En la mirada de otros

En la mirada de Manuel Durán

Manuel Durán

 

Manuel Durán (1925-2020) abandonó España al final de la Guerra Civil y se refugió en Francia con su familia. Llegó a México en 1942, donde cursó estudios de derecho y de filosofía y letras en la UNAM. Más tarde, tras la Segunda Guerra Mundial, hizo sus estudios de posgrado en la Sorbona. En 1960 llegó a la Universidad de Yale y trabajó como jefe del Departamento de Español y Portugués. Sus libros incluyen estudios sobre Cervantes, Quevedo, Calderón, Luis de León, Neruda, la relación entre poesía y filosofía, así como un volumen de ensayos sobre Lorca.

Para Paz, la obra de Durán “posee, además de valor poético, un valor crítico: nuevo testimonio de la suerte del hombre en un mundo regido por el poder, el dinero y el apetito material. Mundo de la propaganda, al fin resuelto en ruido: todos hablan y nadie sabe lo que dice”.[1]

Las siguientes palabras fueron recogidas en la revista World Literature Today donde Durán formó parte del consejo editorial desde 1964. Además de servir como un recuerdo de Paz, muerto un año antes, resume las consideraciones que llevaron al académico a impulsar la candidatura de Paz para el Premio Neustadt de 1982. (PLG)


Conocí a Octavio Paz en París, en 1951, cuando yo estudiaba español y literatura comparada en la Sorbona. Paz era el agregado cultural de México; nacido en 1914, había comenzado a escribir poesía desde muy joven, alrededor de 1931, y ya era famoso en México y muy conocido en Francia y en otras partes. Lo que me llamó la atención desde el principio fue su cualidad de excelente conversador, lleno de ideas y de chispazos originales, pero también su capacidad para escuchar. Los éxitos tempranos no parecían haberlo perjudicado.

Un individualista y un rebelde de la tradición romántica, Paz tenía una afinidad por las causas perdidas. Había estado en España durante la Guerra Civil, tomado parte en reuniones antifascistas y elogiado al bando republicano. Ahora, en Francia, se había unido a los surrealistas de André Breton, justo en el momento cuando el pueblo francés, siempre voluble, estaba por consignarlos al olvido, promoviendo sólo a escritores asociados a la Resistencia francesa, tales como Vercors, Camus o Sartre (muchos de los surrealistas habían huido de Francia al comienzo de la ocupación alemana y se habían refugiado en los Estados Unidos: ellos siempre estuvieron en contra de los ejércitos, la guerra, la patriotería y el Estado en general).

Confieso que mi admiración por Paz estaba teñida de algo de envidia. Parecía ser el hombre más feliz del mundo. Era apuesto físicamente, con un pelo café, ondulado, hermoso (yo comenzaba a perder el mío), estaba felizmente casado (o al menos así lo parecía en ese entonces) con Elena Garro, una mujer mexicana, joven y brillante, quien asimismo era una dramaturga y novelista notable, con un lugar asegurado en las letras mexicanas modernas. Paz era para ese entonces rico y famoso. No había duda de su fama, y vivía en un apartamento lujoso decorado con antigüedades, seguramente propiedad de la Embajada Mexicana en París.

Paz ha recordado ocasionalmente su infancia mexicana. En algún momento ofreció una descripción pintoresca de sus primeros años:

Nací en la Ciudad de México, pero viví de niño en un pueblo en las cercanías de la capital, Mixcoac. Vivíamos en una casa grande, con un jardín. Éramos una familia venida a menos, empobrecida por la Revolución y la guerra civil. Nuestra casa, llena de muebles antiguos, libros y objetos, se desmoronaba poco a poco. A medida que caían los cuartos, nosotros llevábamos los muebles a otro cuarto. Recuerdo que durante mucho tiempo viví en una habitación espaciosa, pero a la que le faltaba parte de un muro. Unos suntuosos biombos me defendían bastante mal del viento y de la lluvia. Una enredadera se metió en mi cuarto... Una premonición de aquella exposición surrealista en la que había una cama sobre un pantano[2]

Tan solo un año antes de conocerlo, en 1950, había publicado El laberinto de la soledad. Un éxito instantáneo; este libro de ensayos pasó por varias ediciones en corto plazo y fue traducido a varios idiomas. Estableció la reputación internacional de Paz y continúa siendo una lectura obligada en muchos cursos universitarios sobre América Latina. Sin embargo, el libro es difícil de describir, más difícil aún de clasificar. ¿Es sociología? ¿Historia? ¿Un alcance personal, lleno de intuiciones brillantes? Era la antítesis de una monografía académica: no tenía notas, bibliografía o estadística. Era historia, sociología, mito, hábitos, sueños; innumerables aspectos de una rica y compleja cultura contradictoria, vista por la mente y el corazón de un poeta.

A mí me gustaría pensar a Paz como un joven Goethe moderno, si bien más cercano a la izquierda, políticamente hablando, que el joven poeta alemán. Más tarde, al final de su vida, seguía siendo apuesto y había cambiado poco físicamente, pero se había dejado crecer una barba que lo asemejaba vagamente al busto de Sócrates que alguna vez vi en un museo: me dijo que su tema favorito era el amor; el amor físico y espiritual que se compara y contrasta con la lujuria, “la llama doble”, como en el título de uno de sus mejores libros de ensayos; y dado que Sócrates había declarado que el amor era su tema favorito (¿quién podría olvidar las últimas páginas de El banquete?), llegué a la conclusión de que, conducido por el milagro de la reencarnación à rebours, Goethe simplemente había regresado en el tiempo y se había convertido en Sócrates.

Me encontré con Paz en muchas ocasiones, en la Ciudad de México, en New Haven, en Norman, Oklahoma, donde vino a aceptar el Premio Neustadt en 1982 —me complace señalar que promoví su causa durante las deliberaciones del jurado y que fui capaz de convencer a los otros jueces de su mérito: Paz recibió el premio. Debo agregar que sus evidentes logros facilitaron mi trabajo. Lo que quiero destacar ahora, es que tanto en París como en Oklahoma y luego en la Ciudad de México, Paz me dio la clara impresión de haber concebido la tarea del poeta en el mundo moderno como algo mucho más público y, como solían decir los franceses, engagé, que como la habían pensado la generación previa a la suya. Muchos poetas importantes del mundo antiguo, tales como Homero y Virgilio, fueron esencialmente poetas públicos, no privados. Ni Dante ni Shelley —y sería difícil encontrar dos poetas más disímiles en personalidad y estilo— podrían ser calificados como “privados”. En los dos percibimos la urgencia de informar y de pugnar el cambio de la sociedad. Hasta poetas “privados” como Rimbaud y Mallarmé terminan por definir una cultura que le pertenece a toda la sociedad y, por tanto, son, en un sentido limitado, pero efectivo, poetas públicos.

Paz fue desde el principio un poeta, un pensador, un hombre con plena conciencia de la dimensión social de su trabajo. Fue, entre tantas cosas, un constructor de puentes entre culturas —por ejemplo, entre México y España. La cultura mexicana le debe mucho a España: idioma, religión, un sistema de valores. Sin embargo, la mayoría de los mexicanos se resiste a aceptar esta deuda. No así Octavio Paz, quien jugó un papel en la Guerra Civil Española, y quien, después de la guerra, se hizo amigo de muchos escritores españoles exiliados en México. Una de las muchas revistas literarias en las que él participó en su fundación le abrió sus páginas a tantos escritores exiliados que terminó por cerrar, informando con gracia, en el último número, que había perecido víctima de la “influenza española”.

Francia es otro país cuya cultura penetró profundamente en México. La influencia alcanzó su clímax al acabar el siglo XIX, en el ocaso del Porfiriato. Desde entonces se había debilitado; Paz hizo mucho para restablecer estos viejos vínculos, dedicando páginas profundas a Lévi-Strauss, el estructuralismo y otras tendencias importantes de las letras francesas contemporáneas. Siempre tuvo curiosidad, una mente abierta a otras culturas; lo opuesto de los escritores de intereses estrechos y provinciales, obtusamente nacionalistas, parodiados por Carlos Fuentes: “No leas a escritores extranjeros… sólo escritores mexicanos… pues quien lea a Proust… ¡se prostituye a sí mismo!”

Paz también hizo mucho para introducir culturas orientales a un público hispanoamericano. Tradujo al gran poeta japonés Matsuo Bash? en colaboración con un autor japonés hispanoparlante. Escribió poemas y artículos sobre Japón y sobre la India, donde fue el embajador mexicano por varios años. (Renunció su cargo en 1968, después de que el gobierno mexicano masacrara a cientos de estudiantes que protestaban por un sistema político más democrático).

Era además un crítico de arte notable —asumo que la mayoría de los lectores del World Literature Today no estarán al tanto de este hecho. Recuerdo haber leído varios artículos suyos sobre arte y artistas; sobre pintores mexicanos como Coronel y pintores indios y, en particular, su introducción memorable en el catálogo de una exhibición internacional de arte prehispánico mexicano. Siempre me impresionó la claridad y sensibilidad de su prosa, excepcional en un campo donde muchos críticos tienden a ser vagos, confusos, muchas veces engañosos o simplemente incapaces de explicar al lector promedio qué ver y cómo ponerlo en perspectiva. No me cabe duda de que Paz es uno de los mejores críticos de arte del siglo. Quiero hacer énfasis en este aspecto de su carrera porque estoy consciente que ha sido desdeñado o simplemente ignorado por el público internacional.

Por otro lado, el trabajo de Paz como crítico literario ha sido celebrado tanto en Hispanoamérica como en muchos países de Occidente, especialmente en Francia, Inglaterra y los Estados Unidos, y, debo agregar, este aspecto de su trabajo merece todos los elogios que ha recibido. Paz es un crítico literario notable y original. Leer algunas páginas de El arco y la lira o Los hijos del limo convence a cualquier estudiante de literatura que, en la prosa crítica de Paz, la sensibilidad y la claridad van de la mano. Su análisis de la imaginación poética, su interpretación del mundo literario romántico y posromántico no tienen parangón en la crítica literaria actual. Los trabajos que he mencionado son apenas dos títulos dentro de una vasta producción de libros y artículos que en su mayoría no han sido traducidos al inglés. Cuando la producción completa de la crítica de Paz esté disponible en inglés, el público angloparlante podrá, al fin, apreciar cabalmente la originalidad y el genio de su mente crítica.

Hay aún otra faceta de la personalidad de Paz: su papel como figura pública. Su impacto sobre la opinión pública en México siempre había sido significativo: su renuncia a su cargo como embajador de México en la India, cuando el gobierno de México ordenó la masacre de estudiantes en 1968, le ganó el afecto de las clases medias y altas mexicanas, absolutamente hartas de la crueldad y la corrupción del grupo en el poder. Con este acto, Paz se convirtió en el ídolo de los estudiantes mexicanos. Regresó a su país plenamente empoderado, maduro, famoso, y capaz de ofrecerle a sus lectores una llave de acceso a la cultura contemporánea. Los años que Paz pasó en Nueva Delhi fueron especialmente importantes para su vida personal: en Nueva Delhi conoció a Marie-José, una dotada, hermosa, inteligente y vivaz mujer francesa, quien se convirtió en su segunda esposa, su constante compañía, su femme inspiratrice.

Obviamente uno de los puntos culmines de la vida de Paz fue el Premio Nobel de Literatura, concedido en 1990. Éste le llegó por completa sorpresa: Paz mismo no pensó que habría de recibir el premio hasta el último minuto. Recuerdo con claridad haber cenado con él y un grupo de profesores y estudiantes de posgrado del Sillman College (uno de los institutos de la Universidad de Yale), la noche antes de que fuera anunciado el premio. Alguien —sin tacto, pensé— mencionó el Premio Nobel y le preguntó sus posibilidades de obtenerlo. Él contestó brevemente que no pensaba que lo obtendría, agregando que ya nunca pensaba en el premio, luego de lo cual, cambió la conversación hacia otro tema. Debo concluir que, o era un excelente actor, lo cual dudo, o que era tan ignorante del resultado del premio como los demás en esa mesa.

Durante los años que precedieron su muerte en 1998, Paz creó nuevas revistas culturales y literarias importantes, tales como Plural (1971) y luego Vuelta (1976). También apareció muchas veces en mesas redondas televisadas. Este aspecto de la trayectoria de Paz es la que quizá produjo más comentarios negativos y suscitó menos simpatía entre su público.

La principal televisora de México, Televisa, siempre había sido favorable al PRI y a sus presidentes. ¿Había sido Paz cooptado por uno de esos gobiernos? La explicación es probablemente mucho más compleja y, sin embargo, vagamente inquietante. Paz, en sus últimos años, tendió a simpatizar con el presidente Ernesto Zedillo, porque pensaba que su principal rival político, Cuauhtémoc Cárdenas, nunca le pudo explicar a sus seguidores a dónde quería llevarlos, y se había rodeado de un equipo incapaz de resolver muchos de los problemas que azotaban al México contemporáneo.

Otra fuente de controversia fue un artículo despectivo sobre Carlos Fuentes, el famoso novelista, que apareció en Vuelta. Paz no fue el autor de este ataque. Me aseguró, además, que estaba fuera de México cuando apareció el artículo y que no vio el texto antes de que éste fuera publicado.

No debemos olvidar que Paz asumió un papel público no por vanidad, sino porque pensaba, desde el inicio de su carrera, que la poesía debía jugar un papel activo en la sociedad contemporánea. Creía que la poesía, o más bien, el acto de crear poesía, no debía surgir necesariamente de la soledad. También puede ser un diálogo; un diálogo que implica, que incluso exige, la existencia de los otros. Paz supo por instinto e intuición lo que los filósofos del romanticismo alemán —Fichte, Schelling, Hegel— descubrieron tras largos años de razonamiento, y lo que ha sido reafirmado en nuestro siglo por Martin Buber: no hay un “yo” sin un “tú”, no hay individualidad sin otredad; somos todos parte de un todo, parte de una pluralidad, sin renunciar a nuestro ser individual. Tal y como lo dijo Paz en su discurso al aceptar el Premio Neustadt de 1982:

En términos estéticos, la pluralidad es una riqueza de voces, acentos, maneras, ideas y visiones; en términos morales, pluralidad significa tolerancia hacía la diversidad, renuncia al dogmatismo y reconocimiento del valor único y singular de cada obra y cada personalidad. La pluralidad es universalidad, y universalidad es el reconocimiento de la admirable diversidad del hombre y de su obra… El reconocer la variedad de visiones y sensibilidades es la preservar la riqueza de la vida y por tanto asegurar su continuidad[3].

Pluralidad significa tolerancia, aceptación de otros puntos de vista, libertad para hacer pronunciamientos que otros pueden aceptar o rechazar. Solo en una sociedad comprometida con la libertad y la democracia puede florecer la pluralidad. El lenguaje es una herramienta que nos permite internarnos en nosotros y en el mundo a nuestro alrededor; el lenguaje es también un espejo que nos muestra nuestro rostro, y una ventana que nos permite ver las nubes y las estrellas. El lenguaje es además un vehículo que va y viene, tejiendo realidades, tejiendo el mundo a nuestro alrededor. El vehículo va y viene en “Blanco”, uno de los poemas filosóficos más ambiciosos de Paz:

El espíritu
es una invención del cuerpo
El cuerpo
es una invención del mundo
El mundo
es una invención del espíritu

Seis líneas cargadas de significación, parte de un largo poema filosófico que tiene pocos paralelos en la literatura contemporánea. Pues Paz, además de ser un gran poeta lírico, alcanzó una y otra vez el tipo de visiones sostenidas y profundas que solo pueden alcanzar los poetas metafísicos o filosóficos. ¿Cuántos poetas metafísicos podemos encontrar en el canon occidental? No muchos. Dante, por supuesto, y también Lucrecio, Shakespeare, Quevedo, Calderón, Milton, Donne, Baudelaire, Mallarmé, T.S. Eliot. También Coleridge, Keats, Novalis. El sueño del poeta filósofo es que no está solo, incluso cuando piensa que lo está. Constantemente se siente empujado por un demonio interno que lo lleva a salir a explorar; a tratar entender, como dijo Baudelaire, “le langage des fleurs et des choses muettes”, y a encontrar su papel, su lugar en el cosmos. No solo para sí mismo, sino para todos nosotros. Esto, creo, es lo que Octavio Paz, quería lograr. Corrijo: esto es lo que Octavio Paz logró.





NOTAS

[1] "La paloma azul: Manuel Durán", Obras completas, tomo IV, p. 310.

[2] Entrevista con Rita Guibert, 1970.

[3] World Literature Today, otoño de 1982, volumen 56, número 4, p. 596.