Conversaciones y novedades

El traducir como necesidad y como proyecto: Octavio Paz

Horácio Costa

Año

1998

Tipología

Conversación

 

Horácio Costa

*Entre más reflexiono acerca de la obra poética de Octavio Paz, más me parece que en ella puede desarrollarse el establecimiento de un núcleo central de valores en torno a la idea de traducción, entendida ésta como el traducir más allá del acto circunscrito de verter un texto de una lengua a otra lo que, dígase de paso, y como es sabido, el poeta mexicano practicó con notable maestría.


 

Muchos fueron y son los críticos y lectores de Paz que han tratado de llegar a una “configuración mínima” que, desde su significado, irradiara sobre la obra paciana toda una gama de posibilidades interpretativas. Así, no pocos, asumieron la noción de “conciliación de contrarios” como la base para el entendimiento del gran edificio de relaciones internas que Paz construyó a lo largo y ancho de su vida intelectual. En este sentido, me remito, por ejemplo, a los estudios de Enrico Mario Santí y de Manuel Ulacia, que desarrollan ese principio analítico con indudable competencia. Además, y por otro lado, una y otra vez se enfatizó la importancia de una decantada y modernísima “postura crítica” —en el sentido del Alto Modernismo internacional, del cual sin duda Octavio Paz fue parte galardonada—, frente a la tradición, a los movimientos estéticos en general, y a los diferentes hemisferios de las ciencias sociales, que en sí “explicó” el gran poeta desaparecido hace algunos meses. El mismo Octavio Paz innumerables veces, gracias a lo que podría ser visto como una especie de “espíritu de cruzada”, llamó la atención hacia esa noción como la definidora de la actitud del poeta moderno: por extensión, tal hecho corroboraría la importancia de este “imperio de la crítica” como central para cualquier evaluación de su obra, en lo particular. Así mismo, una tercera vía de entrada a ésta la da una noción complementaria a las anteriormente expresadas, la de “diálogo”. Cada vez más en sus ensayos tanto sobre la literatura y el arte, como sobre la vida política mexicana e internacional, Paz afirmó la postura dialógica, para él siempre asociada al concepto de pluralismo, como central tanto para el ejercicio abierto de la crítica, como para un verdadero fermento para la creación literaria misma.

Sin perjuicio de esas nociones de hecho básicas para la comprensión de la obra paciana, y de forma complementaria, me parece que el acto de traducir, en sus aspectos multimodales, da la energía a los impulsos creador e interpretativo en Paz: sin él, creo yo, no es posible entender su entrada al mundo, ni lo que, en el mundo, su obra significa. En el presente ensayo, quiero tejer consideraciones sobre la importancia del acto de traducir en su postura intelectual, sin remitirme, por el momento, a su actividad de traducción la tu sensu. Por lo que, en primer lugar, será necesario brevemente estipular lo que entiendo por traducir, en el presente contexto. Después, no dejaré de considerar algunos biografemas de Octavio Paz. En tercer lugar, trataré de dar algunos ejemplos tomados de la obra del poeta. Finalmente, supongo que no será demasiado, a partir de este breve análisis, generalizar el legado de traducir en la obra paciana, en el contexto más amplio de la cultura latinoamericana.

“Traducir”, en el sentido más amplio del término implica conciliar, criticar y dialogar, y también relativizar, “transicionalizar’’ si es posible arriesgar el neologismo. Sólo puede traducir quien asume una postura transicional: el traductor está, literalmente, en tránsito, no sólo entre lo que vierte y lo vertido —cuando se da en el ámbito de la traducción literaria, y como tan bien lo postula Haroldo de Campos, la recreación—, sino también, en el proceso de la traducción, se encuentra este creador sui generis traduciéndose, en tránsito en, y para sí mismo. A partir de esta amplia y convergente postura transicional, eminentemente transitiva, dialógica, puede el traductor volver relativos los contextos de lo cual, en lo cual y para lo cual traduce; ahora, esto significa abrirse al examen de modo continuo, y constantemente poner en jaque el núcleo atributivo de la identidad, sin el objetivo de perderlo o doblarlo, simplemente en aras de conocerlo más intensa y extensamente.

Pensando en términos globalizadores, y lejos del ejercicio circunscrito y convencional de la traducción, tal postura podría considerarse como amenazadora del núcleo-bruto de la identidad, sea ella concebida en términos del individuo o de la colectividad, tocia vez que el traducir hace enfrentarse con contenidos exógenos a aquello que responde por la identidad, el quid individual o colectivo. Bajo el punto de vista autoritario, a lo largo de la historia, el traducir, este lanzarse al diálogo, siempre fue visto como tal. En este punto, recordemos que toda esa mecánica fue problematizada de manera brillante por Bajtin quien, sin el objetivo específico de politizarla, la dimensionó en el horizonte del enfrentamiento entre las mentalidades monoglósica y poliglósica, en una concepción particularmente significativa si se considera en el contexto de la historia rusa secular.

En el ámbito de los estudios literarios, esta concepción progresiva del traducir encuentra un símil acabado en la noción barthesiana que opone “texto” (“texte”) a “obra” (“oeurre”), tendiendo aquél a la apertura y al ful uro tanto cuanto ésta tiende al cierre y al pasado —o. si quisiéramos, asociando aquél, más bien en su horizonte epistemológico que no en el teórico-factual, al mundo “poliglósico”, y ésta, por oposición binaria, al “monoglósico”.

Poeta cuya formación antecede a las bogas estructuralista y postestructuralista, que erigieron esa idea de “texto” como un instrumento todopoderoso para el ejercicio intelectual —de ahí, por lo tanto, sin directamente creer en ella sino, dicho sea de paso, menospreciándola cuando se presentaba la oportunidad, esto es, dudando de ella al considerarla descaracterizada, privada de valor intrínseco—, mientras que Paz parece haber hecho del acto de traducir textos y contextos, y no obras aisladas, la chispa central de toda su actividad analítica, que siempre tendió más hacia lo sistémico que a lo puntual.

Todo lo anteriormente expuesto, aunque un tanto contradictoriamente o à rebours, según la evaluación del poeta, no puede sorprendernos si consideramos su extracción social y su trayectoria vivencial. Octavio Paz nace en el seno de una familia cuyas principales figuras masculinas presentan entre sí el conflicto básico, que caracterizó a la historia mexicana en el último siglo. Nieto de un abuelo conservador, prócer del régimen autoritario v “modernizador” encabezado por el general y dictador Porfirio Díaz, Paz es hijo de un militante de la línea más radical de la Revolución mexicana, la zapatista que, en nuestros días conoció un nuevo florecimiento, para desconcierto del último Octavio Paz. En resumen, si su abuelo era un miembro del establishment del país, que preconizaba la manutención, o la inserción definitiva, de México en el sistema capitalista internacional, costara lo que costara —inclusive a través de la perversión del sistema democrático en la versión liberal burguesa—, su padre defendió hasta las últimas consecuencias -con la propia vida-, la ideología de restauración de una especie de “edad de oro” mesoamericana anterior a la colonización europea. El cosmopolitismo afrancesado y el indigenismo utópico se contraponen en los perfiles del abuelo y del padre de Octavio Paz: sin pretender reducir esta situación a un freudismo caricaturesco, tal vez no sea excesivo considerar lo que este antitético doble origen representó en su obra. En pocas palabras, traducir —y si se quiere, conciliar y criticar— esa disyuntiva fue una constante en la actividad intelectual de Paz.

Si desde el origen la situación familiar de Paz revela este carácter diverso y conflictivo, el mismo México, especialmente en la traducción de Paz, tan sólo termina por reiterar tal visión. Octavio Paz nunca cesó de enfatizar la excentricidad mexicana en el contexto occidental, su simultánea pertenencia y diferencia histórica y cultural en relación con el logos europeo. En pocas palabras, todo su trabajo de traducción del México ancestral e histórico está marcado por su visión de constantes que en principio, en términos ideales, se debían excluir mutuamente: una y otra vez a lo largo de su ensayística, comprendemos la fascinación del poeta en relación con esta especie de subversión histórica, que hace que la cultura mexicana contemporánea surja de fuerzas que de hecho son contrarias, pero que coinciden para crear la particularidad y la identidad de México en el contexto internacional. En este sentido, no nos debe sorprender que, en un esfuerzo por encontrar símiles al México que él está traduciendo con una fidelidad y una agudeza de percepción algo obsesivas, Paz no se encamine hacia las culturas aparentemente más próximas a la mexicana, tales como aquellas que, en las Américas, viven o vivieron una situación colonial y poscolonial semejante, o hacia la vieja Europa posiblemente entrevista como casa común de todos los americanos, pero que sí se dirija hacia contextos históricos y sociales aparentemente distintos, como el de la India. Los Estados Unidos o Brasil, o la misma América hispánica, no son “similizables” al traducir mexicano de Paz. Francia, España y más aún Portugal, donde el poeta jamás puso un pie, se presentan dannées de culturas interesantes al Paz lector de clásicos y modernos, al traductor de textos de sus pares poéticos, pero a quien no le interesan para su traducir profundo. La India, entre tanto, con su panteón perfectamente oscuro para los extranjeros no iniciados, con su culinaria hecha de condimentos contrastantes, le remite a las divinidades prehispánicas y a los sabores familiares. En este sentido, tampoco debe sorprendernos que las referencias más importantes de sus principales poemas, Piedra de sol y Blanco, sean dadas, respectivamente, por el monolito clave de la cultura azteca, el calendario llamado “Piedra de Sol”, que se encuentra en el Museo de Antropología e Historia de la ciudad de México, y por la filosofía tán trica hindú, que desde el epígrafe (“By passion the world is bound/ by passion too it is released” del Tantra Hevajra) crea los cimientos para Blanco, un poema de alto nivel de abstracción, que se abre más a la posibilidad de ser decodificable o entendible, cuanto más próxima se dé la lectura teniendo el hinduismo como intertexto.

A mi manera de ver, en realidad Octavio Paz traduce, en el sentido que aquí empleo, adentrándose en diferentes territorios de las ciencias humanas porque siente que la excentricidad mexicana, vivida por él literalmente in embryo, no puede ser debidamente traducida sino por un cbscurso que erija la hibridez de registros como su marca propia. De ahí el carácter inquietantemente ecuménico de su escritura ensayística; también de ahí se desprende, podríamos suponer, la cantidad de registros, no menos ecuménicos, que inciden en su poesía.

Como anécdota vale mencionar una observación de Octavio Paz que no recuerdo haber visto escrita en sus ensayos, que le escuché decir en una ocasión social, sobre la poesía de Pound, un maestro de la apertura referencial en la escritura poética. Paz apuntaba en ella una falla en su dimensión tan ideológicamente inclusiva: al lado de las referencias a la poesía oriental, al canon clásico o a la lírica trovadoresca, el mexicano resiente la ausencia de lo más netamente americano en Pound, quien jamás incluyó la poesía, la cultura prehispánica, en su vigoroso y enciclopédico paideuma. ¿Por qué no colocar un glifo maya o azteca al lado de un ideograma chino?, se preguntaba Paz. En pocas palabras el poeta nunca se olvida de su arraigo excéntrico y excentralizador. Más allá de las diferencias históricas vividas por todos los mexicanos en relación con los Estados Unidos, de sobra conocidas, y esa exacerbada conciencia de su excentricidad que marca tal vez la significativa distancia del poeta frente a sus contemporáneos estadunidenses, Paz, tantas veces considerado por la izquierda latinoamericana y particularmente la mexicana, como reaccionario, a pesar de haber sido el único intelectual latinoamericano realmente influyente en el contexto del país vecino desde el cubano José Martí, siempre criticó las debilidades de los Estados Unidos en sus propios términos blandiendo altaneramente su excentricidad, por él traducida y dimensionada para la contemporaneidad, como testimonio de certificación.

Sin duda, el opus magnum de la ensayística paciana, Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, publicado en 1983, revela un esfuerzo de traducción notable, lo más apto para ser considerado, entre todos los estudios producidos por Octavio Paz, como un clásico de la moderna ensayística en español. Un libro de concepción magistral, el cual conforma un tipo de estudio nunca antes emprendido en relación con la vida y la obra, y aun con el contexto cultural, social y político local e internacional, cercado por un intelectual representativo, lejano de la vida colonial hispanoamericana. Para encontrarnos algo parecido en la ensayística en lengua española reciente, a mi entender, debemos referirnos al no menos singular El otro Andrés Bello, de Emir Rodríguez Monegal, el crítico uruguayo con quien Paz mantuvo una larga amistad, en el cual la dinámica cultural y política de la Hispanoamérica poscolonial se detalla en función de la vida y de la obra del intelectual romántico venezolano.

Siguiendo su vena de escribir a partir de un registro múltiple e híbrido, Paz utiliza hábilmente toda la fortuna crítica ya acumulada sobre la voz más distinguida entre las de los poetas del México colonial; el resultado no es tan sólo, como sería de preverse, una recreación de la Nueva España y de sus avatares, sino mía mirada incandescente de Paz sobre las condiciones, v las constricciones, del intelectual latinoamericano de todos los tiempos. En su traducción del México del siglo XVII, Paz indirectamente se traduce a sí mismo, en las no menos hieráticas cifras de su medio mexicano contemporáneo; de hecho, no conozco ninguna otra obra de su autoría en la cual el poeta se revele más frente al público lector, esto obviamente, sin referirse a sí mismo. En la biografía —porque al fin y al cabo, Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe debe ser clasificada como tal— asoma el perfil histórico de Paz: como Sor Juana, un espíritu demasiado vasto para su contexto y que se percibe así, marcado por contradicciones embrionarias, experimental e inclusivo, y consciente de su propia extrañeza histórica. Ésta, la Sor Juana según Octavio Paz y la manera tanto incisiva como apasionada con la cual él retrata el mundo de ella, tan próxima a aquélla a la cual él se refiere, en sus ensayos de cuño político y cultural, a la sociedad y al mundo del poder mexicano actual.

Finalmente, la resplandeciente lectura que Paz procesa del largo poema de Sor Juana, "‘El sueño”, por mucho la más elevada de las nociones seminales para su interpretación, según la crítica responsable, parece sugerir la apertura, el vuelo, que Paz desearía para la lectura de sus propios poemas de mayor aliento, entre los que están los ya mencionados Piedra de sol y Blanco. Justamente, en su exégesis de “El sueño” —también conocido como “Primer sueño”— Paz arriesga lo que podría ser visto como un método de interpretación poética, basado en una incansable pluralización de referentes y, para decirlo en una sola palabra, en el riesgo de la lectura -pero no, tan gálicamente, en el hedonismo mal disfrazado del “placer del texto”—, en el cual, más allá de lo fidedigno en el levantamiento de las fuentes, de la exactitud en la consideración de la estructura de la versificación, etc., tal y como se procesa convencionalmente, el poema es visto como un “doble del mundo” (“un doble del universo”), un reflejo de escritura que ansia la perfección y que ni por su inevitable falla se vuelve menos sintomático de ella ni, simultáneamente, menos sintomático de las circunstancias que lo asisten, y por qué no decirlo, que se vuelve igualmente un objeto hecho de palabras que reclama su estatuto sempiterno de barroquismo, perfectamente concebido en su peculiar e irrepetible unicidad, y que, por toda esta carga, tocia esta ambición, necesita de una malicia de hibridismo, de mía vertiente cultural mestiza, excéntrica, para ver alcanzada su mejor economía de lectura.

Pero volvamos a nuestro foco de atención. Al principio de este ensayo, formulé que quería abordar, con la rapidez que es debida a la presente circunstancia, cuatro puntos. Llegamos al último de ellos, referente a mía posible generalización del traducir en Paz como ejemplar en el contexto latinoamericano del siglo XX. Antes, sin embargo, me permito una digresión.

Octavio Paz no presenta exactamente eso que se considera “un desafío de lectura”, en el sentido usual del alto modernismo internacional, cuyo epítome es, et pour cause, la milimétrica textualidad joyceana. Su complejidad e interés, más que residir en el texto producido, está en la amplitud y profundidad de su impulso traductor. Sin desmerecimiento de la alta calidad, del alto nivel de perfección siempre presente en sus textos poéticos, eso es lo que le garantiza un lugar prominente en la cultura latinoamericana del siglo que termina. En pocas palabras, su originalidad mayor está en su postura de traducción. Aceptar su trémula y muchas veces aparentemente arbitraria lucidez, la extensión y el coraje en sus deducciones sobre aquello que se pensaba encontrar latente, distante o inconexo, pero que confluye para diseñar lo reconocible, es el desafío mayor con el cual se enfrenta su lector e intérprete. Si esto asume el trazo de la figura de conciliación de contrarios o del diktat de la crítica omnidireccionada, tanto mejor, y más enriquecedor. Lo que me permito divisar en este sentido es, antes que nada, un ejemplo preclaro de actividad de gran poeta que no se desanima frente a la inmensidad de su empresa y a la incomprensión general sobre la misma durante la mayor parte de su vida, y que no claudica en la elección de los tópicos que trata, ni siquiera en la forma, ni en el discurso con los cuales los desarrolla. Octavio Paz se sitúa, si es que no está ya situado, entre los más significativos nombres del modernismo internacional: se puede estar en desacuerdo con muchas de las teorías que emplea o de las interpretaciones que produce: lo que no se puede hacer es dejar de admirarlo en su ejemplo de libertad intelectual y en el cuidado apasionado con el cual trata su propio y conflictivo origen.

Volvamos a nuestro asunto. Dadas las circunstancias de su nacimiento y del momento histórico vivido por Paz durante el siglo XX en la sociedad mexicana, tan marcada por la gesta revolucionaria -que ofreció a la comunidad latinoamericana no pocas alternativas, todas más o menos originales-, ese su traducir no podía sino responder a una necesidad, totalmente legítima, del poeta frente a un mundo cifrado, y por demás enigmático, como el que le fue dado. De un intelectual que viva en un mundo cifrado sólo es legítimo esperar un empeñado desciframiento de éste: de aquí la vieja recurrencia de los que tratan las cosas de la mente. Sin embargo, no todos los que se empeñan en esa empresa pueden hacerlo traduciendo, y no sólo descifrando, y simultáneamente creando sobre su propio acto traductor. En pocas palabras, no todos lo hacen en función de un proyecto original y totalizador, en esencia civilizacional, como lo supo hacer Octavio Paz. En realidad, Paz fue uno de los grandes arquitectos de la actual cultura latinoamericana: un proyectista tenaz, hasta pudiera decirse obsesivo, que se preocupó, como conviene a un maestro, no sólo en proyectar el pasado a partir del escrutinio de sí mismo y de su contexto cultural, sino también en proyectar el futuro va que el mismo, como todos sabemos, es campo donde se nutren economistas, santos politiqueros y, la más de las veces, falsos profetas.

Al transformar su necesidad legítima en proyecto y acto de civilización, y al proyectar no como si se encontrara infundido con el soplo de un providencialista o de un visionario, pero sí como un traductor privilegiado que sabe traer el aliento liberador de la poesía a este su esfuerzo de traducción, Paz ofrece un poderoso, y por qué no decirlo, central paradigma del intelectual latinoamericano del siglo en el cual vivió casi en su totalidad.



NOTAS

* São Paulo, agosto de 1998. Traducción de L. Fátima Andreu