En la mirada de otros

En la mirada de Carlos Fuentes

Van Delden, Maarten

 

Octavio Paz, Fernando Benítez, José Emilio Pacheco y Carlos Fuentes. Archivo Histórico de la UNAM
 

Carlos Fuentes y Octavio Paz se conocieron en París en 1950 cuando Paz acababa de publicar El laberinto de la soledad y Libertad bajo palabra, dos de los libros más importantes de su carrera como escritor. El encuentro con Paz fue fundamental para el joven Fuentes, quien en ese momento tenía apenas veinte años y todavía no había publicado su primer libro.[1] El pensamiento de Paz, sobre todo en torno a la identidad, la historia y la cultura mexicana, dejó una profunda huella en la obra de su joven amigo, como cualquier repaso del torrente de libros que Fuentes empezaría a publicar unos años después demostrará. Para entender el hechizo que Fuentes sentía en la presencia de su amigo poeta, basta con citar algunas líneas de una carta que le escribiría el 18 de febrero de 1966 desde Amalfi, en Italia, al escritor argentino-mexicano Luis Guillermo Piazza. En la carta describe un encuentro que acababa de tener con Paz en Roma. “Me dejó panting el poeta”, comenta Fuentes. “¡Qué brillo, que energía, qué vigencia, que visión ecuménica sin par en el continente vacío!” Más adelante el autor de Cambio de piel continúa exaltando la calidad intelectual de su amigo: “Paz no sacrifica, incluye; no se contenta, indaga; no reduce, ensancha; no acepta, corresponde.”[2] No cabe duda que Fuentes está hablando no sólo de Paz, sino también del tipo de pensador que él mismo quería ser. Dada la pasión con la que Fuentes vivió su amistad con su colega escritor, y la admiración casi sin límites que parecía sentir por él, no es de sorprender que Fuentes haya querido retratar a Paz en algunas de sus novelas, empezando con la primera, La región más transparente.[3]

 

Aunque Fuentes negara, en por lo menos una ocasión, que el personaje Manuel Zamacona tuviera algo que ver con Paz,[4] las semejanzas entre uno y otro son ineludibles, sobre todo en cuanto a las ideas que el intelectual de La región expresa sobre el tema de México, su historia y su cultura. Un crítico llegó incluso a plantear la posibilidad de que los numerosos ecos que se escuchan del pensamiento de Paz en las meditaciones de Zamacona constituían una forma de plagio.[5] El mismo Paz parece haberse reconocido a sí mismo en la figura del intelectual de La región, y aparentemente no le gustó lo que vio. En varias ocasiones expresó su desagrado con la primera novela de su amigo. Según José Vázquez Amaral, Paz había opinado que La región era “an ambitious work in the worst possible sense” [una obra ambiciosa en el peor sentido de la palabra].[6] Guillermo Sheridan, por su parte, señala que “luego de leer La región más transparente[7], Octavio Paz —que respira en esa novela por medio del personaje llamado Manuel Zamacona— manifestó sus reservas hacia la novela en una carta a José Bianco.”[8] Pero, ¿tenía razón Paz al sentirse ofendido por el retrato que le había hecho Fuentes en su novela? Veamos, para empezar, en qué consisten las semejanzas entre Zamacona y su supuesto modelo.

 

Igual que Paz, y muchos otros intelectuales de la época, Zamacona ejerce la filosofía de lo mexicano, un género literario-filosófico que experimentó un auge en los años en que Fuentes escribió La región. En una escena en la primera parte de la novela, vemos a Zamacona enfrascado en la escritura de un ensayo sobre la identidad mexicana, del cual se incluyen largos extractos en la novela. En El laberinto, Paz había enfocado el tema de la identidad mexicana con la ayuda del modelo freudiano del romance familiar. Fundamental desde la perspectiva psicoanalítica es la relación entre padre e hijo, y, más concretamente, el odio y la rivalidad que el hijo siente hacia su padre. Zamacona se acerca al tema de lo mexicano con la ayuda de las mismas herramientas freudianas. Veamos, para empezar, cómo el personaje de Fuentes desarrolla el concepto del rechazo del hijo al padre en el romance familiar mexicano. “El padre permanece en un pasado de brumas”, afirma Zamacona, “objeto de escarnio, violador de nuestra propia madre.”[9] Más adelante, Zamacona pareciera querer atribuirle al mexicano un complejo de Edipo, al explicar que lo que está en juego es la competencia por la madre. “El padre consume”, comenta Zamacona, “lo que nosotros nunca podremos consumar: la conquista de la madre. Es el verdadero macho, y lo resentimos.”[10] Compárense las observaciones de Zamacona con la descripción que ofrece Paz de la imagen del padre agresivo y colérico que según él prevalece en la cultura mexicana. “Este aspecto”, dice Paz, “—Jehová colérico, Dios de ira, Saturno, Zeus violador de mujeres— es el que aparece casi exclusivamente en las representaciones populares que se hace el mexicano del poder  viril.”[11] Nótese, además, que para Paz una de las claves para entender la psicología del mexicano es el sentimiento que tiene de ser “fruto de una violación.”[12] Es el mismo elemento que Zamacona subraya en su análisis del ser mexicano cuando habla de la “conquista” de la madre.

 

Además de imitar a Paz en la aplicación de un modelo psicoanalítico al desciframiento del carácter mexicano, Zamacona también expresa una visión de la historia de su país que le debe mucho a la lectura que el poeta mexicano presenta del proceso histórico mexicano en los capítulos cinco y seis de El laberinto. En el ensayo que escribe al principio de la novela, el personaje de Fuentes menciona el concepto de la “imitación extralógica”, un tema que volverá a explorar más tarde en la novela en una conversación con Federico Robles, su padre biológico, aunque ni Zamacona ni Robles tenga conocimiento del vínculo que los une. La idea de la imitación extralógica viene del pensador decimonónico francés Gabriel Tarde; Zamacona emplea el concepto para proponer una interpretación de la historia mexicana como una serie de intentos frustrados por copiar modelos políticos y económicos de Europa. Según Zamacona, todos estos esfuerzos han fracasado porque los modelos europeos no se ajustan a la realidad mexicana. “Siempre hemos querido correr hacia modelos que no nos pertenecen”, le explica a Robles, “vestirnos con trajes que no nos quedan, disfrazarnos para ocultar la verdad.”[13] Es el tema de la máscara transpuesto del nivel del comportamiento individual al nivel de los procesos históricos.

 

Aunque el enmascaramiento de la realidad ha sido una constante de la historia mexicana, el Porfiriato ha sido, según Zamacona, la época que mejor ha ejemplificado este fenómeno. “¿No ve usted al porfirismo tratando de justificarse con la filosofía positivista, disfrazándonos a todos?” le pregunta a Robles.[14] Esta lectura de la historia mexicana —y del Porfiriato en particular— se acerca mucho a la interpretación que Paz desarrolla en “De la Independencia a la Revolución”, el sexto capítulo de El laberinto. Paz, también, cita el concepto de la “imitación extralógica”[15] y para ilustrarlo, se refiere al Porfiriato. Hay una distancia infranqueable, dice Paz, entre la ideología adoptada por el régimen porfirista, con su alta valoración de la ciencia y el progreso, y las fuerzas sociales, en esencia feudales, que sostenían al régimen. Debido a la brecha que hay entre ideología y realidad, la sociedad mexicana no vive en armonía consigo misma. Paz concluye que la ideología positivista importada de Europa por el régimen porfirista es un “disfraz”,[16] anticipando la metáfora de la máscara que empleará Zamacona en La región al hablar de la historia de su país.

 

En el recorrido de la historia de México que ofrecen Paz y Fuentes (con Zamacona como portavoz), la Revolución mexicana constituye una respuesta explosiva y redentora a la represión sufrida por el país durante la época del Porfiriato. Sin embargo, mientras que la lectura que presenta Zamacona del Porfiriato sigue muy de cerca el modelo propuesto por Paz, su interpretación de la Revolución agrega algunos ingredientes que no aparecen en El laberinto. Paz define a la Revolución como un acto de auto-descubrimiento del pueblo mexicano. “Es un hecho”, afirma el poeta mexicano, “que irrumpe en nuestra historia como una verdadera revelación de nuestro ser.”[17] Describe a la Revolución como “un movimiento tendiente a reconquistar nuestro pasado, asimilarlo y hacerlo vivo en el presente.”[18] Para Paz, se trata antes que nada de un evento psicocultural.

Marco Antonio Montes de Oca, Paz y Fuentes caminan hacia la Rectoría en Ciudad Universitaria. Fotografía de Ricardo Salazar. Archivo Histórico de la UNAM.

La visión de la Revolución como el momento en que México descubre su propia identidad está también en el centro del análisis de Zamacona. “La Revolución”, observa el personaje de Fuentes, “nos descubre la totalidad de la historia de México.”[19] Pero la descripción que ofrece Zamacona de lo que sale a la luz una vez que el país se quita la máscara va en una dirección distinta a la que señala Paz en El laberinto. Para el poeta, México es un ente más que nada profundo. Esto explica las imágenes de inmersión y penetración en una zona escondida que aparecen en el ensayo de Paz. La Revolución, se nos explica en El laberinto, “es un movimiento del ser que [...] se adentra en su propia intimidad.”[20] Es también, “una súbita inmersión de México en su propio ser.”[21] Para Zamacona, por otro lado, México es un país esencialmente plural. La Revolución le descubre al país su verdadera identidad sacando a la luz la totalidad del complejo —y variado— pasado del país. “En la Revolución aparecieron”, dice Zamacona, “todos los hombres de la historia de México.”[22] En resumen, Zamacona sigue a Paz al ofrecer una interpretación psicocultural de la Revolución mexicana, pero difiere de él al identificar lo que queda al descubierto una vez que el país se arranca la máscara.[23]

 

Los numerosos ecos en el pensamiento de Zamacona de las ideas de Paz en torno a la historia e identidad mexicana nos llevan a la conclusión que muy probablemente, y a pesar de que lo negaba, Fuentes estaba pensando en su amigo poeta al crear el personaje del intelectual en su primera novela. De hecho, Fuentes llama la atención del lector al vínculo entre Zamacona y Paz cuando en una escena menciona que su personaje camina con una copia de El laberinto de la soledad bajo el brazo. Sin embargo, ciertas divergencias entre las ideas del personaje de la novela de Fuentes y la figura en la que suponemos que está basado, nos hacen pensar que el autor de La región combinó rasgos de Paz con otros elementos. En una famosa entrevista con Luis Harss, el mismo Fuentes afirmaría que Zamacona era una mezcla de rasgos de distintas figuras del mundo intelectual mexicano.[24] Dado que muchas de las ideas que expresa Zamacona son ideas que el mismo Fuentes desarrolló en sus ensayos,[25] podemos concluir que Zamacona es, por lo menos en parte, una mezcla de Paz y Fuentes. Ahora bien, si aceptamos que el personaje del intelectual en la primera novela de Fuentes alude al autor de El laberinto, habría que preguntarse qué nos dice este retrato de la relación que tenía Fuentes con Paz en esta fase de su carrera.

 

Al intentar responder a esta pregunta, lo primero que hay que señalar es que Zamacona es uno de los personajes más atractivos de la novela. Cuando lo comparamos con otros personajes, vemos que Zamacona no es un oportunista obsesionado consigo mismo, como Rodrigo Pola, ni posee las cualidades siniestras y amenazantes de Ixca Cienfuegos. Su interpretación de la situación que vive su país en la época posrevolucionaria es mucho más profunda y reflexiva, y menos preocupada por la auto-justificación, que la del ruidoso Robles. De los cuatro principales personajes masculinos de la novela, Zamacona es, sin lugar a dudas, el más cercano al autor. En resumen, si Zamacona es un retrato, por lo menos en parte de Octavio Paz, como he tratado de demostrar, la imagen que surge del poeta mexicano en la novela de Fuentes es en gran medida halagadora. Por otro lado, es imposible no reconocer que Zamacona, quien muere hacia el final de la novela en un incidente azaroso, asesinado en una cantina por un hombre que se ofende por la forma en que Zamacona lo mira, es, en última instancia, una figura ineficaz, con ideas atractivas pero que de ningún modo logran triunfar en el mundo de la novela.[26]

 

Fuentes volvió a utilizar a Paz como modelo en “La desdichada”, un cuento incluido en Constancia y otras novelas para vírgenes[27]. La historia, que está ambientada en los años treinta, narra la amistad entre Toño y Bernardo, estudiantes de la Escuela Nacional Preparatoria en la Ciudad de México, quienes comparten un pequeño apartamento en el centro de la ciudad. Bernardo se enamora de una maniquí vestida con traje de bodas que descubre en la vitrina de una tienda en la vecindad donde vive. Un día Toño llega a casa con la maniquí, ahora desprovista de su traje de bodas. A partir de este momento, se desarrolla un extraño ménage à trois entre los dos jóvenes estudiantes y la maniquí. Entre los varios temas que Fuentes desarrolla en este cuento se encuentra el tema de la literatura, puesto que tanto Toño como Bernardo aspiran a ser escritores. En un ensayo publicado en 1998, poco después del fallecimiento del Premio Nobel mexicano, Fuentes explica que la idea para el cuento le vino de una anécdota que escuchó de José Alvarado, amigo cercano de Paz en los años treinta.[28] Fuentes también señala que “el papel de Bernardo corresponde a un retrato imaginario del joven Octavio.”[29] En su retrato de Paz como joven artista, Fuentes explora sus ideas sobre la literatura, contrastando el concepto que tiene Bernardo del poeta como visionario con el deseo de Toño de escribir lo que él llama “la poesía de los bajos fondos.”[30] Citando las palabras de Toño, Bernardo describe la diferencia entre él y su amigo del siguiente modo: “Toño sonríe y me dice que soy un romántico; espero que el arte, la belleza y hasta el bien desciendan de la altura espiritual. Soy un cristiano secular que ha sustituido al Arte con A mayúscula por Dios con d minúscula. Toño dice que la poesía está en las vitrinas de las zapaterías.”[31] Si el lector escucha en las palabras de Toño un eco de la poética materialista de Neruda, no le sorprenderá que el nombre del poeta chileno aparezca mencionado un poco más adelante en el texto. Uno se queda con la impresión que el autor del cuento prefiere la estética de la realidad concreta y cotidiana de Neruda por encima de la visión más espiritualista de Paz. No obstante, “La desdichada” nos brinda un retrato íntimo y atractivo del joven Octavio.

 

La larga y complicada amistad de Fuentes con Paz se quebró definitivamente con la publicación en Vuelta de un texto polémico de Enrique Krauze sobre Fuentes.[32] Dado este contexto, llama la atención el tono afectuoso del retrato que brinda Fuentes de Paz en “La desdichada”, un cuento publicado apenas dos años después de la ruptura entre los dos escritores. En la forma en que describe a su antiguo amigo, Fuentes se muestra generoso, sin rencor por la polémica de Krauze, lanzada desde las páginas de la revista que Paz dirigía. Y, sin embargo, muchos años después, Fuentes finalmente decidió vengarse del que en una época había sido su ídolo. En Adán en Edén[33], una de las últimas novelas de su larga carrera, Fuentes incluye una breve escena en la que aparece un personaje que claramente alude a Paz. El nombre de este personaje, Maximino Sol, refleja su personalidad: tiene el apellido de alguien que cree que el universo gira en torno suyo, y el nombre de pila de una persona con un concepto muy inflado de sí mismo. Cabe mencionar que Sol aparece en un solo capítulo de la novela y que su papel en la ficción no tiene ningún impacto en la trama de Adán en Edén. El fragmento parece haber sido incluido en la novela de forma arbitraria. Es difícil evitar la impresión que a Fuentes le importó menos la coherencia de su novela que su necesidad de desahogarse de algo que le molestaba en Paz.

 

Maximino es un personaje sumamente desagradable. Es pedante e hipercrítico y los juicios que sin parar emite sobre sus colegas escritores son extremadamente venenosos. “Sol comenzó por despacharse, uno por uno”, comenta el narrador, “a los escritores de su generación, de generaciones anteriores y, aun, de generaciones más jóvenes que la suya.” Conversar con Maximino Sol es como estar en “un salón de clase perpetuo.”[34] Es obvio que su actitud tan reprobatoria hacia los escritores mexicanos es una forma de enaltecerse a sí mismo. A la fealdad de su carácter, corresponde un aspecto físico casi repugnante. “Su cuerpo pequeñín y regordete”, observa el narrador, “se veía apretado por el chaleco de rayas grises, y la papada le colgaba un tanto por encima del nudo de la corbata.”[35] A pesar de todo, Maximino “ejercía una especie de tiranía fascinante sobre la literatura mexicana.”[36] Fuentes retoma aquí la imagen de Paz como especie de cacique del mundo intelectual mexicano, idea explorada por escritores como Roberto Bolaño y Enrique Serna.[37] Pero el retrato de Paz en Adán en Edén es tan feroz que Fernando García Ramírez, en una reseña de la novela, explica que le cuesta aceptar que Sol sea Paz. “Me parecería una actitud cobarde”, afirma García Ramírez, “que Fuentes se refiriera, en una novela, a Octavio Paz, que fue su amigo y mentor por más de treinta años, como ‘un hombre condenado a la traición de sus aduladores y ciego a la independencia de sus amigos.’”[38]  A continuación, García Ramírez cita otras observaciones de Adán en Edén sobre Sol/Paz que le parecen inexplicablemente duros. No queda claro si al dudar que Sol sea un retrato en clave de Paz, García Ramírez está defendiendo a Fuentes, o indirectamente señalando lo venenoso de la actitud que adopta en esta novela hacia su antiguo amigo. Lo que sí queda claro es que para Fuentes ya no importaban el brillo, la energía y la vigencia de Paz que había celebrado en su carta a Piazza varias décadas antes. También queda claro que, en esta ocasión, a diferencia de lo que sucedió con La región, Paz sí hubiera tenido derecho a ofenderse.

Carlos Fuentes



NOTAS

[1] Fuentes describe su primer encuentro con Paz en un ensayo (escrito en inglés) titulado “How I Started to Write.” De los dos libros que Paz acababa de publicar, dice lo siguiente: “My friends and I had read those books aloud in Mexico, dazzled by a poetics that managed simultaneously to renew our language from within and connect it to the language of the world” [Mis amigos y yo habíamos leído esos libros en voz alta en México, deslumbrados por una poética que lograba simultáneamente renovar nuestro lenguaje desde adentro y conectarlo con el lenguaje del mundo]. Véase Carlos Fuentes, “How I Started to Write”, Myself With Others: Selected Essays, Nueva York, Farrar, Straus and Giroux, 1988, p. 22.

[2] Carlos Fuentes a Luis Guillermo Piazza, 18 febrero 1966. Princeton University Library, Carlos Fuentes Papers, Box 120, Folder 14.

[3] Carlos Fuentes, La región más transparente, México, Fondo de Cultura Económica, 1958.

[4] Varios críticos han revisado la complicada historia de la amistad entre Paz y Fuentes. Véanse Alfonso González, “Octavio Paz y Carlos Fuentes: Encuentros y desencuentros”, Revista de la Universidad de México, Nueva Época, núm. 102, agosto 2012, pp. 14-18; Christopher Domínguez Michael, Octavio Paz en su siglo, México, Aguilar, 2014, passim; y Guillermo Sheridan, “Las cartas entre Octavio Paz y Carlos Fuentes: De Tlatelolco a Echeverría”, Paseos por la calle de la amargura y otros rumbos mexicanos, México, Penguin Random House/Debate, 2018, pp. 73-144. El presente ensayo también se ha beneficiado de la lectura del manuscrito de un libro de Malva Flores titulado Estrella de dos puntas: Octavio Paz/Carlos Fuentes, Crónica de una amistad.

[5] En una carta al editor de la revista estadounidense Saturday Review, Fuentes afirma que asociar a Zamacona con Paz, como había hecho José Vázquez Amaral en una reseña de la traducción al inglés de La región, constituía “a gratuitous identification, and one which I flatly deny” [una identificación gratuita, la cual niego rotundamente]. Véase Carlos Fuentes, “South of the Border”, Saturday Review, 17 diciembre 1960 p. 27.

[6] Véase Richard Reeve, “Octavio Paz and Hiperión in La región más transparente: Plagiarism, Caricature, Or…?” Chasqui: Revista de literatura latinoamericana, vol. 3, núm. 3, mayo 1974, pp. 13-25. Reeve revisa y finalmente descarta la acusación de plagio. Según Reeve, de lo que se trata en la primera novela de Fuentes es un intento no de copiar las ideas de Paz, sino de reproducir el clima intelectual mexicano de principios de los años cincuenta.

[7] José Vázquez Amaral, “Mexico’s Melting Pot”, Saturday Review, 19 noviembre 1960, p. 29.

[8] Sheridan, op. cit., p. 78.

[9] Carlos Fuentes, La región más transparente, segunda edición, aumentada, México, Fondo de Cultura Económica/Colección Popular, 1972, p. 68.

[10] Ibid, pp. 68-69.

[11] Octavio Paz, El laberinto de la soledad, México, Fondo de Cultura Económica/Colección Popular, 1993, p. 89.

[12] Ibid, p. 88.

[13] Ibid, p. 279.

[14] Ibidem.

[15] Paz, El laberinto..., op. cit., p. 143.

[16] Ibid, p. 144.

[17] Ibid, p. 148.

[18] Ibid, p. 160.

[19] Fuentes, La región...op. cit., p. 281.

[20] Paz, El laberinto..., op. cit., p. 160.

[21] Ibid, p. 162.

[22] Fuentes, La región..., op. cit., p. 281.

[23] Rafael Rojas propone que las ideas de Fuentes sobre la Revolución mexicana son “la variación conceptual de una conocida idea de Octavio Paz [...] que atribuía a la Revolución el efecto de una ‘revelación del ser mexicano.’” Véase Rafael Rojas, La polis literaria: El boom, la Revolución y otras polémicas de la Guerra Fría, México, Penguin Random House/Taurus, 2018, pp. 48-49.

[24] Véase Luis Harss, en colaboración con Barbara Dohmann, Los nuestros, Buenos Aires, Sudamericana, 1969, p. 358.

[25] Véase Carlos Fuentes, “Kierkegaard en la Zona Rosa”, Tiempo mexicano, México, Joaquín Mortiz, 1971.

[26] Luis Harss describe a Zamacona como “un intelectual vacilante, ineficaz.” Véase Harss, Los nuestros...op. cit., p. 353.

[27] José Alvarado fue rector de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Para una selección de sus escritos sobre la Ciudad de México de los años treinta, y sus recuerdo de Octavio Paz, véase “En la mirada de José Alvarado”, en esta Zona.

[28] Carlos Fuentes, Constancia y otras novelas para vírgenes, México, Fondo de Cultura Económica, 1990.

[29] Carlos Fuentes, “Mi amigo Octavio Paz”, El País, 13 mayo 1998.

[30] Carlos Fuentes, “La desdichada”, Constancia..., op. cit. p. 89.

[31] Ibid, p. 82.

[32] Véase Enrique Krauze, “La comedia mexicana de Carlos Fuentes”, Vuelta 139, junio 1988, pp. 15-27.

[33] Carlos Fuentes, Adán en Edén, México, Alfaguara, 2009.

[34] Fuentes, Adán..., op. cit., p. 42.

[35] Ibid, p. 41.

[36] Ibid, p. 40.

[37] Véanse Roberto Bolaño, Los detectives salvajes, Barcelona, Anagrama, 1998, y Enrique Serna, “La vanagloria”, Nexos, 1 junio 2007.

[38] Fernando García Ramírez, “Adán en Edén de Carlos Fuentes”, Letras Libres, 30 abril 2010.