Amado Nervo mirado por Paz

Guillermo Sheridan

Amado Nervo

 

Paz criticó y celebró a Amado Nervo, pero no le interesó mayor cosa. Si hasta López Velarde le parece a veces “alambicado y cursi”, ¿que podía esperarse del nayarita? Y peor aún que la cursilería, el moralismo edificante que acabó por convertirlo en un laico Padre de la Patria… En una carta de 1971 a Julián Ríos, Paz narra la historia de un taxista que lo comenzó a perseguir recitando poemas de La amada inmóvil:

¿Llorar? ¡Por qué!
Serán mis rimas como el rielar
de una luz íntima, que dejaré
en cada verso; pero llorar,
¡eso ya nunca! ¿Por quién? ¿Por qué?
Serán un plácido florigelio,
un haz de notas que regaré,
y habrá una risa por cada arpegio…
¿Pero una lágrima? ¡Qué sacrilegio!
Eso ya nunca. ¿Por quién? ¿Por qué?

 

En fin, que no creo equivocarme si digo que lo que más le interesó de Nervo a Paz fue su libro sobre Sor Juana Inés de la Cruz, que menciona en Las trampas de la fe (5:17):

Cuando yo comencé a escribir, hacia 1930, la poesía de sor Juana Inés de la Cruz había dejado de ser una reliquia histórica para convertirse en un texto vivo. El que encendió la chispa del reconocimiento, en México, fue un poeta: Amado Nervo. Su libro (Juana de Asbaje, 1910) está dedicado «a las mujeres todas de mi país y de mi raza». Este pequeño libro todavía se lee con agrado.

 

Pero reconoció, claro, la importancia de Los jardines interiores (1905) con su voluntarioso simbolismo, atemperado por la proverbial melancolía del altiplano, etc. E invariablemente le otorgó su sitio en el árbol genealógico: es uno de “los fundadores de la poesía moderna mexicana”, le parece, junto a Gutiérrez Nájera, Díaz Mirón y Manuel José Othón, una opinión que, en el caso de Nervo, obedece sobre todo a su magisterio sobre López Velarde y Carlos Pellicer.

 

Le interesaba y le incomodaba, y las razones cambiaban con el paso del tiempo. Le interesaba que se hubiese asomado al ocultismo, pero le incomodaba el sentimentalismo dulzón y la vanidad moralizante. Mientras más joven –como suele ocurrir– era más severo, como en “Seis vistas de la poesía mexicana” (4:44), un escrito de 1950 en el que escribe Paz:

Toda revolución posee una tradición o la crea: Darío y Lugones crean la suya; Gutiérrez Nájera y Amado Nervo no tuvieron plena conciencia de la que les pertenecía y por eso tampoco la tuvieron del sentido profundo de la renovación modernista. Su modernismo es casi siempre un exotismo, quiero decir, un recrearse en los elementos más decorativos y externos del nuevo estilo.

[…]

En su período modernista, Amado Nervo manipula sin gusto, pero con novedad y autenticidad, el repertorio del simbolismo. Después decide desnudarse. En realidad, se trata de un simple cambio de ropajes: el traje simbolista —que le iba bien— es substituido por el gabán del pensador religioso. La poesía perdió con el cambio, sin que ganaran la religión o la moral…

 

En 1991, en el Prólogo a Generaciones y semblanzas, el volumen 4 de sus Obras completas dedicado a las letras del “dominio mexicano”, Paz lamentaría esas “frases desdeñosas”…

 

Nunca le dedicó un estudio a Nervo, pero en “El camino de la pasión: Ramón López Velarde” (4:172), su gran ensayo –por tantas razones– de 1964, Paz hace una observación importante mientras comenta el libro que mi querido amigo Allen W. Phillips dedicó al zacatecano:

Amado Nervo fue, entre los poetas mexicanos, la influencia mayor en López Velarde, especialmente durante sus años de formación. Sobre eso me hubiera gustado que Phillips dijese algo más. Es conocido el juicio de López Velarde: «Amado Nervo es el máximo poeta nuestro». Admiración honda que no excluía ciertas reservas frente al Nervo de los «versos catequistas, alejados de la naturaleza artística y, en ocasiones, en pugna con ella… De la confusión de estas dos normas surgieron sus renglones postreros … ». Alfonso Méndez Plancarte tuvo el mérito de mostrar las huellas de Nervo en la poesía de López Velarde; la célebre línea: «ojos inusitados de sulfato de cobre» aparece antes en Nervo: «unos ojos verdes, color sulfato de cobre». López Velarde transfiguró el verso con la simple substitución de un adjetivo redundante (verdes) por otro que nos advierte de la rara belleza de unos ojos. Así volvió misteriosa una observación banal.

Más tarde, al comentar un poema que alude a la decoración de los altares durante la Cuaresma, José Luis Martínez recordó que ya Nervo había hecho una descripción semejante. Pero tal vez se pueda ahondar un poco más en el tema. Los jardines interiores (1905) es uno de los mejores libros de Nervo y el que marca el ápice de su período simbolista. En ese libro hay una sección compuesta por once poemas escritos bajo la advocación de una figura femenina: Damiana. ¿Quién es Damiana? Nervo responde con una cita de Dante Gabriel Rossetti que le sirve de epígrafe: My name is might have been. En los once poemas de esta colección se combinan dos motivos: la provincia en sus manifestaciones devotas y un amor ardiente pero casto a una mujer ideal, «prócer y aldeana». Extraña pero no infrecuente mezcla del amor infantil y del adulto, la inocencia y la conciencia del pecado.

No es temerario ver en Damiana a una prefiguración de Fuensanta, no sólo por la unión de catolicismo y provincia, sensualidad y castidad, sino porque la iglesia fue, para los dos poetas, simultáneamente el lugar de la consagración y del sacrilegio, la devoción y el deliquio erótico. Varios de los poemas a Damiana anuncian los temas de La sangre devota y, especialmente, el tono de ese libro. Dos ejemplos: el sabor «del primer beso que, de improviso —dice Nervo— le dejé a una muchacha que me quiso / cierta noche de abril, entre los labios»; otro: «la enorme custodia / como un sol de nieve / dentro de un sol de fuego». Estas expresiones aparecen más tarde en varios poemas de López Velarde pero transfiguradas por un lenguaje hecho de asombrosas invenciones verbales.

 

¿Habrá Paz visto alguna vez la fotografía de la hijastra de Nervo, Margarita Dailliez? Imagino que el epígrafe de Rosetti habría adquirido una nueva significación, pues es una escanciada imagen viva de la belleza prerrafaelista…

Nervo y Margarita Dailliez, 1918. Fotografía de José María Luprecio. Secretaría de Cultura.

Finalmente, en una conferencia de 1980 titulada “El pacto verbal” (10:658), uno de los trabajos que dedicó a analizar el papel de la televisión en la difusión cultural, reaparece Nervo cuando Paz comenta la naturaleza de lo “popular”:

Las relaciones entre la llamada alta cultura y la cultura popular, es decir, entre los distintos lenguajes y saberes especializados y las creencias colectivas, son íntimas y diarias. El profesor que explica en su cátedra la teoría de la relatividad o la genética contemporánea puede ser un gran aficionado a la música rock o un apasionado lector de novelas policíacas. Cultura popular y alta cultura conversan en el interior de este profesor eminente. El jazz se convirtió en la música preferida de los escritores y artistas de vanguardia en las décadas de los treinta y los cuarenta: nuevo ejemplo de la coexistencia, en el seno de una élite, de la cultura popular y la cultura minoritaria. A su vez, la música popular imita y adapta la poesía minoritaria de una generación anterior. En un tiempo, los poetas modernistas hispanoamericanos fueron considerados herméticos y decadentes. Piensen ustedes en lo que se dijo, en su momento, de Rubén Darío o de Amado Nervo. Treinta años después, Agustín Lara se volvía un autor popular utilizando en las letras de sus canciones procedimientos e imágenes que venían de Darío y Nervo. Cierto: un Darío y un Nervo ya diluidos. En suma, alta cultura y cultura popular son términos en continuo vaivén. La relación entre ambas, como todas las relaciones, es de oposición y de afinidad. A veces hay contradicción entre estos dos extremos; a veces hay fusión. Esto es lo que hace creadora a una sociedad: la contradicción complementaria.

Autores

  • Sheridan, Guillermo

Tipología

  • Conversación
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