Conversaciones y novedades

Ireneo Paz y la tumba de Manuel Acuña

Ángel Gilberto Adame

Año

1890

Tipología

Novedad

Temas

Ireneo Paz

 

Monumento a Manuel Acuña en el Panteón de Dolores, INAH.

Los días siguientes* al 6 de diciembre de 1873, todos los rotativos de la capital dedicarían sus ejemplares a lamentar el suicidio del joven poeta Manuel Acuña. Uno de los que se distinguió por su laconia fue El Padre Cobos, editado por Ireneo Paz, 13 años mayor que el coahuilense: “¡Ayer al mediodía se aplicó un activo veneno que en dos minutos puso fin a su vida! Tenía 24 años y era poseedor de un talento poco común. Coahuila, su suelo natal, debe vestirse de luto… ¡Paz a los restos del malogrado Acuña!”.[1]

Ireneo justificó su actitud por el talante burlesco de su diario. Aunque asistió al entierro, reconoció que “nunca tuvimos lo que se llama una estrecha amistad; pero sí supimos tratarnos con toda cordialidad en las varias veces en que nos vimos”.[2]  La poca afinidad quizás obedezca a que Acuña, a pesar de su poco interés en la política, se identificó con el grupo afín al presidente Lerdo de Tejada, entre los que se encontraban los hermanos Sierra, mientras que Ireneo se mantenía crítico con su administración.

El jalisciense lo conoció gracias a Antonio Plaza[3]: “una mañana al tiempo que yo pasaba cerca de ellos, que estaban sentados en un cajón del portal”[4], y se frecuentaron en el Liceo Hidalgo[5], donde Acuña era una rutilante estrella. Desde entonces:

siempre que nos encontrábamos nos poníamos a charlar un rato y, si era de noche, nos dirigíamos al café de la Concordia,[6] tocándome a mí pagar lo que consumíamos porque era de los dos el que estaba menos arrancado. Al principio nuestras estancias allí eran muy gratas, nos reuníamos seis o más literatos y aprendices de la misma profesión y charlábamos de lo lindo… Después, cuando ya había avanzado el año de 73, veíamos a nuestro poeta cabizbajo, muy cariacontecido, sufría mucho y respetábamos su dolor, nos sentábamos lejos de su mesa y hablábamos quedo.[7]

Supo del deceso por sus redactores Juan Muñoz Silva y El Viejo Ramírez. No le causó sorpresa “porque algo había podido conocer el carácter del poeta en nuestras conversaciones y me encontraba a la vez impresionado por sus dolorosas actitudes de las últimas semanas”. Las esquelas “se imprimieron en la litografía de Rivera y Río, que era el establecimiento donde se trabajaban las caricaturas de mi periódico”.[8]

Tras la muerte de Acuña, un grupo de detractores argumentó que no merecía elogio alguno, por la cobardía de quitarse la vida. El Padre Cobos satirizó este jaleo:

Con la hinchazón propia de quien ve el mundo desde los umbrales de una tesorería, nos dijo el Diario Oficial que el remedio mejor para evitar el suicidio era no hablar del suicida, suponiendo que no hay quien se mate por hambre o desesperación, sino porque se diga. Los hechos han venido a probar lo contrario: esto es, que la publicidad es el mejor antídoto contra el suicidio; y si no, vamos a ver como el malogrado Acuña tendrá muy pocos imitadores con tal que se sigan observando estas reglas:
1. El cuerpo y la memoria del suicida serán entregados a los literatos.
2. Estos leerán composiciones fúnebres en su sepulcro hasta fastidiar a los acompañantes.
3. Después seguirán ocupándose por la prensa de la vida íntima del difunto, practicando las correspondientes averiguaciones sobre si tuvo madre, hermanos, etc.
4. Mandarán sus hermosas composiciones a todos los periódicos, etc., etc.
Conque siga así el debate
Y me dejo hasta… prender
Si en México vuelve a haber
Un cristiano que se mate.[9]

A la par que la popularidad de Acuña crecía, sus amigos fueron postergando las promesas que hicieron en su sepulcro. En particular, erigirle un monumento. Tal es el caso de los integrantes del Círculo Gustavo Adolfo Bécquer: Juan de Dios Peza, Pedro Castera, Manuel Caballero, Manuel Gutiérrez Nájera, entre otros, quienes pidieron al gobierno de la Ciudad la propiedad de la tumba con ese propósito, aunque la falta de recursos les impidió cumplir su cometido.

Por otro lado, aunque Acuña tenía un lote a perpetuidad de ínfima categoría en Campo Florido, los vecinos del panteón se quejaban de los hedores que desprendía el lugar e instaban a las autoridades a clausurarlo, lo que al final sucedería. Peza fue uno de los primeros en exigir que se le diera el reconocimiento apropiado: “Ha pasado un año y más de un año y aquella tumba no tiene una inscripción, ni una inicial, ni una flor siquiera”.[10] Y proponía:

¿Y no puede haber una compañía dramática, que ponga en escena El pasado y que consagre los fondos de la representación para coadyuvar poderosamente a tan santo objeto? […] Cruel, muy cruel es decirlo, pero todos aquellos que podían de algún modo contribuir a que Manuel Acuña tuviera un monumento digno de su memoria. Se hacen sordos cada vez que sobre esto habla la prensa.[11]

El tiempo transcurrió y la lápida continuaba en el olvido. Para 1879, se denunció:

Un periódico de esta capital recuerda que la tumba del desgraciado poeta Manuel Acuña ofrece un aspecto desconsolador. En efecto, así es, y esto llama la atención tanto más, cuanto que, si no nos equivocamos, cuando se anunció la edición de los versos del insigne bardo, se dijo que los productos iban a ser destinados a la compra de su monumento sepulcral. La edición parece agotada, y la tumba del poeta yace todavía en triste abandono.[12]

En 1882, Ireneo Paz había publicado en un folletín una de las primeras antologías de Acuña, precedidos por un apunte biográfico. Este gesto provocó una vuelta al tema del túmulo abandonado. Nació una Junta encabezada por el mismo Ireneo, quien, al haber sido presidente del Liceo Hidalgo en 1884, tenía mayor poder de convocatoria. Ahora es La Patria la que insiste sobre la necesidad de laurear al vate:

En El Diario del Hogar leemos lo siguiente: “El Ayuntamiento haría bien cediendo el terreno necesario en el panteón de Dolores para depositar los restos del malogrado poeta Manuel Acuña que hoy se hallan en el panteón del Campo Florido, que va a clausurarse, por disposición superior. Agradecemos a nuestros colegas tomen en consideración lo que proponemos, para rendir un justo tributo a la memoria de un mexicano esclarecido”. Hacemos nuestro el anterior parrafillo.[13]

El poeta Agapito Silva fue uno de los que más participaron:

Tuvo muchos que lo llamaron hasta hermano; y hoy que Agapito Silva, único que parece venerar el recuerdo de Manuel, ha abierto una suscripción para levantar un monumento al inmortal cantor de Rosario y Laura, sólo se han reunido cien pesos con que coopera Agapito, y tres pesos 29 centavos de personas que estamos seguros ni le conocieron. ¿Y Juan de D. Peza, Luis G. Ortiz, Altamirano, Bianchi, Trejo, Lizaliturri, Javier Santa María, Peón Contreras y otros tantos que llevaron amistad con Acuña y que hoy ocupan magníficos empleos, ¿no podrán desprenderse siquiera de diez pesos cada uno para realizar tan elevado propósito?[14]

Manuel Acuña


Varias gacetas los apoyaron en su lid por el mausoleo: 

En abrir y cerrar de ojos, otras publicaciones mexicanas secundaron la idea […] y así, El Diario Comercial de Veracruz, El Republicano de Aguascalientes y La Gaceta Oficial de Michoacán hicieron eco en sus artículos de los proyectos de la Junta de la Ciudad de México, deseando éxito en la empresa. A lo largo de ese año del 86, algunas de estas notas periodísticas fueron reproducidas en El Coahuilense.[15]

Sin embargo, la recaudación era lenta y periódicamente se relataban los avances y reveses de la empresa:

 La falta de recursos había impedido que el Comité encargado de la erección de un monumento a la memoria de Manuel Acuña, cumpliera con el propósito abrigado desde 1886, debido a la actividad de las personas que forman la Junta Directiva y al concurso del señor gobernador de Coahuila y del actor Tomás Baladía y escritor Jesús M. Rábago, pronto será un hecho la traslación de los restos del poeta.[16]

También se generaron grupos especiales para conseguir apoyo en otras instancias con mayor poder político y económico:

En sesión verificada en 21 del actual se acordó lo siguiente: Se nombren comisiones para acercarse a los señores presidente de la República y secretarios de Estado, para obtener un óbolo con que verificar las exequias del vate Manuel Acuña a quien se juzga una gloria nacional en las letras mexicanas: Las comisiones nombradas son: Para acercarse al señor presidente: Sr. Rafael Chousal. Para los secretarios del Despacho de Hacienda, señor Benjamín Bolaños. De Fomento, señor Francisco Sosa. De Justicia, señor Adalberto Esteva. De Relaciones, señor Manuel Gutiérrez Nájera. De Gobernación, Juan de Dios Peza. De Guerra, señor general Ignacio M. Escudero.[17]

Para esas fechas, Arturo Paz, el hijo mayor de Ireneo, ya se había incorporado a los trabajos y, junto con Escandón, obtuvieron la autorización del Cabildo de la Ciudad de México “para que se les conceda una fosa de primera clase en el panteón de Dolores para depositar los restos de Manuel Acuña y levantarle un monumento”, aunque nunca quedó claro si la autorización le daba al difunto el carácter de “hombre ilustre”. Tal como afirma La Libertad, estos trámites habían iniciado cinco años antes:

Los Regidores que suscriben, deseosos de tributar un homenaje a la memoria del malogrado poeta Manuel Acuña, cuyas obras son un timbre de gloria para México, tienen la honra de consultar al Cabildo las proposiciones siguientes: 
1ª. Se conceden gratuitamente, a perpetuidad, ocho metros cuadrados de terreno en la rotonda destinada en el panteón de Dolores a los personajes ilustres, para depositar los restos del poeta Manuel Acuña. 
2ª. Aprobado este acuerdo por el ciudadano gobernador del Distrito, la Administración de Rentas Municipales extenderá a favor de la familia del finado o a quien sus derechos representen el título de propiedad respectivo. Sala de Comisiones. México, marzo 28 de 1884. Parra, Dublan, Ruiz.[19]

Así, parecía que pronto culminaría la encomienda:

En la última junta verificada el día 17 del actual, se expidieron los siguientes acuerdos:
1° Se fija para la traslación de los restos al panteón de Dolores el día primero de octubre próximo.
2° Se nombren en comisión a los señores doctor Abel González, licenciado Luis G. Iza y secretario de la Junta, para que cuanto antes procedan a la exhumación de los restos.
3° Expídanse comunicaciones a los señores Porfirio Parra, Abel González y Francisco Patiño para que organicen una velada en honor del malogrado poeta.
4° Quedan nombrados en comisión para formar el programa de traslación de los restos, los señores Agapito Silva, Arturo Paz y el secretario de la Junta.
5° Suplícase asistencia a la última junta general para el día del corriente a las 5 p.m., en las oficinas de La Patria. —México, septiembre 17 de 1889. —Luis A. Escandón.[20]

No obstante, el dinero no alcanzaba. Una de las últimas instancias de la que echó mano Ireneo fue pedir permiso a los familiares del suicida para representar El pasado en el Teatro Principal, por lo que les dirigió una carta abierta. Después de arduas gestiones, Francisco Acuña, hermano de Manuel, fue quien dio el beneplácito. La puesta en escena fue el 2 de marzo de 1890.[21]

Todavía pasarían algunos meses para que el cadáver de Acuña fuera trasladado. El acta de aquel día dio cuenta de lo siguiente:

En la Ciudad de México, a los treinta días del mes de noviembre de mil ochocientos noventa, se reunieron en el panteón Campo Florido los señores diputados por el tercer distrito del estado de Aguascalientes, Agapito Silva, doctor Abel F. González y secretario que suscribe, miembros todos de la junta directiva del monumento consagrado a Manuel Acuña, para proceder a la exhumación de los restos de ese malogrado e inolvidable poeta.
La exhumación se practicó por el doctor González en presencia del señor Benigno Trujillo, administrador del panteón, y de conformidad con los preceptos de la ciencia, a las seis y veinte minutos de la mañana.
La orden de Gobierno del Distrito dice: “Gobierno del Distrito Federal. (Sección Estado Civil.) Previos los requisitos legales, puede practicarse en ese panteón la exhumación de los restos del ciudadano Manuel Acuña, que se encuentran en pavimento, entregados a sus deudos donde les convenga. México, 15 de agosto de 1890. Islas y Bustamante. Al Administrador del Campo Florido”.
Los restos se encontraron en perfecto estado de poder exhumarse, y no despedían gases nocivos a la salubridad, y, por lo tanto: el médico de la junta directiva no tuvo inconveniente en aprobar que fuese trasladados del Campo Florido al Panteón de Dolores.
En vista del pericial informe, se levantó la presente acta, que después de firmada por los testigos, certifico: Agapito Silva, doctor Abel F. González, Benigno Trujillo, C. T. Febronio Murillo, C. F. Loreto Rosas, Luis A. Escandón, secretario de la junta directiva.[22]

La inhumación se efectuó al día siguiente en la fosa 352. El periodista Ángel Pola estuvo presente y en sus recuerdos confiesa el extraño ritual que se efectuó durante el acto:

Nos fuimos al antiguo cementerio del Campo Florido, cuatro o cinco compañeros, entre los que estábamos don Ireneo Paz, don Apolinar Castillo y yo. Cuando los enterradores sacaron el féretro, nosotros lo abrimos y encontramos el traje negro del poeta y los huesos todos en su posición normal, pero que se esparcían al menor movimiento. Cerramos la caja, y en un carrito, nos dirigimos a Dolores. Llegamos ya de noche. El Administrador se negaba terminantemente a recibir la comitiva en vista de lo avanzado de la hora, pero después de algunas súplicas, accedió. Los mismos, precedidos por un sepulturero que llevaba un farol para alumbrarnos el camino, llegamos a la fosa. Allí abrimos nuevamente la caja. Y todos, emocionados, dimos un beso al cráneo del poeta… Después yo, cometiendo quizás una profanación, arranqué un diente para conservarlo como un recuerdo. Lo mismo hicieron los demás. El doctor Antonio González encontró en su bolsillo una peseta que guardó y cuidó como un tesoro.[23]

La tarde del 14 de enero de 1891, ante una gran concurrencia, se inauguró la obra del escultor Alejandro Masselin:

El mausoleo es sencillo y elegante, digno del privilegiado hijo de las musas: es una pirámide, casi toda de chiluca con una lápida de mármol incrustada, donde se ve una lira dorada rodeada de un laurel, en el basamento una gran lápida de mármol con la siguiente inscripción: «Manuel Acuña, 17 de agosto de 1847 - México 6 de diciembre de 1873. —Recuerdo imperecedero al inolvidable amigo. —Junta directiva: Ireneo Paz, Agapito Silva, Arturo Paz, José María Garza Galán, Luis A. Escandón, 1891». El monumento está rodeado de un pequeño barandal de hierro niquelado.[24]

Según Pedro Caffarel, “otra pequeña lápida también de mármol, de 50 x 25 centímetros, colocada en el segundo cuerpo vertical del monumento, tiene grabada, en oro, una lira pentacorde, con uno de sus lados y dos cuerdas, rotos, y circundada de una rama de laurel y una palma. Enlazada a éstas, un listón que las circunda, en cuyas partes visibles pueden leerse los nombres de las composiciones siguientes: ‘5 de mayo’, ‘La felicidad’, ‘Ante un cadáver’, El pasado y ‘La gloria’.”[25]

Ireneo, en su carácter de presidente de la Junta, encabezó la ceremonia:

Explicó el motivo de la solemnidad, cual era de perpetuar en la memoria de los mexicanos el nombre de uno de los poetas líricos que más honra han dado a nuestra patria. Hizo mención de los grandes esfuerzos que para conseguirlo hiciera un grupo de sus amigos y admiradores, ayudados por la influencia y prestigio del señor gobernador del estado de Coahuila, del señor licenciado Rábago, que solicitó y obtuvo de la familia el permiso para recoger y trasladar […] los restos […]; dio las gracias a todas las personas que han cooperado para tan noble objeto [y a los] que habían puesto un vagón cada uno a disposición de la comitiva; recordó a los presentes que se encargaron de la exhumación […] y cedió la tribuna a los oradores nombrados para que ensalzaran a Acuña como lo merecía.[26]

No todos quedaron conformes. Juan de Dios Peza, siete años después de estos sucesos, afirmó que: “comparaba la loza con aquella erigida por Soledad, la lavandera […] el nuevo monumento no valía lo que el otro, no, imposible, no valía tanto como el primero”.[27] Sin embargo, parecía que al fin Acuña descansaría en paz.



NOTAS

* Este artículo tiene un precedente en El Universal, en mi columna "Nocturno de Acuña"

[1] El Padre Cobos, 8 de diciembre de 1873, p. 4.

[2] Ireneo Paz, “Los recuerdos de don Ireneo Paz” en Revista de Revistas, 9 de diciembre de 1923, p. 35.

[3] Antonio Plaza Llamas (1833-1882) fue un militar, poeta y periodista guanajuatense. 

[4] Ireneo Paz, op. cit

[5] El Liceo Hidalgo tuvo tres periodos: el primero fue entre 1850-1851, el segundo entre 1872-1882 y el último, de 1884 a 1888; durante este, Ireneo fue su presidente. 

[6] La Concordia era uno de los cafés más populares entre los intelectuales de la segunda mitad del siglo XIX. Se ubicó en la concurrida esquina de Plateros y San José el Real, hoy Isabel la Católica con Madero. Abrió sus puertas en 1868. 

[7] Paz, op. cit. 

[8] Paz, op. cit.

[9] “Remedio contra el suicidio”, en El Padre Cobos, 18 de diciembre de 1873, p. 3.

[10] Juan de Dios Peza, “La tumba de Manuel Acuña”, en El Siglo Diez y Nueve, 20 de abril de 1875, p. 3.

[11] Ibidem. 

[12] “La tumba de Manuel Acuña”, en El Siglo Diez y Nueve, 23 de julio de 1879, p. 2.

[13] “Los restos de Acuña”, en La Patria, 21 de marzo de 1884, p. 2. 

[14] El Diario del Hogar, 30 de marzo de 1886, p. 4. 

[15] Arturo Eduardo Villarreal, Saltillo, el de Acuña, Saltillo, Gobierno del Estado de Coahuila, 2004, p. 21.

[16] El Siglo Diez y Nueve, 22 de mayo de 1889, p. 4.

[17] La Patria, 26 de septiembre de 1889, p. 4. 

[18] Actas de cabildo del Ayuntamiento Constitucional de México, año de 1889, México, p. 349. 

[19] “Los restos de Manuel Acuña” en La Libertad, 28 de marzo de 1884, p. 3.

[20] El Siglo Diez y Nueve, 19 de septiembre de 1889, p. 3.

[21] “Notas de la semana” en El Tiempo, 9 de marzo de 1890, p. 2.

[22] Pedro Caffarel Peralta, El verdadero Manuel Acuña, México, UNAM, 1999, pp. 42 y 43. 

[23] “Los viejos periodistas mexicanos. Vida y milagros del reportero don Ángel Pola” en Excélsior, 29 de marzo de 1921, 2a. sección, pp. 4 y 5.

[24] “El monumento de Manuel Acuña” en La Patria, 16 de enero de 1891, p. 2.

[25] Caffarel Peralta, op. cit., p. 43.

[26] “El monumento de Manuel Acuña”, op. cit. 

[27] Villarreal, op. cit., p. 22.


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