre la poesía y el arte de México o  sobre el mestizaje y el sincretismo; resurge en su libro sobre Sor Juana Inés de la Cruz; vibra detrás de sus escritos sobre el guadalupanismo y abunda en sus trabajos sobre historia política, intelectual y religiosa de México. Pero no se trata de enumerar (siquiera) esos escritos. Me limito a evocar uno que es particularmente curioso en tanto que Paz hizo algo inesperado en su ensayística dedicada a la historia: jugar con una ucronía o historia contrafactual que imagina a los aztecas como los conquistadores de España. Este what if? a la Niall Ferguson se ha ensayado antes y casi siempre como una fantasía sentimental de orden vindicativo; Paz lo hace como una vía para entender mejor la complejidad de la conquista, ese episodio “grandioso y sombrío”, como lo llama en El laberinto de la soledad.

 

Lo acometió en un discurso titulado “La democracia: lo absoluto y lo relativo” que pronunció en Sevilla en 1991, el mismo año en que se celebraba el quinto centenario del llamado “Descubrimiento de América”, y se recoge en Ideas y costumbres I. La letra y el cetro volumen 9 de sus Obras completas. Es un ensayo extenso, del que sólo reproduzco el ejercicio de imaginación (9:p. 474):

Las polémicas en torno al Descubrimiento de América no se han apagado. No voy a examinarlas; me limito a señalar que casi siempre las críticas olvidan lo esencial: sin esas exploraciones, conquistas, acciones admirables y abominables, heroísmos, destrucciones y creaciones, el mundo no sería mundo. En 1492 el mundo comenzó a tener forma y figura de mundo. Algunos dicen que sería mejor llamar Encuentro al Descubrimiento. Observo que no hay descubrimiento sin encuentro ni encuentro sin descubrimiento. Otros alegan que la Conquista fue un genocidio y la evangelización una violación espiritual de los indios. Idealizar a los vencidos no es menos falaz que idolatrar a los vencedores: unos y otros esperan de nosotros comprensión, simpatía y, digamos la palabra, piedad.

Imaginemos por un instante que no son los españoles los que desembarcan en la playa de Veracruz una mañana de 1519 sino que son los aztecas los que llegan a la bahía de Cádiz. Axayácatl, el capitán tenochca, rápidamente se da cuenta de las disensiones que dividen a los andaluces; se entrevista en secreto con el conde don Julián y se alía con él; seduce a su hija, Florinda la Cava, la convierte en su barragana y en su agente diplomático; tras una serie de maniobras audaces y de combates, conquista Jerez, Sevilla y otras ciudades; los jefes aztecas ordenan la demolición de las catedrales y levantan sobre ellas majestuosas pirámides; se sacrifica a los guerreros españoles vencidos (así se les diviniza) y se distribuyen sus mujeres entre los conquistadores; sobre las ruinas de Sevilla se funda Aztlán, la nueva capital de la Bética; los sacerdotes aztecas convierten a la población indígena al culto de Huitzilopochtli y de su madre, la Virgen Coatlicue; se pacifica al país y se establece una dominación que dura varios siglos; finalmente, a través de la acción combinada del tiempo, el mestizaje y la indoctrinación, nace una nueva sociedad «azteca y bética, rayada de morisca», como diría siglos después, en el más puro náhuatl, uno de sus poetas. Hoy, quinientos años más tarde, la denuncia del genocidio azteca se ha convertido en un lugar común de los oradores e ideólogos de Aztlán, nostálgicos de la Bética preazteca y descendientes de Axayácatl y sus hombres…

 

Supongo que se habrá divertido confeccionando la ucronía, y en especial al imaginar a un hipotético poeta aztlantecano que por 1921 se habría referido a su patria, en náhuatl, como en la historia real lo hizo López Velarde en su “Novedad de la Patria”, cuando define a la suya como “castellana y morisca, rayada de azteca”…   (G.S.)

Autores

  • Sheridan, Guillermo

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  • Conversación
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