1927-1934

 

Se recogen los testimonios escritos y hablados de Paz sobre la segunda década de su vida, de su paso por la escuela secundaria al ingreso a la Facultad de Derecho.

 

Se emplean negritas para los nombres propios relevantes así como para el año al que, según Paz, se refieren los fragmentos. Al pie de cada entrada se anota el nombre del texto del que proviene y, como siempre en esta Zona Paz, se indica su ubicación (volumen y página) en las Obras completas publicadas por el Fondo de Cultura Económica, a saber:

 

  1. La casa de la presencia Poesía e historia
  2. Excursiones / Incursiones. Dominio extranjero
  3. Fundación y disidencia. Dominio hispánico
  4. Generaciones y semblanzas. Dominio mexicano
  5. Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe
  6. Los privilegios de la vista I. Arte moderno universal
  7. Los privilegios de la vista II. Arte de México
  8. El peregrino en su patria. Historia y política de México
  9. Ideas y costumbres I. La letra y el cetro
  10. Ideas y costumbres II. Usos y símbolos
  11. Obra poética I (1935-1970)
  12. Obra poética II (1969-1998)
  13. Miscelánea I. Primeros escritos
  14. Miscelánea II
  15. Miscelánea III. Entrevistas

 

El muchacho que camina por este poema,
entre San Ildefonso y el Zócalo,
es el hombre que lo escribe:
………..esta página
también es una caminata nocturna.
………..Aquí encarnan
los espectros amigos,
………..las ideas se disipan…

(Fragmento de Nocturno de San Ildefonso)

 

 

Los años en la secundaria

 

La Escuela Secundaria Número Tres se encontraba en las calles de Marsella, en la colonia Juárez. En aquella época ese barrio todavía conservaba su fisonomía afrancesada de principios de siglo: pequeños “hoteles particulares” con torrecillas y “mansardas”, altas verjas de hierro y jardinillos geométricos. El colegio era una vieja casa que parecía salida de una novela de Henry James. El gobierno la había comprado hacía poco y, sin adaptarla, la había convertido en escuela pública. Los salones eran pequeños, las escaleras estrechas y nosotros nos amontonábamos en los pasillos y en una cour –en realidad: la antigua cochera– en la que habían instalado tableros y cestas de basket-ball…

 

Nota a “Elegía a un compañero muerto en el frente de Aragón” (11:526)

 

 

Mi padre insistió mucho en que los colegios privados me aislaban de la realidad mexicana. Entonces entré a escuelas del gobierno que, además, en aquella época, estaban muy influidas por las teorías de la educación norteamericana, las teorías de John Dewey, el filósofo pragmatista. Me acuerdo de que lo primero que hicieron cuando entré a la escuela fue un examen mental. Las preguntas que me hicieron eran tan disparatadas que ni yo ni mis amigos pudimos contestar, por ejemplo: “¿qué se compra en las carnicerías?”. Me pareció una broma y contesté: “naturalmente, pan”. Por nada y no me admiten.

 

A fondo” (Entrevista con Soler Serrano; minuto 22)

 

 

Tuve una gran admiración literaria, en maestras más que en maestros. La primera aparición pública de la mujer en México es en la educación. Tuve maestras admirables que todavía recuerdo con mucho cariño […]. Tuve una maestra [de literatura], Soledad Anaya: celosa, muy purista. Le escandalizaba que yo defendiese, un día en la clase, a Góngora.

 

Entrevista con Octavio Paz” (En Letras Libres[1]

 

 

Las escuelas secundarias eran de reciente creación. Fueron instituidas, hacia 1926, para substituir al antiguo bachillerato a la francesa. En un esfuerzo por modernizar la educación pública, el gobierno había iniciado una serie de reformas inspiradas en el modelo norteamericano. Yo venía de una escuela católica y los nuevos métodos me desconcertaron. El director de mi escuela era un alma simple y buena. Adorador de la ciencia, se le ocurrió llamar con el nombre de científicos ilustres a cada uno de los grupos en que nos habían dividido. Así pasé de la cofradía de los santos y las vírgenes a la academia de los inmortales. En el primer año estuve en el grupo Arquímedes, en el segundo en el Newton y en el tercero en el Lavoisier. Nuestro director amaba la naturaleza. Guiados por él, durante tres años visitamos muchos lugares del valle de México. En las pausas de nuestras caminatas, antes de comer y descansar, nos reunía a su alrededor y, trepado en una piedra, sacaba un papel y nos leía un poema. Los temas de su inspiración eran los de la ciencia: los misterios del triángulo y la esfera, los prodigios de la tabla de elementos químicos. No sospechó nunca que esas excursiones me hicieron descubrir otro prodigio: la increíble riqueza del arte religioso de México. He olvidado la oda al paralelepípedo y los tercetos a los electrones, no la esbeltez de un campanario blanco y las cúpulas azules y rosadas de un convento. […]

Como la mayoría de los mexicanos, frecuenté en mi niñez y en mi adolescencia las iglesias y participé en los ritos y misterios de la religión católica. En mi pueblo había un convento dominicano del siglo XVI y muchas iglesias y capillas, dos del XVII. Una de ellas era la iglesia de mi barrio. Yo no la veía como un monumento sino como lo que era y es todavía: un lugar a un tiempo íntimo y público, al que concurrimos para hablar con la divinidad, con los otros fieles y con nosotros mismos.

 

“Imágenes de la fe” (6:315)

 

 

Leíamos mucho, mi primo y yo[2], libros españoles, libros hispanoamericanos también, por ejemplo a Darío, a Nervo, a Bécquer, y luego a todos los novelistas españoles del siglo XIX, agulos de ellos realmente abominables, como Pereda, y finalmente, claro, a los clásicos: a Cervantes, y también el teatro. Yo descubrí el teatro en Lope de Vega y en Calderón, y también descubrí la versificación, cómo hacer versos, en Lope y en Calderón. Me interesaba más en aquella época más el teatro que la poesía lírica, que fue un descubrimiento un poco posterior, naturalmente. Y claro, también estábamos llenos de novelas francesas. Y de pornografía francesa y latina, porque mi abuelo tenía, como liberal, esta vertiente erotizante, digamos.

 

A fondo” (Entrevista con Soler Serrano; minuto 19)

 

 

En aquella época, al contrario de lo que ocurre ahora, las instituciones educativas del gobierno gozaban de gran prestigio y aquel colegio rivalizaba con los dos privados […]. Su director, un profesor Santamaría, era nuestro vecino. Excelente persona y buen maestro. Cuando estudiaba el tercer año de secundaria tuve dificultades con la Física, tomé lecciones particulares con él y salí airoso del examen.

“Evocación de Mixcoac” (14:343)

 

 

Los primeros libros que leí, apenas si necesito decirlo, fueron libros escritos en español. Sin pensar jamás en la nacionalidad del autor, leí a Galdós y a Darío, al arcipreste de Hita y a César Vallejo, a Gómez de la Serna y a José Vasconcelos.

 

“Unidad, modernidad, tradición” (3:15)

 

 

 

Lecturas, escritura, pupitres, camaradas…

 

Comencé a escribir temprano. No guardo los poemas escritos antes de cumplir los diecisiete años; algunos los destruyó mi mano; los más, la del tiempo. No lo siento: eran balbuceos, torpes imitaciones de la poesía romántica y de los modernistas hispanoamericanos. Pero no todo fue pérdida. Versificar es natural, espontáneo; también es un oficio y una práctica. En esos años descubrí, entre los libros de mi casa, un ejemplar de la Retórica y poética (1871) del olvidado sevillano Narciso Campillo. Todavía lo tengo conmigo. En sus páginas aprendí los rudimentos del arte.

 

Preliminar a “Primera instancia”(13:27)

 

 

Cuando era muy joven leía a Voltaire. Quizá por eso perdí la fe religiosa. También leía novelas más o menos libertinas.

 

 “Tiempos, lugares, encuentros” (15:328)

 

 

A todos, en algún momento, se nos ha revelado nuestra existencia como algo particular, intransferible y precioso. Casi siempre esta revelación se sitúa en la adolescencia. El descubrimiento de nosotros mismos se manifiesta como un sabernos solos; entre el mundo y nosotros se abre una impalpable, transparente muralla: la de nuestra conciencia. Es cierto que apenas nacemos nos sentimos solos; pero niños y adultos pueden trascender su soledad y olvidarse de sí mismos a través de juego o de trabajo. En cambio, el adolescente, vacilante entre la infancia y la juventud, queda suspenso un instante ante la infinita riqueza del mundo. El adolescente se asombra de ser.

 

“El pachuco y otros extremos” (8:47)

 

 

En 1929 comenzó un México que ahora se acaba. Fue el año de fundación del Partido Nacional Revolucionario y también el del nacimiento y el del fracaso de un poderoso movimiento de oposición democrática, dirigido por un intelectual: José Vasconcelos. La Revolución se había transformado en institución. El país, desangrado por veinte años de guerra civil, lamía sus heridas, restauraba sus fuerzas y, penosamente, se echaba a andar. Yo tenía quince años, terminaba mis estudios de iniciación universitaria y había participado en una huelga de estudiantes que paralizó la Universidad Nacional y conmovió al país. […]

 

Prólogo a Ideas y costumbres (9:18)

 

 

Siempre tuve miedo a la palabra hablada. Cuando yo era adolescente estaban de moda los concursos de oratoria, algo pavoroso en lo que fracasé terriblemente. Mi experiencia no fue amplia pero la recuerdo: cuando estaba en la Secundaria 3 participé en uno de esos concursos. Al pronunciar mi discurso olvidé una palabra y todo se fue al diablo.

 

“El arte de conversar” (Al pie de la letra:327)[3]

 

 

Mis amigos y yo no faltábamos a los conciertos de Bellas Artes. La galena costaba veinticinco centavos. Desde arriba veíamos al público de la luneta y de los palcos: gente conocida. No escaseaban los escritores y los artistas: Carlos Pellicer, Salvador Novo, Xavier Villaurrutia, Julio Castellanos, Rufino y Olga Tamayo. Alguna vez, Diego Rivera con Frida Kahlo. Los directores eran [Carlos] Chávez y [Silvestre] Revueltas. En esos conciertos oí por primera vez a los clásicos y a los modernos. Entre estos últimas sobre todo a Stravinsky, que era la gran estrella en ese momento. Fue famosa la noche en que Carlos Pellicer, vestido de negro y con un moño rojo por corbata, recitó con su voz profunda de cántaro la fábula de Pedro y el lobo de Prokofiev. Lo aplaudimos a rabiar…

 

“Poesía, pintura, música, etcétera” (15:133)

 

 

Cuando yo tenía 15 años desperté políticamente. Yo asistía a la clase de álgebra y mi compañero de banco, que era un chico mucho mayor que yo, se llamaba José Bosch, era de origen catalán, yo tenía 15 años y él 17, y un día me deslizó debajo del pupitre un folleto, y cuando tomé el tranvía abrí el folleto y era una publicación de la Federación Anarquista Ibérica, la FAI, un texto de Kropotkin. […] Uno de mis primeros contactos con los problemas reales de la historia mundial en el siglo XX fueron a través de este amigo […] que me abrió a la realidad a través de una ventana por la cual aún siento una gran simpatía, el pensamiento anarquista.

 

A fondo” (Entrevista con Soler Serrano; minuto 20)

 

 

En 1929, en la secundaria, mi compañero de pupitre era un muchacho tres años mayor que yo, José Bosch. Su edad, su aplomo y su acento catalán provocaban entre nosotros una reacción ligeramente defensiva, mezcla de asombro y de irritación. A él le debo mis primeras lecturas de autores libertarios. Yo le prestaba libros de literatura –novelas, poesía– y unas cuantas obras de autores socialistas que habla encontrado entre los libros de mi padre. Unos meses después intentamos sublevar a nuestros compañeros y los incitamos a que se declarasen en huelga. El director llamó a la fuerza pública, cerraron la escuela por dos días y a nosotros nos llevaron a los separos de la Inspección de Policía. Pasamos dos noches en una celda. Una mañana nos liberaron y un alto funcionario de la Secretaría de Educación Pública nos citó en su despacho y nos recibió con un regaño elocuente; nos amenazó con la expulsión de todos los colegios de la República e insinuó que la suerte de Bosch podía ser peor, ya que era extranjero. Después varió de tono y nos dijo que comprendía nuestra rebelión: él también había sido joven. Acabó ofreciéndonos un viaje a Europa y unas becas… si cambiábamos de actitud. Bosch pasó de la palidez al rubor y del rubor a la ira violenta. Se levantó y le contestó; no recuerdo sus palabras, sí sus gestos y ademanes de molino de viento enloquecido. El funcionario nos echó a la calle. […]

Aquellos días eran los de la campaña electoral de Vasconcelos, candidato a la presidencia. Yo participé en la gran huelga estudiantil de 1929 pero no en el movimiento vasconcelista, aunque grité “¡Viva Vasconcelos!”. Él había encendido a los jóvenes. Bosch se convirtió en el centro de nuestro grupo. Fue nuestra conciencia. Nos enseñó a desconfiar de la autoridad y del poder; nos hizo ver que la libertad es el eje de la justicia. Su influencia fue perdurable: ahí comenzó la repugnancia que todavía siento por los jefes, las burocracias y las ideologías autoritarias.

 

Nota a “Elegía a un compañero muerto en el frente de Aragón” (11:526)

 

 

—Estuve tres años en la secundaria; al final, en 1929, mi estancia coincidió con una gran huelga estudiantil que conmovió al país. Al mismo tiempo, la juventud ardía en esperanzas más o menos democráticas, más o menos revolucionarias. La figura de Vasconcelos era adorada en esos momentos.

—¿Usted participó?

 —Sí, claro que sí. Incluso me expulsaron de todas las escuelas secundarias. Después nos volvieron a admitir, porque la huelga triunfó parcialmente.

 

“Octavio Paz” (Voces que cuentan: 252)[4]

 

 

En 1929 hubo un acontecimiento en la ciudad de México que unió a todos los jóvenes, la huelga estudiantil que tomó forma en la protesta universitaria. La huelga tomó una coloración vasconcelista, pero las razones no eran puramente políticas. Lo interesante es que había distintas escuelas secundarias, preparatorias […] Ahí conocí yo a muchos jóvenes que después se hicieron escritores, otros se dedicaron a la ciencia, como Alberto Barajas, un matemático que fue buen amigo mío. Pero fue en ese momento en el que nos pudimos conocer todos.

 

“Primeras letras” (Diálogos: 16) [5]

 

 

 

En la Escuela Nacional Preparatoria

 

Helena: cuando estaba en la preparatoria soñaba y vivía en un aire extraordinariamente luminoso y transparente. Todas las brisas me traían un glorioso recuerdo de sueños, todos los colores eran verdaderamente los colores, es decir, el matiz de las cosas, su forma, su manera. Cuando pensaba demasiado me entristecía y entonces huía bruscamente de mí y me refugiaba en la naturaleza, en una naturaleza ideal y dinámica, simple y juvenil. Una nube era una nube, pero también –en su simplicidad de nube– era una ingenua revelación de las fuerzas celestes, de la belleza múltiple y candorosa de la vida. Porque –ahora lo veo claro–  lo que yo buscaba en la –en mi– naturaleza era la ingenuidad y el candor, la firme simplicidad de la desnudez primera.

 

Carta a Elena Garro (11 de septiembre de 1935)

 

 

En 1929 comenzó un México que ahora se acaba. La Revolución se había transformado en institución. Al año siguiente ingresé a la Escuela Nacional Preparatoria. Era espaciosa y sus columnas, arcos y corredores, tenían nobleza. Otra atracción de San Ildefonso: las pinturas murales de Orozco, Rivera, Siqueiros, Jean Charlot y otros. El primer mural que pintó Rivera estaba en mi escuela.

 

“Tiempos, lugares, encuentros” (15:328)

 

 

Ver es un privilegio y el privilegio mayor es ver cosas nunca vistas: obras de arte. Desde muy joven sentí invencible atracción por las artes plásticas y muy pronto empecé a escribir sobre ellas, nunca como un crítico profesional sino como un simple aficionado.

 

Aviso a Los privilegios de la vista I (6:13)

 

 

Los tranvías eran enormes, cómodos y amarillos. Los de segunda clase olían a verduras y frutas. Tardaban cincuenta minutos de Mixcoac al Zócalo. Mientras fui estudiante –más de diez años– viajé en esos tranvías cuatro veces al día: en ellos preparé mis clases y leí novelas, poemas, tratados de filosofía y folletos políticos.

 

“Evocación de Mixcoac” (14:342)

 

 

Sólo hasta 1930, cuando ya tenía dieciséis años, el país conoció la calma.

 

“Soy otro, soy muchos” (15:358)

 

 

Al año siguiente pasamos a la Escuela Nacional Preparatoria (San Ildefonso). Bosch no pudo ingresar porque la campaña política le hizo perder los cursos. Pero no nos dejó: se instaló en un cuartito que el director de la escuela —antiguo amigo y compañero de López Velarde— nos había cedido para que sirviese como local a una agrupación fundada por un amigo nuestro de origen inglés. La sociedad se llamaba Unión de Estudiantes Pro-Obrero y Campesino. Había sido creada en memoria de tres víctimas del vasconcelismo —un estudiante, un obrero y un campesino— asesinados el año anterior por el gobierno «revolucionario». La UEPOC estableció por toda la ciudad escuelas nocturnas para trabajadores. Nosotros éramos los profesores y con frecuencia nuestras clases se transformaban en reuniones políticas. Trabajos perdidos: ¿cómo encender el ánimo poco belicoso de nuestros alumnos, la mayoría compuesta por artesanos, criadas, obreros sin trabajo y gente que acababa de llegar del campo para conseguir empleo? Nuestros oyentes no buscaban una doctrina para cambiar al mundo sino unos pocos conocimientos que les abriesen las puertas de la ciudad. Para consolarnos nos decíamos que la UEPOC era «una base de operaciones». Bosch discutía incansablemente con las dos corrientes que empezaban a surgir del derrotado vasconcelismo: la marxista y la que después se expresaría en Acción Nacional, el sinarquismo y otras tendencias más o menos influidas por Maurras y Primo de Rivera.

 

Nota a “Elegía a un compañero muerto en el frente de Aragón” (11:527)

 

 

El incansable Bosch, fiel a sus ideas libertarias, discutía con todos pero no lograba convencer a nadie. Paulatinamente se fue quedando solo.

 

“Primeros pasos” (9:18)

 

 

Ingresé en el Colegio de San Ildefonso, antiguo seminario jesuita convertido por los gobiernos republicanos en Escuela Nacional Preparatoria, puerta de entrada a la Facultad. […] En San Ildefonso no cambié de piel ni de alma: esos años fueron no un cambio sino el comienzo de algo que todavía no termina, una búsqueda circular y que ha sido un perpetuo recomienzo: encontrar la razón de esas continuas agitaciones que llamamos historia. Años de iniciación y de aprendizaje, primeros pasos en el mundo, primeros extravíos, tentativas por entrar en mí y hablar con ese desconocido que soy y seré siempre para mí.

 

“Primeros pasos” (9:18)

 

 

A mediados de 1930 la Escuela Nacional Preparatoria recibió la visita de una delegación de estudiantes de la Universidad de Oklahoma. Medio centenar de muchachas y muchachos norteamericanos. Las autoridades universitarias organizaron una ceremonia en su honor, en el paraninfo de San Ildefonso. Muy temprano ocupamos los asientos de ese salón, en cuyos muros Diego Rivera pintó sus primeras obras, que nosotros comparábamos con las de Giotto pero que son en realidad imitaciones de Puvis de Chavannes. El programa comprendía varios números de bailes folklóricos a cargo de las muchachas y muchachos de la Escuela de Danza, recitación de poemas de Díaz Mirón y López Velarde, canciones de Ponce y un discurso. El encargado de pronunciarlo, en español y en inglés, era un estudiante bilingüe más o menos al servicio del gobierno y que después hizo carrera como «intelectual progresista».

Aplaudimos los cantos, los bailes y los poemas pero, ante el asombro de nuestros visitantes, interrumpimos al orador a poco de comenzar. No nos habíamos puesto de acuerdo; nuestra cólera era espontánea y no obedecía a ninguna táctica ni consigna. La gritería creció y creció. [José] Bosch, encaramado en una silla, se agitaba y pronunciaba un discurso que nadie oía. Al fin, en un momento de silencio, uno de nosotros, que también hablaba inglés, pudo hablar y explicar a los norteamericanos la razón del escándalo: los habían engañado, México vivía bajo una dictadura que se decía revolucionaria y democrática pero que había hipotecado y ensangrentado al país. Más allá de su programa —o mejor dicho: de su ausencia de programa—, el vasconcelismo fue sano porque llamaba a las cosas por su nombre: los crímenes eran crímenes y los robos, robos. Después vino la era de las ideologías; los criminales y los tiranos se evaporaron, convertidos en conceptos: estructuras, superestructuras y otras entelequias.) El discurso de nuestro amigo calmó un poco los ánimos. Un poco más tarde la reunión se disolvió y la gente empezó a salir.

En la calle, confundidos entre la multitud para no despertar sospechas, nos esperaban muchos agentes secretos que seguían a los que suponían ser los cabecillas y discretamente los aprehendían. Así nos pescaron a una veintena. Nos llevaron de nuevo a las celdas de la Inspección de Policía pero a las veinticuatro horas, gracias a una gestión del rector de la universidad, nos soltaron a todos… menos a Bosch. No era estudiante universitario ni era mexicano. Unos días después, sin que pudiésemos siquiera verlo, con fundamento en el infame artículo 33 de la Constitución de México, que da poder al gobierno para expulsar sin juicio a los extranjeros, Bosch fue conducido al puerto de Veracruz y embarcado en un vapor español que regresaba a Europa.

 

Nota a “Elegía a un compañero muerto en el frente de Aragón” (11:528)

 

 

Me tocó ser protagonista de una pequeña anécdota mitad literaria mitad burlesca. En aquellos años 1930 o 1931 se fundó una sociedad de jóvenes amantes de la literatura y de la poesía. Se llamó, naturalmente, Sociedad Literaria Renacimiento, [compuesta] por muchachos muy académicos a quienes les gustaba la poesía romántica y modernista de la época. Mis amigos y yo éramos un grupo que quería una poesía más moderna. Cuando se iniciaron las actividades de la Sociedad en el auditorio ‘El Generalito’ había muchas personalidades ilustres. Nadie sabía que en ese salón estaban escondidos unos guerrilleros de la poesía. Cuando empezó la sesión solemne surgieron los guerrilleros de la poesía, armados, no de rifles, por fortuna, sino de pequeños aviones de papel en los cuales había poemas seudo modernos, poemas vanguardistas que lanzamos contra nuestros rivales. Terminó todo aquello en un tumulto y en bofetadas, y la Sociedad Literaria Renacimiento se convirtió en un verdadero acabamiento.

 

La experiencia poética [Primera parte]
(Conversaciones con Octavio Paz; minuto 8)[6]

 

 

 

San Ildefonso: caminatas y viajes

 

Durante esos dos años y los cinco siguientes, pasados en facultades universitarias, me familiaricé con el barrio que hoy llaman “el centro histórico de la ciudad”: palacios, iglesias, edificios públicos, conventos, mercados. […]

En la antigua Casa de la Moneda —patio de arena roja, palmeras y grandes macetas con plantas verdes— habían instalado las antigüedades mexicanas. Allí pude ver por primera vez, con horror y pasmo, la escultura precolombina. La admiré sin entenderla: no sabía que cada una de esas piedras era un prodigioso racimo de símbolos. Poco a poco entreví sus enigmas. Entre mis compañeros había un joven interesado en nuestro pasado artístico: Salvador Toscano. Con él y otros recorrí, los domingos y días de asueto, el valle de México y distintos lugares de Puebla y Morelos: pirámides, conventos, iglesias, capillas abiertas. […]

Mi relación con el arte moderno de México fue íntima y diaria. Todos los días, mientras estudié en San Ildefonso, veía los murales de Orozco. Al principio con extrañeza e incredulidad, después con más y más comprensión y entusiasmo. […]

Mis vagabundeos me llevaron a recorrer no sólo el México del Palacio Nacional, la catedral, Santo Domingo y sus alrededores sino otros barrios alejados del centro y de la zona del sur, que hasta entonces había sido mi patria chica: Tacubaya, Mixcoac, San Ángel, Tizapán, Coyoacán, Tlalpan. A veces me aventuraba por el norte, que en aquellos años terminaba pronto en la desolación de salitre y arenales que había dejado la desecación de los lagos. Uno de mis paseos favoritos rehacía el itinerario de los derrotados españoles en su huida durante la Noche Triste. Al anochecer, con algún amigo, dejaba San Ildefonso y discurría por la calle de Tacuba, llena de ecos y presencias del antiguo México, el precortesiano y el de Nueva España. […]

Nos demorábamos en las librerías de viejo de la avenida Hidalgo, entre las dieciochescas espesuras de la Alameda Central y la pequeña y más bien melancólica plaza de San Juan de Dios: a sus costados, frente a frente, dos iglesias hundidas a medias como pesados barcos encallados. Una de ellas está consagrada a San Antonio, patrón de distintas clases de mujeres: las casaderas, las abandonadas y las de vida airada. Seguíamos y, al llegar al jardín y panteón de San Fernando, hacíamos un alto para conversar y descansar. Las altas verjas, las estatuas y la pompa republicana bajo la arboleda sombría me hacían pensar, más que en la gesta de los liberales, en un poema de Gutiérrez Nájera:

¿No ves cual prende la flexible hiedra
entre las grietas del altar sombrío?
Pues como enlaza la marmórea piedra
quiero enlazar tu corazón, bien mío.

Proseguíamos y, casi sin darnos cuenta, llegábamos al puente de Alvarado, lugar famoso en donde Tonatiuh, el conquistador rubio, salvó la vida al apoyarse en su lanza, como el atleta en su garrocha, para saltar de un borde al otro del canal cenagoso. […]

En Mascarones, en el primer patio habían trazado un diminuto jardín que me encantaba por la perfección de sus proporciones y por la serenidad casi espiritual que lo envolvía. Todavía, si cierro los ojos respiro el aire fresco, oigo las voces y las risas de los muchachos y muchachas conversando acodados en los barandales […]

Más allá de Mascarones comenzaban otros mundos. Los recorría con los amigos que vivían en esos barrios. Uno era San Rafael, todavía rico en suntuosos vestigios porfirianos, aunque ya dañados irreparablemente por la incuria; el otro, la secreta Santa María. Con su alameda provinciana, su extraño museo y su parroquia, Santa María es un pueblo más que un barrio. Al recorrer sus calles solitarias, invariablemente recordaba a López Velarde. Allá vivían, entre otros notables, el novelista Mariano Azuela, el poeta modernista Rafael López y Carlos González Peña, al que debemos la única historia moderna de nuestra literatura. Esos interminables paseos eran propicios al intercambio de ideas y confidencias, a las controversias y a las repentinas y efímeras iluminaciones. La conversación es el gran don que ofrecen las relaciones entre los hombres, cuando se olvidan de Etéocles y de Polinices, de Abel y de Caín. La amistad: el fervor compartido ante un poema, una novela, una admiración, una idea, una indignación. Al filo de la media noche, yo dejaba a mis amigos y, con la cabeza en llamas, cruzaba las calles desiertas para alcanzar, más allá del Paseo de la Reforma, entre Chapultepec e Insurgentes, el último tranvía rumbo a Mixcoac. […]

Pero nuestras correrías no eran visitas arqueológicas ni confundíamos a la ciudad con un museo. Todo nos llamaba y todo, por un instante, nos retenía: las ferias y las fiestas de cada barrio, las cantinas y las cervecerías, los cafés y las fondas modestas, los bailes de las vecindades, la salida de las escuelas de muchachas, los cines y el burlesque, los parques y las callejuelas solitarias... Multitude-solitude: termes égales et convertibles. Y Baudelaire añade: “aquel que no sabe poblar su soledad tampoco sabe estar solo en medio de la muchedumbre”. Pero no todo era sublime en esos callejeos. Tampoco sórdido. Entre uno y otro extremo se extendía el territorio impreciso e inmenso del aburrimiento. Enfermedad de los adolescentes: el aburrimiento abre con gesto distraído las puertas de la poesía o las del libertinaje, las de la meditación solitaria o las de las diversiones crueles y estúpidas. […]

El mercado Abelardo Rodríguez fue decorado en 1933 por un grupo de discípulos y seguidores de Diego Rivera. Aunque entre esas pinturas hay una, primeriza, de un gran artista: Isamo Noguchi, las recuerdo ahora por Pedro Rendón. Era un muchacho carirredondo, de ojos humildes, ademanes tímidos, ropa estrecha y olor a fritura. No caminaba: rodaba lentamente y con cierto ritmo de globo. Su mansedumbre nos parecía bovina, pero tal vez era angelical. Era el bobo del barrio. También era pintor y poeta. Hacía poco había tenido su día de gloria. No sé si movido por su amor a la mistificación y a imitación de las blagues del Montparnasse de su juventud o para fastidiar a los artistas de la nueva generación, Diego Rivera proclamó a Pedro Rendón como el mejor pintor joven. A instancias suyas las crédulas autoridades municipales le dieron un muro del mercado para que lo pintase. Al poco tiempo, con la misma desenvoltura con que lo había encumbrado, Diego lo dejó caer. La gente comprendió vagamente que había sido víctima de una farsa y Pedro se encontró de pronto sin amigos ni valedores. ¿Se dio cuenta alguna vez de que era el hazmerreír del barrio universitario? No lo creo. Pero en su desvalimiento, acuciado por la necesidad, recorría las escuelas y facultades con sonrisa plácida y ojos ansiosos. A veces conseguía que lo invitasen a comer un taco y beber un tepache. A cambio, tenía que escribir un soneto en el que era obligatorio que figurase el nombre del benefactor o el de algún amigo o amiga. Pedro lo escribía como el perrito salta el aro y menea la cola. ¿Cuántos sonetos escribió para mí y mis amigos? Pedro: perdónalos, perdóname. Como el burrito de Tablada en su paraíso de alfalfa[7], tú estás ahora en una alta y reluciente taquería en donde, al fin en paz, ya lejos de la mofa y del escarnio, comes las tortas compuestas del otro barrio. […]

Regalos del tiempo: en esos años Rivera pintaba los muros del Palacio Nacional y yo pude verlo, encaramado en un andamio, vestido con un astroso overall iridiscente, armado de gruesos pinceles y rodeado de botes de pintura, ayudantes y curiosos atónitos.

 

“Repaso en forma de preámbulo” (6:24)

 

 

Ya estando en la preparatoria de San Ildefonso, mi padre algunas veces enviaba conmigo recados a sus amistades. Y no sé bien de qué manera se había hecho amigo de Joaquín Clausell. Pero él nunca me dijo que era pintor. Una vez me pidió que fuera a ver a un licenciado Clausell para llevarle un mensaje. Y me dio la dirección. Llegué a un esplendido palacio virreinal que ahora es el Museo de la Ciudad de México y que, lo supe después por un tío muy erudito, había sido el palacio de los condes de Calimaya. Cuando entré a aquel patio con una sirena en una fuente, pregunté por el licenciado Clausell a un mozo somnoliento que me dijo: “el señor está arriba”. Subí las escalera y, hasta el final de ellas, en el último piso, estaba un hombre mayor, que me recibió con pantuflas. Me saludó con gran cortesía y le di la esquela enviada por mi padre. La leyó detenidamente y me dijo: “Bueno, dile a tu papá que le voy a hablar por teléfono para que no tenga que escribirme, esto ya no se usa, no es necesario”. Era de mañana. No estaba afeitado y había estado pintando. Llevaba puesto un saco de ésos muy llenos de flores bordadas que usaba la gente para estar en casa y que llamaban “fumador”.

Así pude ver por primera vez una parte de lo que pintaba. Me llamó mucho la atención. Yo no sabía quién era Clausell ni podía imaginar que como pintor había reinventado en México, muchos años después del impresionismo, algo de lo que éste fue. Y que además se había atrevido a hacer aquellas pinturas murales que son de lo más interesante de su obra.

 

Una grandeza caída” (Entrevista en Artes de México[8]

 

 

Conocí a Manuel Sánchez [Hernández] en 1930 o en 1931. Estudiamos el bachillerato en la Escuela Nacional Preparatoria de San Ildefonso. Era amigo de varios amigos míos y nos presentó uno de ellos: Raúl Vega ¿O fue José Alvarado? Un poco mayor que nosotros, Sánchez era un muchacho simpático y de espíritu despierto. No fue un íntimo amigo mío aunque siempre nos tratamos con cordialidad. Era un buen compañero. Llegaron las vacaciones de Semana Santa de 1931 (…) y Sánchez me sorprendió con una invitación: pasar unos días en su pueblo natal, Tixtla. Acepté, encantado. Era la primera vez que salía solo de México. Muy temprano tomamos un autobús. En Chilpancingo dormimos en un hotel. Un hermano suyo nos esperaba con tres caballos. Salimos en la madrugada. Aunque Sánchez me había prevenido y yo me había provisto de unas botas, no sabía montar. Pero aquellas bestias eran mansas y nunca, al menos conmigo, galoparon. Durante horas y horas subimos y bajamos cerros, atravesamos valles y cruzamos barrancos y hondonadas. A trechos nos deteníamos para comer un bocado, beber agua de nuestras cantimploras o descansar a la sombra de un árbol. Al anochecer entramos en Tixtla. No recuerdo sino una oleada de calor húmedo y la violencia de la noche que cayó sobre nosotros en unos pocos minutos. Llegué muerto de cansancio. Me dolían las piernas: nunca había montado tantas horas. Pero tenía 17 años y, después de un refrigerio, me eché en un catre hecho de carrizos, instalado en un corredor de la casa. En el trópico de México, como en la India, mucha gente duerme al aire libre. A pesar de la dureza del catre, me dormí pronto, mecido por la música de los grillos y el rumor de los follajes.

A la mañana siguiente, muy temprano, me despertaron el sol y los pájaros. Me levanté molido. Me dolía todo el cuerpo. Pero no perdí el ánimo. Los Sánchez eran campiranos y yo, un muchacho de la ciudad, no quería ser menos que ellos. Salimos y recorrimos el pueblo. Allí nació Altamirano; seguramente en la plaza había un busto suyo, pero yo no lo vi o no lo recuerdo. Tixtla es (o era) un pueblo blanco como muchos de tierra caliente. Había huertas con árboles y agua, rincones de sombra y frescura. Paseamos por los alrededores, nos refrescamos en un arroyo de aguas puras; en una huerta vecina, propiedad de unos amigos de los Sánchez, cortamos unos melones y, echados en el suelo, nos los comimos mientras unos pájaros volaban de un árbol a otro. Dimos otra vuelta por el pueblo. No había monumentos que visitar y la única atracción era la naturaleza tropical: los árboles, los pájaros, las frutas. Y la gente: abierta, pero sin la familiaridad excesiva de cubanos y veracruzanos. Hombres y mujeres de sonrisa fácil y, de pronto, miradas relampagueantes. Sensualidad y ráfagas de violencia. Me dijeron que eran frecuentes los raptos de mujeres y los hechos de sangre, fuese por asuntos de faldas o por rivalidades de familia. La política era una de las manifestaciones de esa violencia general. Regresamos a la casa al anochecer. Nos recibieron con alborozo las mujeres, que me veían con curiosidad y un poco de burla. Mis anfitriones me iniciaron en los misterios del pozole guerrerense y de otros platillos y bebidas. Naturalmente alguien trajo una guitarra y se cantaron canciones.

Un día después, cuando apenas me reponía de las magulladuras, me anunciaron que teníamos que visitar Chilapa, sede del arzobispado. Temblé ante esta nueva prueba, pero asentí con una sonrisa estoica. De nuevo la cabalgata interminable. Subimos y subimos. Piedras y más piedras, torrentes secos, rocas, polvo, hondonadas y vistas admirables. Abajo, una tierra áspera y una vegetación de púas: órganos y otras plantas espinosas. Arriba, un cielo límpido y manadas blancas de nubes rodando perezosas sobre los cerros pelados Chilapa anida en un valle entre montañas. Es (o era) una ciudad eclesiástica. Pensé que encontraría alguna construcción novohispana; no, los edificios eran del siglo pasado. Una arquitectura pesada y sin estilo. La cal de los edificios brillaba bajo el sol alto y poderoso Sol y sombra de nuestras montañas: mediodías ardientes y atardeceres helados, como las almas de muchos de nosotros. Visitamos un convento y en una ventanilla del refectorio, fresco y silencioso como una catacumba, compramos unos dulces que hacían las monjas. Merendamos en el mesón que nos hospedaba y los comimos. Un manjar exquisito. Es curioso que la buena cocina mexicana haya nacido en los conventos de monjas y que allí se hayan preservado. Dimos una vuelta al atardecer por la melancólica plaza: jóvenes adustos y muchachas recatadas. Nada más distinto de Tixtla. Dos Méxicos: uno tropical, republicano y echado hacia fuera; otro, clerical, pétreo y ensimismado. Los dos violentos. Dormimos en la posada y al amanecer emprendimos el descenso hacia Tixtla. En los altos del camino, el hermano de Manuel Sánchez, que llevaba un pistolón, disparaba contra los pájaros. Pasé en Tixtla otros dos días y, de nuevo a caballo, regresamos a Chilpancingo. Allí me despedí de los Sánchez y volví a México en un autobús rechinante.

Durante los siete días que duró mi excursión no se habló una sola palabra de política local. (…) Hablamos de Vicente Guerrero y del Plan de Iguala, de Galeana y los Bravo, de Juan Álvarez y el Plan de Ayutla (¡cuántos planes tiene nuestra historia!). Hablamos también de Vasconcelos y, sobre todo, de Tixtla y de Chilapa: una, tierra y agua; otra, piedra y cielo. La estrella de Acapulco y sus playas apenas despuntaba. Del otro, el Acapulco de la Nao de China, los Sánchez apenas si tenían noticia. No era accidental esa ignorancia. En nuestras escuelas se enseña una versión sectaria de la historia de México, dividida en dos grandes períodos: la legendaria del mundo prehispánico (simplificado e idealizado) y la épica novelesca de los siglos XIX y XX, teatro de las luchas entre los buenos (nosotros) y los malos (ellos). El período intermedio, Nueva España, es visto como un paréntesis y una usurpación. Sin embargo, México nació en ese paréntesis, en los siglos XVII y XVIII.[9]

 

Una aclaración y un recuerdo
(Carta a Julio Scherer, 22 de marzo de 1995)[10]

 

 

En una sola ocasión, a los diecisiete o dieciocho años, había viajado a Veracruz. Hasta entonces no había conocido el mar.

 

“Primeras letras” (Diálogos: 24)

 

 

 

San Ildefonso: el activismo

 

Mi generación fue la primera que, en México, vivió como propia la historia del mundo, especialmente la del movimiento comunista internacional.

 

“Primeros pasos” (9:20)

 

 

Nuestra generación era violenta como los tiempos; desde la adolescencia los extremos se disputaban nuestras almas y nuestras voluntades. Casi todos nos habíamos inclinado hacia el marxismo; mejor dicho: hacia los partidos revolucionarios. Sería un error creer que el pensamiento marxista inspiraba nuestras actitudes. Lo que nos encendía era el prestigio mágico de la palabra revolución. Éramos neófitos de la moderna y confusa religión de la historia, con su culto a los héroes, su fe en el fin de los tiempos y en el comienzo de otros, los de la verdadera historia. Nuestro amor a la justicia era indistinguible de un profundo sentimiento de venganza en el que se mezclaban las fantasías y resentimientos íntimos de unos muchachos de la clase media mexicana con auténticas y obscuras, pero desnaturalizadas, aspiraciones religiosas. Hablábamos con frecuencia de “la solidaridad proletaria internacional” pero ¿los trabajadores eran internacionalistas? ¿Qué sabíamos de la clase obrera? Nunca vi en nuestras reuniones a un verdadero proletario. Nuestra pasión era una parodia de la verdadera religión. La ideología que habíamos abrazado con entusiasmo nos ofrecía un mediocre sucedáneo de la antigua trascendencia.

 

“Antevíspera: Taller(4:104)

 

 

La juventud es un periodo de soledad pero, asimismo, de amistades fervientes. A uno de mis amigos se le ocurrió organizar una Unión de Estudiantes Pro-Obrero y Campesino, dedicada a la educación popular; también nos sirvió para difundir nuestras vagas ideas revolucionarias. Nos reuníamos en un cuarto minúsculo del colegio que no tardó en transformarse en centro de discusiones y debates. Fue el semillero de varios y encontrados destinos políticos: unos cuantos fueron a parar al partido oficial y desempeñaron altos puestos en la administración pública; otros pocos, casi todos católicos, influidos unos por Maurras, otros por Mussolini y otros más por Primo de Rivera, intentaron sin gran éxito crear partidos y falanges fascistas; la mayoría se inclinó hacia la izquierda y los más arrojados se afiliaron a la Juventud Comunista.

 

“Primeros pasos” (9:18)

 

 

Entré a la Preparatoria en el ocaso de la supremacía de Plutarco Elías Calles. Luego del gran fracaso del vasconcelismo, vivimos con alegría la victoria de Cárdenas sobre Calles. Cárdenas, en lugar de fusilarlo, lo desterró. Esto nos impresionó mucho a los muchachos de entonces. Se dieron una serie de cosas muy importantes, como por ejemplo la enérgica política exterior de México ante el avance del fascismo. Nos convertimos en grandes amigos de la República Española.

 

“Itinerarios de un poeta” (En El Nacional)[11]

 

 

 

San Ildefonso: las lecturas

 

En 1930 ingresé en la Escuela Nacional Preparatoria, en donde se cursaban, en aquella época, los dos últimos años de bachillerato. Muy pronto, con mis amigos de entonces, casi todos aprendices como yo, comencé a leer a los nuevos poetas de España y de América. En unos pocos meses saltamos de ios modernistas hispanoamericanos —Lugones, Herrera y Reissig, López Velarde— a la poesía moderna propiamente dicha: Huidobro y Guillén, Borges y Pellicer, Vallejo y García Lorca. Los poetas españoles me deslumbraron. Recuerdo mi sorpresa al leer Manual de espumas de Gerardo Diego, una sorpresa que la lectura de la Fábula de Equis y Zeda, un poco después, hizo más intensa y lúcida. Es difícil describir el estado de espíritu, a un tiempo exaltado y perplejo, con que leí Cántico, Romancero gitano, Seguro azar, Cal y canto, La destrucción o el amor…

 

“Rafael Alberti, visto y entrevisto” (3:374)

 

 

Tendría unos dieciséis años cuando leí las dos primeras series de los Episodios nacionales, en donde quizá se encuentran algunas de las mejores páginas de Pérez Galdós. Era una edición en octavo, de tapas doradas e ilustrada por varios artistas de la época; los diez volúmenes habían sido impresos, entre 1881 y 1885, en Madrid, por La Guirnalda. Aquella historia novelada y novelesca de la España moderna me pareció que era también la mía y la de mi país. Al llegar a la segunda serie me cautivó inmediatamente la figura de Salvador Monsalud. Fue mi héroe, mi prototipo. Mi identificación con el joven liberal me llevó a enfrentarme con su medio-hermano y adversario, el terrible Carlos Garrote, guerrillero carlista.

 

“La tradición liberal” (3:303)

 

 

Hacia 1931, en el bachillerato, con asombro y confusión, descubrí a los poetas modernos de América y España. También entonces empecé a leer con algún provecho a nuestros clásicos. Los poemas de este período fueron el comienzo de mi lento y sinuoso aprendizaje.

 

Preliminar a Miscelánea I (13:17)

 

 

Una de mis grandes alegrías estéticas fue, al mismo tiempo que descubría a los poetas de la generación del 27, fue descubrir los poemas arábigo-andaluces de Emilio García Gómez, un libro que me tocó mucho, que me influyó. […]. Yo descubrí la poesía moderna en los poetas españoles de la generación del 27, primero que nada en Jorge Guillén, en García Lorca, en Alberti.

 

A fondo” (Entrevista con Soler Serrano; minuto 43)

 

 

Mi descubrimiento de la poesía moderna de nuestra lengua comenzó cuando yo tenía unos dieciséis o diecisiete años. […]. Naturalmente la gran revelación de ese primer periodo de mi vida literaria fue la poesía de Pablo Neruda. Su primer gran libro –un libro que marcó a los que llegamos después– se llama Residencia en la tierra.

 

“Tiempos, lugares, encuentros” (15:239)

 

 

La poesía moderna de nuestra lengua nos unió en un culto y nos dividió en pequeñas cofradías. Unos juraban por Huidobro y otros por Neruda, unos por García Lorca y otros por Alberti. Yo pertenecía a la secta de Alberti y recitaba sin cesar poemas de El alba del alhelí y de Cal y canto.

 

“Rafael Alberti, visto y entrevisto” (3:374)

 

 

Cuando yo era joven mis ídolos eran poetas, no novelistas (a pesar de que admiraba a Proust y a Lawrence). Eliot era uno de mis ídolos, y otros eran Valéry y Apollinaire.

 

 “Tiempos, lugares, encuentros” (15:352)

 

La política no era nuestra única pasión. Tanto o más nos atraían la literatura, las artes y la filosofía. Para mí y para unos pocos entre mis amigos, la poesía se convirtió, ya que no en una religión pública, en un culto esotérico oscilante entre las catacumbas y el sótano de los conspiradores. Yo no encontraba oposición entre la poesía y la revolución: las dos eran facetas del mismo movimiento, dos alas de la misma pasión. Esta creencia me uniría más tarde a los surrealistas. Avidez plural: la vida y los libros, la calle y la celda, los bares y la soledad entre la multitud de los cines. Descubríamos a la ciudad, al sexo, al alcohol, a la amistad. Todos esos encuentros y descubrimientos se confundían inmediatamente con las imágenes y las teorías que brotaban de nuestras desordenadas lecturas y conversaciones. La mujer era una idea fija pero una idea que cambiaba continuamente de rostro y de identidad: a veces se llamaba Olivia y otras Constanza, aparecía al doblar una esquina o surgía de las páginas de una novela de Lawrence, era la Poesía, la Revolución o la vecina de asiento en un tranvía. Leíamos los catecismos marxistas de Bujarin y Plejánov para, al día siguiente, hundirnos en la lectura de las páginas eléctricas de La gaya ciencia o en la prosa elefantina de La decadencia de Occidente. La influencia de la filosofía alemana era tal en nuestra universidad que en el curso de lógica nuestro texto de base era el de Alexander Pfänder, un discípulo de Husserl. Al lado de la fenomenología, el psicoanálisis. En esos años comenzaron a traducirse las obras de Freud y las pocas librerías de la ciudad de México se vieron de pronto inundadas con el habitual diluvio de obras de divulgación. Un diluvio en el que muchos se ahogaron […].

Nuestra gran proveedora de teorías y nombres era la Revista de Occidente. otras revistas fueron miradores para explorar los vastos y confusos territorios, siempre en movimiento, de la literatura y el arte: Sur, Contemporáneos, Cruz y Raya. Leíamos con una mezcla de admiración y desconcierto a T. S. Eliot y a Saint-John Perse, a Kafka y a Faulkner. Pero ninguna de esas admiraciones empañaba nuestra fe en la Revolución de Octubre. Por esto, probablemente, uno de los autores que mayor fascinación ejerció sobre nosotros fue André Malraux, en cuyas novelas veíamos unida la modernidad estética al radicalismo político. Un sentimiento semejante nos inspiró La montaña mágica, la novela de Thomas Mann; muchas de nuestras discusiones eran ingenuas parodias de los diálogos entre el liberal idealista Settembrini y Naphta, el jesuita comunista.

 

“Primeros pasos” (9:18)

 

 

Dostoyevski es (o fue) un autor preferido por los jóvenes: todavía recuerdo las conversaciones interminables que sostenía, al finalizar el bachillerato, con algunos compañeros de clase, en caminatas que comenzaban al anochecer en San Ildefonso y terminaban, pasada la medianoche, en Santa María o en la Avenida de los Insurgentes, en busca del último tranvía. Iván y Dimitri Karamazov peleaban en cada uno de nosotros.

 

“El diablo y el ideólogo: Dostoievski” (2:386)

 

 

En 1930 yo tenía 17 años y era un fervoroso lector de poesía. En esos años un grupo de escritores mexicanos editaba una revista literaria, Contemporáneos. En el número correspondiente al mes de agosto de 1930 apareció un extenso y extraño poema que yo leí con asombro, desconcierto y fascinación: The Waste Land. Lo precedía un inteligente prólogo del traductor, un joven poeta mexicano que murió pocos años más tarde: Enrique Munguía. Nunca lo conocí y hoy repito su nombre con gratitud y con pena. No es difícil imaginar el azoro que me produjo esta primera lectura; azoro pero también curiosidad, seducción. Leí el poema una y otra vez.

 

“T.S. Eliot: mínima evocación” (2:290)

 

 

Tendría unos diecisiete años cuando tuve por primera vez noticias de Luis Buñuel. Era estudiante de la Escuela Nacional Preparatoria y acababa de descubrir, en las vitrinas de las librerías Porrúa y Robredo, vecinas de San Ildefonso, los libros y revistas de la nueva literatura. En una de esas publicaciones –La Gaceta Literaria, que publicaba Ernesto Giménez Caballero en Madrid— leí un artículo sobre Buñuel y Dalí, ilustrado con textos de ambos, reproducciones de pinturas de Dalí y fotos de sus dos películas: Un perro andaluz y La edad de oro. Las fotografías me conturbaron más profundamente que los cuadros del pintor catalán: en las imágenes cinematográficas la mezcla de realidad cotidiana y delirio era más eficaz y detonante que en el ilusionismo manierista de Dalí.

 

“Luis Buñuel” (3:230)

 

 

Desde muy joven sentí la presencia de las dos evidencias, la erótico-amorosa y la poético-religiosa: la atracción por la Otra y la atracción por lo Otro. Cuando era muchacho leí mucho a San Juan de la Cruz y me sentí poderosamente atraído por los misterios de la religión católica, sobre todo por la eucaristía y la comunión. Al mismo tiempo, me sentía lejos de la Iglesia y de la religión oficial. En la misma época leí a Novalis y, entre los autores modernos, a D. H. Lawrence. Estas lecturas me impresionaron mucho y me marcaron. En el amor el misterio central es la comunión: un contacto físico momentáneo nos abre las puertas de otra realidad inconmensurable e indecible.

 

“Poesía de circunstancias” (15:524)

 

 

 

Los maestros

 

Mi padre decía que él había descubierto al verdadero México al convivir, durante la Revolución, con los campesinos de Morelos, Guerrero y Puebla. Muchos antiguos zapatistas visitaban mi casa. Entre ellos, Antonio Díaz Soto y Gama, una figura quijotesca a la que quise y admiré mucho. Después fui alumno suyo en la cátedra de Historia de la Revolución Mexicana, que impartía en San Ildefonso.

 

“Reflexiones sobre el presente” (8:366)

 

 

Aquí en El Generalito […] uno de los sitios sagrados, pronunciaba sus discursos Antonio Diaz Soto y Gama, aquí daba clase, un lugar muy poco propicio para escuchar sus palabras generalmente incendiarias.

 

La experiencia poética [Primera parte]
(Conversaciones con Octavio Paz; minuto 7)

 

 

Tuvimos varios maestros muy empapados en la fenomenología, la filosofía moderna, grandes lectores de la Revista de Occidente. Entre ellos, en primer término, Samuel Ramos […] [También] a José Gorostiza, aunque estuvo poco tiempo, y a Julio Torri.

 

“Entrevista con Octavio Paz” (En Letras Libres)

 

 

Es notable la calidad de nuestros maestros de entonces: Samuel Ramos nos daba Introducción a la Filosofía [aunque] era un poco aburrido, pero enterado; al poco tiempo se hizo amigo nuestro. Torri, durante una temporada, nos dio Literatura Española: era un profesor interesante, pero tartamudo. El mejor Torri se nos reveló en su casa, la cual frecuentábamos: platicábamos mucho.

Las dos grandes figuras, los dos grandes maestros eran don Antonio Caso, que fue mi profesor de sociología, y Vicente Lombardo, que era también profesor […]. Había en Caso un orador y un actor. En mi época llevaba afeitada la frente, era un poco actor. A veces era, como decía Julio Torri, “mal actor de sus propias emociones”.

 

“Itinerarios de un poeta” (En El Nacional)

 

Antonio Caso era una mezcla de Sócrates con actor de carpa… También Vicente Lombardo Toledano fue mi maestro. Como Antonio Caso, de sociología. Lombardo era brillante. Buen orador. Excelente expositor. Pero le faltaba lo que a Antonio Caso le sobraba: interés por los alumnos…  Lombardo daba el curso. Y nosotros, los alumnos, éramos un pueblo sin voz. Un pueblo que aplaudía. En cambio, Antonio Caso, hablaba con nosotros.

 

“Era 1942… yo había roto con el marxismo” (En Excélsior) [12]

 

Escucho los pasos a lo largo del salón de clase de mi profesor de historia, Don Pedro Argüelles.

 

Dedicatoria de 1997. (Archivo ZP)

 

Al primero que traté [del grupo Contemporáneos] fue a Carlos Pellicer, que me dio clase de literatura hispanoamericana en 1931. A él le debo haber leído con devoción a Leopoldo Lugones y a otros poetas sudamericanos. Al terminar la clase, nos paseábamos por los corredores del Colegio y a veces lo visitábamos en su casa de las Lomas de Chapultepec.

 

“Contemporáneos. Primer encuentro” (4:69)

 

Era estudiante de bachillerato y una de mis lecturas favoritas era la revista Contemporáneos. Tenía dieciséis o diecisiete años y no siempre lograba comprender todo lo que aparecía en sus páginas. A mis amigos les ocurría lo mismo, aunque ni ellos ni yo lo confesábamos. Ante los textos de Valéry y Perse, Borges y Neruda, Cuesta y Villaurrutia, íbamos de la curiosidad al estupor, de la iluminación instantánea a la perplejidad. Aquellos misterios —muchas veces, hoy lo veo, baladíes—, lejos de desanimarme, me espoleaban. Una tarde, hojeando el número 33 (febrero de 1931), después de una traducción de “Los hombres huecos” de Eliot, descubrí unas reproducciones de tres fotos de Manuel Alvarez Bravo. Temas y objetos cotidianos: unas hojas, la cicatriz de un tronco, los pliegues de una cortina. Sentí una turbación extraña, seguida de esa alegría que acompaña a la comprensión, por más incompleta que ésta sea.

 

“Instante y revelación: Manuel Álvarez Bravo” (7:315)

 

En el bachillerato estudié, sin pena ni gloria, literatura española, hispanoamericana y mexicana. Entre mis maestros recuerdo con gratitud al poeta Carlos Pellicer. He olvidado lo que me dijo acerca de Díaz Mirón y de Lugones, no los relatos de sus viajes y excursiones en Florencia y en Chichén-Itzá, ante las cataratas del Iguazú y bajo la luna del Bósforo. A veces nos leía sus poemas con una voz de ultratumba que me sobrecogía. Fueron los primeros poemas modernos que oí. Subrayo que los oí como lo que eran realmente: poemas modernos, a pesar de la manera anticuada con que su autor los recitaba. Gracias a él, conocí a otros poetas de su generación, como Villaurrutia, Cuesta, Novo y, más tarde, a José Gorostiza. Ellos me abrieron los ojos y me descubrieron la poesía moderna. La biblioteca de mi abuelo terminaba a principios del siglo veinte, de modo que hasta mi ingreso en la Nacional Preparatoria me enteré de que se habían publicado libros después de 1910. Proust fue una revelación para mí. Yo creía que, después de Zola, no se habían escrito novelas.

 

“Tránsito y permanencia” (4:17)

 

Leí El amante de lady Chatterley hacia 1934 y me causó una impresión profunda, como las otras novelas, poemas, ensayos y libros de viaje de Lawrence. Leí sus obras con entusiasmo o, más exactamente, con esa pasión ávida y encarnizada que sólo se tiene en la juventud.

 

“La religión solar de D.H. Lawrence” (10:100)

 

Quevedo no es un autor sino muchos; el Quevedo que yo leía en esos años y al que trataba vanamente de imitar era el poeta cristiano y estoico de los poemas al paso del tiempo, al pecado y a la muerte. También frecuentaba, claro, al poeta erótico y al satírico, al autor de las jácaras y los entremeses de rufianes y putas, pero esas lecturas no se reflejaban en lo que entonces escribía.

 

“Quevedo, Heráclito y algunos sonetos” (3:125)

 

 

Entre Jurisprudencia y Mascarones

 

Al año siguiente (1932) ingresé en la Facultad de Derecho por imposición familiar y asistí, por decisión propia en Filosofía y Letras, como “oyente”.

 

Una aclaración y un recuerdo
(Carta a Julio Scherer, 22 de marzo de 1995)

 

 

Ya en el segundo año de leyes me encontró otro [sueño juvenil]: más amargo, más seguro, más analítico. Entonces dejé de hacer versos; cuando, por casualidad, escribía, lo hacía como una confesión, obedeciendo a la pasión del conocimiento y de la expresión de mi realidad personal.

 

Carta a Elena Garro (11 de septiembre de 1935)

 

 

Un poco más lejos estaba otro edificio memorable: Mascarones. Este antiguo palacio hospedó durante unos años a la Facultad de Filosofía y Letras, a la que yo (…) concurría a veces para oír a los maestros españoles y conversar con José Luis Martínez, recién llegado de Guadalajara.

 

“Repaso en forma de preámbulo” (6:31)

 

 

En mi juventud me apasionó lo que llamábamos, influidos por Ortega y Gasset, la “reforma universitaria”.

 

 Carta a Ignacio Chávez (2 de mayo de 1966)[13]

 

[La vida universitaria era más fácil]. Éramos apenas 40 alumnos. Todos nos conocíamos. Y los maestros también. Entonces la Universidad Nacional era más humana…

 

“Era 1942… yo había roto con el marxismo” (En Excélsior)

 

En 1933 hubo grandes disturbios universitarios. Yo participé en ellos, como todos mis amigos.

 

“Primera conferencia. Martes, 4 de marzo de 1975”, (Itinerario Poético: 29)[14]

 

La política universitaria devoró a mis amigos, entre otras cosas, y finalmente yo me aparté. Dentro de cada generación hay muchas tendencias, distintos grupos y personalidades, choques.

 

Editor de revistas” (Entrevista en Letras Libres)[15]

 

[En esos años] la izquierda empieza a tener una enorme influencia en el campo de la educación pública. No en la universidad, donde ocurre lo contrario. La universidad entonces sigue siendo el campo cerrado de la especulación pura y también del pensamiento más bien conservador.

 

“Primeras letras” (Diálogos:19)

 

La polémica entre [Antonio] Caso y [Vicente] Lombardo nos apasionó a todos, la seguimos con mucho interés. Caso, aunque yo tenía mis dudas, después de todo, tenía razón.

 

“Itinerarios de un poeta” (En El Nacional)

 

Yo había estudiado literatura en la Facultad de Filosofía y Letras de la universidad. Toda mi familia era de abogados, aunque ninguno ejerció Derecho y todos eran escritores. Estudié Derecho porque mi familia lo quería. Pero cuando terminé no quise recibirme. Me pareció todo aquello horrible.

 

“Primeras letras” (Diálogos:23)

 

Aunque terminé mi educación universitaria, me rehusé a presentar la tesis final. Me negué a convertirme en abogado. Mi familia, como todas las familias mexicanas de la clase media de entonces, quería que su hijo fuese médico o abogado. Yo sólo quería ser un poeta y, aunque parezca extraño, un revolucionario. No veía oposición entre la poesía y la revolución.

 

“Tiempos, lugares, encuentros” (15:329)

 

 

La escritura, las revistas

 

Al llegar a la adolescencia, la fascinación ante el lenguaje se convirtió en tentación: quise escribir poemas en los que cada palabra y cada sílaba tuviesen un color y una resonancia capaces de recrear estados anímicos —emociones, sentimientos, sensaciones, ensoñaciones— que de otra manera eran inexpresables. Escribir poesía fue un rito secreto, ejercido a espaldas de los adultos o en su contra. Ingenua temeridad: mis versos no eran sino líneas inánimes y era desoladora la distancia entre ellas y la emoción que experimentaba al escribirlas. El rito, colindante con el sacramento y la blasfemia (la poesía me parecía una actividad fuera de la ley) se resolvía invariablemente en lugares comunes. Naturalmente yo apenas si me daba cuenta de esos repetidos fracasos. […]

Fui un lector desordenado y ávido; devoraba novelas y libros de historia; en cambio, leía lentamente los libros de poesía, releyendo los poemas que me impresionaban: quería aprender. Mis lecturas me revelaron que ignoraba los rudimentos del arte poético. Para remediar esta falla quizá debería haber acudido a mis maestros de literatura, ya que para entonces cursaba los primeros años del bachillerato […].

Más tarde escribí otros cuentos, con mayores pretensiones literarias y con temas urbanos que me parecían insólitos, como las confidencias de una esquina a un farol. También pequeños textos: algunos eran monólogos líricos y otros descaradamente sexuales. No fueron muchos y todos se han perdido. Ninguno de ellos valía gran cosa pero revelaban cierta afición por las ficciones literarias.

 

Preliminar a Miscelánea I (13:17)

 

—¿Usted publicaba en otras revistas, en periódicos? ¿No apareció, por cierto, […] en 1931, en las páginas de El Nacional, un poema llamado “Cabellera”? Entonces firmaba como Octavio Paz Lozano.

—Sí, lo publiqué ahí gracias a Luis Cardoza y Aragón, que era redactor del suplemento (“Cabellera de oleaje marino. / Cabellera —salobre cabellera— / de fragancias salinas / y sabores verdosos y amargos. / Cabellera revuelta, impregnada del viento / que resbala por los senderos líquidos, / mientras conduce sus enormes manadas de nubes…”). Don Rafael López quería entonces publicarme un libro de poemas.

 

“Itinerarios de un poeta” (En El Nacional)

 

 

Muy joven comencé a colaborar en revistas literarias. Varias de ellas fueron fundadas por mí y otros pocos amigos. La primera fue Barandal; apareció en 1931 y yo tenía diecisiete años; ahí publiqué mi primer artículo sobre temas poéticos.

 

“El llamado y el aprendizaje” (13:19)

 

 

Por esos años un grupo de jóvenes aprendices y poseídos por ideas radicales publicamos dos revistas, Barandal y Cuadernos del Valle de México. En 1931 apareció Barandal. La hacíamos cuatro amigos: Rafael López Malo, Salvador Toscano, Arnulfo Martínez Lavalle y yo. Duró siete números. En ella también colaboraron José Alvarado, Enrique Ramírez y Ramírez, Raúl Vega Córdova, Manuel Rivera Silva y otros muchachos de nuestra edad o un poco mayores que nosotros, como Manuel Moreno Sánchez. No asistíamos a los mismos cursos, pero, gracias a Rafael Solana y a Carmen Toscano, conocí a Efraín Huerta. Fuimos amigos y nunca dejamos de serlo. Se nos ocurrió publicar, en cada número, como un suplemento aparte, poemas y textos de escritores que admirábamos: Carlos Pellicer, Xavier Villaurrutia, Salvador Novo. Los invitamos y todos ellos aceptaron.

 

 “Contemporáneos. Primer encuentro” (4:69)

 

 

Dos de mis amigos tenían padres poetas. Uno era López Malo. Su padre se llamaba Rafael López y era un viejo poeta sobreviviente del modernismo y gran amigo de López Velarde, un elegante de la Belle époque que debió haber sido un hombre de vida muy tormentosa, autor de un poema titulado “La bestia de oro”. Era amigo de Juan de Dios Bojórquez, un personaje muy importante en aquella época, político y colaborador de la revista Crisol, que pertenecía al Bloque de Obreros Intelectuales. Entre los miembros del BOI estaba Miguel Martínez Rendón, padre de Arnulfo Martínez Lavalle, otro de los editores de la revista. Martínez Rendón, un poeta distinguido en ese momento que después se perdió, se empeñó en hacer el primer número.

El primer número [de Barandal] provocó un gran escándalo en la preparatoria, por su tono beligerante. Sobre Antonio Caso publicamos un comentario a manera de burla sobre su libro de poemas Crisopeya. También publicamos algo sobre López Velarde y “El son del corazón”. Hicimos comentarios irónicos a la idea de José Vasconcelos sobre la universalidad de la educación.

Uno de los textos que aparece en el suplemento del número cuatro de Barandal es un fragmento de la novela Lota de loco de Salvador Novo, que nunca terminó. Villaurrutia publicó “Dos nocturnos” en el número seis. En el último número de Contemporáneos se dice que finalmente ha surgido una nueva generación literaria, que es la generación agrupada en Barandal. De modo que el bautizo literario de Barandal coincidió con el acta de defunción de ContemporáneosBarandal fue una revista de experimentación, entusiasmo, irreverencia y un poco de placer.

 

Editor de revistas” (Entrevista en Letras Libres)

 

[Barandal] murió porque cambiamos de escuela, entramos a la Facultad de Derecho. Nos seguíamos viendo, principalmente en casa de Salvador Toscano. Murió porque hubo una suerte de desinterés, nos parecía que la aventura estaba terminada, no estábamos muy de acuerdo en algunas cosas esenciales y la revista desapareció.

 

“Las revelaciones del cuerpo II” (En El Nacional) [16]

 

 

En 1933 un entusiasta y generoso poeta-editor, Miguel N. Lira, que publicaba una colección de poesía, Fábula, imprimió en un folleto siete breves poemas míos: Luna silvestre. La edición fue de 30 ejemplares. Una confesión: veo a mis primeras tentativas con una sonrisa a un tiempo indulgente y resignada pero, en el caso de Luna silvestre, la sonrisa se cambia en gesto de impaciencia y reprobación. Hay pecados que no tienen remisión y Luna silvestre es uno de ellos.

 

Preliminar a Primera instancia. Poesía (1930-1943) (13:17)

 

 

En 1933 publiqué Luna silvestreun pequeño folleto de juventud. Escribía poemas que tenían que ver con una adolescencia dramática, desdichada. Pienso en “Nocturno”, ”Otoño” e “Insomnio”, escritos en momentos difíciles por un joven de 19 años. Pronto descubrí que la defensa de la poesía era inseparable de la defensa de la libertad. De ahí mi interés apasionado por los asuntos políticos y sociales. Yo no encontraba oposición entre la poesía y la revolución: las dos eran facetas del mismo movimiento, dos alas de la misma pasión.

 

“Genealogía de un libro: Libertad bajo palabra(15:106)

 

 

En Cuadernos del Valle de México aparecieron algunos poemas de Alberti, uno de nuestros poetas favoritos y cuya reciente adhesión al comunismo nos había entusiasmado.

 

“Rafael Alberti, visto y entrevisto” (3:378)

 

 

Cuadernos del Valle de México publicó la primera traducción de un fragmento del Ulises de Joyce. La aportación más valiosa fue la de Rafael Alberti que publicó dos poemas: “Un fantasma recorre Europa” y “Al volver y empezar”. En el primer número aparece un poema mío, “Desde el principio”, un poco místico, pero en el que se alcanzan a advertir ecos de esa poesía que yo pensaba que era metafísica, sobre los ángeles y ese tipo de cosas.

 

Editor de revistas” (Entrevista en Letras Libres)

 

 

En 1934, ya en la Facultad, supimos que Rafael Alberti visitaría México, acompañado de su mujer, la escritora María Teresa León. Viajaban por América en gira de propaganda en favor, si mi recuerdo es exacto, del Socorro Rojo Internacional. Alberti acababa de ingresar en el Partido Comunista Español y su gesto nos había conmovido y, también, desconcertado […]. Rafael y María Teresa llegaron a México a fines de 1934 o a principios de 1935. Era una pareja atrayente, vistosa. Los dos eran jóvenes y bien parecidos: ella rubia y un poco opulenta, vestida de rojo llameante y azul subido; él con aire deportivo, chaqueta de tweed, camisa celeste y corbata amarillo canario. Insolencia, desparpajo, alegría, magnetismo y el fulgor sulfúreo del radicalismo político. Los rodeamos con entusiasmo. Los Alberti pasaron varios meses en México y durante esa temporada los visité con cierta frecuencia. Vivían en un pequeño apartamento de un edificio moderno en Tacubaya, hoy en ruinas. Rafael tenía 33 años y yo 21. Él era un poeta célebre y yo un desconocido; sin embargo, nunca adoptó el tono del maestro sino el del amigo de mayor experiencia y saber. […]

Una tarde, paseando por el centro de la ciudad, nos detuvimos frente a una librería: en una vitrina estaba expuesto el volumen de la Poesía de Quevedo, que en esos años había publicado Astrana Marín en la editorial Aguilar. Entramos y Alberti compró el libro. Creo que durante esa temporada mexicana leyó a Quevedo con pasión, como puede comprobarlo cualquiera que recuerde los sonetos de la elegía a Sánchez Mejías (Verte y no verte, México, 1935). Al salir de la librería caminamos un largo trecho hablando de Quevedo hasta que, cansados, entramos en un café. Alberti me leyó algunos de los sonetos a Lisi. Me atreví a interrumpirlo y le dije uno que sabía de memoria: “En breve cárcel traigo aprisionado, / con toda su familia de oro ardiente…”. Me miró primero con sorpresa y, después, con simpatía, sonriendo con aprobación. Comprendí instantáneamente que no era la ideología lo que podía unirnos sino la comunidad de la lengua y el amor a nuestros poetas. […]

En una ocasión nos reunimos con él en un bar. Cada uno de nosotros leyó uno o dos poemas. Alberti escuchaba con cortesía aunque, hay que confesarlo, sus comentarios eran parcos y poco entusiastas. Cuando llegó mi turno vacilé: mis poemas no eran sociales ni combativos, como los de los otros, sino más bien íntimos. Sentí un poco de vergüenza: de pronto me pareció que leer aquellos textos era como incurrir en una confesión no pedida. Alberti reparó en mi turbación. Al salir me llamó aparte y me dijo: “En lo que escribes hay una búsqueda de lenguaje y por eso tus poemas, en el fondo, son más revolucionarios que los de ellos. Tú te propones explorar un territorio desconocido –tu propia intimidad– y no pasearte por parajes públicos en donde no hay nada que descubrir.” No he olvidado nunca sus palabras. ¿Las recordará Alberti?

 

“Rafael Alberti, visto y entrevisto” (3:375)

 

 

En 1934 experimenté un doble cambio. Comencé a escribir poemas de exaltado erotismo y, simultánea pero no contradictoriamente, poemas de introspección y desasimiento. Agrupé los primeros en un pequeño libro: Raíz del hombre. Creo que fue mi nacimiento poético.

 

Preliminar a Primera instancia. Poesía (1930-1943) (13:28)

 

 

 

Verde el árbol de la vida…

 

Premios inesperados: el pasado se hace presente, presencia impalpable pero real. Entre el temblor de las ramas y el rumor de las sílabas, alguien me mira —el que fui antes, hace mucho, el muchacho aquel que repetía embelesado por los patios de la Escuela Nacional Preparatoria la frase recién leída: gris es la teoría, verde el árbol...

 

“El árbol de la vida” (2:413)

 

NOTAS

[1] Santí, Enrico Mario, “Entrevista a Octavio Paz”, Letras Libres, 31 de enero de 2005.

[2] Supongo que se refiere a su primo Guillermo Haro y Paz. (G.S.)

[3] Cristina Pacheco, “El arte de conversar”,  Al pie de la letra, México, F.C.E., 2011, p. 327.

[4] Bermúdez, Sari, “Octavio Paz”, Voces que cuentan, México, Plaza y Janés, 2002.

[5] Paz, Octavio, Diálogos con Enrico Mario Santí, España, Editorial Confluencias, 2014.

[6] Paz, Octavio, Ramón Xirau y Héctor Tajonar, “La experiencia poética [Primera parte]”, Conversaciones con Octavio Paz, 1984.

[7]  “El burrito” de Tablada (entre los jaikais de El jarro de flores, de 1922) dice:

Mientras lo cargan
sueña el burrito amosquilado
en paraísos de esmeralda.

La memoria de Paz optó por deshacer la metáfora (aunque preservó la rima). (G.S.)

[8] “Una grandeza caída”, Artes de México, nueva época, núm 1, otoño 1988.

[9] Ignacio Retes (“Respuesta a Octavio Paz”, Proceso, 3 de abril de 1995) afirma: “no viene al caso discutir si Octavio Paz concurrió o no a esa excursión. Lo importante es precisar que en las vacaciones de semana santa de 1931 Manuel Sánchez H. andaba por la sierra de Puebla, no en Tixtla”. (A.G.A.)

[10] “Una aclaración y un recuerdo”, Proceso, 27 de marzo de 1995.

[11] García Ramírez, Fernando y Juan José Reyes, “Itinerarios de un poeta”, El Nacional, 29 de noviembre de 1990, pp. 13-14.

[12] Reyes Razo, Miguel, “Era 1942… yo había roto con el marxismo”, Excélsior, 7 de diciembre de 1990, pp. 1 y 41.

[13] Ignacio Chávez, Epistolario selecto (1929-1979), México, El Colegio Nacional, 1997, p. 297.

[14] Paz, Octavio, “Primera conferencia. Martes, 4 de marzo de 1975”, Itinerario poético, España, Atlanta, 2014.

[15] Ylizaliturri, Diana, “Editor de revistas”, Letras Libres, 31 de julio de 1999.

[16] García Ramírez, Fernando y Juan José Reyes, “Las revelaciones del cuerpo II”, El Nacional, 30 de noviembre de 1990, pp. 13-17.