En la mirada de otros

En la mirada de Blanca Varela

Blanca Varela

 

Fernando de Szyszlo, Michelle Deladrier, Octavio Paz y Blanca Varela, en París, 1949. Fotografía Bernardo Roca Rey

Blanca Varela (1929-2009), poeta peruana, comenzó su incursión en las letras con la revista Las moradas dirigida por Emilio Adolfo Westphalen. De gran talento poético, fue la primera mujer en ganar el Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca, en 2006.  

Octavio Paz recuerda sobre ella: “Y entre esos cantos, el canto solitario de una muchacha peruana: Blanca Varela. El más secreto y tímido, el más natural”[1].Y añadió:

es un poeta que no se complace en sus hallazgos ni se embriaga con su canto. Con el instinto del verdadero poeta, sabe callarse a tiempo. Su poesía no explica ni razona. Tampoco es una confidencia. Es un signo, un conjuro frente, contra y hacia el mundo, una piedra negra tatuada por el fuego y la sal, el amor, el tiempo y la soledad. Y, también, una exploración de la propia conciencia[2].

 

La siguiente remembranza sobre su amistad fue extraída de Homenaje a Octavio Paz[3]. (AGA)


 

No he venido aquí para hablarles de la poesía, ni de los ensayos ni de la obra crítica de Octavio Paz.

He venido simplemente para pagar una antigua deuda con mi modesto testimonio, empeñándome en ese alevoso juego que es el ejercicio de la memoria, y tratar de conversar con ustedes, recordando una lejana época de mi vida en que tuve la suerte de conocer a Octavio Paz, quien generosamente me dio su amistad y su ejemplo.

Van a disculparme si en el transcurso de esta breve plática me permito algunas licencias. En algún momento no me voy a referir a Octavio Paz, sino a Octavio, a secas; y en otras ocasiones, cuando hable de circunstancias precisas, tal vez lo haga en plural, asumiendo la presencia y la opinión de algunos de mis compañeros de entonces.

Octavio Paz, en la época en que lo conocimos, si mal no recuerdo en pleno otoño de París, en el año 1949, acababa de cumplir 35 años. Sin embargo, para nosotros —cuando digo nosotros hablo de Fernando de Szyszlo y de mí, que recién casados acabábamos de llegar a Francia, muy jóvenes, muy desconcertados y con muchas más ilusiones que dinero para nosotros Octavio Paz era una persona mayor, con gran experiencia de las letras y el arte, en fin, de la cultura en general; y eso era algo que no tenía relación con su edad, pues 35 años eran muy pocos años. Sin embargo, se trataba de un hombre que había vivido desde muy temprano la singular aventura de la guerra civil española y del famoso congreso de escritores antifascistas de 1937, en donde sin duda descubrió su mayor comunidad cultural, y en el que, para darles una referencia más próxima y familiar, se codeó con figuras como Vallejo y Neruda, para hablar solamente de los más grandes poetas latinoamericanos.

A esa edad, Octavio había fundado en México, su ciudad natal, más de cuatro revistas, entre ellas Taller y El Hijo Pródigo, las cuales tuvieron el acierto de acoger en sus páginas a la diáspora española de esa época; y además justamente el año en que lo conocimos —hace aproximadamente medio siglo— publicó Libertad bajo palabra, y al año siguiente, en 1950, lo que él, el propio poeta, llamó su “verdadero primer libro”, El laberinto de la soledad, que increíblemente recibimos autografiado de sus propias manos. Este ensayo apareció en Cuadernos Americanos y se convirtió en nuestra biblia de juventud y en un libro de cabecera por algunos años.

Fuimos presentados a Paz por el poeta peruano Enrique Peña Barrenechea, tío de nuestro gran amigo el poeta Javier Sologuren y hermano de otro poeta, fallecido tempranamente, Ricardo Peña Barrenechea. Por una feliz coincidencia, Paz y Peña Barrenechea eran secretarios de sus respectivas embajadas en París, y fue nuestro amigo peruano quien le contó a su colega mexicano que habían llegado a esa ciudad dos jóvenes que habían participado en la revista Las Moradas, que hizo y dirigió Emilio Adolfo Westphalen en Lima en 1947.

Increíblemente Paz, que estaba enterado de todo lo que sucedía en el mundo de las letras en nuestra lengua —y en el de las ajenas también— le dijo a Peña que le gustaría conocernos, pues sabía que Szyszlo pertenecía al comité de redacción de esa revista y había leído unos pequeños poemas míos que habían aparecido en sus páginas.

Así sucedió. Peña nos invitó a tomar el té con Paz, y cuando los tres abandonamos su departamento y caminamos las calles de aquel elegante barrio hasta llegar al Barrio Latino, que era donde nosotros vivíamos, sentimos que ya se había formado el primer brote de lo que sería una gran amistad y, especialmente, una gran revelación para nosotros, jóvenes provincianos, atemorizados por las luces de la gran ciudad.

Paz, sin exageración, fue nuestro Virgilio en esa selva infernal y celeste a la vez que era el París de entonces.

Conocía a "todo el mundo". Hago una salvedad: cuando digo "todo el mundo", me refiero a la gente que habíamos leído con la pasión de la juventud, y a algunos artistas cuyos cuadros podíamos ver sólo en ciertas galerías y exposiciones y que, ciertamente, admirábamos sin restricciones.

Inicialmente nos invitó a una tertulia que acababa de nacer en torno a una mesa del Café Flore, en el bulevar Saint Germain, lugar de cita obligado de los padres del existencialismo, Sartre y Simone de Beauvoir y de sus juveniles huestes.

Abrumados por la multitud y el ruido decidimos mudamos a Montparnasse, que en ese momento ya no estaba de moda; y nuestro lugar de reunión fue el café del Hotel des Etats Unis (Hotel de los Estados Unidos, así como suena) y allí nos agrupamos en torno a quien escogimos algunos por líder y otros por maestro.

Éramos gente de toda edad y de diversos orígenes. Recuerdo a Julio Cortázar, a quien ya habíamos conocido a nuestra llegada; a los españoles José Bergamín, Arturo Serrano Plaja, Josef Palau, catalán, gran amigo de Artaud; al entonces joven filósofo griego Kostas Papaioannou; al inolvidable poeta nicaragüense Carlos Martínez Rivas, hombre de nuestra edad que ha muerto hace poco en Managua. En realidad, éramos muchos más, algunos de paso, otros fieles a los días de cita, pero todos comulgando siempre con café o vino y con nuestras pasiones y disidencias.

Entre muchísimas cosas planeamos hacer una revista que se llamaría El Pobrecito Hablador, en homenaje a Larra.

Sería vocera de los latinoamericanos, de los españoles exiliados y de todo aquel que estuviera dispuesto a jugárselo todo por sus ideas. Con Octavio no cabían las medias tintas, aunque él en esa época era además de arrebatado, modesto, y dudaba como si fuera el más joven de nosotros.

La revista jamás apareció, pero fue motivo de formidables planes y de grandes discusiones.

Octavio también nos llevó hasta las márgenes de otro río, que no era el Sena, que parecía adormecido, pero donde rugía, mágico como siempre, el surrealismo. Fue gracias a él que conocimos a André Breton y que pudimos sentarnos a su mesa en el Café de Place Blanche. Este inmenso personaje tuvo después la gentileza de invitarnos a su casa y allí conocimos a su mujer Elisa que había nacido en Chile y a su hija.

También allí nos quedamos boquiabiertos ante su formidable colección de arte negro y de pintura surrealista. Todavía recuerdo, absolutamente conmovida, el Chirico que reinaba en su pequeño salón: un personaje que se asomaba por una media puerta, mostrando su torso desnudo y fortísimo.

Breton era un hombre pobre, que vivía de la venta de arte africano; pero tengo el convencimiento que jamás se desprendió de las obras que amaba realmente ni de los cuadros regalados por sus amigos. Por otra parte, nunca he conocido a un poeta que viva de sus libros.

Tal vez las mejores reuniones de esos años fueron las que teníamos en la casa del propio Octavio, en la Avenida Victor Hugo. Allí compartíamos su mesa, bailamos, jugábamos, nos disfrazábamos; y éramos numerosos; tan numerosos que no faltaban franceses que, según Octavio, aunque fueran muy talentosos bailaban pésimo el tango. Nuestras obsesiones de latinoamericanos eran el centro de toda conversación: política, identidad, historia y sobre todo nuestra diferencia con ese mundo europeo al que habíamos llegado alcanzando una posguerra llena de privaciones y donde buscábamos a través del arte, de la poesía, una nueva manera de ser y de estar en ese mundo "moderno" que teníamos que aprender a vivir.

Esta camaradería duró aproximadamente un par de años. Tal vez menos, pero fueron suficientes para que Paz nos revelara muchas cosas sobre nosotros mismos y, lo que es más importante, sobre él. Fue enorme su generosidad. Fue una época feliz y desgraciada a la vez. Fue duro ese aprendizaje de vida, en que tratamos con su ayuda en convertirnos en personas, en seres reales.

He conocido a mucha gente que me ha estimulado para escribir y creo que Octavio fue el más exigente y el que me otorgó mayor confianza. Años más tarde, cuando nos volvimos a encontrar nuevamente en México en 1959, jugó con nosotros lo de siempre; fue el amigo, el maestro, el mejor guía en el extraño y bellísimo laberinto de su país. Por él también conocimos a "todos", entre comillas esta vez; y allí fue donde me hizo el mejor regalo que he recibido. Me pidió mis poemas y publicó un libro que prologó, para mi sorpresa. sin que yo se lo hubiera pedido y que bautizó como Ese puerto existe.

Creo que haber conocido a Octavio Paz en mi primera juventud, llena de dudas, inseguridad y temores, fue lo que me hizo escoger la poesía como mi inevitable oficio.

 




NOTAS

[1] Octavio Paz, “Destiempos, de Blanca Varela” en Fundación y disidencia, Obras completas III, México, Fondo de Cultura Económica, 1997, p. 351.

[2] Ibidem.

[3] Blanca Varela, Homenaje a Octavio Paz 1914-1998, Lima, Pontifica Universidad Autónoma de Perú, 1999, pp. 13-17.


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