Conversaciones y novedades

Efraín Huerta: sus días en Mérida

Efraín Huerta

Año

1937

Tipología

Conversación

Temas

Paz en Mérida: la primavera socialista de 1937

 

Calles de la ciudad de Mérida. Foto de Casasola, ca. 1910. Archivo del INAH

Durante la década de los años treintas, apoyadas en la ley orgánica de 1933, las organizaciones estudiantiles cobran una fuerza inusitada y actúan en su seno la problemática nacional. Destacaban la Confederación Nacional de Estudiantes (CNE, de izquierda) que pretendía reunir a todos los estudiantes del país, y la Federación Nacional de Estudiantes (derechista), que prefería aglutinar a las sociedades de alumnos. El XIII Congreso Nacional de Estudiantes —organizado por la CNE— se realizó en Mérida el 3 de septiembre de 1936 con objeto de crear un “frente único” estudiantil y “batallones de milicianos” dispuestos a “encontrar fórmulas concretas para luchar conjuntamente con las clases trabajadoras del país” y de sumar la “clase estudiantil” a la lucha revolucionaria del presidente Lázaro Cárdenas.[1]

Efraín Huerta viajó a Mérida en septiembre de 1936 como delegado a ese Congreso, orgulloso de participar en el fortalecimiento de la Confederación Nacional de Estudiantes, antiimperialista, antifascista y anticonfesional, que se uniría con otras confederaciones similares en América Latina, en defensa del obrero en contra de las ofensivas de los empresarios y del campesino a favor de la reforma agraria.

Ya tenía experiencia, Huerta: en 1933 había participado con Enrique Ramírez y Ramírez en la “Magna Convención Estudiantil pro-Cárdenas”, cuyos propósitos eran “sustituir la enseñanza laica por la socialista en todos los niveles, socializar las profesiones, suprimir las escuelas particulares, implantar la educación sexual y lograr otra distribución de la riqueza”, como resume Victoria Lerner en La educación socialista,[2] y desde 1934 militaba en la Federación Estudiantil Revolucionaria (FER). En el congreso de Mérida, Huerta participó con una ponencia titulada “¿Por qué las masas deben organizarse?”[3]

Huerta se quedó en Mérida un par de meses, desde donde enviaba sus colaboraciones al diario El Nacional. Reproduzco en seguida la que apareció el día 28, en la que se despide de la Ciudad Blanca. Ésta y otro centenar pueden leerse en Aurora Roja. Crónicas juveniles en tiempos de Lázaro Cárdenas. 1936-1939.

No es difícil imaginar a Huerta de regreso en la capital contándole sus experiencias a sus amigos Octavio Paz, Octavio Novaro y Ricardo Cortés Tamayo, que, posiblemente, ya preparan su propio viaje a la península… (G.S.)



Los días y las noches de Yucatán

Efraín Huerta

Así era: niños, mujeres y hombres pidiendo misericordia a un cielo que nunca oye ni tendría por qué enterarse —si existiera— de los rezos y lágrimas que corren y vuelan por la tierra y el viento; tristes ojos de limpios indígenas inundados de ágiles hormigas y espinas envenenadas —púas de las pencas duras—; uñas desprendidas de los dedos, largas y morenas manos sangrando; miseria día a día más ofensiva; vida que no es vida: muerte lenta y bien estudiada por quienes la distribuyen desde sus palacetes de viborillas perspicaces; rencor floreciendo en el corazón de los hombres de los plantíos de henequén; ansia poco a poco puesta a la luz del sol de los obreros, ansia de los obreros poco a poco puesta a la luz del sol, así: Opichén.

Manifestaciones de campesinos exigiendo un derecho que sabemos les corresponde; ellos se rompen el cuerpo bajo el sol terrible que cae sobre la península, y los hacendados en tanto despilfarran miles en la capital de la república y en las grandes ciudades del extranjero, cuando no pasean ostentosamente en finas máquinas aerodinámicas por esas avenidas amplias y tibias de la cálida y amorosa Mérida.

Una noche estuve en Uxmal. Hacía un extraño frío otoñal y puntiagudo. La noche, abrumada de estrellas, tenía la solemnidad de un misterio por aclarar; era una noche como nunca los poetas la han descrito. Lamía la luna lentamente las piedras dolorosas por la edad y la contemplación. Millones de grillos daban música al enorme y conmovedor paisaje nocturno. Ahí supe de la soledad y el sacrificio de estos mayas a quienes he oído hablar cantando cantos de rebeldía y protesta en los locales sindicales y en las albas calles meridanas/meridianas. Uxmal fue para mí el primer encuentro con la noche, en el centro de una naturaleza devoradora. Porque en esa región los árboles caminan, con dientes y garras, despedazando y enterrando cuanto encuentran a su paso. Y tenía yo las manos húmedas de terror y de alegría.

Una mañana estuve en Chichén. Una mañana de piedras amarillas y juegos de eco en el juego de pelota; mañana ardiente y desesperada por el deseo de no regresar jamás a las ciudades; mañana de cansancio admirativo y amor recién nacido a una tierra que me habían contado que era seca y estéril como un desierto o un acantilado. Mentira imbécil la de esos que dijeron tal cosa de una región que nada le pide de trasparencia y dulzura y vegetación uniforme, y cortesía a la región del altiplano que se me diga. No; porque yo creo haber conocido de Yucatán lo esencial y característico y puedo hablar con la sinceridad que aquí mismo adquirí. Carlos Pellicer, primerísimo poeta mexicano, acaso con sangre yucateca, en sus “Esquemas para una oda tropical” habla de Chichén en la forma más sonora y expresiva que he oído. Pero él estuvo una tarde. Yo, la mañana más impresionable que he tenido. Una mañana hermana de la primera que viví en Taxco.

Pero también estuve en una finca henequenera, una mañana recia de septiembre, con los campesinos ejidatarios y con los que no lo eran. Ellos pudieron ver en mí sólo a un joven de la ciudad que, comiendo “chinas”, está a curiosear, de paso y nada más. Por fortuna a mí y a mis camaradas nos identificaron como camaradas también. Se trabajaba en el plantel número 23. Lo vimos todo. Supimos lo que comen y hacen para sostenerse en su calidad de miembros de una cooperativa. Cómo usan las máquinas de la hacienda para ellos mismos y en qué forma laboran para mantenerse en su puesto progresista a pesar de las constantes trabas que se les ponen, oponiéndolos a los acasillados y, éstos, oponiéndose a ellos por las malas artes que no sólo allí se conocen sino que en toda la zona henequenera acostumbran los administradores enseñarles criminalmente. Los mismos dueños de fincas personalmente echan a un grupo contra otro o se rompen la cabeza pensando qué hacer para conseguir desplazar a los sindicalizados. Son hábiles sin duda. Destrozan maquinarias o dejan de plantar para más tarde provocar serios conflictos. No es realmente muestra de habilidad eso de destrozar maquinaria —calderas, por ejemplo— sino prueba de gangsterismo muy criollo y muy burgués. Son como los algodoneros de La Laguna, pero más refinados y atrevidos. Con la audacia más cínica que se conoce. Es que patean como cualquier ahogado. Ven ya muy cerca no sólo la total organización obrera y campesina en forma revolucionaria, sino la completa unifi- cación. No duermen pensando en la Federación de Trabajadores de Yucatán, fantasma real y positivo en cuya construcción trabajan los grupos más orientados de trabajadores de la península.


Campos henequeneros en Mérida

Y la ciudad. Amanece en Mérida como si un chorro de cuchillos cayese de las alturas; como si nevara dulcemente; como si la ciudad se llenara minuto a minuto de una música blanca y suavemente azul. Después la mañana se precipita inundando jardines y avenidas; dorando esos bien cuidados templos que permanecen aislados y mustios como preparándose a su futuro papel de amplias bibliotecas o museos de las religiones. Los hombres hablan, no por hablar. Conversan de política y de la situación de España. Por cierto, hay cada fascista de paja que tiemblan mares y continentes. Dos yucatecos siempre tienen algo que contarse. Jamás permanecen callados un minuto. Nunca se aburren. Acostumbran en la conversación sabrosos giros de una plasticidad que se agradece. No hablan con vaguedades ni medias palabras. Saben que están viviendo una mañana más de su estupenda tierra.

Mediodía. Atardecer. Los cines se llenan de gente ávida e inteligente y comprensiva, menos la que aplaude un noticiario donde aparece Hitler —títere de los capitalistas alemanes— revistando a miles de soldados con botas y cascos. Y en el cinematógrafo se vive ampliamente. En estos locales por donde ha sido imposible que “pase” Chapayev, se respira un principio de noche perfecta y muy meridana.

El crepúsculo en la ciudad es cruel de tan claro. Su luz entra a través de todas las cosas. Sabe acariciar a las mujeres como los hombres no lo sabemos hacer. Penetra por los poros de la ciudad, dándole, inyectándola de perfume de mariposas y gardenias. Y la noche, especial —¡espacial!— y blanda, acogedora, como para los jardines y sus palmeras. Y sus muchachas.

Mucho, mucho de Yucatán se va conmigo a México. Lo guardaré en mi corazón como si éste se hubiera convertido, gracias al contenido que disfrutará, en un arca de oro. Me llevo la experiencia corta y honradamente poco vivida de sus luchas sociales, luchas que ya no son extrañas a nosotros, que estamos a mil kilómetros de distancia, luchas que algún día culminarán definitivamente en un triunfo para la clase que tiene la razón y la justicia. La clase con la que yo, de extracción pequeño-burguesa y actualmente miembro de la juventud comunista de México, pretendo identificarme para siempre. En el proletariado está la razón, y estoy con él. Como están con él los jóvenes más despiertos de Yucatán.



NOTAS

[1] Diario del Sureste, 19 de septiembre de 1936.

[2] Victoria Lerner, La educación socialista, México, El Colegio de México, 1979, p. 24.

[3] “La Confederación Nacional de Estudiantes se adhiere a la lucha revolucionaria”, El Nacional, 22 de septiembre de 1936.