1935-1943

 

No hay antes ni después. ¿Lo que viví
lo estoy viviendo todavía?
¡Lo que viví! ¿Fui acaso? Todo fluye:
Lo que viví lo estoy muriendo
todavía…

 “Cuarto de hotel” (11:80)

 

El licenciado Paz

 

Visitaban mi casa muchos viejos líderes zapatistas y también muchos campesinos a los que mi padre, como abogado, defendía en sus pleitos y demandas de tierras. Recuerdo a unos ejidatarios que reclamaban unas lagunas que están —o estaban— por el rumbo de la carretera de Puebla: los días del santo de mi padre comíamos un plato precolombino extraordinario, guisado por aquellos campesinos: «pato enlodado» de la laguna, rociado con pulque curado de tuna…

 

“Vuelta a El laberinto de la soledad(8:248)

 

 

Lo pasado es irrecuperable pero el pasado es lo que está siempre presente. Es […] el punto de partida […]. ¿No crees que, en cierto sentido, todos somos huérfanos? […]. Unos de padre otros de madre […]. Yo sé, lo sé desde hace mucho, que un día, sin que ella o yo nos diésemos cuenta, me convertí en el padre de mi madre […]. Luché contra mi padre pero no por mi madre sino porque, por razones largas de contar, mi padre advirtió oscuramente que yo me convertía poco a poco en su padre —y él se rebeló como se había rebelado antes contra su padre, contra mi abuelo. Desde antes de que muriese mi padre —y murió cuando yo tenía 21 años— supe que yo tenía que asumir el ser el padre de mis padres. Creo que esto me distingue de la mayoría de mis amigos. Ellos se rebelaron contra sus familias; yo no tenía contra quién rebelarme.

 

Carta a Tomás Segovia (27 de noviembre de 1965)[1]

Mi abuelo, al tomar el café,
Me hablaba de Juárez y de Porfirio,
Los zuavos y los plateados.
Y el mantel olía a pólvora.

Mi padre, al tomar la copa,
Me hablaba de Zapata y de Villa,
Soto y Gama y los Flores Magón.
Y el mantel olía a pólvora.

Yo me quedo callado:
¿De quién podría hablar?

“Canción mexicana” (11:373)

Difícil y tensa fue nuestra relación. Constantes nuestras fricciones en los últimos años de su vida. Él era un hombre de acción, poco dado a la meditación. Un combatiente más que un pensador.

Él era, además, víctima del mal que por tanto tiempo le aquejó y yo viví esos años en que uno está en lucha por llegar a ser. De ahí que, ante lo frecuente de esos roces no deseados, llegara a pensar que ni siquiera se daba cuenta de mi afecto, y me volví distante […]. Lo suyo no fue desamor, porque él ante todos era un hombre bueno. Y por lo que a mí toca, tampoco lo hubo. Mi pecado no es ése, otra fue mi falta y la reconozco: el olvido. Después de su muerte lo confiné en el olvido. Aunque olvido no es la palabra exacta. En realidad siempre lo tuve presente pero aparte, como un recuerdo doloroso. en muchos pasajes de mi obra dejé huella de esas evocaciones dolorosas. Pero no hubo desamor. Cierto es que casi me era imposible hablar con él, pero yo le quería y siempre busqué su compañía. Cuando él escribía yo me acercaba y procuraba darle un auxilio.

Para colmo, mi padre tuvo una vida exterior agitada; amigos, mujeres, fiestas, todo eso que de algún modo me lastimaba. aunque no tanto como a mi madre. Ella era quien realmente sufría.

Mi padre […] murió en la estación del Ferrocarril Interoceánico, en Los Reyes-La Paz. […]. Había ido a esa zona a una fiesta, pues la gente de la región sentía mucho afecto por él. Sus trabajos en favor de que los pueblos de la zona recibieran tierras era la causa de esa simpatía y ese afecto populares.

 

Hoguera que fue (p. 73-74)[2]

Del vómito a la sed,
atado al potro del alcohol,
mi padre iba y venía entre las llamas.
Por los durmientes y los rieles
de una estación de moscas y de polvo
una tarde juntamos sus pedazos.
Yo nunca pude hablar con él.

“Pasado en claro” (12:373)

Cuando yo me enteré de su muerte llegué a pensar que había ido víctima de un crimen. Las autoridades encargadas de la investigación citaron incluso a su acompañante pero éste nunca se presentó […].

Los restos de mi padre fueron llevados al cementerio Civil de Dolores, en una fosa que desapareció cuando ese panteón sufrió cambios, modificaciones que dieron pie a muchas arbitrariedades, entre otras a la desaparición de la tumba de mi padre, que también lo era de mi abuelo Ireneo y de mi tía.

 

Hoguera que fue (p. 74)

 

 

El domingo antepasado fui al panteón, a ver a mi padre, en quien no pensaba. Regué la tierra para que hubiera flores y levanté una humedad tierna de ella: allí lloré dulcemente.

 

Carta a Elena Garro (23 de julio de 1935)

(…Aparece
la caja desencajada:
entre tablones hendidos
el sombrero gris parla,
el par de zapatos,
el traje negro de abogado.
Huesos, trapos, botones:
montón de polvo súbito
a los pies de la luz.
Fría, no usada luz,
casi dormida,
luz de la madrugada
recién bajada del monte,
pastora de los muertos.
Lo que fue mi padre
cabe en este saco de lona
que un obrero me tiende
mientras mi madre se persigna.)

“Vuelta” (12:40)

A raíz de la muerte de mi padre supe que tenía una hermana. Un destacado político del callismo, amigo de mi padre, me encontró un día y me dijo: “Tú tienes una hermana. ¿quieres conocerla?”.

Le respondí que sí y me llevo a visitarla. Desde entonces la trato, aunque no con la regularidad que yo quisiera. Es ella una mujer inteligente, que trabaja en el servicio exterior mexicano. Actualmente vive en Centroamérica y antes estuvo en Suramérica. Pero nos comunicamos regularmente por la vía telefónica.

 

Hoguera que fue (p.74)

Soy hombre: duro poco
y es enorme la noche.
Pero miro hacia arriba:
las estrellas escriben.
Sin entender comprendo:
también soy escritura
y en este mismo instante
alguien me deletrea.

“Hermandad” (12:112)

En 1936 abandoné los estudios universitarios y la casa familiar. Fue mi primera salida.

 

“Primeros pasos” (9:21)

(…Es en la madrugada.
Quiero decir adiós a este pequeño mundo,
único mundo verdadero…)

“Adiós a la casa” (11:76)

Quédate, si quieres, a rumiar al que fuiste. Yo parto al encuentro del que soy, del que ya empieza a ser, mi descendiente y antepasado, mi padre y mi hijo, mi semejante desemejante. El hombre empieza donde muere. Voy a mi nacimiento.

 

“Viejo poema” (11:187)

 

 

Me cambié a “La Casa del Estudiante”, que quedaba en el centro de la ciudad.

 

“Itinerarios de un poeta” (En El Nacional)[3]

 

 

En 1938 [mi madre] se volvió a casar, con un amor de la infancia.

 

Tongues of Fallen Angels[4]

 

 

 

Los trabajos y los días

 

Hace años, cuando empezaba a escribir, Novo —que aún no escribía su Diario de Entradas y Salidas— me dijo con cierta melancolía: “Me gusta lo que escribe. Ojalá se conserve puro. Y, sobre todo, no acepte empleos. Véase en mí”. Empleos, periodismo: Esas son las alternativas. Shelley, por lo menos, tenía una pensión… y genio. Nosotros, ni lo uno ni lo otro. Pero Vasconcelos dijo una vez que todos los mexicanos tenemos genio a los dieciocho años. Y, yo, agrego, después tenemos empleos. Muchos empleos. Tantos que ya no queremos tener uno más.

 

Carta a Jorge González Durán (abril de 1944)

 

 

[Julio] Torri preocupado, me dio unas tarjetas de recomendación para conseguir empleo de portero del convento de Churubusco. Lástima que no pudo ser. Me volvió Torri a recomendar con [Adolfo] Best Maugard, el pintor, un hombre de una gran imaginación, que en aquella época era director de publicidad de la Lotería Nacional. Se le ocurrió que sería efectivo propagar la creencia en la fortuna. Así, me puso a redactar artículos sobre la fortuna, sobre la suerte y el azar. No me fue difícil: los clásicos están llenos de alusiones a la fortuna. Yo escribí muchos artículos, sin firma. Formé parte de un grupo de escritores fantasmas que contaminó a la ciudad de México con cuentos sobre viejas supersticiones, escribíamos cosas del tipo del tipo de “Cómo la fortuna le fue adversa a Hidalgo al momento de llegar a la Ciudad de México”, “La fortuna en la historia de México”, etcétera.

 

“Itinerarios de un poeta” (En El Nacional)

 

 

Al lado, en el Palacio Nacional, había otro florecimiento: literalmente, había un bellísimo jardín botánico. El Jardín de la Emperatriz. No sé si fue obra de Carlota o había sido hecho en el siglo XVIII; en todo caso ella lo cuidó, probablemente lo modificó, le dio forma. Era extraordinario. Yo trabajaba entonces en el Archivo General de la Nación. El director del Archivo era un poeta modernista muy olvidado, Rafael López, que tiene algunos poemas notables. Como me aburría en el archivo me escapaba al jardín. Algunas veces a leer y otras a conversar, porque por ahí pasaba José Iturriaga. Él era entonces un lector infatigable de Ortega y Gasset y ahí lo comentábamos. Él quería escribir un libro que se llamaría Temas que no desarrolló Ortega y Gasset. Que, por cierto, son muchos, ya que Ortega siempre decía: “esto no lo voy a tratar porque no hay espacio”.

 

Una grandeza caída” (En Artes de México)[5]

 

 

Vivía en México muy difícilmente, como periodista y con empleos extravagantes. Por ejemplo, durante una época tuve que trabajar en el Banco Nacional contando billetes, pero contando billetes viejos, los billetes que se van a quemar. De modo que a nosotros (éramos un grupo de diez personas) nos pagaban un sueldo por contar billetes que ya estaban sellados y que no tenían valor, y después esos billetes los llevaban a un horno. Algo demoníaco. Vi, diríamos, el otro aspecto de la economía, la otra cara del régimen capitalista. También, el carácter fantasmal del dinero: el dinero es un signo pero un signo que se destruye. Vi las grandes llamaradas que se comían a millones de pesos que ya no eran millones sino papel viejo.

 

“Solo a dos voces” (15:591)

 

 

Trabajaba en la Comisión Nacional Bancaria (no sé cómo me admitieron) y mi trabajo consistía en contar […] paquetes de billetes viejos ya sellados para la destrucción final en un horno gigantesco del Banco de México. Teníamos que cercioramos de que cada paquete contenía efectivamente tres mil pesos (al cambio de ahora, un dólar). Como siempre me faltaba o sobraba un billete (eran de cinco pesos), decidí no contarlos más y usar esas largas horas en componer mentalmente una serie de sonetos. La rima me ayudaba a conservar los versos en la memoria pero la falta de lápiz y papel hacía difícil mi tarea: el soneto es una estructura compleja.

 

“Tiempos, lugares, encuentros” (15:346)

Madura en el subsuelo
la vegetación de los desastres
Queman
millones y millones de billetes viejos
en el Banco de México…

“Vuelta” (12:36)

Participé en la fundación de El Popular, un periódico que se convirtió en el órgano de la izquierda mexicana. En esos años se desató en la prensa radical una campaña en contra de Lev Trotski, asilado en nuestro país. Al lado de las publicaciones comunistas, se distinguió por su virulencia la revista Futuroen la que yo a veces colaboraba. El director Vicente Lombardo Toledano, nos pidió a mí y a José Revueltas que escribiésemos un editorial. “Conozco sus reservas me dijo pero tendrá usted que convenir, por lo menos, en que objetivamente Trotski y su grupo colaboran con los nazis. Su actitud sirve al enemigo y así, de hecho, es una traición.” Su argumento me pareció un sofisma despreciable. Me negué a escribir lo que se me pedía y me alejé de la revista.

 

“Itinerario” (9:29)

 

 

Colaboré bastante [en El Popular] y de dos maneras. Como periodista, sin firma, en muchas secciones; y después, con firma, en la página editorial sobre todo. Esto fue hasta el pacto germano-soviético. Ahí dejé de colaborar. Les dije que no haría mi ruptura pública, que no estaba seguro y que había perdido toda la fe, que yo había sostenido desde muy joven la idea de que los revolucionarios no podíamos pactar con las democracias burguesas. Me habían convencido de que esta teoría era falsa y de que el enemigo común era Hitler. Entonces me adherí con entusiasmo al Frente Popular, había estado en España. Había defendido todo el tiempo esta doctrina, y ahora veía yo un pacto que no entendía. Como no quería romper abiertamente con ellos, dejaba de colaborar. Así lo hice. Después, cuando Hitler invadió Polonia, volví a colaborar una temporada corta, con mi nombre a veces, pero muy poco. Finalmente, lo dejé. La ruptura con los comunistas es, como con la Iglesia, no un golpe sino un forcejeo; uno rompe, se reconcilia, hasta que finalmente hay una ruptura definitiva.

 

“Primeras letras” (En Ínsula)[6]

 

 

Transcurrieron algunos meses. Con el paso del tiempo aumentaba mi desconcierto. El ejército rojo, después de ocupar parte de Polonia, se había lanzado sobre Finlandia y se disponía a reconquistar los países bálticos y Besarabia. Éramos testigos de la reconstrucción del viejo Imperio zarista. En un número de Clave, la revista de los trotskistas mexicanos que yo leía con atención, apareció un artículo de Lev Trotski que provocó mi irritación y mi perplejidad. Me molestó su seguridad arrogante, más de dómine que de político, y me asombró la ofuscación intelectual que revelaba […]. El artículo era una defensa de la política expansionista de Moscú […]. El argumento de Trotski, aunque más sutil, no era muy distinto al de los directores de Futuro El Popular. En uno y otro caso la respuesta no era la consecuencia del examen concreto de los hechos y del juicio de la conciencia individual; todo se refería a una instancia superior objetiva e independiente de nuestra voluntad: la historia y las leyes del desarrollo social.

 

“Itinerario” (9:31)

 

 

Cuando me quedé sin el trabajo de El Popular me encontré con un amigo, José Ferrel […] [quien] tenía un tío, historiador y periodista, que se llamaba [José C.] Valadés, [fundador de] una agencia periodística que compraba artículos y luego los colocaba. «Los artículos suyos —me dijo— van directamente a Novedades». «Nunca me van a aceptar —le respondí—, no tengo nombre, no tengo prestigio, y los hago porque me gusta». Los aceptaron, después de todo, aunque no me pagaban directamente sino a mis agentes. Debo decir que la comisión que me cobraban era insignificante. Era muy generoso Valadés. Pero todo era muy distinto. Había tenido la experiencia del periodismo partidario. Pero colaborar una vez a la semana con tu firma era muy diferente.

 

“Primeras letras” (En Ínsula)

 

 

Trabajé con Jean Malaquais para adaptar un cuento de Pushkin, El jinete, con Jorge Negrete; al que por cierto, yo le hice una canción que me quedó asquerosa, por la que me pagaron una miseria.

 

“Entrevista con Octavio Paz” (En Estudios)[7]

 

 

 

Iniciación

 

En 1935 conocí a Jorge Cuesta. Eran los días en que se debatía el tema de la “educación socialista”. La disputa llegó a la Universidad. El Consejo Universitario discutió con pasión el asunto. Los estudiantes nos agolpábamos en los patios y los corredores del edificio. La lenta marea humana me empujo hacia las puertas en el momento en que salía Cuesta. Alto, delgado, elegante, vestido de gris, rubio, ojos de perpetuo asombro, labios gruesos, nariz ancha, extraña fisonomía de inglés negroide.

Me había cruzado con él, una mañana, en los corredores del Colegio: acompañaba a Aldous Huxley y le mostraba los frescos de Orozco. En aquellos años yo era amigo de un amigo de Cuesta, el inteligente y atrabiliario Rubén Salazar Mallén (un inocente que anda por el mundo disfrazado de lobo y que no asusta a nadie salvo a sí mismo). Salazar Mallén me había hablado con admiración de Cuesta (más tarde comprobé que la estimación era recíproca) y me había hecho leer algunos de sus ensayos y poemas. Me intrigaron y deslumbraron.

 

“Contemporáneos. Primer encuentro” (4:71)

 

 

Me acerqué y aunque no lo conocía me atreví a hablar con él. Me dijo que acababa de pronunciar un discurso (era consejero por la Facultad de Ciencias Químicas) que había irritado, por igual, a tirios y troyanos. La rechifla y los insultos lo habían obligado a salir, pero pensaba regresar dentro de unos instantes para volver a la carga. A una pregunta mía, sacó un papelito de la bolsa de su saco y me repitió los principales puntos de su argumentación. Lo interrumpí (yo era un pedante): «¡Pero ésas son las ideas de Julien Benda!». Se me quedó viendo fijamente y dijo: «Pero usted sabe quién es Benda?».

 

“Primera conferencia” (Itinerario Poético:29)[8]

 

 

Comenzó, en medio de la multitud y los gritos, una conversación entrecortada. A los pocos minutos dijo:

–¿Le interesa mucho lo que ocurre aquí?

–No demasiado. ¿Y a usted?

–Tampoco. Lo invito a comer.

Salimos de San Ildefonso y Jorge me llevó a un restaurante. Mi emoción y mi nerviosismo deben de haberle divertido. Era la primera vez que yo comía en un lugar elegante ¡y con Jorge Cuesta! Hablamos de Lawrence y de Huxley, de Gide y de Malraux, es decir, de la curiosidad y de la acción. Esas horas fueron mi primera experiencia con el prodigioso mecanismo mental que fue Jorge Cuesta. Al hablar de mecanismo no pretendo deshumanizarlo; era sensible, refinado y profundamente humano. Pero su inteligencia era más poderosa que sus otras facultades; se le veía pensar y sus razonamientos se desplegaban ante sus oyentes como si fueran algo pensado no por sino a través de él.

 

“Contemporáneos. Primer encuentro” (4:72)

 

 

Una noche tuve la rara fortuna de oírlo contar, como si fuese una novela, uno de sus ensayos más penetrantes: El clasicismo mexicano. Luego me envió un ejemplar de la revista en la que aparecía el ensayo; al leerlo, el deslumbramiento inicial se transformó en algo más hondo y más duradero: una reflexión que todavía no termina. Desde aquellos días mis ideas sobre la literatura han cambiado pero, sin la conversación de aquella noche, tal vez yo no habría comenzado a pensar sobre estos temas. Tampoco habría logrado hacerlo con un poco de rigor e independencia.

 

“Tránsito y permanencia” (4:18,19)

 

 

En los primeros días de enero de 1937 apareció un pequeño libro mío (Raíz del hombre). Cuesta escribió un artículo y lo publicó en el número inicial de Letras de México. La nota de Cuesta no fue del agrado de algunos de sus amigos, que veían de reojo mis poemas y mis opiniones políticas. Poco después, Jorge me invitó a una comida y mencionó que asistirían otros amigos suyos. Quedamos en que pasaría a recogerlo a su oficina. Cuando llegué, me encontré en la antesala con Xavier Villaurrutia. Me dijo que él y Cuesta me llevarían a la comida y me dio los nombres de los otros asistentes: el grupo de Contemporáneosen pleno. De pronto me di cuenta de que se me había invitado a una suerte de ceremonia de iniciación. Mejor dicho, a un examen: yo iba a ser el examinado y Xavier y Jorge mis padrinos. Me interrogaron largamente sobre la contradicción que les parecía advertir entre mis opiniones políticas y mis gustos poéticos. Les respondí como pude. Si mi dialéctica no los convenció, debe de haberlos impresionado mi sinceridad pues me invitaron a sus comidas mensuales.

 

“Contemporáneos” (4:74)

 

 

Nadie llevaba la batuta [en las reuniones]. El grupo estaba formado por personalidades fuertes. [Jaime] Torres Bodet hablaba y siempre de manera inteligente, aunque siempre lo hacía de un modo retórico: siempre cuidándose de no despeinarse.

 

“Las revelaciones del cuerpo II” (En El Nacional)[9]

 

 

 

Encuentros y generaciones: Ciudad de México, Yucatán, España

 

Entre 1935 y 1938 el observador más distraído podía advertir que una nueva generación literaria aparecía en México: un grupo de muchachos, nacidos alrededor de 1914, se manifestaba en los diarios, publicaba revistas y libros, frecuentaba ciertos cafés y concurría a las salas de teatro experimental, a las exposiciones de pintura, a los conciertos y a las conferencias […].

Aquellos jóvenes también asistíamos -gran diferencia con la generación anterior- a las reuniones políticas de las agrupaciones de izquierda. Las relaciones de esa generación con la precedente (la de Contemporáneos) eran ambiguas: nos unía la misma soledad frente a la indiferencia y hostilidad del medio así como la comunidad en los gustos y las preferencias estéticas. Los jóvenes habíamos heredado la “modernidad” de los Contemporáneos, aunque no tardamos en modificar por nuestra cuenta esa tradición con nuevas lecturas e interpretaciones; al mismo tiempo, sentíamos cierta impaciencia (y Efraín Huerta verdadera irritación) ante la frialdad y la reserva con la que la generación anterior veía a las luchas revolucionarias mundiales y su no velado desvío ante la potencia que, para nosotros, encarnaba el lado “positivo” de la historia: la Unión Soviética.

 

“Antevíspera: Taller” (4:95)

 

 

En esos años llegó a México el poeta guatemalteco Luis Cardoza y Aragón. Era casi de la misma edad que los Contemporáneos, venía de Europa y su conocimiento de la vanguardia europea era directo. En sus poemas y en su actitud se reunían al fin de las dos mitades que a Huerta y a mí nos parecían fatalmente irreconocibles y, al mismo tiempo, inseparables: la visión y la subversión, la rebelión y la revelación. La actividad de Cardoza y Aragón fue aislada y marginal; por eso mismo, decisiva. Por una parte, estaba muy cerca de los Contemporáneos. Por otra, sus simpatías morales y políticas lo inclinaban hacia las ideas que defendían los escritores y artistas que, en esos años, fundaron la LEAR (Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios). Recuerdo aquella noche en que Huerta, Revueltas y yo, en una sala de la LEAR, ante un público hostil y frente a los anatemas de algunos obispos y coadjutores, oímos a Cardoza defender a la poesía, no como una actividad al servicio de la Revolución, sino como la expresión de la perpetua subversión humana. Cardoza fue el puente entre la vanguardia y los poetas de mi edad. Puente tendido no entre dos orillas sino entre dos oposiciones. La unidad entre la actividad poética y la revolucionaria no tardó en resolverse en discordia…

 

“Desengaño y rebelión, curiosidad y revelación” (4:82)

 

 

Escribí (¡No pasarán!) casi como se escribe un poema de amor, es decir, bajo el soplo de la emoción […]. Escribí el poema sinceramente, como una necesidad intima.

A los pocos meses, al leerlo otra vez, me di cuenta que había confundido la emoción con la creación y la elocuencia con la poesía. Apruebo sus sentimientos, pero repruebo esa retórica.

 

La experiencia de la Guerra Civil española
(Conversaciones con Octavio Paz; minuto 13:30)[10]

 

 

De tiempo en tiempo nos llegaban noticias [de José Bosch]. Uno de nosotros recibió una carta en la que contaba que había padecido penalidades en Barcelona y que no lograba ni proseguir sus estudios ni encontrar trabajo. Más tarde supimos que había hecho un viaje a París. Allá quiso ver a Vasconcelos, desterrado en aquellos años, sin conseguir que lo recibiera; desanimado y sin dinero, no había tenido más remedio que regresar a Barcelona. Después hubo un silencio de años. Estalló la guerra en España y todos sus amigos lo imaginamos combatiendo con los milicianos de la FAI. Uno de nosotros, al leer en un diario una lista de caídos en el frente de Aragón, encontró su nombre. La noticia de su muerte nos consternó y nos exaltó. Nació su leyenda: ya teníamos un héroe y un mártir.

 

“Elegía a un compañero muerto en el frente de Aragón” (11:529)

 

 

Pasé una temporada difícil aunque no por mucho tiempo: el gobierno había establecido en las provincias unas escuelas de educación secundaria para hijos de obreros y campesinos. Y en 1937 me ofrecieron un puesto en una de ellas. La escuela estaba en Mérida, en el lejano Yucatán. Acepté inmediatamente: me ahogaba en la ciudad de México.

 

“Primeros pasos” (9:21)

 

 

Yucatán era México, pero también algo muy diferente. No sólo por la lejanía del centro sino por la influencia de los mayas. Aprendí algo que no he olvidado: México tiene otras tradiciones además de la del centro.

 

“Tiempos, lugares, encuentros” (15:330)

 

 

Inspirado por mi lectura de Eliot, se me ocurrió escribir un poema, Entre la piedra y la flor,

(…El henequén,
verde lección de geometría
sobre la tierra blanca y ocre.
Agricultura, comercio, industria, lenguaje.
Es la planta vivaz y es una fibra,
es una acción en la Bolsa y es un signo…)

en el que la aridez de la planicie yucateca, una tierra reseca y cruel, apareciese como la imagen de lo que hacía el capitalismo —que para mí era el demonio de la abstracción— con el nombre y la naturaleza: chuparles la sangre, sorberles su substancia, volverlos hueso y piedra.

 

“Itinerario” (9:22)

 

 

Estaba en esto cuando sobrevino un periodo de vacaciones escolares. Decidí aprovecharlas, conocer Chichén-Itzá y terminar mi poema. Una mañana, mientras recorría el juego de pelota, un mensajero me tendió un telegrama que acababa de llegar de Mérida. Decía que tomase el primer avión disponible pues se me había invitado a participar en el Congreso Internacional de Escritores Antifascistas que se celebraría en Valencia y en otras ciudades de España en unos días más. Apenas si había tiempo para arreglar el viaje. En México me enteré de la razón del telegrama: la invitación había llegado hacía más de un mes, pero el encargado de estos asuntos en la LEAR, el escritor cubano Juan Marinello, había decidido transmitirla por la vía marítima: la invitación llegaría un mes después, demasiado tarde. Me enteré de que otro invitado, Carlos Pellicer, tampoco había recibido el mensaje. ¿Por qué los organizadores habían invitado a dos escritores que no pertenecían a la LEAR? Ya en España, Arturo Serrano Plaja, uno de los encargados (junto con Alberti y Neruda), me refirió lo ocurrido: no les pareció que ninguno de los escritores de la LEAR fuera representativo de la literatura mexicana de esos días y habían decidido invitar a un poeta conocido y a uno joven, ambos amigos de la causa y ambos sin partido.

 

“Itinerario” (9:22,23)

 

 

En el viaje tuvimos muchas dificultades. De México a Nueva York nos fuimos en automóvil […]. Después descubrimos que no había pasajes de barco […] y tuvimos que ir a Canadá y en Quebec tomamos el barco Empress of Britain, que fue el primer vapor que hundieron los alemanes cuando estalló la guerra mundial. Desembarcamos en Chesburgo y de ahí fuimos a París […]. Nos estaban esperando en el andén de la Gare de Saint Lazare: Pablo Neruda y Louis Aragon.

 

“Memorias de posguerra” [11]

 

 

Hice el viaje con dos mexicanos, Pellicer y José Mancisidor, y dos cubanos, Marinello y Nicolás Guillén. Al llegar a París, al bajarme del tren, vino hacia mí un hombre alto que gritaba: ¡Octavio Paz!, ¡Octavio Paz! Era Neruda. Al verme me dijo: “¡Pero qué joven eres!”. En seguida fuimos amigos. En París nos unimos a un grupo más numeroso: Malraux, Stephen Spender, Ilya Ehrenburg, y viajamos juntos hacia Barcelona.

 

“Tiempos, lugares, encuentros” (15:330)

 

 

Al día siguiente en la mañana, Neruda pasó con su mujer Delia del Carril «La Hormiguita», a mi hotel. Nos llevó a la embajada española para que nos dieran el visado. A la salida nos encontramos al attaché culturel de la España republicana en París, Luis Buñuel.

 

La experiencia de la Guerra Civil española
(Conversaciones con Octavio Paz; minuto 22:36)

 

 

Mi primera duda comenzó en el tren que me llevó a Barcelona […] Al caer la tarde, cuando nos aproximábamos a Port-Bou, Pablo Neruda nos hizo una seña a Carlos Pellicer y a mí. Lo seguimos al salón-comedor; allí nos esperaba Ehrenburg. Nos sentamos a su mesa y, a los pocos minutos, se habló de México, un país que había interesado a Ehrenburg desde su juventud. Yo lo sabía y le recordé su famosa novela, Julio Jurenito, que contiene un retrato de Diego Rivera. Se rió de buena gana, refirió algunas anécdotas de sus años de Montparnasse y nos preguntó sobre el pintor y sus actividades. Habían convivido en París antes de la Revolución rusa. A Ehrenburg no le gustaba realmente la pintura de Diego aunque le divertía el personaje. Pellicer le contestó diciéndole que era muy amigo suyo y habló con admiración de la colección de arte precolombino que Diego había formado. Después relató con muchos detalles que un poco antes de salir hacia España había cenado con él, en su casa —una cena inolvidable—, y que, entre otras cosas, Diego le había contado que Trotski se interesaba mucho en el arte prehispánico. Neruda y yo alzamos las cejas. Pero Ehrenburg pareció no inmutarse y se quedó quieto, sin decir nada. Quise entrar al quite y comenté con timidez: «Sí, alguna vez dijo, si no recuerdo mal, que le habría gustado ser crítico de arte…». Ehrenburg sonrió levemente y asintió con un movimiento de cabeza, seguido de un gesto indefinible (¿de curiosidad o de extrañeza?). De pronto, con voz ausente, murmuró: «Ah, Trotski …». Y dirigiéndose a Pellicer: «Usted, ¿qué opina?». Hubo una pausa. Neruda cambió conmigo una mirada de angustia mientras Pellicer decía, con aquella voz suya de bajo de ópera: «¿Trotski? Es el agitador político más grande de la historia.., después, naturalmente, de San Pablo». Nos reímos de dientes afuera. Ehrenburg se levantó y Neruda me dijo al oído: «El poeta católico hará que nos fusilen …». La chusca escena del tren debería haberme preparado para lo que vería después.

 

“Itinerario” (9:25)

 

 

Así llegamos a Barcelona donde donde se se había inaugurado el Congreso, aunque llegamos un día tarde. Y al día siguiente llegamos a Valencia. Encontrarnos con Tristan Tzara, Julián Benda, etc. pero mi gran emoción fue conocer a Vicente Huidobro. En apenas una semana conocí a tres poetas centrales de la poesía moderna de Hispanoamérica: Neruda, [Cesar] Vallejo y Huidobro. Luego conocí a otros escritores. Y claro fui al Congreso y estuve con Serrano Plaja y Miguel Hernández cuya voz me cautivó. Esa noche en el Congreso recuerdo en la cámara interior de mi mente una sala llena de humo y ruido y de pronto un silencio porque un joven empieza a tocar el piano. Era el poeta […] José Herrera Petere […]. Y entonces Miguel Hernández se puso a cantar. Eran versos populares. Ver a esos dos jóvenes poetas cantando me impresionó mucho. Era como una conjunción de la poesía popular antigua y la poesía moderna.

 

“Memorias de posguerra”

 

 

En Valencia y en Madrid fui testigo impotente de la condenación de André Gide. Se le acusó de ser enemigo del pueblo español, a pesar de que desde el principio del conflicto se había declarado fervoroso partidario de la causa republicana. Por ese perverso razonamiento que consiste en deducir de un hecho cierto otro falso, las críticas más bien tímidas que Gide había hecho al régimen soviético en su Retour de I’URSS, lo convirtieron ipso facto en un traidor a los republicanos.

No fui el único en reprobar esos ataques, aunque muy pocos se atrevieron a expresar en público su inconformidad. Entre los que compartían mis sentimientos se encontraba un grupo de escritores cercanos a la revista Hora de España: María Zambrano, Antonio Sánchez Barbudo, Ramón Gaya, Juan Gil-Albert, Arturo Serrano Plaja. Pronto fueron mis amigos. La ponencia de ese grupo en el Congreso de Valencia fue para nosotros el punto de partida de una larga campaña en defensa de la libre imaginación. Me unía a ellos no sólo la edad sino los gustos literarios, las lecturas comunes y nuestra situación peculiar frente a los comunistas. Todos resentían la continua intervención del Partido en sus opiniones y en la marcha de la revista. Algunos de sus colaboradores —los casos más sonados habían sido los de Luis Cernuda y León Felipe— incluso habían recibido interrogatorios.

 

“Itinerario” (9:26,27)

 

 

Conocí a Luis Cernuda en el verano de 1937, en Valencia. Una mañana acompañé a Juan Gil-Albert, que era el secretario de Hora de España, a la imprenta en donde se imprimía la revista. Ahí encontramos a Cernuda, que corregía algunas de sus colaboraciones. Gil-Albert me presentó y él, al escuchar mi nombre, me dijo: “Acabo de leer su poema y me ha encantado.” Se refería a Elegía a un joven muerto en el frente de Aragón

(…Has muerto, camarada,
en el ardiente amanecer del mundo.
Has muerto cuando apenas
tu mundo, nuestro mundo, amanecía.
Llevabas en los ojos, en el pecho,
tras el gesto implacable de la boca,
un claro sonreír, un alba pura…)

Que debía aparecer en el próximo número de Hora de España y que uno de mis amigos le había mostrado en pruebas de imprenta. Le respondí con algunas frases entrecortadas y confusas. Admiraba al poeta pero ignoraba que la cortesía del hombre era igualmente admirable.

 

“Juegos de memoria y olvido” (3:263)

(…En un cuarto perdido
inmaculada la camisa única
correcto y desesperado
escribe el poeta las palabras prohibidas…)

“Luis Cernuda” (11:274)

Sus maneras eran simples y reservadas, una indefinible mezcla de anglicismos y andalucismos. Conversamos un rato, probablemente a cerca de la vida en Valencia durante aquellos días y de la creciente fiscalización que los “sacripantes del Partido”, como los llama en un poema, ejercían sobre los escritores. En esta rápida conversación se mostró caústico, inteligente y rebelde.

 

“Juegos de memoria y olvido” (3:263)

 

 

Mis impresiones más profundas y duraderas de aquel verano de 1937 no nacieron del trato con los escritores. Me conmovió el encuentro con España y con su pueblo: ver con mis ojos y tocar con mis manos el mundo que desde mi niñez conocía por mis lecturas y por los relatos de mis abuelos; trabar amistad con los poetas españoles y ante todo, el trato con los soldados, los campesinos, los obreros, los maestros de escuela… Con ellos y por ellos aprendí que la palabra fraternidad no es menos preciosa que la palabra libertad: es el pan de los hombres, el pan compartido. Una noche tuve que refugiarme con Manuel Altolaguirre y Serrano Plaja en una aldea vecina a Valencia mientras la aviación enemiga, detenida por las baterías antiaéreas, descargaba sus bombas en la carretera. El campesino que nos dio albergue, al enterarse de que yo venía de México, salió a su huerta a pesar del bombardeo, cortó un melón y, con un pedazo de pan y un jarro de vino, lo compartió con nosotros.

 

“El lugar de la prueba” (9:445,446)

 

 

En otra ocasión visité con otro pequeño grupo la Ciudad Universitaria de Madrid, que era parte del frente de guerra. Al llegar a un amplio recinto, cubierto de sacos de arena, el oficial nos pidió que guardásemos silencio. Oímos del otro lado del muro, claras y distintas, voces y risas. Pregunté en voz baja: ¿Quiénes son? Son los otros, me dijo el oficial. Sus palabras me causaron estupor y, después, una pena inmensa.

 

“El lugar de la prueba” (9:446)

 

 

Esos soldados a los que no veía, pero que escuchaba, eran mis enemigos. Al oírlos me dije: esas voces son humanas, como la mía. Comencé a pensar que quizá la lucha era absurda o, al menos, inexplicable: ¿Por qué matar al que no piensa como nosotros? Por su puesto no podía confiar a nadie mis dudas. Habrían creído que era un traidor. Y no lo era. Quise enrolarme en el Ejército Republicano y fui rechazado. Me dijeron que un escritor joven como yo era más útil con la máquina de escribir que con un fusil: debía regresar a México y trabajar en favor de la causa republicana. Y eso fue lo que hice.

 

“Tiempos, lugares, encuentros” (15:330,331)

 

Caían bombas con frecuencia. Más aun cuando iba al frente del Sur. Había un mexicano, Juan B. Gómez, que era comandante de brigada, lo mismo que otro mexicano mucho más famoso: David Alfaro Siqueiros. Estuve con ellos diez o 15 días, incluso intenté alistarme. Los Alberti, principalmente María Teresa León, intentaron disuadirme. No sé por qué, pero no me aceptaron, probablemente porque cometí varias imprudencias, entre ellas ser amigo de varios anarquistas, los cuales eran vistos con malos ojos por los comunistas. Durante el sitio de Valencia supe de que mí se decía: “Hay que tener cuidado con Octavio Paz, tiene ligas, no sabemos hasta qué punto, con los anarquistas”.

 

“Las revelaciones del cuerpo II” (En El Nacional)

 

Los censores vigilaban a los escritores pero las víctimas de la represión eran los adversarios ideológicos. Si era explicable y justificable el combate contra los agentes del enemigo, ¿también lo era aplicar el mismo tratamiento a los críticos y opositores de la izquierda, fuesen anarquistas, socialistas o republicanos? La desaparición de Andreu Nin, el dirigente del POUM, nos conmovió a muchos. Los cafés eran, como siempre lo han sido, lugares de chismorreos pero también fuentes de noticias frescas. En uno de ellos pudimos saber lo que no decía la prensa: un grupo de socialistas y laboristas europeos había visitado España para averiguar, sin éxito, el paradero de Nin. Para mí era imposible que Nin y su partido fuesen aliados de Franco y agentes de Hitler. Un año antes había conocido, en México, a una delegación de jóvenes del POUM; sus puntos de vista expuestos con lealtad por ellos no ganaron mi adhesión pero su actitud conquistó mi respeto. Estaba tan seguro de su inocencia, que habría puesto por ellos las manos al fuego. A pesar de la abundancia de espías e informadores, en los cafés y tabernas se contaban, entre rumores y medias palabras, historias escalofriantes acerca de la represión. Algunas eran, claramente, fantasías, pero otras eran demasiado reales, demasiado claras.

 

“Itinerario” (9:27)

 

Al final de mi estancia, en Barcelona, unos días antes de mi salida, la Sociedad de Amigos de México me invitó a participar en una reunión pública. En casi todas las ciudades dominadas por la República había una Sociedad de Amigos de México. La mayoría habían sido fundadas por los anarquistas para contrarrestar la influencia de las Sociedades de Amigos de la URSS, de inspiración comunista. Creo que la de Barcelona estaba manejada por republicanos catalanes. Pensé que nada podía ser más apropiado que leer en aquel acto el poema que había escrito en memoria de mi amigo.

El día indicado, a las seis de la tarde, me presenté en el lugar de la reunión. El auditorio estaba lleno. Música revolucionaria, banderas, himnos, discursos. Llegó mi turno; me levanté, saqué el poema de mi carpeta, avancé unos pasos hacia el proscenio y dirigí la vista hacia el público: allí, en primera fila, estaba José Bosch. No sé si la gente se dio cuenta de mi turbación. Durante unos segundos no pude hablar; después mascullé algo que nadie entendió, ni siquiera yo mismo; bebí un poco de agua pensando que el incidente era más bien grotesco y comencé a leer mi poema, aunque omitiendo, en el título, el nombre de José Bosch. Leí dos o tres poemas más y regresé a mi sitio. Confusión y abatimiento. A la salida, en la puerta del auditorio, en la calle totalmente a obscuras —no había alumbrado por ¡os bombardeos aéreos— vi caminar hacia mí un bulto negro que me dejó un papel entre las manos y desapareció corriendo. Lo leí al llegar a mi hotel. Eran unas líneas garrapateadas por Bosch: quería yerme para hablar a solas —subrayaba a solas— y me pedía que lo viese al día siguiente, en tal lugar y a tal hora. Me suplicaba reserva absoluta y me recomendaba que destruyese su mensaje.

A las cinco de la tarde del día siguiente lo encontré en una de las Ramblas. Había llegado antes y me esperaba caminando de un lado para otro. Era el fin del otoño y hacía ya frío. Estaba vestido con modestia; parecía un pequeño burgués, un oficinista. Como en sus años de estudiante el traje parecía quedarle chico. Su nerviosidad se había exacerbado. Sus ojos todavía despedían reflejos vivaces pero ahora también había angustia en su mirada. Esa mirada del que teme la mirada ajena. Al cabo de un rato de conversación me di cuenta de que, aunque seguía siendo colérico, había dejado de ser desdeñoso. Ya no tenía la seguridad de antes. Nos echamos a andar. Anduvimos durante más de dos horas, como en los tiempos de México, sólo que no hablamos ni del Anticristo nietzscheano, que él admiraba, ni de las novelas de Lawrence, que lo escandalizaban. Otro fue nuestro tema; mejor dicho: el suyo, pues él habló casi todo el tiempo.

Hablaba de prisa y de manera atropellada, se comía las palabras, saltaba de un tema a otro, se repetía, daba largos rodeos, sus frases se estrellaban contra muros invisibles, recomenzaba, se hundía en olvidos como pantanos. Un animal perseguido. Adiviné en la confusión de su relato que había participado en la sublevación de los anarquistas y del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) del primero de mayo de 1937 y que por un milagro había escapado con vida. «Ya sé que tú y mis amigos mexicanos han creído en las mentiras de ellos. No somos agentes de Franco. Fuera de España no se sabe lo que ha pasado y sigue pasando aquí. Os han engañado, se burlan de vosotros. Nuestro levantamiento era justo.., un acto de autodefensa. Era la revolución. Ellos han aplastado a la revolución y asesinan a los revolucionarios. Son como los otros. Los otros nos han vendido a Mussolini y ellos a Stalin. ¿Las democracias? Son las alcahuetas de Stalin. Ellos dicen que primero hay que ganar la guerra y después hacer la revolución. Pero estamos perdiendo la guerra porque hemos perdido la revolución. Ellos le están abriendo las puertas a Franco… que los matará y nos matará a nosotros.»

Atacó al gobierno del Centro con saña. Me sorprendió la viveza de su catalanismo. En su mente el nacionalismo catalán no se oponía al internacionalismo anarquista. Me dijo que lo buscaba el SIM, el temido Servicio de Información Militar. «Si me encuentran, me matarán como a los otros. ¿Sabes dónde estoy escondido? En la casa del presidente de la Generalidad, Lluís Companys.» No pude saber si estaba ahí con el conocimiento y el consentimiento de Companys o por la intercesión de algún camarada con relaciones entre los ayudantes y servidores del político catalán. «Vivo con los criados. Ellos no saben quién soy. Debo cuidarme. No se te ocurra buscarme allí. Sería peligroso. Estoy con otro nombre. Tengo miedo. Hay una criada que me odia. Podría denunciarme… o envenenarme. Sí, han querido envenenarme.» Ante mi gesto de asombro continuó con vehemencia: «Digo la verdad. Hay una criada que no me puede ver. Hay agentes de ellos en todas partes. Pueden envenenarme. No sería el primer caso… Debo buscar otro escondite». Volvió a contarme cómo, después del primero de mayo, había estado escondido, sin salir a la calle, no en la residencia de Companys sino en otro lugar. insistió en los detalles triviales de su vida con los criados del presidente de la Generalidad. A ratos era lúcido y otros se perdía en delirios sombríos. Quise hablarle de México pero el tema no le interesó. Pasaba de la cólera al terror y regresaba continuamente a la historia de sus persecuciones. Su insistencia en lo del envenenamiento y en el odio de aquella criada me turbaba y acongojaba. Intenté que me aclarase algunos puntos que me parecían confusos. Imposible: su conversación era espasmódica y errabunda. Sentí que no hablaba conmigo sino con sus fantasmas. Nos detuvimos en una esquina, no muy lejos de mi hotel. Le dije que esa misma semana me iría de España. Me contestó: «Dame el número de tu teléfono. Te llamaré mañana por la mañana. No con mi nombre. Diré que soy R.D.» (uno de nuestros amigos mexicanos). Se quedó callado, viéndome fijamente, otra vez con angustia. Caminamos unos pasos y volvimos a detenernos. Dijo: «Tengo que irme. Ya es tarde. Si me retraso, no me darán de comer. Esa criada me odia. Debe sospechar algo …». Se golpeó el flanco derecho con el puño. Volvió a decir: «Tengo que irme. Me voy, me voy …». Nos dimos un abrazo y se fue caminando a saltos. De pronto se detuvo, se volvió y me gritó: «Te llamaré sin falta, por la mañana». Me saludó con la mano derecha y se echó a correr. No me llamó. Nunca más volví a verlo.

 

“Elegía a un compañero muerto en el frente de Aragón” (11:529-532)

 

Luego de España viajé a París, donde me encontré con Pellicer. Ahí conocí a […] [Robert] Desnos, que fue mi primer contacto directo con los surrealistas.

 

“Las revelaciones del cuerpo II” (En El Nacional)

 

 

[En París] había la amenaza de la preguerra, pero también la abundancia, Se veía que estábamos al final de una época. Recuerdo el esplendor de la Exposición Universal de París y el magnífico pabellón español […]. De modo que todo fue simultáneo. Un muchacho mexicano que no había visto pintura y por primera vez se enfrenta a la pintura europea. No solamente a los museos con la gran tradición artística sino a la pintura moderna.

 

“Memorias de posguerra”

 

A mi regreso, en Lisboa, subieron trescientos españoles, viejos todos, gente de campo. Habían escapado, puesto que rebasaban la edad militar, de la zona facciosa. Ningún testimonio más horrendo que el de estos pobres viejos, que no querían de su suelo, de su patria, sino un pedazo de tierra. Y el hecho de huir de sus tumbas arroja fuego sobre la realidad espantosa del franquismo.

 

“Hora de España” [12]

 

No puedo olvidar nuestra visita en La Habana a Juan Ramón Jiménez. Su conversación fue una interrogación constante acerca de sus amigos de España.

 

“México en el Congreso de Valencia” (En El Nacional) [13]

 

Juan Ramón [Jiménez] se dedicaba no a platicar sino a desarrollar largos monólogos. Era muy gracioso, tenia verdadero talento e ingenio. Poco a poco, mientras hablaba, su gracia se iba convirtiendo en mordacidad. Su plática, de danza graciosa, se transformaba en una danza de puñales: sobre la mujer de Jorge Guillén, sobre un pecho de mujer de Pedro Salinas, sobre la espalda de Garcia Lorca…

 

“Las revelaciones del cuerpo II” (En El Nacional)

 

 

 

La tertulia

 

A mi regreso de España, en 1938, Xavier [Villaurrutia] y Octavio G. Barreda me invitaron a su tertulia, en el Café París […] El Café París de mi tiempo estaba en la calle 5 de Mayo […]. Los más asiduos eran Barreda, Xavier, Samuel Ramos, el pintor Orozco Romero, Eduardo Luquín y Celestino Gorostiza. No menos puntuales fueron dos españoles que llegaron un año más tarde: José Moreno Villa y León Felipe. También concurrían, aunque con menos frecuencia, José Gorostiza, Jorge Cuesta, Elías Nandino, Ortiz de Montellano, Magaña Esquivel y Rodolfo Usigli. A veces, ya al final de este período, se presentaba José Luis Martínez y, esporádicamente, Alí Chumacero. En una mesa distinta, a la misma hora, se reunían Silvestre Revueltas, Abreu Gómez, Mancisidor y otros escritores más o menos marxistas. Ya al caer la tarde llegaba otro grupo, más tumultuoso y colorido, en el que había varias mujeres notables —María Izquierdo, Lola Alvarez Bravo, Lupe Marín, Lya Kostakowsky— y artistas y poetas jóvenes como Juan Soriano y Neftalí Beltrán.

En nuestra mesa se discutía y se contaban chismes literarios y políticos: el significado de las palabras happiness y democracy en Whitman, el realismo fantástico y el socialista, el cante jondo y los versículos bíblicos… Durante una temporada nos dio por dar títulos de libros, levemente deformados, a personas y situaciones.

 

“Xavier Villaurrutia en persona y obra” (4:251)

 

 

[Conocí a María Izquierdo] a mi regreso de España, hacia 1938, en el Café París. Durante más de quince años, de 1930 a 1945, fue uno de los centros de la vida literaria y artística de la ciudad de México. Era muy concurrido por escritores, pintores, músicos, actores y actrices, periodistas y por un mundo flotante de curiosos, azotacalles y gente sin oficio ni beneficio. La sala era espaciosa y clara, los muros estaban pintados de verde pálido, las mesitas y las sillas de mimbre eran también verdes, las meseras trataban con familiaridad a los clientes y en el mostrador, entre dos grandes cafeteras de metal reluciente que lanzaban con estrépito chorros de vapor, tronaba la rubia y plantureuse propietaria, Madame Hélène, famosa matrona, amparo de novilleros sin contrato y golfo de mancebos extraviados. Olía a café y a tabaco. Las malas lenguas hablaban de tráfico de drogas. Chi lo sa? El rumor de las conversaciones subía y bajaba en mansos oleajes, lo contrario de lo que ocurría en el tormentoso Café Tupinamba, favorecido por los refugiados españoles […].

El Café París fue una sociedad dentro de la sociedad. Asimismo, una geografía: cada mesa era una tertulia, cada tertulia una isla y una plaza fortificada. Las relaciones entre las islas eran, al mismo tiempo, frecuentes y arriesgadas. Siempre había algún intrépido —o algún inconsciente— que iba de una mesa a otra. Unos eran mensajeros y otros desertores. Porque había también emigraciones y escisiones. Nuestra mesa se dividió dos o tres veces […].

Frente a nuestra mesa había otra, también de escritores y artistas. Casi todos eran de la LEAR (Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios) y de la revista Ruta, que dirigía el escritor José Mancisidor. Entre sus compañeros estaban el crítico Ermilo Abreu Gómez y el músico Silvestre Revueltas. Este último —sin corbata, despechugado, gordo y serio, con su cabeza de Balzac esculpida a navajazos— no faltaba nunca. Las relaciones entre las dos mesas eran corteses, crispadas en el caso de Abreu Gómez, irónicas en el de Villaurrutia. Nosotros llegábamos a eso de las cuatro y nos retirábamos hacia las cinco y media. Alrededor de las seis aparecía un grupo tumultuoso y colorido, compuesto por varias mujeres y algunos jóvenes excéntricos. El cabecilla era un muchacho flaco, nervioso y chispeante: Juan Soriano. Entre las mujeres recuerdo a María Izquierdo, a Lupe Marín, a Lola Alvarez Bravo y a Lya Kosta, que después se casó con Luis Cardoza. Los centros de la atracción, por su porte y manera de vestir, eran Lupe Marín y María Izquierdo […].

A veces coincidíamos, los sábados, en un pequeño cabaret que se llamaba […] el Leda [lugar al que] iba mucha gente. No solamente el grupo de Juan Soriano, María Izquierdo, Lupe Marín y Lola Alvarez Bravo; también se veía a Renato Leduc, a Edmundo O’Gorman y, cosa extraña, a Justino Fernández. Otros habitués: José Luis Martínez, Pita Amor, Diego de Mesa, Neftalí Beltrán, José Revueltas. Con este último, en medio de la batahola, yo hablaba de Lenin y de Dostoyevski. O sea, de la Revolución y del Pecado.

 

“María Izquierdo sitiada y situada” (7:298)

 

También había un bar, llamado El Paraíso, que frecuenté mucho en alguna temporada. Más tarde, más avanzada la década, surgieron en México los cafés literarios. A las cantinas no podían entrar mujeres, pero concurrían mucho a los cafés.

 

“Las revelaciones del cuerpo II” (En El Nacional)

 

 

[Rufino] Tamayo lo conocí, brevemente, en 1938, en los locales del Frente Popular Español. Era muy amigo, como yo, de los republicanos. Se había separado de María y estaba ya casado con Olga.

 

“María Izquierdo sitiada y situada” (7:299)

 

Más afortunado que don Quijote, un día de 1938 yo fui armado escritor, no por un ventero pícaro, sino por José Bianco, que me invitó a colaborar en Sur. Mi ordalía fue escribir mi primera colaboración.

 

“Profesión de fe” (8:569)

 

 

 

Reinvenciones: Taller

 

Rafael Solana y otros más, que habían fundado Taller poético, una revista como el mismo Solana: ecléctica, reverenciosa, amante de las jerarquías, de los premios, de los honores, como si la literatura fuera una fiesta de fin de año. Todo el mundo tenía que tener su lugarcito, su regalo, su medalla, su aplauso. Se había suprimido el elemento crítico, la mirada combativa.

 

Editor de revistas” (En Letras Libres)[14]

 

 

A fines de 1938, Rafael Solana nos invitó a comer a Efraín Huerta a Quintero Álvarez y a mí. Nos dijo que había decidido transformar Taller poético en una revista literaria más amplia. Aceptamos inmediatamente y así se formó el pequeño grupo de “responsables”, como se decía en esos años, de la primera época de Taller. Después de publicado el primer número, Solana hizo un viaje a Europa. Nos encargamos de los tres números siguientes Quintero Álvarez y yo. Huerta nos ayudó a veces, y también, a su regreso, Solana. Nuestra generación sufrió muchas pérdidas: aparte de las defecciones y de los destrozos del alcohol, hubo muertes tempranas, como las de Quintero Álvarez y Salvador Toscano, suicidios como los de Vega Albela y José Ferrel, el traductor de Rimbaud y Lautréamont. Nuestra “modernidad” no era la de los Contemporáneos ni la de los poetas españoles de la Generación del 27. Tampoco nos definía el “realismo social” (o socialista) que comenzaba en esos años ni lo que después se llamaría “poesía comprometida”. Con la excepción de Huerta, los poetas mexicanos que escribíamos en Taller vimos siempre con recelo a la poesía social. Nuestros afanes y preocupaciones eran confusos pero en su confusión misma se dibujaba ya nuestro tema: poesía e historia.

 

“Antevíspera: Taller” (4:96-98)

 

 

Solana pagó el primer número. Fue un número dedicado a la pintora María Izquierdo, que incluía un texto de Solana bastante bueno sobre su pintura. María misma diseñó la portada. Al poco tiempo Solana se fue a Europa (todavía no estallaba la Guerra Mundial), nos mandó algunos poemas y no volvió sino ocho meses después; nos dejó abandonados. No teníamos un centavo. Surgió entonces Eduardo Villaseñor, un político amante de la literatura, muy amigo de Barreda y de Villaurrutia, que eran mis amigos. Ellos le hablaron de mí, fui a verlo y le dije que queríamos ayuda para Taller. Nos regaló una remesa de papel couché que pudimos vender en partes y con eso hacer los primeros números. Solana ya no tuvo que ver con la revista.

 

Editor de revistas” (En Letras Libres)

 

 

[Taller] la hicimos en varias imprentas, pero en la que lo hicimos más a gusto fue en la imprenta de Rafael Loera y Chávez. Ahí se publico también, por primera vez Muerte sin fin y varios libros de Villaurrutia.

 

“Escribir para estar en tierra” (En El Nacional)[15]

 

 

Yo conocía a [Andrés] Henestrosa desde mis años en el bachillerato; llegaba, cargado de libros, a la esquina de la librería Porrúa, en la calle de Argentina (que antes se llamaba del Reloj) y nos deslumbraba con su ingenio. En esos años me había encantado su pequeño libro, Los hombres que dispersó la danza, colección de leyendas zapotecas. Después, Andrés había vivido en los Estados Unidos, creo que becado por la Fundación Guggenheim, y nuestro encuentro en el Café París era el primero tras varios años de no vernos. Le confié que preparábamos una revista y que buscaba textos para el primer número. Se me quedó viendo, sacó de una bolsa unas páginas y me las entregó diciéndome: «lee esto». Era un fragmento de una carta a una amiga norteamericana. Era también, para emplear la expresión de Reyes, un arranque de novela. Mi seducción fue instantánea. Le pedí que me diese esas páginas para el primer número y al día siguiente se las entregué a Solana.

 

“Agua de la memoria: Andrés Henestrosa” (4:284)

 

 

A pesar de que colaboraron, la revista tuvo características propias, inconfundibles y que distinguen a nuestra generación. Desde el principio nos propusimos guardar nuestra distancia y en el número dos (abril de 1939) publiqué una nota, “Razón de ser”, en la que subrayaba todo lo que nos unía y todo lo que nos separaba de los Contemporáneos.

 

“Antevíspera: Taller” (4:101)

 

 

En 1939 llegaron a México los republicanos españoles desterrados. Los recibimos con emoción: en Taller habíamos vivido la guerra de España como si fuese nuestra. Entre los refugiados se encontraban algunos de los jóvenes de la revista Hora de España que había conocido allá. Se me ocurrió invitarlos para que formasen parte del cuerpo de redacción de Taller. La mayoría de mis amigos mexicanos aprobó la idea y así ingresaron en nuestra revista Juan Gil-Albert, Ramón Gaya, Antonio Sánchez Barbudo, Lorenzo Varela y José Herrera Petere. Más tarde invitamos a dos mexicanos y a un español: José Alvarado, Rafael Vega Albela y Juan Rejano. Me nombraron director y secretario a Gil-Albert. El ingreso de los jóvenes españoles no fue sólo una definición política sino histórica y literaria. Fue un acto de fraternidad pero también fue una declaración de principios: la verdadera nacionalidad de un escritor es su lengua.

 

“Antevíspera: Taller” (4:98)

 

 

Aunque recibimos ayuda el dinero se nos acabó. De pronto llegaron los españoles. Se me ocurrió entonces invitarlos a formar parte, puesto que eran de la misma edad que nosotros […] Bergamín ofreció su ayuda siempre y cuando fuese Ramón Gaya el autor de las viñetas y del diseño de la portada. Estuve de acuerdo. Quedó bastante bien, pero muy parecida a Hora de España. También nos ayudó mucho Alfonso Reyes a través de anuncios de la Casa de España, una ayuda que después nos quitó Cosío Villegas, pues no era amante de la literatura y menos de la joven literatura.

En Taller publicamos a los Contemporáneos, que colaboraron mucho con nosotros, a excepción de Salvador Novo. Publicamos la primera colección de poemas de T.S. Eliot en lengua española, con una nota de Bernardo Ortiz de Montellano y traducciones de Rodolfo Usigli, Juan Ramón Jiménez, Ángel Flores, León Felipe, Octavio G. Barreda y Ortiz de Montellano.

 

Editor de revistas” (En Letras Libres)

 

El suicidio de [Rafael] Vega Albela, en marzo de 1940, me dolió mucho —era mi amigo desde la adolescencia— y me hizo dudar de los poderes de salvación de la poesía.

 

“Antevíspera: Taller” (4:99)

 

 

 

Reinvenciones: El Hijo Pródigo

 

La defensa de la libertad de la imaginación, frente a la confusión entre arte y propaganda, continuaría en 1943 con la aparición de la revista El Hijo Pródigo, en la que se unieron dos generaciones, la de Contemporáneos y la nuestra.

 

“Antevíspera: Taller” (4:110)

 

 

Había surgido una revista dirigida por Silva Herzog, pero en realidad hecha por Juan Larrea, que estaba muy lejos de nosotros: Cuadernos Americanos. Estaba también el grupo comunista, que no tenía revista, encabezado por Neruda. Estaba muy dividido el ambiente: por un lado estaba la gente que seguía la línea de Neruda, y por el otro estábamos nosotros, es decir, lo que quedaba de BarandalTaller y Tierra Nueva; también lo que quedaba de los Contemporáneos, especialmente Villaurrutia y Barreda. Nos pareció que había que hacer algo distinto y decidimos fundar El Hijo Pródigo.

Cuadernos Americanos era una revista demasiado sociológica para nuestro gusto, con una idea preconcebida de lo que era América Latina y una filosofía más bien vaga, la de Larrea; nosotros queríamos imaginación y libertad. Esto nos enfrentaba a los sectores del realismo social, a los amigos de Neruda. En el primer número se publicó un texto de Ramón Gaya sobre Posada que provocó la indignación de todo el mundo. Neruda lo denunció. Diego Rivera pidió para Gaya la aplicación del artículo 33. Hicimos un banquete de desagravio a Gaya al que asistieron Villaurrutia y Barreda. Luego de ese episodio continuó la vida combativa de El Hijo Pródigo, por lo menos durante los primeros números. Después de mi partida la revista cambió de dirección, volviéndose mucho más tolerante. La revista se quedó en manos de Villaurrutia, que en realidad no la dirigía, que no iba, y, sobre todo, de Alí Chumacero, que se encargó de ella al final. Desde el número siete yo no tuve mucho que ver con El Hijo Pródigo […]. En esta revista aparecieron también algunas críticas a los regímenes totalitarios y a la sociedad moderna.

 

Editor de revistas” (En Letras Libres)

 

 

En 1942, José Bergamín decidió celebrar con algunas conferencias el cuarto centenario del nacimiento de San Juan de la Cruz, y me invitó a participar en ellas. Me dio así ocasión de precisar un poco mis ideas y de esbozar una respuesta a la pregunta que desde la adolescencia me desvelaba. Aquellas reflexiones fueron publicadas, bajo el título de Poesía de soledad y poesía de comunión, en el número cinco de la revista El Hijo Pródigo.

 

“Advertencia a la primera edición de El arco y la lira” (1:38)

 

 

Colaboraron en El Hijo Pródigo algunos escritores con olor a azufre: Victor Serge, Jean Malaquais, Benjamin Péret; el poeta peruano César Moro publicó textos valerosos y otros defendimos la libertad de las letras contra todas las censuras, fuesen de derecha o de izquierda. Por desgracia, El Hijo Pródigo volvió a caer insensiblemente en la trampa de Taller. Caída menos disculpable pues los tiempos habían cambiado y disminuido las presiones.

 

“Antevíspera: Taller” (4:110)

 

 

 

Influencias

 

No nos interesaba el lenguaje del surrealismo ni sus teorías, sino su afirmación intransigente de ciertos valores que considerábamos preciosos entre todos: la imaginación, el amor y la libertad, únicas fuerzas capaces de consagrar al mundo y volverlo de veras otro. 

 

“Poesía mexicana moderna” (4:66)

 

 

[André] Breton vino en 1938, para hablar con Lev Trotski. En esa época yo estaba cerca —aunque no era miembro del partido— de los comunistas. Admiraba a Breton e incluso fui a oír sus conferencias. Un día Jorge Cuesta me dijo: «Breton dice que quiere conocerlo». Me rehusé. Breton era un trotskista notorio y el nombre de Trotski era anatema para nosotros. Digo esto a pesar de que, en mi fuero interno y sin confesármelo del todo a mí mismo, no sólo admiraba a Trotski sino que pensaba que tenía razón en muchas cosas…

 

“Oriente, imagen, eros” (15:188)

(…El surrealismo ha sido el clavo ardiente en la
frente del geómetra y el viento fuerte que a media noche
levanta las sábanas de las vírgenes…
…El surrealismo ha sido el puñado de sal
que disuelve los tlaconetes del realismo socialista…)

“Esto y esto y esto” (12:119)

Nada más natural que en ese estado de espíritu volviésemos los ojos hacia ciertos poetas de nuestra lengua tocados por el surrealismo: Cernuda, Vicente Aleixandre, García Lorca, Alberti. Creo que ellos influyeron más profundamente en nuestra generación que los Contemporáneos.

 

“Poesía mexicana moderna” (4:66)

 

 

 

La camisa blanca

 

Yo era buen amigo de [Pablo] Neruda […] Desde nuestro primer encuentro se mostró cordial y enseguida fuimos amigos. Cuando vino a México, como cónsul general de Chile, nuestro trato, durante los primeros meses de su estancia, fue más bien íntimo. Lo veía con frecuencia, visitaba su casa y él la mía.

 

“Poesía e historia: Laurel y nosotros” (3:84)

 

 

Laurel provocó reacciones […] violentas […] A mí se me ocurrió la idea de hacer la antología. Con ella quería mostrar la continuidad y la unidad de la poesía en nuestra lengua. Era un acto de fe. Creía (y creo) que una tradición poética no se define por el concepto político de nacionalidad sino por la lengua y por las relaciones que se tejen entre los estilos y los creadores […] Hablé con Bergamín, que era el director de la Editorial Séneca, le propuse el libro y le dije que yo no podría hacerlo solo. Aceptó inmediatamente mi idea y me preguntó si había pensado en algún colaborador. No, no había pensado pero allí mismo se me ocurrió el nombre de Villaurrutia. También lo aceptó y enseguida sugirió los nombres de dos poetas españoles: Emilio Prados y Juan Gil-Albert. Dos generaciones de españoles y mexicanos: Villaurrutia/ Prados y Gil-Albert/Paz.

Desde el principio Xavier dirigió nuestros trabajos. Todas las tardes Xavier y yo nos veíamos, a veces en la Biblioteca Iberoamericana que estaba en la calle de Luis González Obregón y otras en la Editorial Séneca. El trabajo consistió, primero, en escoger a los poetas que deberían figurar en la antología y, después, en elegir los poemas y escribir las notas biográficas y bibliográficas. Emilio Prados no asistía a las reuniones. Su colaboración se limitó a la selección de sus propios poemas. Gil-Albert estaba lleno de buena voluntad pero conocía apenas la poesía hispanoamericana, de modo que no pudo ayudarnos mucho en la selección de los poetas nacidos en América. En cambio, si participó en la selección de los poetas españoles y en la de los poemas.

El título de la antología y el epígrafe de Lope (presa en laurel la planta fugitiva) se le ocurrieron a Bergamín. Al final, un poco antes de enviar los textos a la imprenta, Bergamín sugirió algunas supresiones (Larrea, Dámaso Alonso) que cometimos la debilidad de aceptar. También a última hora Villaurrutia y Bergamín decidieron, con la aprobación de Prados —ésa fue su única intervención—, eliminar al grupo de poetas jóvenes que formaban la cuarta sección de la antología (Miguel Hernández, Juan Gil-Albert, Luis Rosales, Lezama Lima, yo mismo y otros que no recuerdo). Me opuse y Gil-Albert conmigo. No nos hicieron caso. El prólogo de Xavier alude no sin ironía a este incidente: «Al primer grupo de poetas de esta antología han sucedido, al menos, puesto que una nueva y en formación se agita e impacienta, dos promociones…». Esos agitados e impacientes éramos nosotros. Pero Neruda no se indignó, como dijo después en el Canto general, por la exclusión de Miguel Hernández sino por la inclusión de Vicente Huidobro. Ahora, al cabo de tantos años, pienso que Bergamín y Villaurrutia tenían razón: salvo en el caso de Miguel Hernández, era prematura la inclusión de los poetas que en aquellos años éramos «los jóvenes».

 

“Xavier Villaurrutia en persona y en obra” (4:252, 253)

 

 

Ya en prensa el libro, Neruda envió a Bergamín una carta en la que se negaba a figurar en la antología. Casi al mismo tiempo León Felipe le dirigió otra en el mismo sentido. Nunca pude verlas porque para esas fechas, ante la eliminación de los jóvenes, había decidido alejarme de Laurel y sus enredos. Bergamín resolvió, como lo dice una pequeña nota en la última página del libro, «cumplir los deseos, aunque lamentándolo, de los dos poetas». Dos o tres días después de la aparición de Laurel, vi por última vez a Neruda. Fue en una cena, celebrada en su honor, no recuerdo con qué motivo. Quince días antes se habían presentado en mi casa dos jóvenes poetas españoles, Lorenzo Varela y Juan Rejano, para pedirme que firmase la tarjeta de invitación al homenaje. Los otros firmantes eran José Vasconcelos, Alfonso Reyes, Enrique González Martínez y Carlos Pellicer. Firmé. Mis relaciones con Neruda, borrascosas unos meses antes, habían alcanzado ese punto que los barómetros señalan como Beau fixe. Explicaré la razón.

Pablo me había dado, para un número de Taller, unos poemas de una joven poetisa uruguaya que él había descubierto, Sara de Ibáñez, con una nota suya de presentación, en la que maltrataba a Jiménez. Publiqué ese texto, a pesar de que Juan Ramón era colaborador y suscriptor de la revista. En el mismo número aparecieron unos poemas de Alberti dedicados a Bergamín. A Neruda le pareció aquello una traición. Me llamó por teléfono y me increpó: «Alberti es mi hermano y esos sonetos fueron dedicados a Bergamín antes de que Alberti conociese lo acontecido… Tú has sido cómplice de una intriga en mi contra». Procuré defenderme. Todo fue inútil y acabé por replicarle con la misma rudeza. Dejamos de vernos por una temporada hasta que, por casualidad, nos encontramos en una exposición. Me vio de lejos con cara hosca pero yo me acerqué a él y entonces sonrió y me recibió con un abrazo. A los pocos días me invitó a comer. El día de mi santo —no sé cómo se enteró: no aparece en los calendarios— se presentó en mi casa sin previo aviso, con Delia, su mujer, la pintora María Izquierdo con su amigo y unos músicos. ¿Cómo no iba a firmar aquellas líneas de homenaje?

La cena fue en el Centro Asturiano. Había varias mesas y mucha gente: escritores, artistas, periodistas y, detalle curioso, varios agrónomos. (Pablo se había interesado en la Reforma Agraria.) Busqué sitio en un extremo y me senté al lado de Julio Torri y de José Luis Martínez. Hubo discursos tronitonantes y brindis exaltados. A la salida nos formamos en fila para despedirnos de Pablo, que conversaba con Clemente Orozco, González Martínez y otras notabilidades. Había bebido. Cuando llegó mi turno, me abrazó, me presentó con Orozco, elogió mi camisa blanca—«más limpia», agregó, «que tu conciencia»— y enseguida comenzó una interminable retahíla de injurias en contra de Laurel, Bergamín y, claro, contra los otros autores de la maldita antología. Lo interrumpí, estuvimos a punto de llegar a las manos, nos separaron y unos refugiados españoles se me echaron encima para golpearme. Mi amigo José Iturriaga los puso en fuga con dos guantadas. Entonces intervino Enrique González Martínez, que me cogió del brazo y salió conmigo y con Alí Chumacero, José Luis Martínez y José Iturriaga. En la calle me sentí abatido y roto, «como un camarero humillado, como una campana un poco ronca, como un espejo viejo». Para levantar un poco mis ánimos, González Martínez nos invitó a una boîte de moda. Tenía más de setenta años. Ordenó champaña, revivió fantasmas de poetas y mujeres, recitó poemas y bebió con sus cuatro jóvenes amigos hasta que llegó el alba «con un alrededor de llanto».

En los meses siguientes Neruda se refirió en varias ocasiones, en términos cada vez más denigrantes, a Laurel y a sus autores. Le contesté y me contestó. Un año después hubo otro homenaje —una comida de cinco mil personas, encabezadas por Lázaro Cárdenas— al que naturalmente no fui invitado. José Luis Martínez y yo escribirnos dos pequeños textos —publicados en Letras de México: «Respuesta a un poeta» y «Despedida a un cónsul»— que nuestro amigo César Moro distribuyó en Lima y en Santiago. Fueron las únicas voces críticas en el tumultuoso coro de elogios que lo rodeaba.

 

“Poesía e historia: Laurel y nosotros”  (3:85-87)

 

 

 

Despedidas

 

Escribí una novela cuando tenía veinticuatro años y en ella aparecían temas que afloraron después en El laberinto de la soledad. Una novela en la que, como las que se escribían en aquellos días, se entreveraban el ensayo y el relato. Se quedó en borrador.

 

“Soy otro, soy muchos” (15:360)

 

A Alfonso Reyes lo conocí cuando regresó a México a hacerse cargo de la Casa de España. Se dio entre ambos una gran amistad: lo admiré, lo admiro, lo quise mucho. Lo comencé a ver no sólo en El Colegio de México sino en su casa. Vivía en esa calle que antes se llamaba Juanacatlán, aunque en esos tiempos creo que tampoco se llamaba así. Yo vivía muy cerca de ahí […]. Cuando estaba muy triste, muy desesperado, muy cansado, o con ganas de tener una conversación, yo le llamaba por teléfono: “Don Alfonso, ¿puedo a verlo?”. Me dio siempre buenos consejos no solamente literarios sino personales.

 

“Las revelaciones del cuerpo II” (En El Nacional)

 

A fines de mayo de [1940] un grupo armado, bajo el mando de David Alfaro Siqueiros, irrumpió en la casa de Trotski con el propósito de matarlo. Era como si la realidad se hubiera propuesto refutar, no con ideas sino con un hecho terrible, su endiosamiento de la historia, convertida en lógica superior y en cartilla moral. El asalto fracasó pero los atacantes secuestraron a un secretario de Trotski, al que después asesinaron. El atentado acabó con mis dudas y vacilaciones pero me dejó a obscuras sobre el camino que debería seguir. Era imposible continuar colaborando con los estalinistas y sus amigos; al mismo tiempo, ¿qué hacer? Me sentí inerme intelectual y moralmente. Estaba solo. La lesión afectiva no fue menos profunda: tuve que romper con varios amigos queridos. Tampoco alcanzaba a entender los móviles que habían impulsado a Siqueiros a cometer aquel acto execrable. Lo había conocido en España y pronto simpatizamos. Lo volví a ver en París, me contó que tenía que hacer un misterioso viaje con una misión y lo acompañé a la estación del ferrocarril, con su mujer, Juan de la Cabada y Elena Garro. Ahora pienso que se trataba de una coartada para la que necesitaba testigos; ya en esa época, según se supo después, se preparaba el atentado. Tampoco entendí la actitud de varios amigos: uno, Juan de la Cabada, ayudó a ocultar las armas usadas en el ataque; otro, Pablo Neruda, le facilitó la entrada en Chile, a donde fue a refugiarse. La actitud del gobierno mexicano tampoco fue ejemplar: hizo la vista gorda. Tres meses después, el 20 de agosto de 1940, Trotski caía con el cráneo destrozado […]. Al comenzar 1942 –cuando apareció lo que puede llamarse mi primer libro, A la orilla del mundo (un libro que luego se fue alejando de mí poco a poco)– conocí a un grupo de intelectuales que ejercieron una influencia benéfica en la evolución de mis ideas políticas: Víctor Serge, Benjamín Péret, Jean Malaquais y otros. Estas nuevas amistades rompieron un poco mi aislamiento. Mis nuevos amigos venían de la oposición de izquierda. El más notable era Victor Serge. Primer secretario de la Tercera Internacional, había conocido a los grandes bolcheviques. Miembro de la oposición, Stalin lo había desterrado en Siberia y luego, gracias a Gide y a Malraux, lo expulsó de la URSS. Serge fue para mí un ejemplo de la fusión de dos cualidades opuestas: la intransigencia moral e intelectual con la tolerancia y la compasión. Aprendí que la política no es sólo acción sino participación. Tal vez, me dije, no se trata tanto de cambiar a los hombres como de acompañarlos y ser uno de ellos.

 

“Itinerario” (9:32,33)

 

[En 1942] México entró a la guerra. Ávila Camacho hizo una política más moderada. Jaime Torres Bodet estaba en Educación Pública. Hubo muchas cosas en las que yo nunca estuve de acuerdo, ni yo ni muchos de mis amigos. En aquella época asistimos al gran ascenso de la estrella comunista y a la aparición de los primeros nubarrones. Nubarrones que surgieron cuando parecía que iba a triunfar el sol del socialismo en el mundo.

 

“Itinerarios de un poeta” (En El Nacional)

 

En los primeros meses de 1943 visité en tres o cuatro ocasiones a José Vasconcelos en su despacho de la Biblioteca Nacional de México […] [Escribí] un pequeño comentario sobre la definición platónica de la filosofía como «preparación para la muerte», una idea muy del gusto de Montaigne, al que yo frecuentaba con fervor en esos años. Vasconcelos era lo contrario de un escéptico pero me habló con benevolencia de mi articulito. Después me dijo: «La filosofía no puede darnos la vida. Dios da la vida y a Él hay que pedirle la vida eterna, que es la única vida verdadera. Pero es cierto que la filosofía nos ayuda a bien morir: nos desengaña de la vida terrestre y así nos defiende de la muerte. A usted, que no es creyente, no le queda sino dedicarse a la filosofía. En mi juventud yo también perdí la fe y de ahí viene quizá mi vocación filosófica. Sí, ¡dedíquese a la filosofía! Lo hará más fuerte … ». Diez años más tarde, en Ginebra, José Ortega y Gasset me dio el mismo consejo aunque en términos más imperiosos: «Estamos al final de un período. La literatura ha muerto. Sólo queda el pensamiento: es la tarea de hoy.Deje la poesía ¡y póngase a pensar! Como ya es un poco tarde para que comience con el griego, aprenda la otra lengua filosófica: el alemán. Y olvide lo demás…».

 

“Días hábiles. El mismo tiempo” (11:785-786)

 

Tuve tremendos problemas a pesar de mis nuevas amistades. Me ahogaba en México y llegué a la conclusión de que tenía que salir si no quería morirme de asfixia, tedio y rabia. Solicité, y obtuve, una beca Guggenheim y fui a dar a los Estados Unidos, primero a Berkeley y después a Nueva York. Vivir en los Estados Unidos durante la guerra fue tonificante. Tiré la política y sus debates al cesto y me sumergí en la poesía.

 

“Tiempos, lugares, encuentros” (15:336,337)

(…las ideas se comieron a los dioses
los dioses
se volvieron ideas
grandes vejigas de bilis
las vejigas reventaron
los ídolos estallaron
pudrición de dioses…)

“Vuelta” (12:45)

 

NOTAS

[1] Cartas a Tomás Segovia (1957-1985), FCE, México, 2008, p.77.

[2]  Paz Solórzano, Octavio y Gálvez, Felipe (Comp.), Hoguera que fue, México, UAM, 1986.

[3] García Ramírez, Fernando y Juan José Reyes, “Itinerarios de un poeta”, El Nacional, 29 de noviembre de 1990, pp. 13-14.

[4]  Rodman, Selden, “Tongues of Fallen Angels: Conversations with Jorge Luis Borges and Others”, New Directions Books, 1974, pp. 135-162.

[5] “Una grandeza caída”, Artes de México, nueva época, núm 1, otoño 1988.

[6] “Primeras letras”, Ínsula, abril-mayo de 1991.

[7] “Entrevista con Octavio Paz”, Estudios, revista del ITAM, invierno 1999-2000, pp.7- 17.

[8]  Paz, Octavio, “Primera conferencia. Martes, 4 de marzo de 1975”, Itinerario poético, España, Atlanta, 2014.

[9] García Ramírez, Fernando y Juan José Reyes, “Las revelaciones del cuerpo II”, El Nacional, 30 de noviembre de 1990, pp. 13-17.

[10] Paz, Octavio, Luis Mario Schneider y Héctor Tajonar, “La experiencia de la Guerra Civil española”, Conversaciones con Octavio Paz, 1984.

[11] García. Manuel, “Memorias de posguerra. Diálogos con la cultura del exilio (1939-1975)”, Universidad de Valencia, 2014, versión electrónica.

[12] “El barco”. Hora de España XXIII, noviembre de 1938, pp. 43-45.

[13] Cardoza y Aragón, Luis, “México en el Congreso de Valencia. Conversando con Carlos Pellicer, Octavio Paz y Fernando Gamboa”, Suplementos culturales de El Nacional, núm. 450, 16 de enero de 1938, p. 2.

[14] Ylizaliturri, Diana, “Editor de revistas”, Letras Libres, 31 de julio de 1999.

[15] García Ramírez, Fernando y Juan José Reyes, “Escribir para estar en tierra”, El Nacional, 1 de diciembre de 1990, p. 1.