En la mirada de otros

En la mirada de Víctor Alba

Víctor Alba

Año

1953

Tipología

Novedades

Lustros

1950-1954
1955-1959

 

Una tertulia en México (1956). Aparecen, de izquierda a derecha: Maka, Carlos Fuentes, Elena Poniatowska, Octavio Paz, María Antonia Domínguez, S y L.

Víctor Alba, pseudónimo de Pere Pagès i Elies (1916-2003) fue un político comunista antiestalinista, periodista, escritor y profesor universitario español. Conoció a Paz en los años de París, aunque afianzaron su amistad en la década de los cincuentas.

          Publicó sus memorias, Sísifo y su tiempo: Memorias de un cabreado (1916-1996), en ese último año. Escritas en tercera persona, Alba se identifica con Sísifo (S) y a su pareja, Loute, la denomina en todo el texto con la letra “L”.

          En una dedicatoria de El arco y la lira, Paz les escribió: “¿De regreso? Nunca de regreso, siempre amigo y hacia adelante”. (AGAL)




I

Llegué al país cuando era presidente Miguel Alemán. Desde entonces, cada presidente ha resultado peor que el anterior. Los amigos de Alemán se enriquecieron, pero invirtieron en el país y crearon industrias, mejoraron el aceite y el vino. Cuando su sucesor, Ruíz Cortines, ordenó que las carreteras se hicieran a pico y pala, sin máquinas, para combatir el paro, aparecieron las pintadas: “Que vuelvan los ladrones”.


II

A Buñuel, que consiguió sindicarse, lo acusaban de refugívoro por su película “Los olvidados”, que “denigra a México”, pero cuando ganó un premio en Europa descubrieron que era mexicano […].

          L y S cuentan y no acaban de estos años: las tertulias improvisadas en el café de las Galerías;  el “descubrimiento” de novicios que ahora son ya obispos en el mundillo de las letras;  los motes que se daban: a Basurto, dramaturgo de talla interminable, “el alto vacío” que tenían, decían “tres metros de edad”;  a la periodista nunca quieta María Luisa Mendoza, “que cumplió treinta amperios ayer”;  a Salvador Novo, poeta y hombre de teatro (en cuyo Teatro de la Capilla S esperó a Godot), lo llamaban, por sus aficiones “Nalgador Sabroso”.  Por allí, a charlar con L, pasaron refugiados nostálgicos de París, como el jurista Manuel Pedroso, que aconsejaba a sus estudiantes la lectura de Balzac en vez de la del código civil y de Doistoievksy en vez del penal;  saliendo de sus clases en el Liceo Francés pasaba por allí Ramón Xirau, siempre vacilante, menos cuando prendía un cigarrillo, o su suegro, Xavier Icaza, que escribió poesía simbolista y había redactado el decreto de nacionalización del petróleo;  los poetas Carlos Pellicer y Xavier Villaurrutia, o el agregado de la embajada japonesa Eikicho Hayashia, que les hizo probar el sake y tradujo al japonés la literatura precortesiana.  Discusiones sobre qué título convenía poner a una revista que proyectaban Carlos Fuentes y Octavio Paz, el primero de cultura muy americana y el segundo muy francés, hasta que, antiprovincianos, adoptaron el de Revista Mexicana de Literatura, en el cual la colocación del adjetivo ya era una provocación […]; las blasfemias ruidosas que soltaba León Felipe camino de su tertulia del Sorrento y la carita de niña inocente de Elena Poniatowska, que acababa de publicar su primer libro de cuentos.  

          Cenas en la casa de Rufino Tamayo, en Coyoacán, pintada de "azul Tamayo" como decía Olga, su mujer y agente, sentado entre Buñuel, sordísimo, y Marcel Duchamp que se dejaba adorar detrás de una mujer que nunca acababa de bajar las escaleras. Y Maka llegando jadeante a su piso a cien metros del de L y S, despertándolos a las tres de la madrugada para que fueran a ver un cuadro que acababa de terminar y tomar una copa con José Revueltas, el novelista (el único comunista, con el sindicalista Valentín Campa, que S toleraba, acaso porque no aguantaban a Siqueiros).


III

«Un libro que ilumina es El Laberinto de la Soledad, de Octavio Paz, con su teoría de complejo colectivo de “hijo de la chingada” (de Cortés y la Malinche). Ayuda a comprender toda América Latina, excepto Argentina y Uruguay. Suele olvidarse que los indios lucharon contra la independencia porque el rey de España trataba (vanamente) de protegerlos contra la rapacidad de los españoles y los criollos, y que éstos lo trataron peor después que antes de la independencia».


IV

Todo esto fue como el telón de fondo de algo que nos pareció mucho más importante: la amistad con Octavio Paz. Para mí, y espero que también para mis amigos, la amistad, como el amor, es el resultado de la coincidencia del respeto y de la atracción, física en el amor, intelectual en la amistad. Con Paz, lo que le atraía era la fascinación de escucharlo (leerlo, para quien lo ha escuchado, es como escucharlo de otro modo). Muchas tardes vacías de domingo, él y su compañera de entonces, Elena Garro, iban a casa de L y S, y charlando pasaban del café a la cena. S no recuerda tanto lo que decían, cuanto el deslumbramiento de escuchar a Paz pensar en voz alta. Era como si viera funcionar su cerebro. S precisa: Le costaba decidirse entre subir en ascensor o a pie, pero en lo que cuenta nunca vaciló. Supo estar aislado cuando claudicando hubiera sido popular, y de las pocas cosas de que me siento orgulloso es que las Galerías contribuyeran algo a sacarlo de su aislamiento. He visto a Paz en diversos lugares —México, Washington, París, Nueva Delhi— y el respeto permanece intacto, incluso ahora, cuando, quien sabe por qué (supongo que porque el Nobel se le ha subido a la cabeza), hemos perdido el contacto con él. Quien lea esto puede encontrarlo adulador, pero el trato fue siempre de tú a tú. La verdad es que cuando conocieron a Paz bien, les pareció, sin darse cuenta, tanto a L como a S, que México ya no podía darles más y que ellos ya no podían dar nada más a México.

          Pero no fue ese sentimiento, evidentemente desmesurado, lo que decidió a L y a S, en 1957, a partir de México, sino un ofrecimiento de trabajo permanente en la OSP, hecho por su jefe de traductores, Josep Quero Molares. Por otra parte, ya no quedaban marginados de valía que no hubiesen pasado por las Galerías. Había, pues, el peligro de caer en la rutina. Y ya hacía diez años que estaban en México. Octavio Paz, Alfonso Reyes, Nicolás d’Olwer, Rufino Tamayo, Bernardo Giner de los Ríos, Luis Alberto Monge, Arturo Jáuregui, Riera Llorca, Costa-Amic, Fidel Miró, Galés y otros firmaron la invitación a una cena de despedida en el Orfeó Català (S da los nombres con cierto orgullo que él llama vanidad). En mayo, S tomó el avión para Washington, mientras L desmontaba el apartamento, Cristina terminaba el curso y Elvira regresaba a Barcelona.

          El último día en México, S fue a ver a Margarita Xirgu, que estaba de gira. Los refugiados se entusiasmaron; S se deprimió al constatar que no había cambiado desde que, antes de la guerra, estrenaba en Barcelona. Esta diferencia de reacción era un buen motivo para cambiar de país. Sería la tercera o cuarta vez que empezaría de nuevo.


V

Si la Ciudad de México había cambiado poco, los amigos que él dejó en ella habían cambiado mucho. Casi todos eran castristas. Carlos Fuentes pasó de novelista de éxito a supremo sacerdote del castrismo intelectual y pontificaba sobre los problemas como si fueran novelas. Como decían en México, “se subió a un ladrillo y se mareó”. Paz estaba lejos, de embajador en Nueva Delhi. 


Cena de despedida en México (1957). Aparecen, de izquierda a derecha: Farreras i Duran, Gordón Ordás, L. Octavio Paz, Margarita Michelena, S. En primer término Manuel Galés y su mujer.