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Sobre identidad, libertad y democracia: el diálogo continuo entre Amartya Sen y Octavio Paz

Pedro Flores Crespo

Tipología

Conversación

 

Amartya Sen. Archivo de la Fundación Nobel

A Indra

Vengo del pensamiento llamado de izquierda. Fue algo muy importante en mi formación.
No sé ahora…lo único que sé es que mi diálogo —a veces discusión— es con ellos.
No tengo mucho que hablar con los otros

Octavio Paz[1]


Pese a los avances que podemos observar en los distintos ámbitos de la vida, seguimos viviendo momentos de confusión y violencia. A diario la realidad nos muestra el lado luminoso de las sociedades, pero al mismo tiempo nos revela sus vicios más añejos. Así como el mundo se vuelve más global, aparecen movimientos nacionalistas y sectarios. Ante la creciente opulencia económica de algunos grupos, las libertades de las mayorías se restringen. Mientras la democracia formal avanza, su complemento, la ciudadanía, no puede madurar. La identidad, la libertad y la democracia son valores fundacionales de las sociedades y, por los tiempos que corren en México y en otras partes de América Latina, es necesario revalorizarlos y defenderlos.

Es precisamente con ese propósito que en estas líneas se presentan algunas reflexiones sobre identidad, libertad y democracia bajo la forma de un diálogo imaginario entre el poeta Octavio Paz y Amartya Sen, precursor del paradigma de desarrollo humano. ¿Qué relación existe entre Paz y Sen? ¿Qué afinidades y controversias podría haber entre un poeta y un economista-filósofo? Ambos provienen del pensamiento de izquierda liberal de sus respectivos países, los une la tradición humanística secular y cada uno, desde su posición, ha abierto esclarecedoras discusiones sobre los temas que guían este diálogo.

Se sabe que Paz y Sen se conocieron personalmente; sin embargo, no hay registro de su encuentro, lo que es una lástima dada la fuerza y claridad con que cada uno de ellos solía discutir sus ideas y pensamientos. El “diálogo” presentado aquí busca entonces llenar ese espacio inexistente que a muchos nos hubiera gustado presenciar. Las profundas coincidencias entre ambos personajes ayudan a repensar temas tales como la libertad, la democracia y la identidad, que son recurrentes en los informes de desarrollo humano tanto a nivel mundial como regional, y que tienen profundas implicaciones éticas para nuestras sociedades latinoamericanas.


Origen diverso e identidad múltiple

Quizás muchas de las convergencias que podemos encontrar entre Paz y Sen se expliquen por su origen familiar y sus antecedentes intelectuales. Sen nace en Santiniketan, un pueblito en la región bengalí de la India que, como sabemos, fue cuna de un importante movimiento socio-cultural y político en los siglos XIX y XX. Crece en el campus Visva-Bharati fundado por Rabindranath Tagore, ganador del premio Nobel de Literatura en 1913. Su abuelo materno enseñaba sánscrito y cultura india ancestral y medieval en ese campus. Es Tagore quien nombra al nieto de su amigo y lo llama Amartya, que significa “el que nunca muere”.

Sen reconoce que fue en la escuela de Tagore donde adquirió algunas de sus principales aptitudes académicas. Había, según él, un énfasis en aprender a través de la curiosidad en lugar de perseguir exclusivamente la competencia. Además, el currículo de la escuela del pequeño Amartya combinaba la herencia de la India en términos culturales, científicos y analíticos, con la del resto del mundo y, según el ahora profesor de Harvard, había una gran apertura hacia la diversidad cultural.[2]

Octavio Paz, por su parte, nace en Mixcoac, un barrio de la ciudad de México. Él mismo aceptaba que provenía de una familia burguesa. Sus padres y abuelos fueron gente reconocida en el ámbito político-intelectual de la época. Irineo Paz, su abuelo, fue novelista y un intelectual liberal reconocido, mientras que su padre estuvo vinculado con el revolucionario Emiliano Zapata. “Mi familia eral liberal”, asienta Paz, y “las divinidades tutelares de la casa eran los héroes del liberalismo y los grandes revolucionarios franceses… Yo nací entre libros. Uno de mis grandes placeres era hojear […] los gruesos volúmenes de historia de mi abuelo y detenerme en sus etapas: la toma de Jerusalén por los cruzados, el suplicio de Cuauhtémoc, el Juramento del Juego de Pelota, la batalla de Trafalgar…”.[3]

Para los pequeños Octavio y Amartya, los abuelos fueron personajes clave en su formación intelectual. Tanto Paz como Sen fueron formados bajo un ambiente familiar no común para el resto de la población de sus naciones respectivas: desde la cuna estos dos personajes estuvieron expuestos al mundo de las ideas, al humanismo y, en consecuencia, al diálogo entre las diversas culturas. Esto último probablemente los llevó a reflexionar y a escribir esclarecedores ensayos sobre la identidad; así como a pronunciarse contra las ideologías nacionalistas que, en palabras de Paz, eran terribles porque negaban a los otros y no dejaban ver el mundo.[4]

Antes de exponer estas esclarecedores opiniones de ambos autores sobre la identidad, recordemos una vivencia relatada tanto por Paz como por Sen y que a muchos sorprende por su profunda coincidencia. En las Roman Lectures ofrecidas por Sen en Oxford en 1998, el profesor cuenta que al llegar al aeropuerto de Heathrow en Londres, un oficial de inmigración revisó su pasaporte indio y al corroborar que vivía en la casa del Master del Trinity College de la Universidad de Cambridge, le preguntó si él era amigo del director.[5]  Aunque Sen no lo hace explícito, se dio perfectamente cuenta que el oficial británico no podía concebir que un ciudadano indio, de tez morena, ocupara la posición académica que es considerada como la más prestigiosa del Reino Unido. Para el oficial de inmigración británico, la imagen que tenía sobre los directores de este tipo de colegios no correspondía del todo con la persona que tenía enfrente.[6]

Curiosamente, muchos años atrás, Octavio Paz también había enfrentado ideas preconcebidas sobre su identidad por no poder expresarse en el idioma del país que habitaba. Ocurre que en plena revolución, cuando él tenía seis años, su mamá se lo llevó a vivir a Los Ángeles. El primer día de clases, a la hora del lunch, el profesor vio que el niño Octavio no comía y le preguntó la razón. Éste musitó en español la palabra “cuchara”, es decir, que le hacía falta ese utensilio para comer. Los niños de habla inglesa oyeron a Octavio y haciendo gala de sus dotes burlonas lo remedaron y se mofaron de él, al grado de liarse a golpes con uno de sus compañeros. La cosa no se detuvo ahí. Cuenta Paz que cuando llegó a México y se inscribió en un colegio lasallista, sus compañeros inmediatamente comenzaron a llamarlo “gringo”, “gachupín” y “franchute”, por su apariencia física y por haber llegado de Estados Unidos. Esto, confiesa el poeta, le dolió tanto que lo llevó a formular una simple pero difícil pregunta: “si yo no soy de aquí ni de allá, entonces, ¿de dónde soy?”. Paz se sentía mexicano, pero ellos, dice, no lo dejaban serlo. Para el poeta era atroz que los otros niños injuriaran y golpearan a otro por el mero hecho de ser extranjero.[7]

¿Quién soy? ¿Sobre qué sistema de valores se construye nuestra identidad? ¿Es ésta inmutable y única? ¿Quién tiene el poder y la autoridad para asignarnos una determinada identidad? ¿Qué implicaciones éticas, morales y políticas tiene nuestra identidad dentro de los grupos y las sociedades a las que pertenecemos? Querer dar respuestas a éstos y otros cuestionamientos ha sido una tarea en varias de las obras de Paz y de Sen, lo que nos deja ver que, sin importar la especialidad, el origen o el tiempo, estos dos personajes estuvieron unidos por una preocupación de índole filosófica y universal.

Recordemos, en el caso de nuestro Nobel, ensayos como El laberinto de la soledad (1950) que, por cierto, recoge como uno de sus elementos inspiradores la anécdota del autor en sus colegios de Estados Unidos y México. Además, está Postdata (1969), Tiempo nublado (1983) e Itinerario (1993), en donde el poeta observa que, a finales del siglo XX, somos testigos de la internacionalización de la economía, pero al mismo tiempo del renacimiento de los nacionalismos, algo que muchos, como el propio Marx, creyeron que no ocurriría.

Por el lado de Sen tenemos el célebre ensayo intitulado, Reason before Identity (1998), además de su más reciente libro: Identity and Violence: The Illusions of Destiny (2006) y antes de éste el grueso libro The Argumentative Indian. Writings on Indian Culture and Identity (2005), en el cual, por cierto, Sen cita a Paz y lo nombra un “destacado observador” del subcontinente. Esto debido a que el poeta mexicano reconocía a la India por su valiosa herencia dialógica. “Soy partidario del diálogo porque soy partidario de la diversidad”,[8]  le respondería Paz a Sen, y éste asentaría: “El compromiso dialógico está relacionado con la historia multicultural del subcontinente y es, además, extremadamente relevante para la solidaridad regional, así como para la unidad nacional y la justicia social.[9]

Para Sen, la identidad se construye a través de la razón que los individuos ejercemos. Reason before Identity es uno de sus postulados centrales. Si esto no se cumple entonces estaríamos a expensas de preconcepciones comunitarias o individuales como la que ejercieron los niños del colegio de Paz, o la del oficial de inmigración británico que cuestionó al propio Sen. Esto empobrece a la humanidad. Para Sen, podemos tener la capacidad de elegir algunas de nuestras identidades de acuerdo con lo que valoramos y tenemos razón de valorar, pero estas elecciones tienen un marco de restricción. Es decir, podremos elegir qué estilo de vida llevar, pero no en qué familia nacer; podemos regular nuestro comportamiento sexual, pero no tenemos control sobre nuestro sexo al ser concebidos. Algo de fatalismo hay también en nuestra propia existencia. Otra idea clave de Sen sobre la identidad es que ésta es múltiple, no única; sugiere que “hay mapas diferentes y procedimientos diferentes para dividir a la gente”. Una persona, afirma Sen, puede tener simultáneamente la identidad de “una italiana, mujer, feminista, vegetariana, novelista, conservadora en asuntos fiscales, fanática del jazz y londinense. La posibilidad de tan múltiples identidades es obvia, y su importancia variada según el contexto no es menos evidente”.[10]

Esta idea es clave porque sirve de freno a las percepciones e imposiciones externas de la sociedad, los grupos, la comunidad, o los propios individuos. La identidad, para Sen, está sujeta a la pluralidad, a la elección y al razonamiento. ¿Qué respondería Paz al respecto? Una buena forma en que el poeta intervendría sería leyendo su poema “Identidad”:

En el patio un pájaro pía
como el centavo en su alcancía.
Un poco de aire su plumaje
se desvanece en un viraje
Tal vez no hay pájaro ni soy
ese del patio en donde estoy

Pluralidad, elección y cambio razonado —“Tal vez no hay pájaro ni soy/ese del patio en donde estoy”— son elementos constitutivos de la identidad en la visión de estos dos grandes intelectuales.


Igualdad de libertades

Amartya Sen es un intelectual profundamente comprometido con el valor de la libertad humana y la igualdad.[11] En 1979 planteó al medio académico una simple pero complicada pregunta: “¿qué métrica deben usar los igualitaristas para establecer la medida en que se ha realizado su ideal en una determinada sociedad?”.[12] Hasta ese momento los enfoques imperantes para evaluar el bienestar, la calidad de vida o el desarrollo se basaban tanto en el utilitarismo como en el ingreso económico. Los primeros sostenían que una buena política social es aquella que aumenta al máximo el bienestar de cada persona, y la métrica usada era una característica mental que podría ser el placer o la felicidad generados. Bajo esta idea, Sen afirma, con razón, que en los estudios con este enfoque se complicaría enormemente establecer comparaciones interpersonales a través de métodos científicos convencionales.

Otro de los enfoques imperantes para realizar evaluaciones normativas sobre el avance de una sociedad y los individuos es la métrica de los ingresos económicos, y aunque en esta lógica sí podrían hacerse las comparaciones a las que alude Sen, ceñirnos a ella significaría perder de vista que el ingreso económico no es un fin en sí mismo, sino un medio para lograr realizaciones de otro tipo. ¿Qué alternativa nos queda? ¿Igualdad de qué debemos promover? ¿De felicidad, de ingreso, o de “bienes primarios”, como los llamó John Rawls? Para Sen, ninguna de estas métricas es adecuada ni suficiente para acercarnos a una idea de justicia, por lo que propone igualar las libertades reales de las personas.

En Sen se combinan, por lo tanto, las nociones de libertad e igualdad que hasta hace poco tiempo corrían por su propio camino. ¿Aburriría a Octavio Paz la exposición académica de Sen? Paz era un “humanista pleno” —en palabras de Enrique Krauze— y seguramente le hubiera atraído escuchar a Sen. Sobre todo porque un año después de que el profesor de Harvard publicara su libro, Inequality Reexamined, Paz le expresó a Julio Scherer que una filosofía política futura “tendrá que recoger la doble herencia del pensamiento moderno de Occidente: el liberalismo y el socialismo, la libertad y la justicia […]”. Una nueva ética y una nueva política deberán fundarse, en palabras del poeta, “en la realidad real de los hombres, no en abstracciones”. Esta suma de conocimientos y reflexiones, dice Paz, “tendrá que orientarse hacia una reconciliación entre la libertad y la igualdad por el puente de la fraternidad”.[13]

Para nuestro poeta, la libertad, “más que una idea filosófica o concepto teológico, es una experiencia que todos vivimos, sentimos, pensamos cada vez que pronunciamos dos monosílabos: sí o no […] la libertad se disipa si no se realiza en un acto […]. La libertad para realizarse”, dice Paz, “debe bajar a la tierra y encarnar entre los hombres […] Es una simple decisión —sí o no—, pero esta decisión nunca es solitaria: incluye siempre al otro, a los otros”.[14]

Con su aguda mirada, Sen le diría a Paz: “Tiene usted razón, las personas son sujetos responsables: no sólo estamos sanos o enfermos sino que, además, actuamos o nos negamos a actuar y podemos decidir actuar de una u otra forma”.[15] “Somos seres capaces de escoger. Y de ser escogidos”, asentaría Paz, “[d]e aceptar o de rechazar. En esto consiste la libertad. Y esto, justamente, es lo que tenemos que defender. La libertad es el núcleo de la persona”.[16] Coincido con usted, señor Paz —diría Sen—. En mi libro Development as Freedom sostengo esta idea. Llevo la concepción humanística del desarrollo más allá de lo teológico y la sitúo en el terreno de lo real y de lo político porque “[c]iertamente, el terrible mundo en el que vivimos […] no parece —al menos en la superficie— un mundo en el que la todopoderosa benevolencia se salga con la suya”.[17]

He defendido, proseguiría Sen, “la primacía de las libertades fundamentales en la evaluación de las ventajas individuales y de los logros y los fracasos sociales”. Este enfoque puede dar una idea del desarrollo muy diferente de la que se deduce de juzgar a una “sociedad aceptable” a través del Producto Nacional Bruto, el progreso técnico o la industrialización. Estos aspectos, remataría Sen, son “contingentes todos ellos” y tienen una “importancia condicional sin ser las características definitorias del desarrollo”.[18]

Con esta poderosa idea, diría Paz, el profesor Sen corrobora y responde a una observación que hice hace algunos años sobre los Estados Unidos y su modelo de progreso. En mi libro Tiempo nublado expresé lo siguiente:

[…] ¿qué hay detrás de esa enorme variedad de productos y bienes que se ofrece a nuestra vista con una suerte de generosa impudicia? Riqueza fascinante, es decir, engañosa. Al decirlo, no pienso en las injusticias y desigualdades de la sociedad norteamericana: aunque son muchas, son menos y menos graves que las nuestras y que las de la mayoría de las naciones. Digo riqueza engañosa no porque sea irreal sino porque me pregunto si una sociedad puede vivir encerrada en el círculo de la producción y el consumo, el trabajo y el placer […].

Repito mi pregunta: ¿qué hay detrás de esa riqueza? No puedo responder: no encuentro nada, no hay nada. Me explico: todas las instituciones norteamericanas, su técnica, su ciencia, su energía, su educación, son un medio, un para… La libertad, la democracia, el trabajo, el ingenio inventivo, la perseverancia, el respeto a la palabra empeñada, todo sirve, todo es un medio para obtener ¿qué? ¿La felicidad en esta vida, la salvación en la otra, el bien, la verdad, la sabiduría, el amor? Los fines últimos, que son los que de verdad cuentan porque son los que dan sentido a nuestra vida, no aparecen en el horizonte de los Estados Unidos.[19]

Veo que coincidimos plenamente —le diría Paz a Sen—. “Usted desde las ciencias sociales y económicas y yo desde mi papel de observador”. Al centrarse en la libertad humana como métrica del desarrollo de las sociedades y los países, usted, profesor Sen, reafirma lo dicho por la Real Academia Sueca al otorgarle el Nobel de Economía: combinando las herramientas económicas con las filosóficas le ha restituido la dimensión ética al debate sobre los problemas económicos más vitales.


“Papel protector de la democracia”[20]

Según Enrique Krauze, para Octavio Paz la democracia es el “último baluarte” de América Latina. La democracia, dice el poeta, “no es un obstáculo para la modernización y el desarrollo económico y social; al contrario, quizá sea una de sus condiciones. Allí donde los gobiernos acudieron a métodos coercitivos para impulsar la economía, tras de iniciales y engañosos avances, los resultados fueron desastrosos […].[21]

“Tiene usted razón señor Paz”, diría Sen, “en mis estudios sobre las hambrunas argumento que “nunca ha habido hambruna en las democracias pluripartidistas que funcionan". Ahora, si alguien dijera que son los países democráticos los más ricos en términos económicos, y esa fuera la explicación del argumento, habría que recordar que Sen señala que ha habido ausencia de hambruna en países democráticos muy pobres como la India o Botswana. Las hambrunas, explica el profesor de Harvard,

[…] matan a millones de personas en diferentes países del mundo, pero no a los gobernantes. Los reyes y los presidentes, los burócratas y los patronos, los jefes y los comandantes militares nunca son víctimas de las hambrunas. Y si no hay elecciones, ni partidos de la oposición, ni la posibilidad de realizar críticas públicas sin censura, las autoridades no tienen que sufrir las consecuencias políticas de su incapacidad para prevenir las hambrunas.[22]

“Suscribo sus observaciones, profesor Sen” —diría Paz—. “Un pueblo sin elecciones libres es un pueblo sin voz, sin ojos y sin brazos”,[23] pero hay que aclarar que la democracia no es una “panacea que cure todas las dolencias y que imponga de manera automática la justicia social. No es un método para acelerar el progreso económico; es un medio para evitar que ese progreso se realice a expensas de la mayoría”.[24]

“Ese medio, señor Paz” —respondería Sen— puede estar compuesto por un sistema sustentado en la libertad de elección y el voto, pero habría que “adoptar una visión más amplia de la democracia”. La democracia se construye no sólo en términos de votaciones, sino también bajo la forma más general del uso público de la razón”.[25]

Con la seguridad que lo caracterizaba —y, tomando la palabra con cierta imprudencia— Paz podría complementar la idea de Sen diciendo:

[N]o es inútil reparar en otra gran diferencia entre las democracias antiguas y las modernas. Me refiero a los métodos de discusión y de convencimiento en los debates políticos […] El fundamento de la democracia, su razón de ser, es la creencia en la capacidad de los ciudadanos para decidir, con libertad y responsabilidad, sobre los asuntos públicos […] En las democracias antiguas los métodos de persuasión eran directos: los oradores hablaban ante el pueblo, exponían sus razones y hacían brillar sus planes y promesas.[26]

Claro, pero también es necesario hacer dos precisiones, señor Paz —retomaría Sen la palabra—. La primera consisite en que el ejercicio de la razón pública no es exclusivo de Occidente: “Atenas se destacó de manera importante por alentar el debate público, como lo hizo Grecia en general. Pero los griegos no eran los únicos en hacer esto […] existe una vasta historia sobre el cultivo de la tolerancia, la pluralidad y el debate público también en otras sociedades”.[27]

La segunda precisión responde a la pregunta: “¿Les resultan indiferentes a los ciudadanos del Tercer Mundo los derechos políticos y democráticos?”. La respuesta positiva a esta tesis se apoya en “datos empíricos demasiado limitados. La única manera de verificarlos sería someter la cuestión a una prueba democrática en unas elecciones libres con libertad de oposición y de expresión, precisamente lo que no permiten los defensores del autoritarismo”. La lucha por las libertades democráticas de Corea del Sur, Tailandia, Bangladesh, Pakistán, Birmania y otros países asiáticos provee elementos empíricos para negar el supuesto de que los pobres, por ser pobres, no participan. Si no lo hacen es porque tienen, precisamente, pocas oportunidades reales de expresar sus opiniones políticas y de discutir con las autoridades.[28]

Sobre este último punto, Paz remataría diciendo, “quisiera hablar de su país, profesor Sen, de la India. Yo he visto votar a la multitud india, pobre y analfabeta: es un espectáculo que devuelve la esperanza a los hombres. Lo contrario del espectáculo de las multitudes que gritan y vociferan en los estadios de Occidente y América Latina […]. El mantenimiento de la democracia es uno de los logros políticos de la India moderna” a pesar de la pobreza de su gente y las terribles desigualdades sociales.[29]

Lo ve usted —diría Sen—, hay buenas razones para centrar la atención en lo que la gente tiene capacidad de hacer o de demandar para mejorar sus vidas y alcanzar un nivel de vida más decoroso. El espectáculo que usted, señor Paz, observó en mi país, me hace “apreciar la fuerza de la tesis de que son los propios individuos los que deben asumir la responsabilidad del desarrollo y de la transformación del mundo en el que viven”.[30] En parte tiene razón, profesor Sen, porque: “Los agentes del destino son los hombres, y los hombres conquistan la libertad cuando tienen conciencia de su destino”.[31]


Comentarios finales

Capacidad inquisitiva, sensibilidad, mirada profunda ante los hechos de la vida, compasión, humanismo pleno, crítica y un compromiso con la realidad son, entre otros, los puntos de la afortunada coincidencia entre Octavio Paz y Amartya Sen.

Su encuentro nos enriquece porque ambos se atrevieron a alzar la mirada, a delinear la idea del bien y a tratar de traducirla entre los seres humanos a través de poemas y sesudos ensayos científicos. Gracias a ellos recordamos que la dimensión ética no está fuera de nuestra vida cotidiana, de la política, la sociedad y la economía. “Escuchar” al poeta y al economista-filósofo nos deja ver que, efectivamente, no andan caminos paralelos, sino que se cruzan, dan un rodeo, avanzan y llegan siempre.



Este artículo fue publicado originalmente en Educación, Políticas Públicas y Cultura, México, UAQ-Crefal, 2017, pp. 187-202.


NOTAS

[1] Octavio Paz, El poeta en su tierra. Diálogos con Octavio Paz, B. de Peralta, México, Hoja Casa Editorial, 1996, p. 45.

[2] Amartya Sen, Autobiography, en The Nobel Prize.

[3] Paz, op. cit., p. 157.

[4] Ibid, p. 39.

[5] Amartya Sen, Reason before Identity, Oxford, OUP, 1999.

[6] Sin disculpar al oficial, esto puede también ser explicable ya que Sen fue el primer asiático en dirigir un colegio de lo que se conoce como Oxbridge, que es el sistema educativo formado por las universidades de Oxford y Cambridge.

[7] Octavio Paz, Itinerario, México, Fondo de Cultura Económica, 2003, p. 18.

[8] Ibid, p. 188.

[9] Amartya Sen, The Argumentative Indian. Writings on Indian History, Culture and Identity, Gran Bretaña, Allen Lane, 2005, p. 43. “The dialogic commitment related to the long multicultural history of the subcontinent is indeed deeply relevant for regional solidarity as well as national unity and social justice”.

[10] Amartya Sen, “La razón detrás de la identidad”, Letras Libres, México, noviembre de 2000.

[11] Diferentes sectores como la Iglesia, incluso sus jerarcas, podrían argumentar en este mismo sentido, sólo que una gran diferencia con la perspectiva humanística del desarrollo es que, al surgir desde una posición crítica y política, busca hacer aplicaciones concretas que van desde la medición de la libertad hasta la comparabilidad y la reformulación de políticas públicas.

[12] Gerald. A. Cohen , “¿Igualdad de qué? Sobre el bienestar, los bienes y las capacidades”, en M. Nussbaum y A. Sen (comps.), México, The United Nations University/Fondo de Cultura Económica, 1996, p. 27.

[13] Paz, Itinerario, op. cit., p. 238.

[14] Octavio Paz, “El siglo XX. La experiencia de la libertad”, Vuelta, núm. 167, 1990, p. 8.

[15] Amartya Sen, Desarrollo y libertad, México, Planeta, 2000, p. 234.

[16] Octavio Paz, Sólo a dos voces, México, Fondo de Cultura Económica, 1999, p. 178.

[17] Sen, “La razón...”, op. cit., p. 338.

[18] Ibidem, p. 342.

[19] Octavio Paz, Tiempo nublado, México, Seix Barral, 2003, pp. 37-38. Itálicas en el original.

[20] Título tomado de Amartya Sen, “La razón...”, op. cit.

[21] Paz, Sólo..., op. cit., p. 155.

[22] Sen, “La razón...”, op cit., pp. 221 y 223.

[23] Paz, Itinerario, op. cit., p. 165. Es importante aclarar que Paz habla, en este caso, para Nicaragua cuyo régimen revolucionario pospuso las elecciones. Por esta posición, la efigie de Paz fue quemada por un grupo de delirantes frente a la embajada estadounidense.

[24] Paz, Sólo..., op. cit., p. 155.

[25] Amartya Sen, “El ejercicio de la razón pública”, Letras Libres, núm. 65, mayo de 2004, p. 18.

[26] Paz, Itinerario, op. cit., pp. 129-130.

[27] Sen, “El ejercicio...”, op. cit., p. 14.

[28] Sen, “La razón...”, op. cit., pp. 189-190.

[29] Paz, Itinerario, op. cit., pp.102.

[30] Sen, “La razón...”, op. cit., p. 338.

[31] Paz, “El siglo XX...”, op. cit., p. 8.