Arnaldo Coen recuerda una colaboración con Paz

Ángel Gilberto Adame y Arnaldo Coen

Presentación en la Librería Francesa, 24 de septiembre de 1987, entre Mario del Valle (izq.) y Arnaldo Coen. Fotografía de Maricela Terán.

"Carta de creencia". Cantata de Octavio Paz, con tres serigrafías de Arnaldo Coen.

 

En 1987, Ediciones Papeles Privados publicó un tiraje especial de 300 ejemplares del poema Carta de creencia. Los libros, además de estar numerados y firmados por Paz, contenían tres serigrafias igualmente numeradas y firmadas por el pintor Arnaldo Coen.

 

Serigrafía de Arnaldo Coen. Obra para Carta de creencia.

 

Carta de creencia, poema final de Árbol adentro, se inscribe en el conjunto de la obra poética de Paz como uno de sus “poemas extensos modernos, es decir, composiciones que alían la intensidad con la extensión. El primero es de 1940: ‘Entre la piedra y la flor’; el último de 1987: ‘Carta de creencia’”.[1]

En una entrevista con Manuel Ulacia, Paz explicó:

Carta de creencia tiene tres partes. En la primera, una voz —la del hombre que escribe— habla consigo mismo y con las imágenes que evoca su escritura: la persona querida. Monodia. En la segunda parte, brotan otras voces: polifonía. Voces ajenas de maestros y poetas del pasado: Platón, Dante, Cavalcanti, Lope de Vega y otros. Voces conocidas y desconocidas. Las voces recogen el tema de la primera parte: el amor, palabra equívoca como todas las palabras. Las voces se suceden, combaten, giran y se entrelazan con la primera voz. Crisis. Variaciones sobre el dos (la pareja) y remate. Tercera parte: monodia. La primera voz recoge el motivo del dos: la pareja en el tiempo sucesivo y frente a la muerte. No el instante fuera del tiempo ni contra el tiempo, como en poemas anteriores, sino la sucesión de los días. No hay Edén: fuimos expulsados del jardín, amar es caminar por este mundo y en el estrago de los años diezmados. Coda: amar es aprender a caminar juntos y, también, aprender a quedarse quietos, enraizados, vueltos árboles, como Filemón y Baucis. Amar no es mirarse hasta petrificarse, como Ferdinand y Miranda, sino mirar juntos hacia allá: asumir el mundo, el tiempo, la muerte.[2]

 

Platiqué con Arnaldo Coen sobre su amistad con Paz y cómo fue que emprendieron el proyecto de la edición ilustrada de Carta de creencia:

 

Arnaldo Coen: Octavio Paz es un poeta que incorpora en su obra puntos de vista antropológicos, filosóficos, incluso del estructuralismo. El complemento contiguo es regresar a la persona de Octavio. Conocer a esa persona es maravilloso, porque no sólo es quien nos acerca a un mundo extraordinario, sino también lo aterriza, y nos hace exclamar: ¡Eso somos!

 

Ángel Adame: Me dices que tu contacto con Paz inició en 1968 cuando él estaba en la India. ¿Qué significó para ti ese año?

 

A.C. En 1968 volví a México, después de estar becado por el gobierno francés en París. Ese año pude viajar y conocer muchas obras en su contexto y en su dimensión reales. Pude ver el mundo a través del arte como la temporalidad simultánea, es decir: me enfrenté por primera vez a un sarcófago egipcio en un museo, lo vi en su escala natural, y dialogué con esa obra como si estuviera dialogando con un pintor impresionista o con un pintor del renacimiento. Cuando regresé a México vivía, digamos, como habitante del mundo extraordinario de la ilusión. Para mí el arte tiene mucho que ver con la ilusión, con el misterio, con lo inasible, con lo intangible, con lo inefable.

 

A.A. Entretanto estuviste en París, y te tocó rentar el departamento donde había vivido Paz con Bona Tibertelli de Pisis.

 

A.C. Sí. Antes de irme a París ya tenía vínculos con personas cercanas a Octavio Paz.

 

A.A. Pero todavía no lo conocías…

 

A.C. No, quizá lo había visto anteriormente. Alguna vez entró a una exposición mía, pero yo no estuve presente.

 

A.A. Estamos hablando de las épocas de las galerías de Antonio Souza, de Juan Martín…

 

A.C. Exacto. Yo me fui a París en 1967. Había expuesto en la galería Juan Martín y algunas otras. En mi primera exposición me vinculé con Mathias Goeritz, Chucho Reyes Ferreira, Luis Barragán y muchos amigos más. Chucho hizo un intercambio conmigo y me acercó a sus amigos. Luego llegó Paz, una presencia desde los años cincuenta que ya era para mí un referente total. Antes de llegar a París ya conocía a gente muy cercana a Octavio. Conocí a Bona en París, luego de que me avisaron que debía salirme del cuarto que rentaba porque me bañaba todos los días — eso no era común— y estaba gastando la energía. Entonces hablé con Bona y me dijo: “Pues curiosamente tengo desocupado el espacio en donde yo vivía con Octavio”. Era un estudio con una recámara, un sitio extraordinario.

 

A.A. ¿Y dónde estaba ubicado?

 

A.C. En el primer piso del número 15 de la Avenue Perrichont, en el distrito 16. Pagué la renta con lo que obtuve de la beca. Fue una cosa fantástica porque en el departamento había cuadros de Jean Dubuffet, de Miró y de otros artistas extraordinarios. En fin, había también muchísimos libros que estaban dedicados a Octavio y a Bona.

 

A.A. ¡Qué curioso! Mientras el poeta estaba en la India, su presencia estaba contigo.

 

A.C. Siempre está conmigo. Siempre fui un lector de su poesía, era como mi alimento, la guía para encontrar un lenguaje que me permitiera descifrar las cosas a las que a veces yo ponía títulos aleatorios. Tiempo después de que volví de París, ya había tenido encuentros con Octavio en una exposición en la galería Juan Martín, en la época de los cubos. Ya eran los setenta. El personal de la galería me dijo que Octavio había preguntado por el precio de uno de mis cuadros, entonces le pedí a Juan Martín que cuando se terminara la exposición se lo mandara sin cobrarle. Octavio me buscó para agradecerme, nos conocimos y a partir de entonces establecimos un vínculo y acudimos a muchos encuentros con amigos comunes. Cuando hice mi exposición en 1986, en el Museo de Arte Moderno, la dediqué a tres personas: a Luis Cardoza y Aragón, a Octavio Paz y a mi padre. El día de la inauguración, Octavio me dijo: “Arnaldo, usted y yo tenemos muchas cosas en común”. Y yo pensé: “¡Pues como no, si estoy alimentado de él!”. Desde ese día sentí una afinidad y una cercanía hacia él, ya no nacida de la admiración, sino de una suerte de contacto con la otredad que yo encuentro en su poesía, algo que me llenó muchísimo. Al poco tiempo me llamó el editor Mario del Valle para decirme que Octavio le había pedido mi número porque quería hablar conmigo. Yo estaba muy ilusionado. Ya había hecho una serie de libros visuales pensando en que los podía intervenir Octavio. Tenía la ilusión de hacer algo con él. Entonces me llamó: “Arnaldo, tengo un poema inédito que me gustaría enviarle, cuando lo lea me dice qué piensa”. El texto era Carta de creencia. Le pedí a Guillermo Sheridan que me ayudara a descifrarlo. Lo leímos juntos varias veces y descubrimos una serie de citas y demás. Pero cuando le hablé a Octavio para darle mi opinión le dije: “Para mí es un acto de fe en el amor”. Él me contestó: “¡Sí!, por eso se llama Carta de creencia”. Me preguntó si me había gustado, a lo que le respondí: “me parece maravilloso”. Su siguiente frase fue emocionante: “Qué bueno que le gustó, porque me gustaría mucho que hiciéramos un libro juntos”. Hubo algunas limitaciones de formato, pero Octavio decía que la grandeza no está en el tamaño.

 

A.A. Una vez que pusiste manos a la obra, ¿cómo hiciste para interpretar la palabra del poeta, la creencia en el amor que ahí desarrolla? ¿Es posible hallar una correspondencia entre el autor y el texto?

 

A.C. El Paz que admiro es el que comprendía la dificultad de pensar en el silencio, en el vacío, en la oquedad, y darles un valor en un mundo en el que no nos tomamos el tiempo de plantearnos preguntas en torno a la nada. Yo creo que eso es lo que genera el misterio del arte y la posibilidad de percibir muchas más cosas que pueden sustentarse en una serie de creencias. En el caso del poema de Octavio, de alguna manera, me dejé llevar por el texto, pero no quise ilustrarlo literalmente, sino a través de una misteriosa correspondencia, que es lo que había hecho siempre, nada más que en este caso fue un trabajo invertido, pues yo le estaba dando imagen a sus palabras. Dentro de Carta de creencia, Octavio incorpora un verso de Lope de Vega: “y a lo que es temporal llamar eteno”. ¿Cómo puedo ilustrar eso? Solamente el azar puede hallar una afinidad; sobre eso platicamos cuando se hizo la presentación del libro.

A.A. Ahora que lo mencionas, circulan unas cuantas fotografías del evento, seguramente debes tener más en tus archivos. Por cierto, ¿dónde fue la presentación?

 

A.C. En la Librería Francesa.

 

A.A. ¿Cuánto tiempo te tomó en realizar las ilustraciones? ¿Llegaste a sentirte presionado por Paz?

 

A.C. No, para nada, trabajé con absoluta libertad. Desde que inicié invité a Pablo Torrealba, impresor extraordinario de serigrafía. En aquel entonces no era muy apreciada la serigrafía, se decía que no era la gráfica tradicional. Coincidió con que en ese periodo me surgió una propuesta para editar algunas piezas mías, por lo que aproveché para trabajar en ambas cosas. Fue un proceso de unos meses, enviando las pruebas y demás, porque la serigrafía toma mucho tiempo, no tiene medios tonos, y para crearlos es necesario hacer muchas impresiones. De cualquier manera, fue apasionante ser parte de todo ese proceso.

 

A.A. El día de la presentación, 24 de septiembre de 1987, Paz dijo sobre tu pintura: “En la obra de Arnaldo Coen no reina el vegetal irregular, como en Baudelaire; sino la geometría: cubos, esferas, conos, sombras, poliedros. No un paraíso natural, sino geométrico. Pero un paraíso invadido como por una liana funesta por el deseo. La mujer y su tropa de monstruos encantadores y terribles”. ¿Qué pensaste de eso?

 

A.C. Uno existe no por lo que hace, sino por lo que los demás perciben de lo que uno hace. Para mí, el espectador es el punto más importante. Un espectador que puede expresar lo que siente ante una obra enriquece la visión que tiene de sí mismo; pero hay una capacidad particular en los poetas como Octavio, en su manejo del lenguaje, que de alguna manera hace que puedan expresarse y hacerse escuchar con mayor profundidad y precisión. Es fascinante. Ese hallazgo inesperado de la palabra es algo que me ha ocurrido en otras ocasiones. Una vez invité a Guillermo Sheridan a hacer la presentación de uno de mis catálogos. En cuanto aceptó me preguntó cuáles eran los títulos de los cuadros. Le dije que no acostumbro a titularlos hasta que los he terminado, y generalmente los nombres son aleatorios. Guillermo escribió el texto y, antes de mandar el catálogo a imprimir, se me ocurrió leerlo y tomar de ahí las frases que emplearía como títulos. Una vez que Guillermo los leyó, me dijo: “Qué miserable eres, ¿por qué no me quisiste decir tus títulos, que son buenísimos?”

 

A.A. ¿Qué recuerdas especialmente del día de la presentación?

 

A.C. Habló Mario del Valle, luego Octavio. Me sentí muy orgulloso cuando dijo que mis ilustraciones permitían “ver otras cosas en el poema”. Como te he dicho, eso era lo que a mí me ocurría al leer sus versos, me sentía en presencia de algo más amplio de lo que pensaba que era mi propia pintura.

 

A.A. Luego de leer el poema y ver tus serigrafías tengo la impresión de que no sólo se complementan, las ilustraciones y las palabras se interpelan y precisan el horizonte artístico de cada disciplina…

 

A.C. Claro, esa dualidad que no es dualidad sino, como decía Octavio, “un dos que son uno”, “lo que es y lo que no es”, y que tiene mucho que ver con su afición por el pensamiento oriental y por el I Ching. En uno de los muchos encuentros que tuvimos después de nuestra colaboración le platiqué de mis trabajos con Francisco Serrano y los hexagramas del I Ching. Incluso consultamos el oráculo en varias ocasiones con Álvaro Mutis y el propio Serrano. Octavio fue una persona que me dio mucho más que su invitación a trabajar con él.

 

A.A. ¿Te parece si, para cerrar esta charla, lees el fragmento que más te guste de Carta de creencia?

 

Entre la noche y el día
hay un territorio indeciso.
No es luz ni sombra:
…………………… es tiempo
Hora, pausa precaria,
página que se obscurece,
página en la que escribo,
despacio, estas palabras.
………………………… La tarde
es una brasa que se consume.
El día gira y se deshoja.
Lima los confines de las cosas
un río obscuro.
……………… Terco y suave
las arrastra, no sé adónde.
La realidad se aleja.
…………………… Yo escribo
hablo conmigo
……………… —hablo contigo.

 

NOTAS

[1] Paz, Octavio, Obras Completas, volumen XIV, Miscelánea II, México, FCE, p.18.

[2] Paz, Octavio, Obras Completas, volumen XV, Miscelánea III, México, FCE, p. 137.

Autores

  • Adame, Ángel Gilberto
  • Coen, Arnaldo

Tipología

  • Conversación
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