Conversaciones y novedades

Octavio Paz y María Félix, un "relámpago que desgarra las sombras"

Jaime Vázquez

Año

1992

Tipología

Novedades

 

María de los Ángeles creyó que el matrimonio le daría por fin la libertad, que casarse le permitiría abandonar la casa familiar en Álamos, Sonora; sin embargo, su nueva vida al lado de su esposo, un joven vendedor de cosméticos, pronto le descubriría que la libertad no se obtiene con un acta en el registro civil. Mujer valiente y de carácter, tomó la decisión de divorciarse. Viajó a la Ciudad de México en la búsqueda de esa libertad que imaginaba y deseaba: aspiración, ruta y destino. 

     María de los Ángeles camina por la Calle de Palma, cerca del Zócalo. Es una mujer sola en una ciudad que amanece entre viejas casonas, incipiente bullicio citadino, nuevos aparadores y tiendas que le dan vida e identidad al barrio central de la ciudad: la serena capital en el amanecer de los años cuarenta, que crece todos los días en sus contrastes. 

     Para mantener a su pequeño hijo, Enrique, la joven veinteañera se empleó como secretaria en el consultorio de un médico cirujano plástico. Sus compañeros de trabajo la bautizaron como “Miss Happy”, porque la veían siempre de buen humor. Ese día de paseo por el centro de la ciudad, María de los Ángeles se detuvo, como en otras ocasiones, ante un aparador para curiosear y admirar los muebles antiguos, un gusto que duraría toda su vida. De pronto, escuchó una voz masculina a sus espaldas: “¿Y a usted no le gustaría hacer cine?”.

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Fernando Palacios nació en la Ciudad de México en 1890. Muy joven participó en las luchas revolucionarias y, más tarde, cursó la carrera de ingeniería. Su interés por el cine lo llevó a filmar, en 1938, la película Hambre, su ópera prima, una cinta de corte social que despertó cierta atención en la crítica, pero que no se reflejó en la taquilla. 

     Palacios proponía en el filme una reflexión sobre las consecuencias del movimiento armado, cuando la sombra de la revuelta, el olor a pólvora y las heridas abiertas de la revolución, marcaban con fuerza el sentir y la necesidad inminente de la sociedad y, por supuesto, de la expresión artística en México. 

     Sobre la película, Emilio García Riera escribió: 


El cine de ideas avanzadas, para llamarlo de algún modo, fue ilustrado por muy escasos y dudosos ejemplos. El debutante Fernando A. Palacios produjo y dirigió en 1938 Hambre, con Rafael Falcón y Adela Fierro; de esa cinta sobre problemas de capital y trabajo se dijo que era de ‘tema socialista’ y que el gobierno impuso su estreno en seis salas de circuito. Sin embargo, la película fue recomendada por el arzobispo de México, lo que no impidió su fracaso en taquilla.[1]


Otro enfoque fue el del periodista Arturo Rigel en Revista de Revistas, que apuntó sobre el filme:


Ha de ser una fuerte y grata sorpresa para todos el argumento de Hambre, que no se inclina a la derecha ni a la izquierda, y que equilibra su tesis en el reconocimiento de los derechos de patrones y trabajadores, en torno a un asunto sentimental y dramático, fustigando con discreción a los capitalistas intransigentes y a los líderes del odio, resolviendo los problemas de nuestra época en armonía de comprensión de justicia y de amor.[2]


Palacios, vinculado de diversas formas a la industria cinematográfica y con tan solo una película en su hoja de vida, tenía 50 años cuando caminaba por la Calle de Palma, y por esas casualidades con las que la vida le copia al cine, “descubrió” a María de los Ángeles, a “María de todititos los Ángeles”, como la llamaría años después el poeta Efraín Huerta, quien se convertiría con el tiempo y con la creciente participación de la joven en el cine, en su fiel seguidor, su enamorado platónico. Huerta, además de las numerosas notas en los periódicos dedicadas a ella y a sus trabajos actorales, le tributaría con un poema, que comenzaba: 


Y de ese cielo azul, en dulce vuelo y en perfecta armonía
desprendióse tu sueño, tu esbelta juventud, tu cabellera.
Vinieron a nosotros tus pestañas de mágica penumbra,
tus pestañas de alas, tu boca de camelia ensimismada.

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Impresionado por la belleza de “Miss Happy”, Palacios logró convencerla, finalmente, de probar suerte en el cine. María de los Ángeles no aceptó papeles menores, quería pisar de inmediato la alfombra roja del protagónico, ambicionaba la luz más intensa sobre su persona, debutar por todo lo alto. 

     Su oportunidad llegó de la mano y bajo la dirección de Miguel Zacarías. Un estudio fotográfico que Gabriel Figueroa hizo a la joven convenció a Zacarías, quien la contrató como estelar y le pagó, por exigencias de la actriz en ciernes, cinco mil pesos, cifra estratosférica en aquel momento para una debutante. Su pareja sería el creciente imán de las taquillas, el consagrado “Charro cantor”, Jorge Negrete; la película: El peñón de las ánimas.

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Querían que me llamara Diana del Mar. Ni loca, les dije, yo no me pongo un nombre tan cursi. Luego me propusieron otro peor: Marcia Maris. Me negué rotundamente a llevar seudónimo y finalmente se resignaron a que saliera en los créditos con mi nombre completo: María de los Ángeles Félix. Era demasiado largo, por eso lo abrevié después, cuando Palacios me convenció de que María a secas sonaba mucho mejor.[3]


 El 9 de septiembre de 1942 inició el rodaje de El peñón de las ánimas. La ficticia hacienda de Dos Peñas en Jalisco se trasladó a los escenarios de los Estudios CLASA y a locaciones en el Peñón de los Baños en la Ciudad de México. La cinta se estrenó el 25 de febrero de 1943 en el Cine Palacio de la capital.


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Una mano femenina toca con el fuete una inscripción tallada en el tronco de un árbol. Dos iniciales unidas por un corazón flechado. La joven, de espaldas, con su traje y su sombrero de ala ancha, absorta en su recuerdo, escucha de pronto la voz de un hombre que se le acerca: “¡María Ángela!”, la llama. La joven escucha su nombre, reconoce la voz y voltea a ver a quien la llama. Asistimos entonces al milagro: el rostro enmarcado en un paisaje de cartón piedra, el ala del sombrero le cubre un lado de la frente. Miguel Zacarías recuerda que cuando apareció María Félix en la pantalla, cuando el público vio por primera vez ese rostro iluminar la sala oscura, se escuchó un murmullo de sorpresa y asombro, de admiración. 

     “Miss Happy” esta vez no reaccionó a la voz para mirar al ingeniero Palacios; al volverse hacia la cámara, la contempló por primera vez la historia. María de los Ángeles Félix Güereña, la sonorense nacida en Álamos el 8 de abril de 1914, había nacido para el cine. Como lo escribió Octavio Paz: “María Félix nació dos veces: sus padres la engendraron y ella, después, se inventó a sí misma”.[4]

     “Yo no necesité llegar, yo ya estaba”, afirmó muchos años después María Félix.  

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Para la serie de televisión Caminantes, producida por Luis Kelly, se realizó un capítulo titulado “Miguel Zacarías, fabricante de estrellas”, dirigido por Carlos Franco.[5] Este episodio de la serie televisiva propone un recorrido por la larga vida del director cinematográfico. Zacarías hace memoria de sus descubrimientos, de las actrices y actores que formó y que dieron pasos pioneros en sus películas. Recuerda a una joven María Félix a la que tuvo que someter a la particular disciplina que exigía el oficio de actriz. Una María ya desde entones orgullosa y de enorme belleza y presencia, dueña de sí misma, principiante en el oficio actoral pero experta en su mágico impacto ante la gente. 

     Zacarías volvería a dirigir a María Félix en Juana Gallo, en 1960. La admiración que el director le tuvo quedaría impresa, más allá del cine que hicieron juntos, en el soneto que le dedicó:


Celestial y satánica hermosura.
Circe y hada, a la vez; ángel y bruja.
En tus ojos la luz de un sol que embruja,
y amalgama crueldad con la ternura.

Misteriosa hechicera, blanda y dura,
es tu beso dulzor de hiriente aguja,
que de gozo y dolor el alma estruja;
y quemante tu amor, de mordedura.

Como Ulises, al mástil del orgullo,
amarrado, esquivando el falso arrullo
de tu encanto tenaz, suave y felino,

voy huyendo de ti, porque adivino
tu intención de volverme siervo tuyo,
¡vengadora del sexo femenino!

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En 1992 se publicó el libro María Félix, una raya en el agua, con fotografías que Enrique Álvarez Félix, su hijo, reunió para conjuntar una biografía en imágenes de “La Doña”, el sobrenombre que el público le dio a partir de su participación estelar en la cinta Doña Bárbara, adaptación de la novela de Rómulo Gallegos que Fernando de Fuentes hizo para el cine en 1943. El libro incluyó aquellas primeras fotografías, el estudio que Gabriel Figueroa le tomó a la joven María de los Ángeles y que llegaron oportunamente a las manos de Miguel Zacarías.


      El prólogo para esa edición estuvo a cargo de Octavio Paz. En ese texto, incluido en el volumen XIV de las Obras completas, publicadas por el FCE, Paz rinde tributo a la belleza y al talento de María Félix y nos dice: 


Nació ante nuestros ojos y nació como un relámpago que desgarra las sombras. Fue y es un desafío ante muchas convenciones y prejuicios tradicionales. No es extraño que haya provocado irritaciones, despecho, calumnias. La envidia es una forma invertida de admiración. María Félix es una mujer muy mujer que ha tenido la osadía de no ajustarse a la idea que se han hecho los machos de la mujer. Es libre como el viento; dispersa o congrega a las nubes, las parte o las elimina con una centella, con una mirada. Su magnetismo se concentra en sus ojos, alternativamente serenos y tempestuosos: atraen y fulminan.[6]

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Emilio Fernández da inicio a la filmación de Enamorada el 8 de julio de 1946. Con un argumento del propio Fernández, de Íñigo de Martino y Benito Alazraki, la película sigue una de las tantas historias que nuestro cine ha relatado sobre la revuelta de 1910 con los ecos revolucionarios que Gabriel Figueroa captaba para las historias más celebradas del “Indio” Fernández. La cinta nos cuenta a la vez el encuentro de Beatriz Peñafiel, interpretada por María Félix, y del general revolucionario José Juan Reyes, al que da vida Pedro Armendáriz. Son los tiempos agitados de la lucha armada, el colapso de la vida porfiriana, las voces de liberación de los alzados contra el régimen, las batallas encarnizadas como telón de fondo de una historia de amor.


     El general Reyes llega al pueblo en el que vive la familia Peñafiel, y con su particular modo de entender la justicia castiga a los adinerados, les pide colaboración económica para financiar la lucha popular. El enfrentamiento del general con el régimen, sus ideales para modificar el destino del país, será también una lucha interna, una pelea con los latidos de su corazón. El general cae enamorado de Beatriz, una hermosa, firme y decidida joven, hija del hacendado. Reyes, sin saber que esa muchacha forma parte del mundo que él quiere derribar, queda prendado de la belleza y el carácter fuerte de la joven y acude con el sacerdote de la parroquia, un amigo de la infancia, para que le diga quién es la mujer que lo ha cautivado. 

     La descripción que Reyes hace al sacerdote contiene, quizá, un retrato justo y preciso que el cine mexicano hace de María Félix: 


—Mira, hace unas horas que la vi, unas cuantas horas nada más, y me quiero casar con ella.
—¿Y ella lo sabe?
—No.
—¿Y tú no sabes quién es ella?
—No, es decir, sí, la vi, pero no sé quién es, y tú eres el único que puedes decírmelo.
—Pues no sé cómo vaya a ser eso.
—Tienes que decirme quién es. Mira, es la mujer más linda que yo he visto, y su cara es un sueño; los ojos… los ojos son dos almendras de sombra y de cielo, y cuando te miran te olvidas de todo, hasta de ella misma, para ver esos ojos, los ojos de ella nada más. Su frente es alta y limpia, y te dan ganas de rozarla con tus labios, como un cariño más que como un beso, y rozarle las mejillas con tus labios secos. Y su boca, unos labios como dos relámpagos rojos cuando se enoja, porque te advierto que tiene su genio…

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María Félix declaró muchos años después que su personaje de Beatriz Peñafiel en Enamorada era totalmente distinto a lo que ella pensaba de la mujer. Nunca se habría permitido seguir a un hombre como Beatriz lo hace al final de la película, caminando detrás del general Reyes que monta a caballo. La bravía domada por el macho, la fuerza sometida de las mujeres en un mundo de hombres, un destino sin puertas ni ventanas.

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Esa es “María de todititos los Ángeles”, como la llamaba Efraín Huerta. “Eres María una ave y eres el Ave María”, le declamó Pita Amor, para decirle a su paso: “Ayer te vi rodeada por la tarde. Ibas como un cuchillo desafiando el aire”. “Todo eso hace de María Félix una original. Ella es su propio canon de belleza y solo es posible compararle con ella misma”, escribió Guillermo Cabrera Infante. [7]

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Enrique Krauze entrevistó a María Félix para el libro autobiográfico de la actriz, Todas mis batallas, que editó Clío en cuatro volúmenes. En esa extensa conversación, llena de anécdotas, confesiones y frases memorables, “La Doña” recuerda su relación con Octavio Paz y afirma: 


El escritor mexicano más admirado en el extranjero es Octavio Paz. Me da un poco de coraje que su obra no haya sido apreciada en México. Han apreciado a otros con mucho menor mérito que él, ya no digamos con su reconocimiento, porque el Nobel es el título que más pesa en el mundo. En Francia se habla de Paz con respeto muchos años antes de que ganara el premio. En el círculo del talento, donde yo me he movido siempre, le tienen una admiración enorme. Y todos los enemigos de Paz en México son menos que él. Yo lo admiré por su poesía antes de conocerlo. Me siento muy orgullosa de que sea mexicano. Vivirá siempre, como Diego y Frida, porque Octavio es un gigante y los gigantes no pueden morir”.[8]


María Félix, mito y leyenda, belleza asombrosa, feroz inteligencia, que supo edificar su divinidad sobre un mundo dominado por los hombres. María bonita, celebrada por los creadores, una de las actrices más fotografiadas de la historia, cosmopolita y profundamente mexicana, sobre la que Octavio Paz nos dice: 


Recordamos sus actuaciones en esta o aquella cinta pero lo que sobrevive de sus películas es, sobre todo y ante todo, su figura, sus gestos, sus miradas, sus movimientos y, en una palabra, su persona. ¿Su persona o su imagen? Ambas cosas: su persona se ha vuelto imagen y su imagen es inseparable de su persona. La gran creación de María Félix es ella misma. 




[1] García Riera, Emilio, Breve historia del cine mexicano, Primer siglo, 1897-1997, Instituto Mexicano de Cinematografía, Ediciones Mapa, S.A. de C.V., Canal 22, Universidad de Guadalajara, 1998, p. 104.

[2] Rigel, Arturo, Una visión nueva en la cinematografía mexicana, Hambre, en Revista de Revistas 1476, septiembre de 1938, citado en línea.

[3] Félix, María, Todas mis guerras I. María bonita, Clío, 1993, p. 82.

[4] Paz, Octavio, “Razón y elogio de María Félix”, en Obras completas XIV. Miscelánea II, FCE, 2001, p. 152.

[5] Video disponible en línea.

[6] Paz, Octavio, op. cit, pp. 153-154.

[7] Cabrera Infante, Guillermo, Cine o sardina, Biblioteca de bolsillo, Punto de lectura, 1997, p. 154.

[8] Félix, María. Todas mis guerras III. Soldadera de lujo, Clío, 1993, p. 69.