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Entrevista a Carlos Franco, las primeras impresiones de una amistad

Año

2021

 

En Casa de las Américas, 1997. Fotografía de Carlos Franco

Carlos Franco Puga (Guadalajara, Jalisco, 1946).

Cuando todavía era un niño, él y su familia salieron de su tierra natal para venir a la Ciudad de México y comenzar una nueva vida.  

Su primer acercamiento a las artes gráficas ocurrió a principios de los años 60, en la Imprenta Madero, en el famoso Fotolito, mientras fue ayudante de fotógrafo. conoció a los famosos diseñadores Rafael López Castro, Pablo Rulfo y Vicente Rojo.

Conoció al escritor y periodista Carlos Payán, gracias al rumor que se corría acerca de la publicación del periódico Uno más uno y Franco aceptó ser el fotógrafo, pues, entre otras cosas, le darían asesorías para su trabajo. 

Durante un coloquio de escritores, tuvo la fortuna de encontrarse y retratar a Jorge Luis Borges, incluso pudo platicar con él.  A partir de ahí, Franco comenzó el acercamiento a la obra de este autor. Cuenta que el escritor era una persona muy agradable y accesible, reconfortante haberlo retratado, por desgracia, fueron pocas las fotografías que pudo tomar de él, pues, la salud del autor argentino era delicada.

Aunque en realidad, no hay personajes cuyo trato haya sido complicado, Franco reconoce que algunos son accesibles y otros no. Eso sí, muchas veces lo que complica las fotografías no son las personas, sino, las circunstancias difíciles como cuando tuvo la oportunidad de tomar fotos a la llegada de Gabriel García Márquez, “una avalancha de gente” se lazó sobre él. Por tratar de cumplir con su trabajo, se llevó pisotones, empujones, incluso patadas y golpes en las costillas, de todo, pero esto no le impidió tomar las fotos adecuadas. Afortunadamente salió airoso luego de esta situación suicida.

De forma nostálgica y cariñosa, Franco platica que el encuentro con Octavio Paz fue fundamental en su vida. Las experiencias que vivió con él fueron intelectuales, pláticas intensas, vínculos muy estrechos. Cuando lo encuentra por primera vez, ya era fotógrafo independiente.

Rafael López Castro estaba en el Fondo de Cultura Económica. En una ocasión, le pidió que hiciera las fotografías de los libros de la Editorial de 1984 al 2000 y así empezó su experiencia de retratar escritores y esto le permitió entablar amistad con Alí Chumacero quien era alegre, platicador, de Acaponeta y como Franco era de Guadalajara, la conversación, así como la amistad fluyeron al instante. 

En una ocasión Adolfo Castañón, quien estaba a cargo de ciertas ediciones, lo llamó por su exitosa experiencia dentro de la reproducción de pinturas, grabados, escritos antiguos y su vinculación con las Artes Gráficas. Castañón le comentaba que era necesario fotografía a Octavio Paz con motivo de la edición de una obra especial. Como era muy difícil fotografiarlo, Franco se sintió feliz de saber que tendría la oportunidad. Cuando llegó el día de la sesión, se encontró con él en su departamento de Reforma. Lo recibió con amabilidad, recuerda y subieron al pent-house donde tenía su acervo de libros. Algo que le llamó la atención a Franco fueron las pinturas de tibetanas e hindúes que había en esa casa.

Al momento de iniciar con el trabajo, Octavio le indicaba las cosas que debía capturar. En su biblioteca tenía apartados los tomos con grabados y pinturas que debía reproducir Franco. Había momentos en los que debían desplazarse a otros lugares como el Museo de Antropología o hacia casas de colecciones particulares porque ahí estaban ciertos escritos. Poco a poco, la confianza ocurrió gracias a la química entre ambos y, en un punto, Franco comenzó a preguntarle acerca de muchas cosas, por ejemplo, sobre el budismo, su estancia en la India y sin quererlo, la conversación surgió natural.

Durante sus pláticas, Paz comentó a Franco que había dos lugares que le causaron una fuerte impresión mientras estuvo en la India. Uno de ellos fue Ajanta, cuyas esculturas y grabados se quedaron impresos en él. Pensaba que para la época en la que fueron hechas estas obras, en la India estaban ya muy adelantados. En una de sus charlas casuales, se mencionó que, gracias a la inspiración de este lugar, se encontraba trabajando en un libro acerca del amor y del erotismo. Tiempo después, Franco supo que era la obra de La llama doble.

El otro lugar que marcó a Paz fue Jaipur por los monumentos y esculturas que estaban relacionadas con cuestiones astronómicas. A Octavio Paz le daba gusto platicarle de todo esto. La familiaridad le permitió estrechar más el vínculo.

A pesar de que su amistad ya estaba bien cimentada y ya habían pasado al menos dos meses, Franco aún no se atrevía a pedirle fotos a Paz. En una comunicación sin palabras, él accedió a que lo fotografiara. Mientras buscaba imágenes y grabados en el estudio de Octavio, con un cuadro de Gironella de fondo, capturó la figura de su amigo en blanco y negro. Con cautela, con determinación y, sobre todo, con la intención de que su amigo no se diera cuenta, el fotógrafo se plasmó junto a él. 

El acercamiento con Paz, su estrecha relación, las pláticas, la química que les permitió acercarse, son las situaciones que Franco lleva pegadas, auténticamente impresas en el alma. Recuerda que su convivencia con el escritor resultó enriquecedora porque aprendió de él, incluso, espiritualmente hablando. Le causaba mucho asombro que el autor supiera tanto sobre el budismo y esto modificó la visión de Franco. Octavio Paz fue su maestro en dos o tres aspectos.

Con el correr de los años, lo veía de vez en cuando; hacía uno que otro trabajo para algunas de las publicaciones. En una ocasión, Guillermo Sheridan le pidió que se encontraran pues tendría lugar una exposición de Vicente Rojo, de sus figuras con textos de Octavio y Franco sería el fotógrafo de la exposición. Este evento fue en Coyoacán, en casa Alvarado. Para ese momento, Franco sabía que su amigo estaba enfermo.

 “Fue muy impresionante para mí porque lo veo en la silla de ruedas y la mera verdad… fue muy impresionante”.

Aquella casa antigua, piso de adoquines y él, a media mañana, en el sol porque los muros, las habitaciones, todo era muy frío. Verlo de nuevo fue una imagen impactante para Franco debido al estado en el que Paz se encontraba.

Con mucha fuerza de voluntad y a pesar de la tristeza, intentó tomar ánimo para acercarse iniciar una conversación, como las de antes. Lo notó cansado, ausente, pero con lucidez y de pronto Franco se detuvo porque no soportó, tuvo que alejarse, se le estrujaba el corazón de ver a su amigo en tal condición.

Quiso despedirse, pero no fue posible. Recuerda la imagen de Marie José entre las rendijas de la puerta. Después, volvió una vez más, pero Paz ya se veía muy cansado. Las palabras ya salían sobrando.

“Nos despedimos de mano, yo sentí su mano un poco fría. Eso me dejó muy impresionado. Ya no lo volví a ver más”.  

Luego de una breve despedida, casual, sencilla con la esperanza de encontrarse después, los amigos se separaron y no volvieron a encontrarse nunca.

Ser fotógrafo permite coleccionar recuerdos, experiencias, sensaciones, aprendizajes, y uno pensaría que es una profesión tranquila, pero no es así.

“En cada situación en la que me vi, fueron momentos muy intensos, sobre todo las situaciones en las que verdaderamente estuve en peligro. Recibimos balaceras, golpes… en esta profesión se recibe de todo, hasta mentadas. Lo que más me ha marcado como ya habrán visto ustedes, la experiencia con personas, haber conocido personajes”.

Zona Paz · Entrevista a Carlos Franco