Nicanor Vélez Ortiz
Tipología
Historiografía
Temas
Recontextualizaciones
Lustros
1985-1989

*Me
gustaría pensar que estamos en una especie de Casa de la presencia, suerte de recinto fuera del
tiempo que da nombre al primer volumen de las Obras Completas de Octavio Paz.
En algún recodo de su prosa, Paz decía que la poesía es una “antigüedad sin
fechas. No es gratuito por tanto que en los primeros títulos que propuso para
sus obras en 1990, quisiera llamar a este volumen La casa del tiempo. La fundación
de la poesía; porque
como él dice en su prólogo: “El presente de la poesía es una transfiguración:
el tiempo encarna en una presencia. El poema es la casa de la presencia.” Y de
aquí el título final de este volumen.
La idea de publicar sus obras completas —como cuenta Paz en el primero de sus prólogos— nació en el curso de una conversación con Hans Meinke, director en aquel entonces de Círculo de Lectores y ahora responsable de la editorial Galaxia Gutenberg. El punto de partida fue en Valencia, en 1987, cuando ellos tuvieron su primer encuentro. Nuestra casa editorial ya había publicado, en 1985, una Antología poética a cargo de Juan Luis Panero. Se habló de la posibilidad de publicar uno de sus libros de ensayo, pero se pasó rápidamente de esta idea a la de reunir en siete volúmenes una selección importante de su obra. Los textos se organizarían siguiendo un criterio temático; pero una vez hecha la distribución, Paz vio la necesidad de aumentar a ocho el número de volúmenes, con el fin de dedicar uno exclusivamente a sus reflexiones generales sobre la poesía (El arco y la lira, Los hijos del limo, etcétera).
El primer libro estaba previsto para el 31 de marzo de 1989, con el fin de conmemorar su setenta y cinco aniversario, y terminar la publicación el 31 de diciembre de 1990. Pero dificultades de diversa índole, tales como la organización de los textos, el orden de aparición y la redacción de los prólogos, hicieron aplazar la publicación; hasta que en febrero de 1990, se decidió publicar las obras completas. Una vez tomada esta decisión se consideró que el número de volúmenes debería ser doce, pero cuando preparábamos el octavo, nos vimos en la necesidad de reconsiderar el número, y optamos por hacer catorce y, novedad previsible, ahora serán quince. Personalmente me ha tocado en suerte seguir a lo largo de diez años el desarrollo de estas obras y encargarme del proceso de toda la edición. Pero en este proceso, conviene recordar aquí, hay varias personas que han sido parte sustancial: en primer lugar, el padre de la idea, Hans Meinke; el diseñador, Norbert Denkel; la responsable de la producción, Susanne Werthwein, y el actual director de Círculo de Lectores, Albert Pèlach, que ha hecho posible su continuidad.
En 1993, el Fondo de Cultura Económica, a través de Adolfo Castañón, se puso en contacto con Círculo de Lectores con el fin de manifestar su interés de publicar las obras completas para América. Después de una reunión en Barcelona, acordamos que el FCE publicaría nuestra edición, manteniendo el mismo formato y las mismas características externas. Es así como el proyecto se convirtió en una aventura entre “las dos orillas”. El primer volumen del FCE apareció en 1994. Para aquel entonces Círculo ya había publicado los seis primeros volúmenes, que volvimos a corregir Octavio Paz, Ana Clavel del FCE y yo, con el fin de limpiarlos “completamente” de erratas. A partir del séptimo volumen decidimos que, tanto Paz como el FCE, leerían el volumen en segundas pruebas, y no una vez impresa nuestra edición, para así agilizar la salida de los volúmenes en México.
Ninguna obra en la historia de la literatura, al menos que yo sepa, ha sufrido una reestructuración, por el autor, tan sustancial al presentarse como obra completa. Aunque esto es relevante, pues la mayoría se limita a reagrupar sus libros en volúmenes, lo verdaderamente importante y sorprendente es constatar que esta reestructuración es en cierta forma la que se lleva a cabo con un rompecabezas. En el caso de Paz, cada elemento, cada texto tiene un valor importante por sí mismo, pero al sufrir esta especie de metamorfosis, no sólo cada texto mantiene su valor, sino que además pone de manifiesto y resalta la coherencia de un pensamiento que se quiere siempre activo. Sin confundir, por eso, coherencia con estatismo o inmovilidad. Es decir, coherencia crítica y, como era de esperar, aunando pasión y lucidez o, si se quiere, poniendo de manifiesto la razón ardiente.
Insisto en la importancia de que haya sido el propio Paz quien hubiera sometido toda su obra en prosa a una reestructuración por temas y, parcialmente, siguiendo un orden cronológico. La obra en prosa de un poeta no es otra cosa que, por una parte, su toma de conciencia y, por otra, la recreación de su propia tradición. Si lo anterior es verdad, la estructura de las obras completas de Paz nos invita a percibir, como posibles, múltiples figuras. Retomo una de ellas que, aunque antecede a estos mamotretos, sigue siendo una de las más eficaces y expresivas para definirlos. Advierto, sin embargo, que debemos verla como una figura que tiende más al trazo que a la fijación.
Quien haya frecuentado las páginas de Borges, tal vez no habrá olvidado aquel personaje que “se propone la tarea de dibujar el mundo” y “a lo largo de los años puebla un espacio con imágenes…”. “Poco antes de morir —según nos dice el narrador—, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara.” Ahora bien, Paz, que como el escritor argentino supo desde muy temprano que su destino sería literario, a través de la espiral, que es la figura geométrica que mejor define el ritmo de su prosa, y a través de la secuencia de sus versos, fue trazando su visión de un universo hasta formar la figura que descubre Cortázar en su obra: una estrella de mar. Todos somos conscientes de que los temas que abarca la obra de Octavio Paz son múltiples y diversos. Su rasgo más importante: la lucidez; su columna vertebral: la poesía, y sus vértebras: el mundo de las ideas. La poesía es centro y punto de explosión. El mundo de las ideas son aristas que trazan la figura que Cortázar veía a través de su prosa y sus poemas. Sus ensayos, puntas de esa estrella, colindan con la historia, la sociología, la antropología, la historia de las ideas y la crítica literaria. Al parecer, como diría Terencio, “nada de lo que es humano le es ajeno”.
No es de extrañar, por tanto, que en la presentación de estas obras completas en Barcelona, en 1991, y en Madrid y Oviedo, en 1993, se evocara la figura del humanista para definir a Octavio Paz, tan ajena a este siglo de compartimentos estancos y de especialistas.
Es importante, aunque sea de forma muy somera, señalar los puntos novedosos de estas obras; sin entrar en detalles y reduciendo los ejemplos a muestras, por motivos evidentes de tiempo. En primer lugar, lo que ya hemos resaltado, la estructura. En segundo lugar, hay dos libros que tomaron cuerpo con las obras completas: La llama doble y Vislumbres de la India. Ambos se habían pensado como ensayos de unas cien páginas que formarían parte de Ideas y costumbres; sin embargo, estos textos siguieron un camino propio y se convirtieron en libros, como cuenta Paz en sus prólogos y en su correspondencia. Además de estos libros centrales, hay textos nuevos con los que pretendía ampliar una idea o perfilar un tema. Por ejemplo, en relación con el segundo volumen, Excursiones/Incursiones, y el tercero, Fundación y disidencia, en una carta dirigida a Meinke, dice: “Fue muy laboriosa la búsqueda, la compilación y la revisión de los textos. No me limité a corregir las erratas sino que, en algunos casos, agregué páginas e incluso escribí un pequeño ensayo para completar lo que digo sobre Ezra Pound (‘Afterthoughts’). También estoy satisfecho con las dos páginas y media que añadí a propósito de Neruda.” Al margen de esto, en algunos volúmenes hay unos pocos inéditos.
Uno de los valores más importantes de estas obras son los prólogos que encabezan cada volumen. En su conjunto son, sin duda, una verdadera biografía intelectual. Sólo basta hojear “Entrada retrospectiva” e “Itinerario”, prólogos de El peregrino en su patria e Ideas y costumbres I, para confirmar este hecho.
Por primera vez se agrupan todos sus textos y poemas dispersos de juventud en el volumen XIII, Miscelánea I. Primeros escritos. Muchos, durante años, le criticaron a Paz haber corregido o suprimido algunas obras de juventud por motivos políticos. Aunque no todos quisieron oírlo, en varias ocasiones explicó los motivos de sus supresiones y sus cambios (“Entre la piedra y la flor”). Ahora en este volumen aparecen no sólo todos los textos dispersos sino también las primeras versiones de sus poemas de juventud. En su fax del 2 de febrero de 1994 me dice:
... te envío la primera parte del tomo XI, es decir, los poemas de adolescencia y juventud, excluidos (o nunca recogidos) en mi Obra poética. Ya te imaginarás mis sentimientos contradictorios al hacer esta recopilación. Si me hubiera dejado guiar por la justicia poética, habría destruido estos textos. Pero es imposible: todos, menos uno, fueron publicados. Acabo de enterarme que apareció un libro que Borges había prohibido expresamente reimprimir: El tamaño de mi esperanza. Es inútil rebelarse contra estas prácticas post mortem.
Y en su prólogo añade:
Y hay otra razón circunstancial: algunos críticos y periodistas, censores que escriben con bilis, me han reprochado la supresión de varios poemas y las correcciones de muchos otros. Han dicho que esas modificaciones y enmiendas obedecían a razones de orden ideológico: con ellas intentaba borrar las huellas de ideas y sentimientos que me movieron y conmovieron en mi juventud. Estos críticos, si se les puede llamar así, voluntariamente ignoran que el impulso que me llevó a corregir y suprimir algunos de mis poemas ha sido la insatisfacción ante mis obras y sus defectos. Corregí y suprimí no por sórdidos motivos de ideología política sino por sed de perfección. No he sido el único: infinidad de escritores han sentido y hecho lo mismo.
Vale la pena destacar también los volúmenes 14 y 15 que reúnen los últimos escritos y una selección de más o menos 35 entrevistas seleccionadas por Octavio Paz, con la ayuda de Ana Clavel y Adolfo Castañón.
En cuanto a las correcciones más puntuales y concretas, en algunos casos nos encontramos con una nota que matiza o amplía alguna idea; en muy pocos, una palabra toma el lugar de otra, no para desmentir sino para concretar o precisar; en cierta forma, en estos casos, no se trata más que de restituir el nombre justo para cada cosa. Unificamos, por otra parte, de común acuerdo, las formas etimológicas de muchas palabras, los nombres propios chinos, japoneses, rusos, o los términos de las filosofías y religiones orientales. En su poesía las correcciones fueron mínimas, sin embargo hay un caso ejemplar que me gustaría recoger aquí. Cuando preparábamos la edición de Delta de cinco brazos (libro que incluye sus cinco poemas extensos más importantes y diez poemas breves), en su fax del 23 de febrero de 1994, entre otras cosas me dice:
Hacía años, literalmente, que no releía Piedra de sol. El sábado pasado cometí la imprudencia de volver a ese poema y encontré, aparte de otras cosas que ya son irreparables, dos líneas que pedían una enmienda. Se trata del pasaje en que se habla de la muerte (páginas 273-275); hay un momento en que, guiado por la semejanza entre los ruidos —animales, fisiológicos— que hacemos al morir y al nacer, me refiero a “ese jadeo de la vida que nace”. En sí misma la frase no es enteramente reprobable (alude a un hecho y nada más) pero en este caso es una intrusión que rompe el hilo y que, a su vez, se interrumpe bruscamente. Aunque no he tocado el poema desde que se publicó por primera vez, hace ya treinta y seis años, cedí a la tentación, en verdad invencible, y cambié esas líneas. Página 274, líneas 12, 13 y 14 de la Obra poética. En donde decía:
el delirio, el relincho, el ruido
obscuro
que hacemos al morir y ese jadeo
de la vida que nace y el sonido
[de los huesos machacados
en la riña]
debe leerse:
el estertor del animal que muere,
el delirio, el jadeo, el ruido
obscuro
de la piedra que cae, el son
monótono
[de los huesos machacados
en la riña]
Ojalá que no te parezca absurda esta tardía corrección. Y ojalá que llegue a tiempo.
El 3 de marzo de 1994 vuelve sobre el tema:
Celebro que te haya gustado la enmienda. Ojalá que haya tiempo para insertar una leve variante, que mejora una línea y evita una repetición. Obra poética página 274, línea 12, donde dice “el estertor del animal que muere”, debe decir: “la mirada del animal que muere”.
Y el 6 de marzo de 1994 me escribe nuevamente:
La gestación poética es, a un tiempo, lenta y rápida, contradictoria y definitiva. A ti te ha tocado la dudosa fortuna de ser testigo de una de ellas… Los tres versos no me dejan. Encontré en las dos versiones que te he enviado repeticiones de palabras de ideas. En la primera: estertor; en la segunda: mirada. Se me ha ocurrido otra versión. Será, ahora sí, la definitiva no sólo porque me parece mejor que las anteriores sino porque ya no habrá posibilidad de cambiarla:
el animal que muere y que lo sabe,
saber común, inútil, ruido
obscuro
de la piedra que cae, el son
monótono
[de los huesos machacados
en la riña]
Paz continúa y me explica:
El saber que vamos a morir es universal, común a todos los seres vivos. Lo comparten con nosotros la mayoría de las especies animales. Quizá todas. La conciencia —el darse cuenta de la propia existencia— aparece en todos los animales, así sea de una manera informe, como sensación; a su vez, esa conciencia está indisolublemente ligada al saber obscuro de la muerte. Basta haber visto morir a un perro, un toro, un pájaro, una mariposa o a cualquier otro insecto, para comprobar que el saberse mortal es un atributo o consecuencia del ser vivo animal (no toco el enigma de los otros organismos vivos, como las plantas). Todos los animales saben (sienten) que están vivos y todos saben (sienten, presienten) que van a morir. Esta es la raíz del miedo de los animales y de su reacción ante el miedo: la fuga a la agresión feroz. Y esto es lo que hace tan triste al maravilloso espectáculo de la naturaleza: sobre la vida flota, como un velo o una sombra, la presencia intangible de la muerte. Pero ese saber es inútil para cada individuo (aunque quizá no lo sea para cada especie): no evita la muerte. Al contrario, nos avisa que regresamos al lugar de donde venimos, la materia bruta: piedras, átomos o soles y galaxias. Estoy seguro de que ni un electrón ni un sol tienen conciencia como la tienen el hombre, las vacas, las serpientes y las moscas. Finalmente, este saber es doblemente inútil pues no evita que el hombre, como todos los animales, machaque diariamente los huesos del vecino…
Y después de unos puntos suspensivos, Paz termina:
Perdón por esta disquisición para justificar tres líneas de un poema. ¿No habíamos quedado en que la poesía no necesitaba justificaciones ni explicaciones?
Entre los muchos ejemplos que se podrían tomar de nuestra correspondencia, escojo deliberadamente éste porque no sólo refleja una forma de respeto hacia el otro, sino que representa también una de sus ambiciones más constantes: la perfección, la reflexión continua… pero, sobre todo, el rasgo esencial para que esto se produzca: la duda, es decir, la incertidumbre. Sólo el hombre que duda puede mantener la exaltación, que, como dice Stefan Sweig, es la otra forma de llamar a la juventud.
En gran parte, se puede considerar que fruto de estas obras completas y del trabajo continuo, a lo largo de los último diez años, es la serie de proyectos paralelos que emprendimos desde Círculo de Lectores, y que ahora realizamos junto con la editorial Galaxia Gutenberg. Dentro de estos proyectos están, por una parte, las ediciones ilustradas de libros como La llama doble, Vislumbres de la India, El mono gramático, Ladera este o libros especiales como Delta de cinco brazos; sin olvidar la grabación de su voz en Travesías: tres lecturas, o la nueva edición que preparamos en papel biblia de sus obras completas. Por último, cabe destacar la nueva edición bilingüe que preparamos de Versiones y diversiones y, sobre todo, la aparición de Figuras y figuraciones, que se acaba de presentar en Madrid hace unos días: libro que viene a ser una especie de diálogo entre el arte y la poesía, entre Marie José Paz y Octavio Paz. Diez de los doce poemas del libro surgen a partir de las cajas-collages de Marie José y dos cajas-collages nacen de dos poemas breves. La primera vez que Octavio Paz nos manifestó su deseo de hacer este libro fue en 1991 y se pensó siempre como un diálogo de figuras y figuraciones…
Me gustaría señalar aquí unas cuantas constantes que se desprenden de la lectura de sus obras. Empezaría por su rasgo más visible: Su prosa está minada de intuición y lucidez. Y cuando digo esto, no juego a la atribución gratuita o al epíteto homérico. Por eso he dicho en otra parte que muchas veces lo importante en Paz no es tanto la idea conceptual que desarrolla, sino la forma como nos hace participar de sus propias sensaciones. Hay aciertos y encuentros en su prosa que sólo desde la poesía y a través de un lenguaje poético se podían producir. Un ejemplo de intuición y lucidez es El laberinto de la soledad (y aunque piense que no es el mejor ejemplo, tomo este texto deliberadamente, por lo controvertido, y por ser uno de sus libros más leídos, al menos en México). Un especialista en historia mexicana, o en una de las ramas de las ciencias sociales, descubrirá vacíos, elementos parciales que faltan, problemas apenas enunciados, etcétera. Al no ser la obra de un especialista, pasa como con la mayoría de las obras de creación: uno de los valores esenciales, más que en lo que demuestra, está en lo que revela, descubre, insinúa, perfila o despierta. Hay una serie de cuestiones en El laberinto, que los mexicanos después de ese libro no se pueden formular de la misma forma… Si una de las grandes virtudes de su obra es que sugiere sin cesar, no ignoro que uno de los riesgos de la intuición es la tentación a la generalización. No en vano Bachelard la incluyó entre uno de sus obstáculos epistemológicos. Y como dice el autor de La Flamme d'une chandelle en una de sus charlas: "la generalización sólo es posible si la realidad lo permite”. Recuerdo esto porque en libros como La llama doble o Vislumbres de la India el pequeño resbalón de la generalización, que a veces desorienta a la verdad, se puede perdonar, si entendemos la intuición, más que como un sistema de respuestas, un universo de preguntas.
Ya que hablamos de constantes en sus obras completas, hay un rasgo, en relación sobre todo con la forma de escuchar al otro, que no puede quedar al margen: la generosidad. Nadie ha expresado con mayor acierto, que yo sepa, el carácter generoso de Paz, como Alejandro Rossi, que con la intuición del creador y la agudeza del filósofo, dice de su prosa: “Prosa que no perdona el error, pero sí al hombre que lo cometió.”
Pero la generosidad, por supuesto, no está reñida con la crítica. Cuando le fue concedido el Nobel, ante una de las múltiples preguntas que se le formuló dijo que no aceptaba un cargo público porque era más benéfico trabajando en lo que creía, alejado de un puesto; pues esto le permitía afinar sus críticas o sus elogios.
Ahora bien, cuando se es totalmente crítico se corre el riesgo de que nuestro pensamiento se manipule más fácilmente. Las instituciones, a nadie se le escapa, están siempre al acecho de la voz de los poetas. Y el aplauso, muchas veces, es la forma elegante de callarlos.
Paz siempre fue consciente de que el oficio del escritor es un oficio de palabras, por tanto, su instrumento de defensa y de ataque es el lenguaje, y dentro de éste el mejor escudo contra el Estado o cualquier tipo de poder es, sin duda, una de las palabras más breves del diccionario, el monosílabo: NO. El escritor tiene que ser sobre todo y ante todo conciencia, como diría Paz, “no es el hombre de poder ni el hombre de partido: es el hombre de conciencia”. Y nada mejor que esta conciencia como antídoto contra las ideologías. En cierta manera, no es otra cosa que el gran NO de la poesía contra los poderes sociales. Recordemos una vez más al autor de Libertad bajo palabra en una entrevista con Braulio Peralta:
La hostilidad frente a la poesía es de origen moral: la poesía es peligrosa porque expresa la parte irracional del hombre, sus pasiones, sus deseos, sus sueños. El poeta inventa imágenes y figuras más o menos reales con los sentimientos y pasiones humanas que rompen el orden social. De pronto, un mito poético, Don Juan, se vuelve más real que un tratado de sociología [La Jornada: 12 octubre 1990].
Se trata, en definitiva, de la posibilidad de decir: NO; o decir: “esto no es aquello”… En la presentación de las obras completas en Madrid, 1993, Paz decía: “Una literatura que ha olvidado el poder de la palabra no, es una literatura que ha claudicado.” Equivocado o no en sus ideas, “Octavio Paz —como dice Alvaro Mutis— nos ha enseñado a todos a no tragar entero, a meditar sobre cada paso de nuestro destino y de nuestra condición de hombres” (31 marzo 1994).
La mejor forma de premiar a un escritor es publicarlo, porque, al fin y al cabo, el mayor homenaje que se le puede hacer es leerlo, es decir, hacer posible el circuito directo entre el escritor y sus lectores, sin pasar por los intermediarios de todo tipo, alabanzas superfluas o ataques malintencionados. El ideal, por tanto, es llegar al punto en donde podamos hablar más de la obra que del hombre, más de su pensamiento que de sus circunstancias personales, más de sus ideas y sentimientos presentes en su obra que de las intrigas cotidianas.
Y vuelvo a la presentación de sus obras completas en Madrid, en aquella ocasión dijo: “Pienso en tantos poetas que no pudieron ver publicadas sus obras, pienso en Góngora, Quevedo, Bécquer, y siento rubor.” Y según la crónica de un diario: “Asegura que publicar un simple libro es una apuesta, y las obras completas ‘un desafío aún mayor, una apuesta suicida. Pero no creo que ver mis obras reunidas y editadas me momifique en vida’.”
Ahora bien, ¿estamos ante un clásico? No lo sé. Pero si es así, creo que sólo nos queda desear para su obra que no caiga en esa definición de clásico que nos daba Borges: un escritor que todos nombran, pero ninguno lee. El lector decide, pero para decidirlo, como mínimo, tiene que tener acceso a sus obras. Ése es el pequeño grano de arena de los editores.
Por mucho que se diga lo contrario, el centro de esa estrella de mar que se sentía cómoda en todos los océanos es su poesía. Por tanto, quiero compartir con ustedes, para terminar, dos reflexiones de Paz sobre su propia obra. En el fax del 17 de febrero de 1997 me dice:
Espero el contrato de Versiones y diversiones. Me alegra mucho publicar con ustedes ese libro —uno de mis preferidos. Tal vez porque no es mío sino a medias y en los últimos meses veo con desgano y melancolía todo lo que he hecho. Por ejemplo, el primer volumen de mi obra poética (el libro es muy hermoso) causó en mí una extraña (o no tan extraña) reacción: ¿valen realmente la pena algunas de sus páginas? Percibo las carencias y las faltas pero no logro ver con claridad los aciertos. ¿Todo ha sido una equivocación? Creo que esta duda la han sentido y la sienten casi todos los escritores de obras de imaginación. Tenía razón Bolívar: aramos en el mar. Y sin embargo, estoy contento. Debemos escribir (y en general hacer) con desinterés, como dice Krishna: no en busca de resultados más o menos quiméricos sino porque es nuestro destino, nuestro deber, nuestro dharma.
Espero que más que el retrato de un hombre, en este caso un poeta, haya dejado en ustedes unos cuantos trazos que sugieran perfiles, rasgos; que, por supuesto, a su vez son sensaciones, emociones, sentimientos que por ser instantes son humanos, es decir, el antídoto contra esa otra cara, la divina, que es nuestra obsesión: la eternidad. Señalo de paso, como sugirió tantas veces Paz, que no se trata de salvar el mundo, sino de acompañar al resto de los hombres y de hacer juntos el camino…
Y no quiero terminar estas líneas sin recordar al autor que da nombre a este instituto. Cuando preparábamos el volumen de su poesía, en septiembre de 1996, me dice en un fax:
He leído las pruebas dos veces. Muy pronto pasé de la natural alegría a la duda, después al temor y, en fin, a la desazón y la desesperanza. La experiencia fue como leer la sentencia de mi particular Juicio Final. ¿Algo quedará de todo esto? ¿Aré en el mar? ¿Cómo saberlo? Ese libro no es lo que soy y menos aún lo que hubiera querido ser, sino lo que pude ser. Al pensar en esto volví a recordar a Alonso Quijano, ya curado de quimeras, de vuelta a su pueblo y en trance de poner en orden su alma. Pero él quiso deshacer entuertos y yo solamente hacer versos. En fin, la lectura de las pruebas ha sido no tanto un ejercicio de humildad —¡qué más quisiera!— como de resignación. Ahora me siento más ligero y casi contento.
NOTAS
*Ponencia leída en la mesa redonda “Las Obras completas de Octavio Paz”, organizada por el Instituto Cervantes de Nueva York el día 22 de octubre de 1999, en el marco del homenaje “A tribute to Octavio Paz. In mernoriam 1914-1998”, presentado por el Instituto Cultural de México en Washington, D.C., y de Nueva York, en colaboración con el Metropolitan Museum of Art, la Library of Congress, la Academy of American Poets, Poetry Society of America, la Fundación Octavio Paz, la Secretaría de Relaciones Exteriores y el Instituto Mexicano de Cooperación Internacional.