En la mirada de otros

En la mirada de Baltasar Dromundo

Baltasar Dromundo

Año

1930

Tipología

Novedades

 

Baltasar Dromundo (1906-1987), orador y ensayista, fue autor de varios anecdotarios. En Mi barrio de San Miguel (1951), hace una breve mención de la madre de la media hermana de Paz y en Mi calle de San Ildefonso (1956), del ambiente estudiantil hacia los veintes y principios de los treintas, sobre todo de la generación vasconcelista. De este último libro, se toman los siguientes párrafos (AGA).




I

El barrio universitario de México, nuestro barrio estudiantil, no sólo se componía de edificios destinados a escuelas y facultades, sino de las personas, los tipos característicos de nuestro tiempo. El paisaje era flor y fauna, piedra y cielo, luces y voces en los aires; a las personas el barrio les imprimía personalidad, y ellos a su vez le revertían sobre el rumbo. Decir el rumbo es decir la historia más entrañable, la crónica más honda de la Ciudad de México. El cuadro se formaba con lo decorativo y lo subjetivo, con estudiantes y transeúntes, con penas y alegrías, con anhelos y estudios; pero al fondo, con vida propia […].


II

Era el tiempo de oro de la Universidad. Fue la época de oro de una extraordinaria juventud. Era otro estilo, otras metas superiores, otra calidad en la gente y en las cosas. Era también la herencia y la presencia de guías como Antonio Caso, y grandes causas populares y culturales que llamaban a una verdadera juventud a cumplir su destino.


III

Los libros en general, devorados con gravedad insistente, pulieron los sueños de esa juventud. En el sentido material carecían de interés por el dinero y sus derivados. Fueron moldeándose con lecturas como arcilla en diestras manos de alfarero. Su inteligencia adquirió así las formas más diversas, el brillo más fino, una sutil delicadeza que ciertamente se escapaba en las formas de la palabra hablada o escrita, pero que ascendía en los espíritus como una suave llama, viva y encendida […].

     Con distintos orígenes escolares, arribando a la Preparatoria por caminos variados, fue curioso notar que a todos ellos les era común y apasionante el gusto por la lectura.  Parecían cifrar su orgullo en conocerlo todo, en haber leído todo, en comentarlo todo.  Mas en esto no privaba pedantería, o seca erudición insensible, sino que el comentario estaba envuelto en una sensibilidad que yo diría precoz, puesto que no era primitiva de los jóvenes en una etapa semejante.  Esto era lo agradable. Seguramente que no pensaban entonces en lo que un día debía esperar de ellos el país, o si esa oportunidad iba a perderse para bien o para mal.  Era simplemente su forma natural de ser, su irreductible actitud ante la vida […].

     Del acopio cultural del trato con los libros no derivaba un alejamiento de la vida diaria.  Este era otro rasgo de su virtud o de su clase —pues era gente que tuvo siempre mucha clase—.  La cultura se iba haciendo en la frecuentación del pensamiento escrito, clásico y moderno, quizá mezclado con arbitrario encanto autodidacta, pero nunca se perdía el contacto con la calle, el amor por la vida que pasa, el hechizo del amor, la tentación de la mujer, la atención a la política nacional.   


IV

Ya en 1914 y hasta nuestros días, le daba tono especial a los escenarios preparatorianos la figura inconfundible de don Erasmo Castellanos Quinto, cervantista primerísimo, cuyas cátedras de Literatura Castellana y General vieron pasar a la generación de 15, la de 24, la de 29 y gentes posteriores como los de 33. Su sensibilidad literaria, su paciencia pedagógica y su autoridad de enterado fueron disfrute para “Los Contemporáneos”, para los de la Autonomía, para “Los Barandales” y otros más, cada grupo en su tiempo. De su erudición bondadosa resultaba lo afamado de su clase. Su proverbial modestia y su profundo sentido de responsabilidad correspondían a su figura física, de suyo venerada. Daba la sensación de estar fuera de su tiempo, como si correspondiera a otro muy anterior, aquel en que virtudes como las suyas daban el estilo de una vida más hermosa. […]

     El viejo conserje de la “Prepa” era una institución de nuestra calle: don Trini. Lo veo enfundado en su lustroso uniforme, en su gorro las tres ilustres letras de la escuela que él portaba con orgullo: E.N.P. Lacio el canoso cabello y el bigote de corte campesino. Moreno, rechonchito. Muy tieso el porte. Disfrazado de adusto el gesto bondadoso. Los pies calzados en zapatones de resorte y de una pieza.


V

Existía gran respeto por el talento, el valor, la calidad moral, y los temas de mérito superficial eran desestimados, repudiados, no servía el dinero para improvisar virtudes, para simular capacidades, para gozar del ambiente. Mas quien hiciera abstracción de su riqueza y exhibiera los méritos en que la gran masa creía, era siempre bienvenido a la amistad.


VI

Cuando abandonamos la calle de San Ildefonso […] era como abandonar la juventud con su cauda insustituible […].