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La identidad en su laberinto

Leopoldo Zea

Tipología

Conversación

Temas

El laberinto de la soledad

 

Leopoldo Zea

Mi identidad para Octavio Paz es soledad, mi identidad está sola, el laberinto son las otras soledades. ¿Cómo compaginar universalidades y soledades? Ésa es la pregunta.

Hay solitarios que lo arreglan expandiendo su soledad sobre otros hombres, sobre otras gentes. Ustedes recordarán que en el Fausto de Goethe, en el prólogo, se dice que Dios hace patente la necesidad para no quedarse solo y crea una criatura que le diga: “Tú eres Dios, tú eres grande, tú eres inmenso, yo nunca podré ser como tú.” Eso se creen esas gentes que quieren expandirse e imponer su soledad a los demás.

Esta soledad de unos cuantos es la que sufren pueblos como el nuestro. Esta historia de los pueblos como el mexicano, que sufren esa soledad para que los demás expandan su grandeza: “Tú eres el hombre por excelencia, yo no puedo ser como tú.” Y obliga, por ejemplo, a negar a la madre para poderse ir con el padre, pero el padre le dice: “Nunca serás como yo, eso no es posible. " De allí que el mexicano sabe que no puede ser como el padre que lo engendró, pero que tampoco quiere ser como la madre humillada, sometida, violada. ¿Violada por quién? Por el grande que viene a crear otras criaturas. Ahí está el origen de este México, el mestizaje pleno, absoluto.

Hay que salir de esa soledad, pero ¿cómo salir de esa soledad? “La historia de México —dice Paz— es la del hombre que busca su filiación, su origen. Sucesivamente afrancesado, hispanista, indigenista, ‘pocho’, cruza la historia como un cometa de jade, que de vez en cuando relampaguea.”

Tema central en El laberinto de la soledad fue la ambivalencia, la dicotomía, originada en etnias y culturas diversas que se encontraron en la región de la tierra bautizada como América. De allí que sea obligado elegir y por ello amputar, de allí la hipocresía y el enmascaramiento, para parecerse ¿a quién?: “No puedo parecerme al español. Entonces voy a parecerme al inglés, al francés, al ruso, a cualquier otro. Figuras que parecen como modelos, por más que haga no puedo parecerme a él.” Entonces —dice Paz— vamos a volver a lo que somos, vamos a volver a nuestra soledad, y en nuestra soledad vamos a encontrarnos con todos los demás hombres.

Paz encuentra en la Revolución mexicana la base de esa posibilidad. La Revolución que se inicia en 1910 es un gran caldero, un gran crisol de soledades que tiene como meta salir de la soledad que le ha sido impuesta, esto le da un sentido de comunidad. “La Revolución mexicana —dice Paz—replantea esta problemática: nos hizo salir de nosotros mismos y nos puso frente a la Historia, planteándonos la necesidad de inventar nuestro futuro y nuestras instituciones.” Ya no imitar, o al imitar, como decía Antonio Caso, inventar un poco.

Dice Alejandro Rossi que él vio cómo el zapatismo se había convertido en otra máscara, “lo están viviendo con máscaras”. Ya no es el zapatismo que, en nuestra infancia, él o yo vimos. En las calles de Plateros, yo vi la ensangrentada ropa de Emiliano Zapata, exhibida en un escaparate, un día después de ser asesinado. Nunca olvidaré esa imagen. Ése es el zapatismo, no la máscara. ¿Usar pasamontañas para que no se descubra el verdadero rostro? Hay que ocultarlo. Así los intelectuales podrán descubrir en la retórica zapatista una miseria que desde su propia retórica no habían descubierto. Así se podrá gritar contra ella sin temor a ser acribillados como lo fue Zapata.

Ahora, como ayer, se vuelven a hacer expresas las preocupaciones que animaron El laberinto de. la soledad. La afirmación de una identidad que no por ser algo concreto deja de ser universal, esto es, la propia del hombre, todo hombre como ente concreto que es y no abstracto. La expresión de una universalidad que se encuentra penetrando, no ascendiendo o abstrayendo, tomándola en lo que es, sin solicitudes.

Estamos al fin solos —escribe Paz—. Como todos los hombres. Como ellos, vivimos el mundo de la violencia, de la simulación y del ninguneo: el de la soledad cerrada, que si nos defiende nos oprime y que al ocultarnos nos desfigura y mutila. Si nos arrancamos esas máscaras, si nos abrimos, si, en fin, nos afrontamos, empezaremos a vivir y pensar de verdad. Nos aguardan una desnudez y un desamparo. Allí, en la soledad abierta, nos espera también la trascendencia: las manos de otros solitarios. Somos, por primera vez en nuestra historia, contemporáneos de todos los hombres.

Se llega así a la universalidad por lo concreto, profundizando en lo distinto, en lo individual, en lo personal; por aquello que hace de un hombre un hombre, y no abstracción de humanidad. Y a partir de esta toma de conciencia el no buscar más máscaras, el no cubrir lo que no se es con lo que ineludiblemente se es; se es como cualquier hombre de cualquier lugar del planeta.

Aquí Paz nos está dando la salida, pero la salida implica a su vez desamparo, orfandad, quedarse solos, asumir solos el futuro. Ahí nos encontraremos a otros solitarios como nosotros y juntos podemos cambiarlo, podemos transformarlo para ponerlo a la altura de todos los hombres.

Esto que dice Octavio Paz lo saca de su experiencia histórica, que es ahora experiencia de todos los pueblos de la Tierra, incluyendo los occidentales. En Europa como en Estados Unidos ahora están ocupados por su identidad: ¿qué somos?, franceses, ingleses, alemanes. ¿Por qué están preocupados por su identidad? Porque han aparecido otras gentes, esas gentes del llamado Tercer Mundo, que son los que han sufrido el impacto de esa soledad: “Tú no eres el hombre por excelencia. Yo soy uno como tú, soy tu semejante, reconóceme como tu igual. No te quiero destruir y vamos a respetarnos. Yo no quiero acabar contigo porque tú eres parte mía.”

Desde este punto de vista, partiré de la experiencia personal, la que tuve como director de Relaciones Culturales de la Secretaría de Relaciones Exteriores con el envío de la Exposición de Arte Mexicano que entre 1961 y 1963 recorrió varios países de Europa, entre ellos Dinamarca, en Copenhague, e Italia, en Roma. La exposición culminaba su gira en París, Francia. Allí tuve oportunidad de encontrarme con el flamante ministro de cultura de Francia, André Malraux. Intercambié algunas palabras que no he olvidado.

—Señor —me dijo— debe usted sentirse extraordinariamente orgulloso como mexicano de la cultura y arte de su país, el maya, el azteca y el rico mestizaje. Como yo, francés, me siento orgulloso de mi pasado cultural y artístico griego, latino y europeo.

—Lo estoy y me siento doblemente orgulloso.

Mi respuesta pareció un tanto atrevida va que con cierto disgusto me preguntó:

—¿Por qué doblemente orgulloso?

—Porque el pasado maya, azteca y mestizo es exclusivo de mi pueblo, de la América de la que soy parte, pero también es nuestra la cultura y arte griego, latino y europeo.

Malraux sonrió con un “tiene usted razón”.

Mis palabras no fueron para llamar la atención, pura y simplemente fueron expresión de algo que sentía, aun antes de conocer Europa en vivo. A través de mis lecturas, mis oídos y mi vista la conocía como algo que sentía propio, que era parte mía en América. Algo que me ampliaba. Confieso que nunca sentí complejos de inferioridad, ni menos me he sentido un desterrado de la historia y la cultura por excelencia.

Ahora bien, Octavio Paz tenía esperanza en la Revolución de 1910. No la Revolución de la que se está hablando ahora como el inicio de un golpe militar, similar a la dictadura pinochetista. Es la Revolución que empieza a buscar en su soledad la que puede unir y lo único que puede unir es un gobierno fuerte, ése que se crea en 1929. ¿Para qué? Para que la gente aprenda a convivir y que la convivencia se proyecte a la vida internacional. Pero claro que no es fácil. Al sistema político mexicano lo llaman la dictadura perfecta. ¿Perfecta por qué? Porque no ha necesitado, como otras dictaduras, aterrar, desterrar o enterrar. Simplemente corrompe con estímulos e instrumentos de creación a los intelectuales o artistas; reparte tierras a los campesinos: organiza a los obreros y a los jóvenes les da gratuidad en sus estudios. Con ello, los mexicanos estaban quietos y votaban por el sistema, y así se evitaban las dictaduras imperfectas de nuestra América.

¡Dictadura, pero no al servicio de un tirano! La formaba mucha gente, de diversos nombres y épocas. ¿Por cuánto tiempo? Hay una fecha no solamente importante para México, sino para todo el mundo, es el 2 de julio [del 2000]. Ese día, cada mexicano en su soledad, solito fue a las urnas, depositó su voto, solo, con su conciencia. Nada ni nadie podía presionarle. Lo que votó fue expresión de su voluntad. La única presión estuvo en su conciencia. Esto es posible porque el elector sabe que el secreto de su voto y su validez están garantizados. La sociedad es consciente de que puede hacerse cargo de su futuro. Lo importante de esto es que los que reciben este beneficio comprendan que son fruto de un mundo solidario y grande. Esa dualidad termina, esa soledad está terminando. Creo que está entrando en un mundo pleno, porque los problemas que tenemos los tiene todo el mundo. Y en cambio nosotros estamos creciendo, porque somos parte de un mundo extraordinario.

Por ello, quisiera terminar preguntando por esa raíz de la que venimos, no solamente la europea, la asiática, la africana; la que llaman indígena. A esa raíz ¿por qué no la dejan en su soledad y que sea ella la que libremente resuelva su futuro? ¿Por qué tratan a los indígenas como corderos? ¿Por qué necesitan pastores? Ellos no necesitan frailes. El obispo Samuel Ruiz, tan conflictivo, acaba de dar una entrevista que me pareció maravillosa: “Yo me di cuenta —dice— que a esta gente no hay que defenderla, hay que enseñarle a defenderse.” Hay que enseñarle a que sea hombre, que sea participe, que sea gente, que sea un hombre como nosotros. No más a partir del brutal origen, sino lo que se originó de él y su alcance para el futuro, como un modo de ser incluyente y no excluyente, capaz de asimilar y no sólo de rechazar.

Es precisamente lo que yo he visto en Octavio Paz, que tiene una visión universal. Hay que integrar esa diversidad. Es éste el mensaje que hace medio siglo envió Paz, anticipando lo que sería una problemática universal del nuevo siglo y milenio.