En la mirada de otros

En la mirada de León Bataille

León Bataille

Año

1931

Tipología

Novedades

 

Ignacio León Bataille (pseudónimo de Lev Schklowski) nació el 22 de marzo de 1915, en Tours, Francia. Fue un periodista y militante comunista, amigo de Ricardo Cortés Tamayo y Enrique Ramírez y Ramírez, a quien conoció en Morelia en 1932 junto con Jesús Guerrero Galván, Manuel Moreno Sánchez y Rubén Salazar Mallén.

          En una carta de 7 de mayo de 1937, Paz, en pleno viaje a España, le cuenta a su novia Elena lo que sigue: “Me escribió León, amigo mío y de E. R. Parece que el asunto se pone serio. Tu carta coincide con la de él: acabo de citar a Marinello para una conferencia, pidiéndole la información e instrucciones: si ya llegó la invitación para cuándo es, cuánto llegará, etc.”.

      Las notas que se reproducen a continuación, que provienen del libro México 1931-1946. Memorias de un forastero que pronto dejó de serlo, México, El Día en libros, 1987, reflejan los primeros años de Bataille en nuestro país y el entorno que vivían los “Barandales”. (AGA)



I

Llegué a México a mediados del mes de noviembre de 1931, a los 16 años de edad, y salí del país 15 años más tarde, a los 31. 


II

La Ciudad de México fue para mí un museo viviente e inagotable. […] Noté cosas y fenómenos que difícilmente podían haber escapado a un recién llegado de mente curiosa y de corazón abierto. Tuve la impresión, por ejemplo, que muchísimas personas parecían pasarse todo el tiempo en la calle: allí comían y alimentaban a sus niños, allí procuraban ganarse la vida y también divertirse; bebían, a veces peleaban, se abrazaban y hasta se dormían, arrinconados en algún zaguán o, de plano, en la banqueta, bajo la escasa protección de una manta raída o de periódicos […].

          Recuerdo un pequeño incidente que tuvo lugar al pardear la tarde. […] Al tomar una calle bastante estrecha vi sentada en la banqueta a una mujer, obviamente de origen indio, que tenía a su hijo, de tres o cuatro años de edad, sentado en sus rodillas.  A medida que me fui acercando oí que el niño estaba grite y grite, lanzando insultos soeces a su madre y dando a ésta fuertes manotadas en el pecho. Con toda la gentil firmeza de que era capaz y seguramente con un tono profesoral y un acento francés igualmente detestables, empecé a decirle a la criatura que se estaba portando muy mal y que era muy feo pegarle a su mamacita que tanto lo quería.  Hubiera seguido un rato más con mi letanía de buen samaritano de no haber sido interrumpido instantáneamente por un feroz aullido de la mujer, a la vez que se incorporaba y se me encaraba gritando algo así como “¿Pa' que se mete, pendejo? Yo fui la que lo parió a este hijo de puta, y si a mí me gusta que me pegue, ¿usted qué?”.


III

Pasaron muy rápidas las primeras semanas de ocio, interrumpido por indispensables visitas […] Entre éstas […] al director de la Escuela Nacional Preparatoria, don Pedro de Alba [quien me permitió] seguir simultáneamente cursos diurnos y nocturnos con vistas a facilitar la revalidación de mis estudios. […] Doy las gracias, pues, a quienes impusieron a los inmigrantes la obligación de refrendar sus estudios, cuando estudios había. 

          Claro es que hubo momentos tediosos, como los que volví a pasar en las clases de física y química. O embarazosos, en particular en la clase de francés, que tuve que seguir, y donde, cada vez que el profesor enunciaba una regla o pronunciaba una frase en mi idioma, los alumnos, como un solo hombre, volvían la cabeza en mi dirección, como para solicitar mi visto bueno. Aunque nunca hablamos de esto, creo que el profesor, cuyo apellido lamento no recordar, me quedó agradecido cuando decidí sentarme definitivamente en el primer rango para evitar tan estúpida y humillante manera de desconfiar de un profesor […].

          Tuve además el privilegio de poder comparar el alumnado y la actitud del cuerpo docente en la secundaria diurna y en la “Prepa” nocturna. En la primera, la rigidez de la enseñanza, y los alumnos en su mayoría pertenecientes a la clase media, me recordaban mucho a mi liceo parisino, salvo que en este sólo se admitía a los varones y en México el alumnado incluía a muchachas […].

          En la nocturna el ambiente era de mayor libertad. Cabe decir que, si la diurna era una escuela o un colegio de tipo clásico, la nocturna daba una impresión anticipada de lo que podría ser una facultad universitaria. Los alumnos eran generalmente de más edad y más maduros —muchos trabajaban durante el día— y su origen social era más heterogéneo. Recuerdo discusiones acaloradas entre alumnos (algunos de los cuales ya fumaban) y profesores. El maestro Antonio Díaz Soto y Gama, anarquista, combatiente e ideólogo zapatista, tenía fama de quedarse largos ratos, después de su clase discutiendo, de igual a igual, con un grupo de alumnos, sobre cuestiones de actualidad. 

         Nuestros profesores eran no solamente buenos en lo que atañe a las materias que enseñaban, sino que casi todos eran gente de mucha personalidad. Son pocos los nombres de ellos que recuerdo: aparte del ya mencionado profesor zapatista, mencionaré al maestro Ceballos, al maestro Pedro Argüelles, a don Erasmo Castellanos Quinto, Heliodoro Valle y, por supuesto al muy popular director, a la vez severo y cómplice, el inolvidable “Chema” De los Reyes.  


IV

Había notado en diversas ocasiones que un amigo u otro dejaba de atender las clases durante semanas enteras y me pregunté, y pregunté a sus compañeros, si sabían lo que les pasaba, que si estaban de viaje, o enfermos y si necesitaban alguna ayuda.  En verdad supe pronto que habían sido detenidos por la policía (me dijeron: “están en el bote”) por sus ideas y su acción. Pensé entonces que, si yo estaba de acuerdo con sus ideas, como era el caso, era natural y necesario que yo participara en la acción que resultaba de aquellas. Fue en estos días o quizá un poco después cuando decidí adherirme a la Federación de Estudiantes Revolucionarios (FER), cuya clandestinidad decuplaba su poder de atracción sobre los jóvenes románticos que éramos. No me parece oportuno mencionar aquí nombres, por lo larga que resultaría la lista de los que llegaron a ser mis guías y compañeros de lucha, y los más íntimos, mis cofrades. […] Al opuesto de Máximo Gorki, cuyas universidades se situaron en la calle, las mías tuvieron comienzo en los patios, entre los arcos y bajo los geniales frescos de la “Prepa”, y mis maestros fueron mis propios compañeros de clase y futuros camaradas.  


V

Constituimos una cofradía basada principalmente en la aceptación, sin enojo ni rencor, de las mentadas de madre. Como no tengo una sola gota de sangre mexicana […] seguramente me costó menos trabajo que a los demás cofrades aceptar esta condición, pero no recuerdo un solo caso de violación del sagrado principio de la mentada bien tolerada.