Correspondencia

60. A Elena Garro, 21 de abril de 1937

Año

1937

Lugares

Mérida, Yucatán

Tipología

Carta

Temas

Paz en Mérida: la primavera socialista de 1937

De la preocupación por la salud de Helena, Paz va a la ansiedad de no saber más sobre la invitación a España. Expone los diversos escenarios y, finalmente, se entrega a las dos exaltaciones, la amorosa y la ideológica, ahora francamente bajo el signo de la URSS…



Helen:

Son las 5 de la tarde. Aún falta una hora para que llegue el correo. Y, con él, ¿tu carta? Quizá no sea posible, porque realmente estás enferma. En tu carta anterior no me explicas con claridad los síntomas, de modo que no puedo saber con exactitud qué es lo que tienes: si un malestar pasajero o algo de cuidado. De cualquier modo que sea yo me siento seriamente preocupado por esa terquedad de la gripa, por esa dificultad que tienes para sanar. Eso significa que, a pesar del aumento, estás débil, que la mejoría ha sido artificial, o, por lo menos, que aún no te fortaleces del todo. Por eso mismo es urgente que tú regularices tu vida física con el mismo ahínco, con la misma voluntad de curación con que debes tratar de tranquilizar y serenar tu espíritu. Tú sabes –esto ya está demostrado— que la salud física está ligada a la psíquica, y a la inversa. Curarse, reposar, comer, someterse con toda voluntad, con toda fría pasión, a un régimen corporal significa, también, someter a un ritmo creador todas las olas, todo el desorden interior. Y eso, a la postre, fructifica en un mediodía hermoso, capaz de soportar el desorden, capaz de buscarlo e incluso de ser su víctima. Pero, siempre, una víctima capaz de serlo verdaderamente. Aquí digo víctima como sujeto del destino.

Me da mucho temor que tú no cumplas las indicaciones del médico, o que las cumplas del modo que lo haces a veces, traicionándolos, inyectándote dosis superiores que te envenenan. De modo que te suplico que me hagas caso. Es vital para los dos.

Lo de España me tiene indeciso y desorientado. Imagínate que recibí la noticia cuando estaba en la oficina y me llenó de alegría. (No tengo más noticias que la del “Nacional”.) Claro que nunca tuve –ni tengo-- la certeza de que este se realice: yo hago todas las gestiones, pero la alegría impetuosa del principio ha desaparecido. Creo que esta es una oportunidad única en mi vida, única por muchas razones. Y sé que el destino hará lo que guste de mí, pero sé que hay que ayudar al destino activamente. (Luego sigo, pues hay junta de profesores.) Pero te decía que la noticia me ha conmovido extrañamente: yo tenía un plan trazado, un plan de vida y acción. Pensaba aquí realizar ciertas cosas: escribir, estudiar y casarme. ¿Hasta qué punto rompe esta noticia mi plan? Si nos dan dinero suficiente me puedo ir contigo, evidentemente. Pero 1. ¿Me lo darán? 2. ¿Podrás ir? Sé que, en el segundo caso, tú gritarás (quizá) “Sí”. ¿Y eso no será una locura? Yo, sinceramente, creo que no, y no me importan las críticas. Iría con mi compañera. Otra solución sería esta: casarme, irme y tú vivir con mi mamá los dos meses que tardaría el Congreso. Pero esto es una estupidez, porque, para ti, sería espantoso, sería algo terrible, lo mismo que para mí. (¡Se aguaría la “luna”!) además, sería negarme las posibilidades de estar más tiempo allá. De modo que no sé. Tú dime. Todo, por supuesto, es algo problemático, pero que no me deja deja dormir. Hay tres soluciones. Irnos juntos. Casarnos, estar yo dos meses y regresar. O bien que tú me esperes. Las dos últimas tienen sus ventajas y desventajas. Son, sobre todo, la segunda, un poco tristes, muy tristes, y yo me inclino a desecharlas. Pero debemos ver las cosas con toda calma y pensar que todo es un “veremos”.[1] Yo, aunque deseo ardientemente irme, sé y siento una mano que me detiene. Es una voz y una mano. Pero yo siento un grande, enorme y extraordinario entusiasmo. Estoy en una situación de tensión nerviosa casi insostenible. Me asaltan mil cosas, mil sensaciones. Prefiero, a veces, a ratos, no pensar. He escrito a César Ortiz, y también le telegrafié.[2] A ti también te escribí. No ha llegado la correspondencia y parece que el avión, según nos dijeron, se ha atrasado. Eso aumenta mi inquietud por ti, por tu enfermedad, linda mía.

Hoy en la noche cenaré con Pérez Martínez.[3] Si ves a Huerta dile que hemos hablado de él, que Héctor se expresa muy bien. A propósito, mándame Taller Poético, con mis sonetos,[4] descuidada secretaria olvidadiza. (Te voy a cesar.) Héctor me dijo que estaban muy bien. Quiero verlos, aunque ya sé que salieron con erratas y que, de cualquier modo, ya no me gustarán. Es terrible, pero jamás estoy contento y esto te lo digo confidencialmente, con lo que hago: primero me gusta, pero luego me parece insoportable. Tengo una queja contra ti: no me has dado tu opinión (seria) sobre el poema.[5] Creo que es muy bueno y que allí está mi camino, fiel a mí mismo, pero con mayor objetividad.

Helen, eres mi secretaria. Ahora quiero que seas otra cosa: mi tesorera. Te mando cien pesos, y más tarde te mandaré otros ochenta, que me deben. Ya ves cómo, aunque te parezca absurdo, estoy convertido en un joven capaz de ahorrar. Ahorrar para después, bien mío, gastarlo todo juntos. Si consigo lo que quiero podré cumplir más pronto mis deseos. Te suplico encarecidamente no digas nada de esto a nadie. Ya veremos después qué hacemos con el dinero. Me atrevo a mandártelos porque si no aquí los gasto, y porque nadie mejor que tú, novia, esposa, amante e hija,[6] para que, además de secretaria y confesora, seas mi tesorera.

Helen: yo he estado pensando en ti con grande ternura. No veo el pasado, sino el futuro. Por eso me inquieta lo de España, porque no era el futuro que yo había pensado. De cualquier modo es maravilloso y extraordinario.

Oye, nena, (qué chocante esa expresión), te suplico cumplas lo que te digo: 1. Revelar el nombre de un miserable. Nunca me contestas ese punto. Y 2. Dejar esa gente y ese baile. No el baile, sino el ambiente sucio y bajo, y, sobre todo, enemigo mortal mío.

Lo de la U. es molestísimo. Voy a escribirle a Rafael [López Malo], preguntándole qué pasa. Esto me tiene muy disgustado con ellos. Ve a [Enrique Ramírez y] Ramírez (si puedes salir), cumple mis encargos y dile si no podría escribirme. Entonces yo le diré que vea el modo de que tengas algo (así sea poco). (Mándame su dirección por favor!!!)

Cortés Tamayo me acaba de decir esto: “Oye, ahora los mapas de España deben tener más puntitos rojos, ¿verdad?” Y me he conmovido, he sentido la muerte y una angustia. Mañana te llegará ésta. Contéstame. Dime si has leído la noticia.[7] Háblame de allá. Tengo hambre de ti, de tu voz, de tu pelo. Quiero que te cuides mucho, que seas muy hermosa, que me quieras. Que seas mi esposa. Sabes, nunca te he querido tanto como hoy. Te adoro, lloro por ti, y, también, gozo por ti. ¡Todo lo que veremos juntos! Lo único que me asusta es lo caro de los pasajes.[8] Lo que veremos… aquí… allá… ¡lo que veremos! Adorable, quisiera que estuvieras aquí para el 1 de Mayo. Desfilaríamos, cantando con los alumnos “La Internacional”.[9] Cada día, Helen, me siento más humano, más revolucionario y más enamorado. Por consiguiente más capaz de cumplir y de cumplirme. Cumplirte, cumplirme, cumplir a España y cumplir a México. Por eso pienso que España y Europa sólo son un jalón: mi lucha está aquí, con los obreros y campesinos mexicanos. Lo otro es sólo un glorioso aprendizaje. ¡Viva Helena, mi esposa! ¡Viva la vida con ella! ¡Viva yo! ¡Vivamos juntos! ¡Viva México Soviet! ¡Viva la vida!

                                                      Octavio



NOTAS

[1] Prevaleció la primera opción: se casaron y viajaron juntos a España, donde se quedaron varios meses.

[2] César Ortiz Tinoco, un periodista amigo de Paz y Garro. Leal a Lombardo Toledado, publicaba en El Nacional y en El Popular

[3] El Diario del Sureste publica el día 23 que organizó un banquete en honor de Pérez Martínez entre cuyos asistentes están Paz y sus camaradas.

[4]Véase la carta 59.

[5] Se refiere a “Entre la piedra y la flor”.

[6] En “Vigilias III” (13:160) había escrito poco antes: “Deseo encontrar la voz más honda dentro de mí, esa que es, simultáneamente, mi madre y mi hija, pero ¿cuál es ella?”

[7] La de la invitación a España

[8] El costo corrió, en parte, por el gobierno de Cárdenas. El comité organizador en España pagó los traslados y estancia de los invitados. Paz pidió dos meses de adelanto de su salario en la SEP que lo comisionó, oficialmente, para acudir a París en tareas oficiales.

[9] Ese primero de mayo, el Diario del Sureste publica un “Mensaje de la Escuela Secundaria Federal a los Trabajadores de Yucatán”, entre cuyos maestros firmantes figuran Paz y sus camaradas: “Se convoca a los trabajadores y campesinos, particularmente a los que estén relacionados con la Escuela Secundaria Federal, a participar en los eventos del 1 de Mayo para crear conciencia de proletariado.”