Amistades poéticas

José Montelongo

Empecé a leer la poesía de Octavio Paz a los 19 años, cuando mi amigo Alejandro Magallanes, poeta y diseñador gráfico, me leyó fragmentos de Libertad bajo palabra y me prestó su libro. En un mundo ideal, así empezaría siempre nuestro comercio con los poetas: un amigo, una lectura en voz alta, un libro prestado, unos cuantos versos que nos acompañarán durante años, tal vez décadas.

            Salta a la vista en los poemas de Paz la presencia de los árboles: el fresno reticente, el sauce de cristal, la higuera bailarina. Es natural que también sean numerosos sus habitantes, los pájaros, y que juntos formen una especie de eje vertical no sólo en el imaginario del poeta, sino en el repositorio mítico de la humanidad, análogos al puerto y el viaje, a la libertad de partir y el gozo de volver a casa. Cuando Magallanes me leyó aquellos poemas estudiábamos juntos la carrera de filosofía y a mí me resultaba inevitable interpretarlos según el cristal del filósofo en turno. Y así fue que hace más de veinte años me pareció ver en un poema de Paz la versión sonora del concepto aristotélico de la esencia. Razonaba yo —quizás sea mucho decir— de la siguiente manera:

            Conocemos a los seres por sus operaciones, por sus actos, y captamos la esencia a través de su operación propia, de su acto distintivo. En el caso de las aves valdría decir que “su ser es volar”. Estamos acostumbrados a privilegiar la abstracción visual, a encontrar lo distintivo de las especies según se nos aparecen ante los ojos. El poema de Paz, en cambio, extrae la esencia desde la forma sensible auditiva, no desde la forma sensible visual:

 

Cantan los pájaros,
sin saber lo que cantan:
todo su entendimiento es su garganta.

 

Si Aristóteles hubiera atravesado un periodo azul, tal vez leeríamos en el libro Acerca del alma:

 

Vuelan los pájaros, vuelan
sin saber qué rumbo llevan:
todo su entendimiento está en sus alas.

 

 “Todo su entendimiento es su garganta”, por otra parte, conviene tanto al pájaro como al poeta, salvo que el alma del poeta es de naturaleza diversa. El fluir espontáneo de la garganta del poeta no produce necesariamente poesía. Puede articular el alarido de Tarzán, o, sofisticado, la jitanjáfora que algún regiomontano apreciaría. El concurso de la idea, del entendimiento, participa en la composición del poema, si es que las emociones pueden expresarse no sólo con gemidos. Nous, qui faisons de vers émus très froidment, como citaba libremente el mismo regiomontano. Poeta: ave que canta sobre la rama del entendimiento; garganta, sí, pero garganta inteligente.

            A veces parece, es cierto, que la idea sigue o es posterior a la garganta, a la voz, y no es extraño pensar que la sonoridad de los dos primeros versos pudiera haberle traído a Paz el desenlace (así se han escrito muchos poemas), pero el resultado es un goce intelectual y físico, simultáneo: brilla la corporeidad de la palabra; brillan la negación y la conclusión (cantan sin saber lo que cantan: todo su entendimiento es su garganta).

            Sonido y sentido se entrelazan, se persiguen mutuamente. A veces la prosodia se adelanta y la idea se precipita, elástica, a darle alcance; en cámara lenta, sin embargo, descubrimos que son cara y cruz de la misma moneda, que no es lícito, salvo para propósitos analíticos, separarlas. El poeta recibe su obsequio íntegro, aunque demore en aprehender toda su repercusión. Una rima afortunada atrapa la consonancia y el sentido, aunque nos aparezca como entregada por partes. Una forma pura que posteriormente alcanza plenitud de sentido es una ilusión óptica, y viceversa: una idea pura que va tomando forma poética es como un alma impersonal que busca hospedaje en un cuerpo constituido.

            El caso Valéry, sin embargo, puede funcionar como contraejemplo: tenía el deseo de escribir un poema con estrofas de seis versos decasílabos, es decir, tenía la forma, y sobre la marcha vino el tema. Borges da la impresión de hacer lo contrario: tengo un buen tema, vamos a ver cómo lo calzo en un soneto. En cualquier caso, la estrategia de composición no disuelve el misterio de la creación, porque una cosa es vislumbrar una forma y otra muy distinta escribir “El cementerio marino”, y una cosa es planear un poema sobre el ajedrez y otra muy distinta encontrarle forma lograda en un soneto.

            El poema de Paz tiene una estructura casi silogística: premisa mayor (cantan los pájaros), premisa menor (cantan sin saber lo que cantan) y conclusión (todo su entendimiento es su garganta). Es silogismo y es poema; de hecho, primero recibimos el poema, y, sólo después, prescindiblemente, vemos el silogismo. Quiero destacar la condición no silogística del próximo fragmento y su conexión con el anterior: es la conclusión misma, actualizada. Su ser se resuelve en canto.

 

El pájaro es una astilla
que canta y se quema viva
en una nota amarilla.

 

Materia que se consume cantando, madera que vuela, registro sonoro de color amarillo. Las tres líneas sueltan chispas: la fricción de la sílaba con la idea engendra la llama y convierte al poema en cosa —material, sonora, visible e inteligible. Tiene el soplo de la animación.

            Estas cosas me daba por escribir cuando estudiábamos la carrera y leíamos en voz alta y éramos terriblemente serios (sobre todo yo) y a ratos desvergonzados (sobre todo él) y cursis sin remedio (sobre todo yo) y un poco poetas (sobre todo él). Todavía somos amigos.

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