En la mirada de otros

En la mirada de Pedro de Alba

Pedro de Alba

Año

1930

Temas

Los años en San Ildefonso

 

Pedro de Alba

Pedro de Alba Pérez (1887-1960) tuvo gran presencia en el mundo cultural en México durante la primera mitad del siglo XX, de entre sus amistades resalta la que afianzó con Ramón López Velarde. De Alba dirigió diferentes instituciones educativas, la más destacada fue la Escuela Nacional Preparatoria, cargo que ostentó desde el 13 de julio de 1929 hasta el 11 de febrero de 1933. Gracias a este puesto, pudo conocer a Octavio Paz, quien pasó por las aulas de San Ildefonso.

     En este texto se presentan, a través de algunos frgmentos de dos artículos, dos visiones diferenes de Pedro de Alba: en la primero, la referente a la indisciplina que se observaba en la Escuela Nacional Preparatoria durante 1930, año en que ingresó Paz; y en la segunda la referente a su visión del poeta en vísperas de su consagración. (AGA)



I

La Universidad de México ha sido para mi hogar intelectual, casa de estudios y campo de trabajo; nunca me he considerado distante de sus problemas ni ajeno a sus preocupaciones.

     Por los anchos y largos caminos del mundo me ha acompañado su recuerdo y muy a menudo he escrito, en correspondencia particular o en artículos para periódicos, impresiones y juicios sobre varias universidades europeas y americanas tomando como punto de comparación la mía propia.[...]

     En nuestra Universidad la mejoría tiene que venir de adentro, apoyándola en la conducta y en las ideas de estudiantes y profesores; ellos deben formular un balance confesando sus faltas, haciendo valer al mismo tiempo cualidades reveladoras de su voluntad de superación. No solamente en el ambiente universitario sino en la opinión pública existe desilusión y descontento por lo que concierne a nuestras juventudes, algo que hay que tornar en generoso optimismo. 

     Estarían muy equivocados los estudiantes universitarios si creyeran que sus desmanes y sus escándalos se festejan como ocurrencias divertidas e intrascendentes; los testigos de sus algaradas nos sentimos avergonzados cuando descubrimos la ausencia de sentido de responsabilidad y la falta de buenas maneras que suelen terminar en perturbación en la vía pública. Las bárbaras novatadas y las incursiones callejeras encubiertas en el anónimo o la cobardía de las multitudes no dejan de producir repulsión en las personas que tienen nociones de decoro social y respeto a sus semejantes. [...]

     [...] Mucho habíamos conseguido porque después de la huelga de 1929 y de la autonomía de la Universidad me hice cargo de la dirección de la Escuela apoyado en un pacto de caballeros entre los alumnos, los profesores y las autoridades. Por caminos persuasivos y amistosos logramos alguna mejoría: quedó estatuido que, si alguno de los sectores comprometidos violaba sus promesas, el director no tendría más salida que la renuncia.

     Pusimos en práctica un programa de autodisciplina suprimiendo a los prefectos; logramos que los muchachos adquirieran gusto artístico y se habituaran a escuchar la buena música, organizando ellos mismos programas culturales; se formaron comités de vigilancia de profesores y alumnos que ejercieron sus funciones de manera espontánea.

     Hubo en esa época rasgos de caballerosidad muy estimables. Algunos profesores no simpatizaron con la huelga, muchos de ellos muy valiosos y ameritados no deseaban volver al desempeño de sus clases. Con ese motivo la Academia de profesores y estudiantes nombró comisiones para que se les invitara a reincorporarse al profesorado de la Escuela y a seguir impartiendo sus enseñanzas, tal fue el caso de Vicente Lombardo Toledano, de Palma Guillén, de Samuel Ramos y algunos más, quienes volvieron a hacerse cargo de sus tareas universitarias rodeados del respeto de los alumnos y de la estimación de la rectoría, y de la dirección de la Escuela. Por eso no me ha extrañado que en la crisis disciplinaria que tuvo lugar recientemente fueran las Escuelas Preparatorias diurna y nocturna las que se pronunciaran contra la anarquía, la violencia y la demagogia.

     En este primer lustro de la segunda mitad del siglo XX tendrán que combatirse sin descanso las actitudes disolventes y las prácticas degradantes que envenenan la atmósfera que nos rodea. Los intelectuales deben tener la mayor parte y la más alta responsabilidad en esa campaña y a ellos les compete dar el ejemplo. La autonomía de la Universidad, por la que luchamos desde hace 30 años, trae implícita una promesa y significa un compromiso de honor para con todas las clases sociales del país y para con los guardianes del orden público. Aquel fue un ideal que debe rendir frutos bonancibles; la autonomía no es un fin en sí mismo sino un medio para el logro de los más altos imperativos de la cultura. [1]


II

Poeta acerado, prosista de garra hubiera dicho Ramón López Velarde de Octavio Paz.

     El provinciano magnífico gustaba de calificar a sus amigos con vocabulario de minero o de campesino.

     Antes que otras virtudes buscaba en el artista la condición de hombría y de consistencia.

     López Velarde y Octavio Paz son poetas divergentes, concuerdan sólo en su condición de hombres integrales y macizos. Para mí navegan en un mar de entrañable amistad. Cuando alguien habla de mí como del “Compañero” de López Velarde o cuando Octavio Paz tiene el gesto cordial de llamarme “maestro” parece como si la vida me ofreciera sus más altas compensaciones y mis empeños hubiesen rendido excelentes frutos. Ya que la cuerda lírica está ausente de mi registro me considero muy ufano al ser amigo de los poetas.

     Entre Paz y López Velarde existen enlaces a distancia, uno el de amistades comunes, otro el del paso de los dos por la Escuela Preparatoria. Allá por el año de 1930 se exaltaron los valores supremos de la Cultura Mexicana en esa escuela; los más linajudos salones del antiguo San Ildefonso los bautizamos con los nombres de Clavijero, José María Luis Mora, Fernández de Lizardi, Díaz Covarrubias, Ignacio Ramírez, Amado Nervo, López Velarde. Profesores o estudiantes en esa venerable casa de estudios, unos al final de la colonia, otras en la Independencia, en la Reforma o en la época contemporánea, todos marcados con el sello de auténtica mexicanidad.

     En los primeros años de esa década Octavio Paz asistía a las clases de literatura general, española o mexicana en el aula Ramón López Velarde de la escuela Preparatoria de la Universidad de México. Esa legión de muchachos que terminaron sus estudios de bachiller por los años de 1930 al 33 formaron parte de una generación destacada por su clara inteligencia y su pujante personalidad.

     Se podría citar entre ellos profesionistas, políticos, hombres de ciencia o de letras, que se hacen sentir en la vida actual de México; algunos “vienen pagando” para situarse en primera fila; fue pródiga en promesas la generación de Octavio Paz.

     ¿Por qué esa tendencia a considerar como valor cumbre la calidad artística? Es que en México la Cultura estética corresponde a la más alta expresión del espíritu colectivo.

     Generaciones de pintores, de músicos, de poetas, de escultores y de arquitectos han ofrecido su obra para que México conquiste beligerancia en los campos de la cultura desde la época precolombina hasta nuestros días.

     Entre los contemporáneos de Octavio Paz pasaban lista estudiantes de reconocida capacidad para las ciencias, las artes y la filosofía, sin escasear los bien dotados para escribir en prosa o en verso.

     Algunos que tenían buena madera de poetas no pudieron concretar su mensaje por exceso de inteligencia analítica, discursiva o maliciosa. El poeta debe poseer un sentido de ternura y de ingenuidad; de simpatía para sus semejantes y para las cosas inanimadas; candor para descubrir el mundo con la mirada limpia de niño. Antes se decía el “Quid-divinum” de la inspiración, ese mandato subsiste y además se exige de la gracia intuitiva.

     Octavio Paz tenía semejanzas y diferencias con los de su grupo, se perfilaba desde su adolescencia la condición de poeta que trata de encontrarse a sí mismo y de descubrir su camino. Había entre sus compañeros algunos mejor dotados que él para la versificación primeriza que no pudieron emprender el vuelo de altura. Paz traía en las venas la sangre de luchador y quiso hacerse sentir en la oratoria, eran tiempos de tumultos estudiantiles en la plaza pública. Traté de combatir esa desorbitada propensión en los jóvenes bachilleres de aquella época; nos estaba invadiendo la garrulería insubstancial y me creí obligado a detenerla; si mis prédicas contribuyeron a que Octavio Paz dejara la oratoria para entregarse a la poesía lírica no vacilo en declarar que hice una buena obra.

 

Poetas de tierra adentro y del Valle de México

La mayoría de los poetas residentes en la Ciudad de México eran de tierra adentro. Los que se imponían por su estatura, Salvador Díaz Mirón, Amado Nervo, Enrique González Martínez, Rafael López, José D. Frías, Manuel de la Parra y Ramón López Velarde vinieron de lejanas provincias. Veracruz, Nayarit, Jalisco, Guanajuato, Querétaro y Zacatecas los acreditaron como sus embajadores en la capital.

     Otros como Manuel José Othón se defendieron para no dejarse absorber; Othón volvía a sus “Obscuras soledades” después de pasar fugazmente por la urbe; sus virtudes y sus pecados fueron de “hombre del interior”, Díaz Mirón también se fugaba con frecuencia a su quinta de los Berros cerca de aquel precioso parque de Jalapa. Su presencia ponía una nota musical en la bella ciudad tropical; su discípulo el Vate Frías solía decir que se oían en el aire de Jalapa los golpes de yunque y martillo con que el maestro cincelaba sus versos.

     López Velarde que tanto amó a la Ciudad de México vivió en ella como desterrado, la flecha de su campanario siempre apuntó hasta Jerez de Zacatecas en donde había alumbrado su facultad poética.      

     Octavio Paz parece reclamar su heráldica metropolitana; la de Luis Urbina y Manuel Gutiérrez Nájera; nacer o vivir en Mixcoac es como exaltar la condición de morador del valle; Mixcoac, raíz indígena; prosapia colonial, residencia de millonarios advenedizos; aire fresco y perfumado y que viene del Ajusco y de San Ángel.

     Quienes viven en Tlalpan, Coyoacán o Mixcoac son quienes más gozan de la belleza de la Ciudad de México, se despiden de ella noche a noche y al día siguiente la saludan en la limpidez de la mañana, cuando se descubre luminosa, tentadora y frágil.

     ¿Habrá nacido en Mixcoac Octavio Paz? Allí vivió su adolescencia y su temprana juventud, cuando el amanecer de cada día trae una interrogación y una promesa. Cuando apenas se iba enterando de lo que era el mundo la adversidad llamó a su puerta; jornada inclemente, sacudida brusca que lo despierta de sus sueños estudiantiles para situarlo de un día a otro como jefe de familia.

     Desde esa hora Octavio Paz fue el hombre cabal, el hombre en lucha obligado a sostener una casa. No tuvo tiempo de vivir a tono con sus años mozos, ni de pasear su curiosidad por los ámbitos de la provincia mexicana, tuvo que librar su batalla en el corazón de la urbe; había que ser hombre fuerte y responsable, aunque apenas estuviera cambiando de voz.

     Esta prematura y obligada madurez no desfigura de carácter. Siguió caminando por la vida con su mirada de adolescente confiado.

     Lo que decía su palabra premiosa, lo que opinaba sobre el mundo y sus problemas era menos importante que aquello que se veía en el fondo de sus ojos claros.

     Octavio Paz se vio solicitado por tentaciones apremiantes, urgidos por llamadas en que se oían las voces del amor y del saber. Llevaba muy adentro su caudal de ternura y a flor de piel su virilidad categórica. Agréguese a esos rasgos la lealtad para los amigos, nunca supo de envidias o discolerías; siempre se le vio dispuesto a reconocer el mérito de sus compañeros.

     Sus juegos de ingenio a veces agudos y con frecuencia candorosos hacían que aquellos que “ven crecer la yerba” se gastaran con él bromas y burletas. Octavio Paz salía ileso de la prueba, su natural bondad y su registro lírico le daban fortaleza y tolerancia impenetrables al rencor.

     Si alguien hubiera creído que Octavio Paz se presentaba desarmado frente a la vida no faltaría quien hablara de que obligaciones y responsabilidades lo orillarían a perder su carrera ¿cuál carrera, la de abogado? Para qué hablar de eso si él traía la marca del poeta de ley, del gambusino de las profundidades del ser, del explotador de todos los horizontes del ancho mundo.

     En su calidad de caballero integral y de escritor revolucionario se encendió frente al martirio y al heroísmo del pueblo español y escribió “No pasarán”, esta profecía de Octavio Paz la veremos cumplirse cuando venga la victoria cierta de las democracias.

     Después de esa página de exaltación cívica en la que hizo honor a la bravura y a la dignidad de España se reconcentra en sí mismo y nos entrega “Raíz del hombre”, poema que tiene un impulso cósmico y un sentido de eternidad; la sangre, la carne y la cal de los huesos se galvanizan con la espada de fuego del ángel que arrojó al primer hombre del paraíso.

     Antes de los treinta años ya Octavio Paz es un poeta de antologías, sus versos y sus ensayos circulan en las revistas más linajudas y en las más modestas hojas impresas de España y de América. Su mejor obra será la de mañana, la de su hora de plenitud, la del horizonte iluminado, la que recoja el temblor de la rosa de los vientos.[2]



[1] Pedro de Alba, “Escándalos y algaradas estudiantiles” en El Nacional, 6 de octubre de 1953, p. 4

[2]Pedro de Alba, “Trayectoria y horizonte de Octavio Paz” en El Nacional, 22 de agosto de 1943, p. 3.



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