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Mixcoac: eje de transfiguración en la poesía de Octavio Paz

Salvador Gallardo Cabrera

Año

2022

Tipología

Novedades

 

[1] “La verdadera biografía de un poeta no está en los sucesos de su vida sino en sus poemas”, decía Octavio Paz; “el poeta no es nunca idéntico a la persona que escribe”. Los tránsitos entre vida y escritura van de ida y vuelta, pero nunca se sobreponen completamente. Están desfasados. Eso explica que la escritura no sea la vida, ni siquiera “como la vida” y, sin embargo, que se intersecten o se atraviesen. Por eso, en un sentido amplio, la poesía es creación de tránsitos, creación sintáctica: fuerzas, formas, imágenes, planos de composición, ritmos, tonos. Octavio Paz creó varios tránsitos poéticos. Uno de ellos, que recorre toda su poesía, es un eje entre el tiempo, las formas y la memoria. Un eje flexible, fibrado, que sabe incorporar nuevas orientaciones entre sus términos y que no busca fijar una continuidad segmentaria. Me gusta imaginarlo como una higuera de las que Paz tanto amó: un tránsito lobulado, densamente ramificado, con texturas rugosas, de copa muy abierta y ramas que crecen casi desde el suelo. Aquí quiero sugerir que el suelo de esa sintaxis de integración del tiempo, las formas y la memoria es un espacio: Mixcoac. Mixcoac como eje de transfiguración de los acontecimientos, seres, cosas, objetos y actos en tránsitos temporales, formas y memorias del mundo. De ese modo, Mixcoac rebasa la orilla de la biografía de nuestro poeta y se convierte en el espacio de transformación de su poesía.

     Ya en sus primeros poemas, reunidos bajo el título Calamidades y milagros, poemas que van de 1937 a 1947, Mixcoac aparece como el “pequeño mundo” que reúne una casa, una plaza, un patio, la “higuera maternal”, un río y “un espejo para el árbol y la nube” en el que la infancia es una “inocencia salvaje domesticada con palabras” y “preceptos con anteojos”. Esas “presencias”, como las llama el poeta, serán las “memorias del mañana”. Ahí, en el pequeño mundo de Mixcoac, se trenza la poética de la forma y de la memoria ligada al despliegue de los pares opuestos, el sonambulismo, los juegos retóricos de reflexión, la durmevela, el soliloquio y la mirada interior, la germinación de pesadillas, el camino hacia atrás; pautas sintácticas de composición de las que Paz no se desprenderá nunca. 

      En esos años, y tal vez hasta ¿Águila o sol? (1949-1950), Paz es un poeta de la forma y de la memoria-tradición. Se me objetará que maneja todas las formas y metros: sonetos, endecasílabos, poemas en prosa, versículos, etcétera, pero son formas que aún no están atravesadas por movimientos sintácticos propios, formas absorbidas en la tradición. Si a esos poemas se les aplicaran los criterios que Paz enuncia en el prólogo de Poesía en movimiento —búsqueda, mutación, visión singular, creación única— ninguno pasaría la prueba. El propio Paz, al referirse a los poetas de su generación en ese prólogo, explica que su obra significativa se inició en la madurez: “más tarde que las otras generaciones, da un salto adelante, hacia su juventud”. Alinear búsqueda y mutación a la juventud es dudoso —las edades de la vida son transicionales, pero completas—, meter en el saco de una generación tardía a todos sus coetáneos es un exceso: Efraín Huerta publicó en 1944 Los hombres del alba, un libro de búsqueda y creación singular de un gran poeta joven.

     Hasta ¿Águila o sol? la vida urbana se reduce al pueblo de Mixcoac. La ciudad aparece por primera vez en “Crepúsculos de la ciudad” como “ciudad de piedra”; los trenes hasta “No hay salida” (1952), el avión “que traza un gemido en forma de S larga” y los tranvías “que se derrumban en esquinas remotas” aparecen en “El río” (1953), poemas recogidos en La estación violenta (1948-1957). Hay que esperar hasta “Entrada en materia” para escuchar “bramar los motores”, el “chirriar de frenos”, ver el “neón que se desgrana”, la “luz eléctrica y sus navajazos” y un “rascacielos de erizadas palabras”. De nuevo: la escritura no se sigue de la vida. El joven Octavio Paz vivía a unas cuadras de la estación de tranvías y tomaba uno para ir a San Ildefonso. Caminaba por una ciudad que ya en los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado tenía los ángulos, y los problemas, de una metrópolis, pero en sus bellos poemas de juventud, de una gran fuerza expresiva y un trabajo formal potente e imaginativo, esa ciudad radiante no tenía espacio.

     ¿Águila o sol? es el extrarradio del “pequeño mundo” de sus primeros poemas. Poemas escritos en prosa, de lazos eléctricos y múltiples, en los que Paz explora tonos, timbres, ritmos, formas que buscan ajustarse al movimiento y que, así, ya no son prisión, sino “piel de pensamiento”. Ahí, los elementos del eje —tiempo, forma y memoria— comienzan a anudarse de otra manera y a incorporar otros filamentos. Para realizar este nuevo anudamiento, el poeta recorre otra vez, con un paso cambiado y una mirada nueva, Mixcoac. “Jardín revisto esta noche…”, escribe Paz al observar los herbales, la higuera, el floripondio, la bugambilia. Mixcoac es un “pueblo de labios quemados” en medio de un llano y, desde ese repaso al mundo de vida de la infancia, hay un salto, aparece el “Gran mundo”, una mariposa de obsidiana, un retrato irónico del poeta, el “ser natural” de Rufino Tamayo…

     Las formas, ahora, se juegan con las significaciones, por lo que el poema es una arquitectura que se deshace y se rehace sin cesar, es decir, el poema crea los significados. Habría que mostrarlo en otra parte, pero Paz transita del cultivo de la forma a la devoción del significante; de ahí la atención alargada al estructuralismo, de Lévi-Strauss a Jackobson (en Árbol adentro hay un poema dedicado a este último). La memoria, aunque vaya hacia adentro, ya es memoria del mundo, no meramente reflexiva; el tiempo se tensiona, ya no es sólo membrana o envoltura; en ocasiones, los pares opuestos no esperan una superación dialéctica o una desembocadura. La higuera ya no es sólo maternal, ahora libera del encierro, se convierte en una “carabela de jade” coronada de vaticinios; el poeta que revisita Mixcoac no sabe, al oírla golpear la puerta, si coger el hacha o salir a bailar con ella. Así como la higuera se ha metamorfoseado, el eje memoria, forma, tiempo se ha transformado, dinamizándose, saliendo de cauce, complejizándose: el sonambulismo, por ejemplo, adquiere una precisión encantada, los juegos retóricos de reflexión se ponen al servicio de la imaginación y se acercan a la exploración de la vertiente surrealista. La libertad se ha alcanzado palabra a palabra, y el poeta, transfigurado, puede escribir La estación violenta (1948-1957), uno de sus más bellos libros de poemas.

     Hay, todavía, una tercera variación del eje que atraviesa Vuelta (1969-1975) y Pasado en claro (1974). El poeta camina hacia atrás, “hacia lo que dejé o me dejó…”, pero la memoria es ahora “inminencia de precipicio” y la forma es el poema circulatorio, de saltos en versos cortos y espiral cerrada, donde los opuestos se persiguen y se desmarcan: 


“la quietud en el movimiento, 

 el tránsito  

en la quietud.” 


“Yo estoy en donde estuve”, Mixcoac es ahora el eje de transfiguración por el que se camina sin avanzar, 


“por el camino de ecos 

que la memoria inventa y borra”. 


La historia “transfigurada en la verdad del tiempo no fechado”, destituye a la verdad canónica para que las presencias, que en los primeros poemas funcionaban como “memorias del mañana”, se conviertan en uno de los objetivos de la poesía: la resurrección de las presencias. La higuera es 


“la mil hojas, verdinegra escultura del murmullo… 

la higuera primordial 

 capilla vegetal de los rituales 

 polimorfos, diversos y perversos…”


Aquí aparece una de las claves de la poesía de Paz: Mixcoac es el eje de las transformaciones entre memorias, formas y tiempos, de las mutaciones en las percepciones y en los afectos, pero sólo se actualiza en pasado. El poeta de sesenta años de Pasado en claro escucha más con el alma y sus pasos son más “sombras del pensamiento que pasos”. La casa está encallada en un tiempo azolvado y ahí repasa sus lecturas de juventud y pasa lista a sus muertos: “En mi casa los muertos eran más que los vivos…”. Tiempo azolvado, cegado, obstruido, por basura o lodo, y también, arena o materiales depositados en el fondo que disminuyen la profundidad. Las presencias duelen: el padre atado al potro del alcohol, la tía que lo enseñó a “ver hacia dentro y a través del muro”, la madre, “niña de mil años”, su abuelo amado. Presencias traídas del fondo del tiempo y recreadas en formas, no fantasmas. En ese tiempo azolvado, del que sólo se escapa hacia adentro, el poeta no piensa ideas 


“sino formas 

 que respiran, caminan, hablan, cambian 

 y silenciosamente se evaporan”. 


La espiral se desovilla, el tiempo fluye de nuevo, el epitafio no necesita escribirse en piedra alguna, termina con un signo de dos puntos, un signo que abre: 


“Mixcoac fue mi pueblo: tres sílabas nocturnas, 

 un antifaz de sombra sobre un rostro solar. 

Vino Nuestra Señora, la Tolvanera madre. 

Vino y se lo comió. 

Yo andaba por el mundo. 

Mi casa fueron mis palabras, mi tumba el aire:”


Si Octavio Paz hizo de Mixcoac un eje de transformación y transfiguración poética, a la vez, lo inventó. Un microcosmos que adquirió la potencia inacabada de la vida en la poesía. Un espacio que, desde sus poemas, nos vuelve más habitable esta Urorbe multiforme, sin tiempo para la memoria. 



[1] Texto leído en el marco de la inauguración de la Cátedra Octavio Paz, dirigida por David Huerta, en el Colegio de San Ildefonso.