En la mirada de otros

En la mirada de Lucinda Urrusti

Lucinda Urrusti

Año

1953

Tipología

Novedades

Lustros

1955-1959

 

Lucinda Urrusti (Melilla, 1929) es una artista mexicana, destacada en el arte del retrato. El lienzo que representa a Octavio Paz en El Colegio Nacional es obra de ella. Desde muy joven llegó a México en el Sinaí huyendo de la represión franquista. Y a los 19 años contrajo matrimonio con Archibaldo Burns. Las siguientes notas provienen de una entrevista de Elena Poniatowska a Urrusti, publicada en La Jornada el 18 de octubre de 2015 (AGA).




I

Me casé con Archibaldo Burns porque él era el galán de la época. Rico, guapo, inteligente, codiciado por todas las madres de familia, el mejor partido. Un cronista de sociales anunció en su columna en Excélsior que “el soltero más codiciado de México se casa con una gachupinita que dicen que para el tráfico”. En esa época yo era compañera de escuela de pintura de Lilia Carrillo, que falleció de cáncer. Ricardo Guerra, filósofo del grupo Hiperión, me pretendía. Cuando vio que yo no iba a hacerle caso, se hizo novio de Lilia Carrillo, a quien iba a buscar a la salida de clases. Muchas veces me he preguntado: ¿por qué me casé? Quizá toda esa aureola de rico, educado en Inglaterra, conocedor de muchos idiomas, culto, guapísimo, hombre de mundo, quizá todo me deslumbró, como deslumbraba a las jóvenes casaderas de México. ¡Y a las mamás de las casaderas! Archibaldo montaba a caballo, pertenecía a clubs hípicos, jugaba polo y tenía caballos únicos, casi pegasos o unicornios traídos del mundo entero, mejor dicho del más allá. En uno de esos juegos de polo se cayó y se fastidió varias vértebras y ya no pudo seguir montando. Fue entonces, ya muy tarde, cuando descubrió la cultura.


II

Archibaldo se sentó a escribir sobre una mesa antigua. Más tarde, como comprenderás, nunca leí uno solo de sus libros, ni Botafumeiro, ni En presencia de nadie ni El cuerpo y el delito. Recuerdo que el grupo Hiperión se reunía en la casa para que él les leyera lo que había escrito durante la semana. Venían Luis Villoro —desde luego el mejor de todos—, Fausto Vega, una muy buena persona, muy inteligente; Joaquín Sánchez McGregor, Salvador Reyes Nevares; recuerdo que Leopoldo Zea vino una sola vez. Todos habían sido discípulos de José Gaos y se jactaban de conocer a fondo a José Ortega y Gasset, y mientras discutían se bebían todo el whisky de la casa. Uranga era como bichito, era el más brillante, pero yo lo sentía como venenoso. Jorge Portilla, hijo de asturianos, tenía bonita voz y cantaba: “Soy un pobre venadito que habita en la serranía”. Lo conocí antes, en La Esmeralda, creo que él fue quién me presentó a Archibaldo Burns. El que nunca me cayó nada bien fue Emilio Uranga.


III

Otra noche también, ya muy tarde, apareció Elena Garro recién llegadita de Estados Unidos o de Francia y echó un discurso sobre la promiscuidad, que qué maravilla la promiscuidad. El oyente más entusiasta era su marido, Octavio Paz, quien exclamaba a cada frase: “¡Qué inteligente es Elena!, ¿no te parece? Qué inteligente, es inteligentísima ¿no te parece?”. A mí me sorprendió que él la aplaudiera en forma tan desmedida cuando su tema era el de las grandes ventajas de la promiscuidad. Pensé: “Pero ¿cómo? Si él es su marido”. A lo mejor era yo muy provinciana frente a ella y a Octavio, esa pareja tan adelantada. Octavio ya tenía meses en México, ella llegó tiempos después con la hija de ambos que también se llamaba Helena. Recuerdo que todos anunciaban su llegada como un acontecimiento inusual: “¡Ya va a venir Elena, ya va a venir Elena, es brillante, apabullante!”.


IV

Elena Garro se presentó en la casa con soberbia, con un argentino amigo de Borges, creo que Pepe Bianco o Adolfo Bioy Casares, no recuerdo; Pepe Bianco, seguramente. Apareció un sábado a la una de la mañana, yo ya había dado de cenar y cuando vio que ya no había ni cacahuates exclamó: “¡Es que hay que ver lo payo que son los mexicanos! ¡Mucha casa y mucho todo, pero después de las doce no se come! En cambio, en París…”. Pensé qué descaro el suyo, porque la que llegó tardísimo y sin avisar fue ella.

     Muy al principio, Archibaldo y ella se aislaron y se sentaron muy campechanos en unos escalones disparejos del Caco Parra a comunicarse sus males, los de Elena y los de Archibaldo, que si la columna, que si las vértebras, que si la pierna, que si la cabeza, y enumeraban todo lo que padecían y yo decía qué bueno, que tenían mucho de qué hablar con tantas y tan frecuentes enfermedades. Creí que su consulta médica era muy inocente y me parecía mejor que Elena disertara sobre su gripa o sus migrañas a que criticara con saña las cursis cenas mexicanas, “nada que ver con las de París”. Ella era muy intelectual y muy por encima de todo. Al principio pensé yo qué bueno que mi marido y ella platiquen, pero después Elena lo convirtió en su enfermero.

     Cuando llegó Elena a San Ángel, trastocó todo. El teléfono sonaba a veces a las dos de la mañana y ella decía: “O vienes o yo me suicido” y no sé qué. Archibaldo salía corriendo y dejaba abiertas las puertas del garaje. Te digo que apareció Elena Garro, que era de rompe y rasga y muy soberbia, muy pagada de sí misma. Su voz, a lo largo de cientos de llamadas, me resultó estridente. Elena gritaba, exigía, se encolerizaba. Cuando no llamaba a cualquier hora, le enviaba cartas amenazándolo con su suicidio y a mí la vida se me volvió un infierno.


V

Archibaldo no respondía a mi petición de divorcio, salía de viaje, regresaba a los cien años. Yo quería saber cuál era mi situación, soltera, divorciada… Un abogado me dijo: “Después de cinco años, en México usted es soltera” o algo así. Soltera y con hijos, ¿te imaginas?

     Archibaldo se iba a vivir a París con Elena y con su hija… No sé en qué ministerio dejaba nuestra solicitud de divorcio, pero como él no seguía el proceso, se iba y no prosperaba. Para lograr el divorcio era necesaria la presencia de Archibaldo o la de su abogado.


VI

Mientras Elena Garro acababa con la fortuna de mi marido en Europa al grado de dejarlo en la miseria —él le compró la casa que fue de Molière en la rue de l’Ancienne Comédie en París—, me puse a trabajar. Nunca hubo divorcio, hasta la fecha. Yo estaba sola con los hijos, mi marido jamás le dio seguimiento a nada. Todo era para Elena Garro, ni un centavo me daba. A pesar de que lo dejaron en la calle, supe que ella y su hija lo criticaban: “El tacaño de Archie nos compró un departamento en París pero ni el salón de peinados nos quiere pagar”.


VII

Ella era una majareta perdida, como les dicen en España a las que están tocadas. Madre e hija se reían de él en todos lados; siguieron poniéndolo pinto y moro a pesar de que él perdió todo, y cuando te digo todo es todo. Mi marido vivió muy mal sus últimos años. Yo creo que la que pagó el pato siempre fue la hija, porque malvendieron el departamento de París. Todo se les iba de las manos, todo. A él lo dejaron en la calle. Al final, quien le llevaba de comer a mi marido de lunes a domingo era nuestro hijo Juan David.


VIII

La pintura para mí ha sido un salvavidas fantástico. Es maravilloso hacer lo que uno quiere y además que te elogien y ganar dinero. Fui amiga de García Ascot, Clement, Luna, Gaya, Souto, aunque él en seguida se fue a Galicia; Gaya creo que también. José López Portillo, presidente de la República, siguió siendo muy amable, se detenía a saludarme en todos los actos culturales de Bellas Artes, muy cordial, muy caballeroso. Por cierto, una vez me encontré a Octavio Paz en Bellas Artes del brazo de Marie Jo y me dijo una frase que se me ha quedado grabada: “Los dos salimos ganando”.


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