Conversaciones y novedades

Premio Internacional de Editores de 1961

Ángel Gilberto Adame

Año

1961

Tipología

Novedad

 

Carlos Barral, 1961

Pese a la cerrazón del franquismo, hacía 1956, Barcelona y, en particular, las Islas Baleares resultaron un resguardo para que la cultura española no perdiera vigencia, ya que algunos intelectuales se valieron del confinamiento propio del archipiélago y realizaron coloquios y otros eventos. También la industria editorial se vio beneficiada de estas reuniones. Una de las empresas que tuvo más auge fue la dirigida por Carlos Barral y Víctor Seix.

Con un espíritu iconoclasta, Barral, siguiendo el ejemplo de Camilo José Cela y la revista Papeles de Son Armadans, se empeñó en crear conversatorios anuales para editores, escritores y críticos literarios. A esta tarea se sumaron los autores pertenecientes a la “Generación de los 50”, entre ellos, Josep Maria Castellet, Jaime Gil de Biedma, José Agustín Goytisolo y Jaime Salinas. Estos encuentros se llevaron a cabo en el hotel Formentor en Mallorca que, por aquellos años, era un importante centro literario: “un hotel, más que elegantísimo, exquisito, en el mes de mayo, en el extremo más apartado y seguramente más hermoso”[1].

El primer evento de este grupo se llevó a cabo en mayo de 1959 y el tema de discusión fue el papel del novelista en el cambio social: “¿Cree usted que la novela debe aspirar a transcribir una experiencia, a testimoniar una situación, a defender una postura ideológica o a crear un mundo independiente?” fue la pregunta que marcó el diálogo. El siguiente año el debate se centró en la editorial como pionera estética.

Hotel Formentor

Estos coloquios, Barral los recuerda como una fiesta donde todo podía ser posible. Los escritores llegaban en bicicleta o en “auto-stop”, se reunían y comenzaba la algarabía:

Habíamos quedado [con el doctor Rubino] citados a las diez y media de la mañana en el bar del hotel, pero cuando yo llegué, unos minutos más tarde, lo encontré conversando con Hemingway, con el propio Ernest, que trasegaba, en lugar de café, su segunda botella de vino blanco[2].


Pronto surgió la idea de un premio con dos modalidades, o bien, dos premios que se deliberarían a la par: “la presencia de Italo Calvino y la inminencia de un viaje de vacaciones de Giulio Eunadi a España fueron providenciales para la creación del galardón”.[3] Además de la participación de otros personajes indispensables para el nacimiento del proyecto como la escritora Monique Lange, estrecha colaboradora del editor francés Claude Gallimard.

Basilio Baltasar resume este proceso:

Carlos Barral, Claudé Gallimard y Guilio Einaudi, desde París, Turín y Barcelona, redactaron una breve declaración de principios y convocaron a unos editores persuadidos por la misma contraseña, engreída y displicente. La influencia de sus editoriales gozaba de gran reputación y en aquel momento parecía ineludible la tentación de conquistar un territorio más basto, más profundo, más elevado.
El primer «protocolo Formentor» lleva el sello de Einaudi, Gallimard, Weidenfeld, Rowohlt, Grove Press y Seix Barral. Como membres fondateurs escribieron misivas y telegramas a sus colegas de Arcadia en Lisboa, Albert Bonniers en Estocolmo, Gyldendal Norsk en Oslo, Gyldendalske Boghandl en Copenhague, McClelland & Stewart en Toronto, Meulenhoff en Ámsterdam y Kustannusosakeyhtiö en Helsinki.
De esta correspondencia epistolar y del posterior encuentro en la Feria del Libro de Frankfurt de 1960, nació el Premio Formentor.[4]


En los diarios se leyó la resolución de los editores:

La feliz iniciativa de Carlos Barral […] para dotar dos premios internacionales de novela: el Formentor, de obra inédita y escrita en alguna de las lenguas de los fundadores, y el de los Editores, para novela publicada en los últimos años en cualquier lengua, uno y otro con bolsa de diez mil dólares, tendrá inmediato cumplimiento.[5]


En otras palabras, el primer reconocimiento sería asignado a una obra para su traducción y difusión, y el segundo, bajo el nombre de Premio Internacional de Editores, sería entregado a un escritor por su carrera literaria. El jurado de este galardón estuvo integrado por más de 40 miembros. Se dividió en seis comités de lectura, conformados en un tribunal único con un voto final. Entre los jueces destacaban: Carlo Levi, Alberto Moravia, Pier Paolo Pasolini, Italo Calvino, Angelo M. Ripellino, Carlo Fruttero, Vittorio Strada, Hans Magnus Enzensberger, Michel Butor, Roger Callois, Raymond Queneau, Jean Paulhan, Angus Wilson, Iris Murdoch, Donald Allen, Jason Epstein, Josep María Castellet, Camilo José Cela, Gabriel Ferrater, Emilio Lorenzo, Jaime Gil de Biedma, Joan Petit y Octavio Paz.

Para Paz, el evento concatenó varios sentimientos de nostalgia; además de ser el único juez latinoamericano, aquella sería su primera visita a España, luego de haber visto la destrucción de la guerra en 1937:

La Editorial Barral me invitó para que formase parte del jurado (grupo de lengua española) del Premio Internacional de la Novela. Acepté, porque creo que debemos colaborar con los nuevos escritores españoles, sobre todo si se trata de un grupo como ese, que hace una oposición activa al régimen español. Confidencialmente te diré —nada de esto puede todavía publicarse— que los tres candidatos de lengua española son, por su orden: Rulfo, Delibes y Carpentier. Yo había propuesto, además, a Carlos Fuentes y a Julio Cortázar. Posiblemente estos dos figuren en la selección de los novelistas jóvenes.[6]


Las deliberaciones se celebraron del 28 de abril al primero de mayo, en ellas, se vivieron varios desencuentros entre los intelectuales y sus criterios literarios:

Un miembro de cada comité proponente debía, al menos intervenir a favor de una candidatura y todo el mundo tenía derecho al turno de réplica, […], en las últimas sesiones, destinadas a la comparación de méritos y propicias a la polémica progresivamente enconada, según las posibilidades se iban concentrando en unos pocos nombres susceptibles de ser defendidos con impaciencia. La mayoría de las candidaturas […] se iban delatando como compromisos con los miembros de los comités no presentes en las reuniones.[7]


La ruptura entre los comités se debía principalmente a tradiciones literarias, España y América latina presentaban mejores acuerdos que otros grupos. Para Paz, era importante defender la nominación de sus coterráneos. No todo fueron quiebres, la bohemia que conlleva la reunión de pensadores dio origen a otras tertulias que Barral recuerda:

Sesiones aparte, los modos de relación de los acampados de Formentor no eran precisamente austeros. El alcohol y la vigilia hablada eran tan importantes como los discursos y las réplicas envenenadas. Fuimos todos intensamente amigos en aquel periodo, a lo largo de unos años. Los menos respetables por la edad o la condición, o menos enajenados por el peso de la respetabilidad, pasábamos casi en vela las primaverales noches mallorquinas. Recuerdo bien una de ellas con concurrido y nada inocente baños en cueros, siempre en los alrededores de la estatua, bajo las luces rutilantes y fingidamente portuarias de la terraza del salón de sesiones. Los intelectuales suelen no haber agotado la infancia. […] En medio de un grupo de indecididas muchachas, invitadas y secretarias insomnes, estaba Carlo Levi con su expresión bonachona y su mirada perdida de artista plástico, reinando, eso sí, entre ellas, como un tirano clemente. Y hacia escasos minutos, quizá al anuncio del baño, que se había retirado Octavio Paz con la bellísima Bona de Mandiargues, y todos lamentamos la privación del espectáculo de su incomparable anatomía, regalo supremo de las exposiciones surrealistas.[8]


Luego de días de discusión, se barajaban 77 nombres entre los ganadores. Las votaciones se acercaban más a un juego de azar que a una decisión objetiva, algunos comités emitían sus votos sin conocer las obras de los nominados, por no estar traducidas. Editores y escritores cerraban filas en torno a sus favoritos, se creaban nuevas alianzas, rompiendo pactos ya establecidos:

Henry Miller se impuso a Bellow y Baldwin, Butor se sumó a la opción Carlo E. Gadda, Borges y Carpentier consolidaban sus posiciones. Ni el suizo Max Frisch, alabado por todos menos por los de Einaudi, y Gadda, cuestionado por los de Grove Press, obtenían unanimidades. […] Las votaciones dieron a Beckett dieciséis puntos; Frisch, Carpentier: diez; Henry Miller: nueve; Borges: siete. Robbe-Grillet, Gadda y Morante: cinco; Leiris: cuatro. Les seguían Baldwin, J. D. Salinger, Carlo Cassola, Juan Rulfo, Colin MacInnes, Duras y Sarraute. Los españoles, incluido Paz, que habían apoyado hasta ese momento a Carpentier, dieron un giro estratégico y dieron sus votos a Borges.[9]


El panorama se quebró en dos frentes: los finalistas eran Samuel Beckett y Jorge Luis Borges, la sesión donde se definiría al ganador fue a puerta cerrada:

Tras el último miembro del jurado se cerraron las puertas. Lloviznaba: la tarde se había puesto desagradable para los que quedábamos afuera, quipos editoriales, prensa y público. Por fortuna, había un bar a la intemperie. Eran los minutos de agonía del crepúsculo y el Club de los Poetas, poderosamente iluminado, parecía una vitrina de acuario. No se oía nada y el espectáculo mudo era alucinante. Salinas, de pie en la tarima presidencial, subía y bajaba las manos seguramente invitando a la calma, pero parecía querer arrancar el vuelo.[10]


La comisión francesa, española e italiana respaldaron la candidatura del argentino, mientras que la inglesa, norteamericana y alemana prefirieron a Beckett, evidenciando, nuevamente, sus conflictos culturales. Se intentó romper el empate, ya por medio de la entrada de otra comisión, ya por una nueva candidatura. La propuesta de una nueva delegación, que hubiera sido un grupo escandinavo, se descartó. La sugerencia de otro candidato fue rechazada, pues, aunque los estadounidenses deseaban que la tercia se completara con Miller, los catalanes se opusieron. La irresolución obligó a algunos a sugerir echarlo a suertes.

El reglamento, cuidadosamente estudiado, no decía nada sobre la partición del premio; la dupla Borges-Beckett había resultado inseparable. Ambas posturas eran irreductibles, para cada una su candidato respondía mejor a la pregunta esencial del concurso: ¿Quién es hoy el escritor más imaginativo de la literatura mundial? Paz lamentó que la obra de Rulfo no fuera más vasta, pues no pudo defender su postulación como hubiera querido, sin embargo, se alegró que fuera Borges el triunfador:

La victoria de Borges se debe, en buena parte, a los franceses (Caillois y [Butor] sobre todo) y a los italianos (Moravia –que hizo una pequeña y exuberante intervención–, Vittorini y Calvino). Yo presenté a Borges a la consideración del jurado. Caillois y Moravia “apoyaron” (¡qué lenguaje de político o de diputado!) mi sugestión. Al final, la votación se empató (y de ahí la división del premio entre Beckett y Borges): tres votos (Estados Unidos, Inglaterra y Alemania) por Beckett; tres votos (Francia, Italia, España-Hispanoamérica) por Borges. Para mí (aparte de la vanidad de los premios literarios) la importancia de todo esto reside en que los españoles quizá empezarán a descubrir la existencia de la literatura hispanoamericana. Los únicos tres nombres.[11]


A un atribulado Barral, todavía tendría otro disgusto:

Un imprevisto comunicado ante las cámaras de Grove Press alabando en nombre de todos los editores a Henry Miller, diciendo que haberle otorgado el premio hubiera sido, en su caso, «superfluo». Nuevo revuelo. En la cena de gala se omitió la mención a Miller, y Barney Rosset […] abandonó la cena, rojo de ira. Sin embargo, Richard Seaver, editor de Grove Press, escribió en sus memorias: «El coste total que nos supuso ir a Formentor fue de 10,000 dólares, lo mismo que nos viene a costar cada juicio por los libros de Henry Miller, así que fue una ganga».[12]


Sin embargo, Barral esperaba que el triunfo de Borges ayudara a desintoxicar a una España dominada por la política católico-nacionalista propia de la dictadura, además, sabía lo mucho que significaba el argentino en otros escritores hispanohablantes más jóvenes que comenzaban su carrera, como Mario Vargas Llosa o Gabriel García Márquez, es decir el futuro boom latinoamericano.
La victoria de Borges significó su mitificación en la literatura internacional. Adolfo Bioy Casares recuerda cómo se enteró:

Mientras comemos, lo llaman por teléfono, de Radio El Mundo. Una señorita le anuncia que ganó el premio Formentor. Borges sospecha que se trata de una broma. BORGES: “¿Qué es ese premio?”. LA SEÑORITA: “¿Qué hará con el dinero, señor Borges?”. BORGES: “¿Qué es ese premio?”. LA SEÑORITA: “¿Qué hará con el dinero, señor Borges? ¿Viajará?”. BORGES: “Quizá llegue hasta Lomas [de Zamora] o hasta La Plata”. Silvina no duda de que es una broma. Con recelo esperamos al fotógrafo. Cuando llega, nos recuerda al periodista del final del Doctor’s Dilema. Fotografía a Borges en mi escritorio; a Borges con Silvina, mi padre y yo, a Borges recitando una balada en anglosajón.[13]

Samuel Beckett

Para Beckett, la distinción pasó inadvertida, no simbolizó un acontecimiento importante en su carrera literaria, ya que gozaba de prestigio internacional. Barbara Bray, crítica literaria y pareja del dramaturgo, indicó:

Otro trofeo dividido es el Prix International des Éditeurs […] recibido en conjunto por Samuel Beckett por sus novelas “Molloy” (él apreciaría la ingenuidad del sistema de votación) “Malone muere” y “El Innombrable” […] Beckett está comenzando a ser conocido en Inglaterra como el novelista importante que es, pero por lo que pude descubrir, Borges todavía no se traduce al inglés […] Borges es una figura sumamente intrigante y espero que algún editor inglés esté atento.[14]


El autor de “El Aleph” reconoció que gracias a esa conquista inesperada “de la noche a la mañana [sus] libros brotaron como hongos por todo el mundo occidental”.[15]  Emir Rodríguez Monegal agregó que “fue también el comienzo de la vida de ‘Borges’ y, en consecuencia, el fin de la vida privada de Borges. A partir de entonces, ‘Borges’ dominó por completo. Lo que quedó para Borges fueron las migajas, las sobras, los residuos”.[16]


Jorge Luis Borges

En Francia y en Italia, si bien ya era leído, el reconocimiento mallorquín le aseguró otros títulos como “Gran Commendatore” del presidente de Italia y el francés “Commendeur de L’Ordre des Arts et des Lettres”, en tiempo de Charles de Gaulle. Según Calvino, “Borges pronto empezaría a ejercer una influencia amplia en Italia sobre la escritura creativa, sobre el gusto literario y sobre la idea misma de literatura.”[17] En algún momento, se le preguntó a Borges su opinión respecto a Beckett, el argentino, sin percatarse de la ironía del irlandés afirmó: “Es muy aburrido. Vi su obra Esperando a Godot y eso me bastó. Me pareció que era una obra muy pobre. ¿Para qué tomarse la molestia de esperar a Godot si él nunca llega? Qué cosa tan tediosa. Después de eso, ya no tuve deseos de leer sus novelas”[18].

En la otra modalidad del premio Formentor, la novela triunfadora fue Tormenta de verano de Juan García Hortelano, para quien se resolvió en la publicación de su obra en 13 países simultáneamente. Sin embargo, no tuvo el impacto esperado. Fuera de España, el libro no causó sorpresa. Esto significó un tropiezo para Paz, quien había propuesto en esta categoría a Julio Cortázar o a Carlos Fuentes.

El galardón se celebró hasta 1967, se canceló por discusiones internas. En 2011, se reinstauró el Premio Internacional, Fuentes fue uno de los principales animadores y, convenientemente, fue el ganador en esta segunda etapa. Así se cumplía, en forma de profecía, una confesión que Paz había hecho a Jaime García Terrés, en 1964:

¿Cómo has estado? ¿Y Celia? Hace poco leí algo muy elogioso sobre Carlos Fuentes, en una revista yanqui. Me dio gusto. Y también saber que fue candidato al Premio Formentor (fue absurdo dárselo a la aburrida Natalia Sarraute). Carlos lo tendrá un día —ese premio u otro. Lo merece.[19]



NOTAS

[1] Carlos Barral, Memorias, Barcelona, Lumen, 2015, p. 514.

[2] Ibid, pp. 321 y 322.

[3] Ma. Elena Vallés Palma, “Los Premios Formentor, una bofetada al franquismo” en El diario de Mallorca, 1 de mayo de 2011. Disponible en: https://www.diariodemallorca.es/sociedad/2011/05/01/premios-formentor-bofetada-franquismo-4055123.html

[4] Basilio Baltasar, “Una conjura literaria” en Jot Down Magazine, Barcelona, septiembre 2019, p. 8.

[5]La Vanguardia, 1961.

[6] Octavio Paz a Jaime García Terrés, París, 14 de marzo de 1961.

[7] Barral, op. cit, p. 550.

[8] Ibid, p. 551.

[9] Josep Massot, “Los mayos de Formentor, (1959-1962). 60.º aniversario de los encuentros literarios que marcaron el canon de la narrativa de la última mitad del siglo XX” en Jot Down Magazine, op. cit., p. 88.

[10] Barral, op. cit., p. 547.

[11] Octavio Paz a Jaime García Terrés, París, 23 de mayo de 1961.

[12] Massot, op. cit., p. 89.

[13] Adolfo Bioy Casares, Borges, Barcelona, Destino, 2006, p. 716.

[14] Barbara Bray, “Drama, trophies and digestion”, The Observer, The Observer, 28 de mayo de 1961, p. 30.

[15] María Esther Vázquez, Borges: Esplendor y Derrota, Barcelona, Tusquets, 1996, p. 223.

[16] Emir Rodríguez Monegal, Borges una biografía literaria, México, Fondo de Cultura Económica, 1987, pp. 396-397. 

[17] Edwin Williamsom, Borges, una vida, Barcelona, Seix Barral, 2007, p. 385.

[18] Seamus Heaney ,”Jorge Luis Borges” en Nexos, 2 de julio de 1999. Disponible en:https://www.nexos.com.mx/?p=9315

[19] Octavio Paz a Jaime García Terrés, Nueva Delhi, 29 de mayo de 1964.