1924-1934

 

Se recogen los testimonios escritos y hablados de Paz sobre la segunda década de su vida, de su paso por la escuela secundaria al ingreso a la Facultad de Derecho. (La primera década, de 1914 a 1924, puede leerse aquí).

 

Se emplean negritas para los nombres propios relevantes así como para el año al que, según Paz, se refieren los fragmentos. Al pie de cada entrada se anota el nombre del texto del que proviene y, como siempre en esta Zona Paz, se indica su ubicación (volumen y página) en las Obras completas publicadas por el Fondo de Cultura Económica, a saber:

 

  1. La casa de la presencia Poesía e historia
  2. Excursiones / Incursiones. Dominio extranjero
  3. Fundación y disidencia. Dominio hispánico
  4. Generaciones y semblanzas. Dominio mexicano
  5. Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe
  6. Los privilegios de la vista I. Arte moderno universal
  7. Los privilegios de la vista II. Arte de México
  8. El peregrino en su patria. Historia y política de México
  9. Ideas y costumbres I. La letra y el cetro
  10. Ideas y costumbres II. Usos y símbolos
  11. Obra poética I (1935-1970)
  12. Obra poética II (1969-1998)
  13. Miscelánea 1. Primeros escritos
  14. Miscelánea II
  15. Miscelánea III. Entrevistas

 

El muchacho que camina por este poema,
entre San Ildefonso y el Zócalo,
es el hombre que lo escribe:
………..esta página
también es una caminata nocturna.
………..Aquí encarnan
los espectros amigos,
………..las ideas se disipan…

(Fragmento de Nocturno de San Idelfonso)

 

 

Los años en la secundaria

 

 

La Escuela Secundaria Número Tres se encontraba en las calles de Marsella, en la colonia Juárez. En aquella época ese barrio todavía conservaba su fisonomía afrancesada de principios de siglo: pequeños “hoteles particulares” con torrecillas y “mansardas”, altas verjas de hierro y jardinillos geométricos. El colegio era una vieja casa que parecía salida de una novela de Henry James. El gobierno la había comprado hacía poco y, sin adaptarla, la había convertido en escuela pública. Los salones eran pequeños, las escaleras estrechas y nosotros nos amontonábamos en los pasillos y en una cour –en realidad: la antigua cochera– en la que habían instalado tableros y cestas de basket-ball…

 

“Nota a ‘Elegía a un compañero muerto en el frente de Aragón’” (11:526)

 

 

 

Mi padre insistió mucho en que los colegios privados me aislaban de la realidad mexicana. Entonces entré a escuelas del gobierno que, además, en aquella época, estaban muy influidas por las teorías de la educación norteamericana, las teorías de John Dewey, el filósofo pragmatista. Me acuerdo de que lo primero que hicieron cuando entré a la escuela fue un examen mental. Las preguntas que me hicieron eran tan disparatadas que ni yo ni mis amigos pudimos contestar, por ejemplo: “¿qué se compra en las carnicerías?”. Me pareció una broma y contesté: “naturalmente, pan”. Por nada y no me admiten.

 

A fondo” (minuto 22).

 

 

 

Las escuelas secundarias eran de reciente creación. Fueron instituidas, hacia 1926, para substituir al antiguo bachillerato a la francesa. En un esfuerzo por modernizar la educación pública, el gobierno había iniciado una serie de reformas inspiradas en el modelo norteamericano. Yo venía de una escuela católica y los nuevos métodos me desconcertaron. El director de mi escuela era un alma simple y buena. Adorador de la ciencia, se le ocurrió llamar con el nombre de científicos ilustres a cada uno de los grupos en que nos habían dividido. Así pasé de la cofradía de los santos y las vírgenes a la academia de los inmortales. En el primer año estuve en el grupo Arquímedes, en el segundo en el Newton y en el tercero en el Lavoisier. Nuestro director amaba la naturaleza. Guiados por él, durante tres años visitamos muchos lugares del valle de México. En las pausas de nuestras caminatas, antes de comer y descansar, nos reunía a su alrededor y, trepado en una piedra, sacaba un papel y nos leía un poema. Los temas de su inspiración eran los de la ciencia: los misterios del triángulo y la esfera, los prodigios de la tabla de elementos químicos. No sospechó nunca que esas excursiones me hicieron descubrir otro prodigio: la increíble riqueza del arte religioso de México. He olvidado la oda al paralelepípedo y los tercetos a los electrones, no la esbeltez de un campanario blanco y las cúpulas azules y rosadas de un convento. […]

 

Como la mayoría de los mexicanos, frecuenté en mi niñez y en mi adolescencia las iglesias y participé en los ritos y misterios de la religión católica. En mi pueblo había un convento dominicano del siglo XVI y muchas iglesias y capillas, dos del XVII. Una de ellas era la iglesia de mi barrio. Yo no la veía como un monumento sino como lo que era y es todavía: un lugar a un tiempo íntimo y público, al que concurrimos para hablar con la divinidad, con los otros fieles y con nosotros mismos.

 

“Imágenes de la fe” (6:315)

 

 

 

Leíamos mucho, mi primo y yo[1], libros españoles, libros hispanoamericanos también, por ejemplo a Darío, a Nervo, a Bécquer, y luego a todos los novelistas españoles del siglo XIX, agulos de ellos realmente abominables, como Pereda, y finalmente, claro, a los clásicos: a Cervantes, y también el teatro. Yo descubrí el teatro en Lope de Vega y en Calderón, y también descubrí la versificación, cómo hacer versos, en Lope y en Calderón. Me interesaba más en aquella época más el teatro que la poesía lírica, que fue un descubrimiento un poco posterior, naturalmente. Y claro, también estábamos llenos de novelas francesas. Y de pornografía francesa y latina, porque mi abuelo tenía, como liberal, esta vertiente erotizante, digamos.

 

A fondo”  (min. 19)

 

 

 

Los primeros libros que leí, apenas si necesito decirlo, fueron libros escritos en español. Sin pensar jamás en la nacionalidad del autor, leí a Galdós y a Darío, al arcipreste de Hita y a César Vallejo, a Gómez de la Serna y a José Vasconcelos.

 

“Unidad, modernidad, tradición” (3:15)

 

 

 

 

Lecturas, escritura, pupitres, camaradas…

 

 

Comencé a escribir temprano. No guardo los poemas escritos antes de cumplir los diecisiete años; algunos los destruyó mi mano; los más, la del tiempo. No lo siento: eran balbuceos, torpes imitaciones de la poesía romántica y de los modernistas hispanoamericanos. Pero no todo fue pérdida. Versificar es natural, espontáneo; también es un oficio y una práctica. En esos años descubrí, entre los libros de mi casa, un ejemplar de la Retórica y poética (1871) del olvidado sevillano Narciso Campillo. Todavía lo tengo conmigo. En sus páginas aprendí los rudimentos del arte.

 

“Preliminar” a Miscelánea I. Primeros escritos (13: 27)

 

 

 

Cuando era muy joven leía a Voltaire. Quizá por eso perdí la fe religiosa. También leía novelas más o menos libertinas.

 

 “Tiempos, lugares, encuentros”, entrevista (15:328)

 

 

 

Yo tenía quince años [en 1929], terminaba mis estudios de iniciación universitaria y había participado en una huelga de estudiantes que paralizó la Universidad Nacional y conmovió al país. […]

 

Siempre tuve miedo a la palabra hablada. Cuando yo era adolescente estaban de moda los concursos de oratoria, algo pavoroso en lo que fracasé terriblemente. Mi experiencia no fue amplia pero la recuerdo: cuando estaba en la Secundaria 3 participé en uno de esos concursos. Al pronunciar mi discurso olvidé una palabra y todo se fue al diablo.

 

 “Al pie de la letra”, entrevista de 1984

 

 

 

Cuando yo tenía 15 años desperté políticamente. Yo asistía a la clase de álgebra y mi compañero de banco, que era un chico mucho mayor que yo, se llamaba José Bosch, era de origen catalán, yo tenía 15 años y él 17, y un día me deslizó debajo del pupitre un folleto, y cuando tomé el tranvía abrí el folleto y era una publicación de la Federación Anarquista Ibérica, la FAI, un texto de Kropotkin. […] Uno de mis primeros contactos con los problemas reales de la historia mundial en el siglo XX fueron a través de este amigo, José Bosch, que me abrió a la realidad a través de una ventana por la cual aún siento una gran simpatía, el pensamiento anarquista.

 

A fondo”  (min. 20)

 

 

 

En 1929, en la secundaria, mi compañero de pupitre era un muchacho tres años mayor que yo, José Bosch. Su edad, su aplomo y su acento catalán provocaban entre nosotros una reacción ligeramente defensiva, mezcla de asombro y de irritación. A él le debo mis primeras lecturas de autores libertarlos. Yo le prestaba libros de literatura –novelas, poesía– y unas cuantas obras de autores socialistas que habla encontrado entre los libros de mi padre. Unos meses después intentamos sublevar a nuestros compañeros y los incitamos a que se declarasen en huelga. El director llamó a la fuerza pública, cerraron la escuela por dos días y a nosotros nos llevaron a los separos de la Inspección de Policía. Pasamos dos noches en una celda. Una mañana nos liberaron y un alto funcionario de la Secretaría de Educación Pública nos citó en su despacho y nos recibió con un regaño elocuente; nos amenazó con la expulsión de todos los colegios de la República e insinuó que la suerte de Bosch podía ser peor, ya que era extranjero. Después varió de tono y nos dijo que comprendía nuestra rebelión: él también había sido joven. Acabó ofreciéndonos un viaje a Europa y unas becas… si cambiábamos de actitud. Bosch pasó de la palidez al rubor y del rubor a la ira violenta. Se levantó y le contestó; no recuerdo sus palabras, sí sus gestos y ademanes de molino de viento enloquecido. El funcionario nos echó a la calle. […]

 

Aquellos días eran los de la campaña electoral de Vasconcelos, candidato a la presidencia. Yo participé en la gran huelga estudiantil de 1929 pero no en el movimiento vasconcelista, aunque grité “¡Viva Vasconcelos!”. Él había encendido a los jóvenes. Bosch se convirtió en el centro de nuestro grupo. Fue nuestra conciencia. Nos enseñó a desconfiar de la autoridad y del poder; nos hizo ver que la libertad es el eje de la justicia. Su influencia fue perdurable: ahí comenzó la repugnancia que todavía siento por los jefes, las burocracias y las ideologías autoritarias.

 

“Nota a ‘Elegía a un compañero muerto en el frente de Aragón’” (11:526)

 

 

 

—Estuve tres años en la secundaria; al final, en 1929, mi estancia coincidió con una gran huelga estudiantil que conmovió al país. Al mismo tiempo, la juventud ardía en esperanzas más o menos democráticas, más o menos revolucionarias. La figura de Vasconcelos era adorada en esos momentos.

—¿Usted participó?

 —Sí, claro que sí. Incluso me expulsaron de todas las escuelas secundarias. Después nos volvieron a admitir, porque la huelga triunfó parcialmente.

 

“Octavio Paz” en entrevista[2] (p. 252)

 

 

 

 

En la Escuela Nacional Preparatoria de San Ildefonso

 

 

En 1929 comenzó un México que ahora se acaba. La Revolución se había transformado en institución. Al año siguiente ingresé a la Escuela Nacional Preparatoria. Era espaciosa y sus columnas, arcos y corredores, tenían nobleza. Otra atracción de San Ildefonso: las pinturas murales de Orozco, Rivera, Siqueiros, Jean Charlot y otros. El primer mural que pintó Rivera estaba en mi escuela.

 

“Tiempos, lugares, encuentros”, entrevista. (15:328)

 

 

 

Ver es un privilegio y el privilegio mayor es ver cosas nunca vistas: obras de arte. Desde muy joven sentí invencible atracción por las artes plásticas y muy pronto empecé a escribir sobre ellas, nunca como un crítico profesional sino como un simple aficionado.

 

“Aviso” a Los privilegios de la vista I. Arte moderno universal (6:13)

 

 

 

Los tranvías eran enormes, cómodos y amarillos. Los de segunda clase olían a verduras y frutas. Tardaban cincuenta minutos de Mixcoac al Zócalo. Mientras fui estudiante –más de diez años– viajé en esos tranvías cuatro veces al día: en ellos preparé mis clases y leí novelas, poemas, tratados de filosofía y folletos políticos.

 

“Evocación de Mixcoac” (14:342)

 

 

 

Sólo hasta 1930, cuando ya tenía dieciséis años, el país conoció la calma.

 

“Soy otro, soy muchos” (15:358)

 

 

 

Ingresé en el Colegio de San Ildefonso, antiguo seminario jesuita convertido por los gobiernos republicanos en Escuela Nacional Preparatoria, puerta de entrada a la facultad. Allí encontré a José Bosch, uno de mis compañeros en las agitaciones del movimiento estudiantil del año anterior Era catalán y un poco mayor que yo. A él le debo mis primeras lecturas de autores libertarios (su padre había militado en la Federación Anarquista Ibérica). Pronto encontramos amigos con inquietudes semejantes a las nuestras. En San Ildefonso no cambié de piel ni de alma: esos años fueron no un cambio sino el comienzo de algo que todavía no termina, una búsqueda circular y que ha sido un perpetuo recomienzo: encontrar la razón de esas continuas agitaciones que llamamos historia. Años de iniciación y de aprendizaje, primeros pasos en el mundo, primeros extravíos, tentativas por entrar en mí y hablar con ese desconocido que soy y seré siempre para mí.

 

“Primeros pasos” (9:18)

 

 

 

 

San Ildefonso: caminatas

 

 

Durante esos dos años y los cinco siguientes, pasados en facultades universitarias, me familiaricé con el barrio que hoy llaman “el centro histórico de la ciudad”: palacios, iglesias, edificios públicos, conventos, mercados. […]

 

En la antigua Casa de la Moneda —patio de arena roja, palmeras y grandes macetas con plantas verdes— habían instalado las antigüedades mexicanas. Allí pude ver por primera vez, con horror y pasmo, la escultura precolombina. La admiré sin entenderla: no sabía que cada una de esas piedras era un prodigioso racimo de símbolos. Poco a poco entreví sus enigmas. Entre mis compañeros había un joven interesado en nuestro pasado artístico: Salvador Toscano. Con él y otros recorrí, los domingos y días de asueto, el valle de México y distintos lugares de Puebla y Morelos: pirámides, conventos, iglesias, capillas abiertas. […]

 

Mi relación con el arte moderno de México fue íntima y diaria. Todos los días, mientras estudié en San Ildefonso, veía los murales de Orozco. Al principio con extrañeza e incredulidad, después con más y más comprensión y entusiasmo. […]

 

Mis vagabundeos me llevaron a recorrer no sólo el México del Palacio Nacional, la catedral, Santo Domingo y sus alrededores sino otros barrios alejados del centro y de la zona del sur, que hasta entonces había sido mi patria chica: Tacubaya, Mixcoac, San Ángel, Tizapán, Coyoacán, Tlalpan. A veces me aventuraba por el norte, que en aquellos años terminaba pronto en la desolación de salitre y arenales que había dejado la desecación de los lagos. Uno de mis paseos favoritos rehacía el itinerario de los derrotados españoles en su huida durante la Noche Triste. Al anochecer, con algún amigo, dejaba San Ildefonso y discurría por la calle de Tacuba, llena de ecos y presencias del antiguo México, el precortesiano y el de Nueva España. […]

 

Nos demorábamos en las librerías de viejo de la avenida Hidalgo, entre las dieciochescas espesuras de la Alameda Central y la pequeña y más bien melancólica plaza de San Juan de Dios: a sus costados, frente a frente, dos iglesias hundidas a medias como pesados barcos encallados. Una de ellas está consagrada a San Antonio, patrón de distintas clases de mujeres: las casaderas, las abandonadas y las de vida airada. Seguíamos y, al llegar al jardín y panteón de San Fernando, hacíamos un alto para conversar y descansar. Las altas verjas, las estatuas y la pompa republicana bajo la arboleda sombría me hacían pensar, más que en la gesta de los liberales, en un poema de Gutiérrez Nájera:

 

¿No ves cual prende la flexible hiedra
entre las grietas del altar sombrío?
Pues como enlaza la marmórea piedra
quiero enlazar tu corazón, bien mío.

 

Proseguíamos y, casi sin darnos cuenta, llegábamos al puente de Alvarado, lugar famoso en donde Tonatiuh, el conquistador rubio, salvó la vida al apoyarse en su lanza, como el atleta en su garrocha, para saltar de un borde al otro del canal cenagoso. […]

 

En Mascarones, en el primer patio habían trazado un diminuto jardín que me encantaba por la perfección de sus proporciones y por la serenidad casi espiritual que lo envolvía. Todavía, si cierro los ojos respiro el aire fresco, oigo las voces y las risas de los muchachos y muchachas conversando acodados en los barandales […]

 

Más allá de Mascarones comenzaban otros mundos. Los recorría con los amigos que vivían en esos barrios. Uno era San Rafael, todavía rico en suntuosos vestigios porfirianos, aunque ya dañados irreparablemente por la incuria; el otro, la secreta Santa María. Con su alameda provinciana, su extraño museo y su parroquia, Santa María es un pueblo más que un barrio. Al recorrer sus calles solitarias, invariablemente recordaba a López Velarde. Allá vivían, entre otros notables, el novelista Mariano Azuela, el poeta modernista Rafael López y Carlos González Peña, al que debemos la única historia moderna de nuestra literatura. Esos interminables paseos eran propicios al intercambio de ideas y confidencias, a las controversias y a las repentinas y efímeras iluminaciones. La conversación es el gran don que ofrecen las relaciones entre los hombres, cuando se olvidan de Etéocles y de Polinices, de Abel y de Caín. La amistad: el fervor compartido ante un poema, una novela, una admiración, una idea, una indignación. Al filo de la media noche, yo dejaba a mis amigos y, con la cabeza en llamas, cruzaba las calles desiertas para alcanzar, más allá del Paseo de la Reforma, entre Chapultepec e Insurgentes, el último tranvía rumbo a Mixcoac. […]

 

Pero nuestras correrías no eran visitas arqueológicas ni confundíamos a la ciudad con un museo. Todo nos llamaba y todo, por un instante, nos retenía: las ferias y las fiestas de cada barrio, las cantinas y las cervecerías, los cafés y las fondas modestas, los bailes de las vecindades, la salida de las escuelas de muchachas, los cines y el burlesque, los parques y las callejuelas solitarias... Multitude-solitude: termes égales et convertibles. Y Baudelaire añade: “aquel que no sabe poblar su soledad tampoco sabe estar solo en medio de la muchedumbre”. Pero no todo era sublime en esos callejeos. Tampoco sórdido. Entre uno y otro extremo se extendía el territorio impreciso e inmenso del aburrimiento. Enfermedad de los adolescentes: el aburrimiento abre con gesto distraído las puertas de la poesía o las del libertinaje, las de la meditación solitaria o las de las diversiones crueles y estúpidas. […]

 

El mercado Abelardo Rodríguez fue decorado en 1933 por un grupo de discípulos y seguidores de Diego Rivera. Aunque entre esas pinturas hay una, primeriza, de un gran artista: Isamo Noguchi, las recuerdo ahora por Pedro Rendón. Era un muchacho carirredondo, de ojos humildes, ademanes tímidos, ropa estrecha y olor a fritura. No caminaba: rodaba lentamente y con cierto ritmo de globo. Su mansedumbre nos parecía bovina, pero tal vez era angelical. Era el bobo del barrio. También era pintor y poeta. Hacía poco había tenido su día de gloria. No sé si movido por su amor a la mistificación y a imitación de las blagues del Montparnasse de su juventud o para fastidiar a los artistas de la nueva generación, Diego Rivera proclamó a Pedro Rendón como el mejor pintor joven. A instancias suyas las crédulas autoridades municipales le dieron un muro del mercado para que lo pintase. Al poco tiempo, con la misma desenvoltura con que lo había encumbrado, Diego lo dejó caer. La gente comprendió vagamente que había sido víctima de una farsa y Pedro se encontró de pronto sin amigos ni valedores. ¿Se dio cuenta alguna vez de que era el hazmerreír del barrio universitario? No lo creo. Pero en su desvalimiento, acuciado por la necesidad, recorría las escuelas y facultades con sonrisa plácida y ojos ansiosos. A veces conseguía que lo invitasen a comer un taco y beber un tepache. A cambio, tenía que escribir un soneto en el que era obligatorio que figurase el nombre del benefactor o el de algún amigo o amiga. Pedro lo escribía como el perrito salta el aro y menea la cola. ¿Cuántos sonetos escribió para mí y mis amigos? Pedro: perdónalos, perdóname. Como el burrito de Tablada en su paraíso de alfalfa[3], tú estás ahora en una alta y reluciente taquería en donde, al fin en paz, ya lejos de la mofa y del escarnio, comes las tortas compuestas del otro barrio. […]

 

Regalos del tiempo: en esos años Rivera pintaba los muros del Palacio Nacional y yo pude verlo, encaramado en un andamio, vestido con un astroso overall iridiscente, armado de gruesos pinceles y rodeado de botes de pintura, ayudantes y curiosos atónitos.

“Repaso en forma de preámbulo”
a Los privilegios de la vista I. Arte moderno universal (6: pp. 24-32)

 

 

 

 

San Ildefonso: el activismo

 

 

Mi generación fue la primera que, en México, vivió como propia la historia del mundo, especialmente la del movimiento comunista internacional.

 

“Primeros pasos”, prólogo a Itinerario (9:20)

 

 

 

Nuestra generación era violenta como los tiempos; desde la adolescencia los extremos se disputaban nuestras almas y nuestras voluntades. Casi todos nos habíamos inclinado hacia el marxismo; mejor dicho: hacia los partidos revolucionarios. Sería un error creer que el pensamiento marxista inspiraba nuestras actitudes. Lo que nos encendía era el prestigio mágico de la palabra revolución. Éramos neófitos de la moderna y confusa religión de la historia, con su culto a los héroes, su fe en el fin de los tiempos y en el comienzo de otros, los de la verdadera historia. Nuestro amor a la justicia era indistinguible de un profundo sentimiento de venganza en el que se mezclaban las fantasías y resentimientos íntimos de unos muchachos de la clase media mexicana con auténticas y obscuras, pero desnaturalizadas, aspiraciones religiosas. Hablábamos con frecuencia de “la solidaridad proletaria internacional” pero ¿los trabajadores eran internacionalistas? ¿Qué sabíamos de la clase obrera? Nunca vi en nuestras reuniones a un verdadero proletario. Nuestra pasión era una parodia de la verdadera religión. La ideología que habíamos abrazado con entusiasmo nos ofrecía un mediocre sucedáneo de la antigua trascendencia.

 

“Antevíspera: Taller(4:104)

 

 

 

La juventud es un periodo de soledad pero, asimismo, de amistades fervientes. A uno de mis amigos se le ocurrió organizar una Unión de Estudiantes Pro-Obrero y Campesino, dedicada a la educación popular; también nos sirvió para difundir nuestras vagas ideas revolucionarias. Nos reuníamos en un cuarto minúsculo del colegio que no tardó en transformarse en centro de discusiones y debates. Fue el semillero de varios y encontrados destinos políticos: unos cuantos fueron a parar al partido oficial y desempeñaron altos puestos en la administración pública; otros pocos, casi todos católicos, influidos unos por Maurras, otros por Mussolini y otros más por Primo de Rivera, intentaron sin gran éxito crear partidos y falanges fascistas; la mayoría se inclinó hacia la izquierda y los más arrojados se afiliaron a la Juventud Comunista.

 

“Primeros pasos” (9.18)

 

 

 

 

San Ildefonso: las lecturas

 

 

En 1930 ingresé en la Escuela Nacional Preparatoria, en donde se cursaban, en aquella época, los dos últimos años de bachillerato. Muy pronto, con mis amigos de entonces, casi todos aprendices como yo, comencé a leer a los nuevos poetas de España y de América. En unos pocos meses saltamos de ios modernistas hispanoamericanos —Lugones, Herrera y Reissig, López Velarde— a la poesía moderna propiamente dicha: Huidobro y Guillén, Borges y Pellicer, Vallejo y García Lorca. Los poetas españoles me deslumbraron. Recuerdo mi sorpresa al leer Manual de espumas de Gerardo Diego, una sorpresa que la lectura de la Fábula de Equis y Zeda, un poco después, hizo más intensa y lúcida. Es difícil describir el estado de espíritu, a un tiempo exaltado y perplejo, con que leí Cántico, Romancero gitano, Seguro azar, Cal y canto, La destrucción o el amor…

 

“Rafael Alberti, visto y entrevisto” (3:374)

 

 

 

Tendría unos dieciséis años cuando leí las dos primeras series de los Episodios nacionales, en donde quizá se encuentran algunas de las mejores páginas de Pérez Galdós. Era una edición en octavo, de tapas doradas e ilustrada por varios artistas de la época; los diez volúmenes habían sido impresos, entre 1881 y 1885, en Madrid, por La Guirnalda. Aquella historia novelada y novelesca de la España moderna me pareció que era también la mía y la de mi país. Al llegar a la segunda serie me cautivó inmediatamente la figura de Salvador Monsalud. Fue mi héroe, mi prototipo. Mi identificación con el joven liberal me llevó a enfrentarme con su medio-hermano y adversario, el terrible Carlos Garrote, guerrillero carlista.

 

“La tradición liberal” (3:303)

 

 

 

Hacia 1931, en el bachillerato, con asombro y confusión, descubrí a los poetas modernos de América y España. También entonces empecé a leer con algún provecho a nuestros clásicos. Los poemas de este período fueron el comienzo de mi lento y sinuoso aprendizaje.

 

“Preliminar” a Miscelánea I. Primeros escritos (13:17-18)

 

 

 

Una de mis grandes alegrías estéticas fue, al mismo tiempo que descubría a los poetas de la generación del 27, fue descubrir los poemas arábigo-andaluces de Emilio García Gómez, un libro que me tocó mucho, que me influyó. […] Yo descubrí la poesía moderna en los poetas españoles de la generación del 27, primero que nada en Jorge Guillén, en García Lorca, en Alberti.

 

A fondo” (minuto 43)

 

 

 

Mi descubrimiento de la poesía moderna de nuestra lengua comenzó cuando yo tenía unos dieciséis o diecisiete años. […] Naturalmente la gran revelación de ese primer periodo de mi vida literaria fue la poesía de Pablo Neruda. Su primer gran libro –un libro que marcó a los que llegamos después– se llama Residencia en la tierra.

 

“Tiempos, lugares, encuentros”, entrevista (15: 239)

 

 

 

La poesía moderna de nuestra lengua nos unió en un culto y nos dividió en pequeñas cofradías. Unos juraban por Huidobro y otros por Neruda, unos por García Lorca y otros por Alberti. Yo pertenecía a la secta de Alberti y recitaba sin cesar poemas de El alba del alhelí y de Cal y canto.

 

“Rafael Alberti, visto y entrevisto” (3:374)

 

 

 

Cuando yo era joven mis ídolos eran poetas, no novelistas (a pesar de que admiraba a Proust y a Lawrence). Eliot era uno de mis ídolos, y otros eran Valéry y Apollinaire.

 

 “Tiempos, lugares, encuentros”, entrevista (15:352)

 

 

 

La política no era nuestra única pasión. Tanto o más nos atraían la literatura, las artes y la filosofía. Para mí y para unos pocos entre mis amigos, la poesía se convirtió, ya que no en una religión pública, en un culto esotérico oscilante entre las catacumbas y el sótano de los conspiradores. Yo no encontraba oposición entre la poesía y la revolución: las dos eran facetas del mismo movimiento, dos alas de la misma pasión. Esta creencia me uniría más tarde a los surrealistas. Avidez plural: la vida y los libros, la calle y la celda, los bares y la soledad entre la multitud de los cines. Descubríamos a la ciudad, al sexo, al alcohol, a la amistad. Todos esos encuentros y descubrimientos se confundían inmediatamente con las imágenes y las teorías que brotaban de nuestras desordenadas lecturas y conversaciones. La mujer era una idea fija pero una idea que cambiaba continuamente de rostro y de identidad: a veces se llamaba Olivia y otras Constanza, aparecía al doblar una esquina o surgía de las páginas de una novela de Lawrence, era la Poesía, la Revolución o la vecina de asiento en un tranvía. Leíamos los catecismos marxistas de Bujarin y Plejánov para, al día siguiente, hundirnos en la lectura de las páginas eléctricas de La gaya ciencia o en la prosa elefantina de La decadencia de Occidente. La influencia de la filosofía alemana era tal en nuestra universidad que en el curso de lógica nuestro texto de base era el de Alexander Pfänder, un discípulo de Husserl. Al lado de la fenomenología, el psicoanálisis. En esos años comenzaron a traducirse las obras de Freud y las pocas librerías de la ciudad de México se vieron de pronto inundadas con el habitual diluvio de obras de divulgación. Un diluvio en el que muchos se ahogaron. […]

 

Nuestra gran proveedora de teorías y nombres era la Revista de Occidente. otras revistas fueron miradores para explorar los vastos y confusos territorios, siempre en movimiento, de la literatura y el arte: Sur, Contemporáneos, Cruz y Raya. Leíamos con una mezcla de admiración y desconcierto a T. S. Eliot y a Saint-John Perse, a Kafka y a Faulkner. Pero ninguna de esas admiraciones empañaba nuestra fe en la Revolución de Octubre. Por esto, probablemente, uno de los autores que mayor fascinación ejerció sobre nosotros fue André Malraux, en cuyas novelas veíamos unida la modernidad estética al radicalismo político. Un sentimiento semejante nos inspiró La montaña mágica, la novela de Thomas Mann; muchas de nuestras discusiones eran ingenuas parodias de los diálogos entre el liberal idealista Settembrini y Naphta, el jesuita comunista.

 

“Primeros pasos”, prólogo a Itinerario (9:18-20)

 

 

 

Dostoyevski es (o fue) un autor preferido por los jóvenes: todavía recuerdo las conversaciones interminables que sostenía, al finalizar el bachillerato, con algunos compañeros de clase, en caminatas que comenzaban al anochecer en San Ildefonso y terminaban, pasada la medianoche, en Santa María o en la Avenida de los Insurgentes, en busca del último tranvía. Iván y Dimitri Karamazov peleaban en cada uno de nosotros.

 

“El diablo y el ideólogo: Dostoievski”, (2:386)

 

 

 

En 1930 yo tenía 17 años y era un fervoroso lector de poesía. En esos años un grupo de escritores mexicanos editaba una revista literaria, Contemporáneos. En el número correspondiente al mes de agosto de 1930 apareció un extenso y extraño poema que yo leí con asombro, desconcierto y fascinación: The Waste Land. Lo precedía un inteligente prólogo del traductor, un joven poeta mexicano que murió pocos años más tarde: Enrique Munguía. Nunca lo conocí y hoy repito su nombre con gratitud y con pena. No es difícil imaginar el azoro que me produjo esta primera lectura; azoro pero también curiosidad, seducción. Leí el poema una y otra vez.

 

T.S. Eliot: mínima evocación” (2:290)

 

 

 

Tendría unos diecisiete años cuando tuve por primera vez noticias de Luis Buñuel. Era estudiante de la Escuela Nacional Preparatoria y acababa de descubrir, en las vitrinas de las librerías Porrúa y Robredo, vecinas de San Ildefonso, los libros y revistas de la nueva literatura. En una de esas publicaciones –La Gaceta Literaria, que publicaba Ernesto Giménez Caballero en Madrid— leí un artículo sobre Buñuel y Dalí, ilustrado con textos de ambos, reproducciones de pinturas de Dalí y fotos de sus dos películas: Un perro andaluz y La edad de oro. Las fotografías me conturbaron más profundamente que los cuadros del pintor catalán: en las imágenes cinematográficas la mezcla de realidad cotidiana y delirio era más eficaz y detonante que en el ilusionismo manierista de Dalí.

 

“Luis Buñuel” (3:230)

 

 

 

Desde muy joven sentí la presencia de las dos evidencias, la erótico-amorosa y la poético-religiosa: la atracción por la Otra y la atracción por lo Otro. Cuando era muchacho leí mucho a San Juan de la Cruz y me sentí poderosamente atraído por los misterios de la religión católica, sobre todo por la eucaristía y la comunión. Al mismo tiempo, me sentía lejos de la Iglesia y de la religión oficial. En la misma época leí a Novalis y, entre los autores modernos, a D. H. Lawrence. Estas lecturas me impresionaron mucho y me marcaron. En el amor el misterio central es la comunión: un contacto físico momentáneo nos abre las puertas de otra realidad inconmensurable e indecible.

 

“Poesía de circunstancias”, entrevista (15:524)

 

 

 

Los maestros

 

 

Mi padre decía que él había descubierto al verdadero México al convivir, durante la Revolución, con los campesinos de Morelos, Guerrero y Puebla. Muchos antiguos zapatistas visitaban mi casa. Entre ellos, Antonio Díaz Soto y Gama, una figura quijotesca a la que quise y admiré mucho. Después fui alumno suyo en la cátedra de Historia de la Revolución Mexicana, que impartía en San Ildefonso.

 

“Reflexiones sobre el presente (8:366)

 

 

 

Escucho los pasos a lo largo del salón de clase de mi profesor de historia, Don Pedro Argüelles.

 

[Una dedicatoria de 1997. Archivo ZP]

 

 

 

Al primero que traté [del grupo Contemporáneos] fue a Carlos Pellicer, que me dio clase de literatura hispanoamericana en 1931. A él le debo haber leído con devoción a Leopoldo Lugones y a otros poetas sudamericanos. Al terminar la clase, nos paseábamos por los corredores del Colegio y a veces lo visitábamos en su casa de las Lomas de Chapultepec.

 

“Contemporáneos. Primer encuentro” (4:69)

 

 

 

Era estudiante de bachillerato y una de mis lecturas favoritas era la revista Contemporáneos. Tenía dieciséis o diecisiete años y no siempre lograba comprender todo lo que aparecía en sus páginas. A mis amigos les ocurría lo mismo, aunque ni ellos ni yo lo confesábamos. Ante los textos de Valéry y Perse, Borges y Neruda, Cuesta y Villaurrutia, íbamos de la curiosidad al estupor, de la iluminación instantánea a la perplejidad. Aquellos misterios —muchas veces, hoy lo veo, baladíes—, lejos de desanimarme, me espoleaban. Una tarde, hojeando el número 33 (febrero de 1931), después de una traducción de “Los hombres huecos” de Eliot, descubrí unas reproducciones de tres fotos de Manuel Alvarez Bravo. Temas y objetos cotidianos: unas hojas, la cicatriz de un tronco, los pliegues de una cortina. Sentí una turbación extraña, seguida de esa alegría que acompaña a la comprensión, por más incompleta que ésta sea.

 

“Instante y revelación: Manuel Álvarez Bravo” (7:315)

 

 

 

En el bachillerato estudié, sin pena ni gloria, literatura española, hispanoamericana y mexicana. Entre mis maestros recuerdo con gratitud al poeta Carlos Pellicer. He olvidado lo que me dijo acerca de Díaz Mirón y de Lugones, no los relatos de sus viajes y excursiones en Florencia y en Chichén-Itzá, ante las cataratas del Iguazú y bajo la luna del Bósforo. A veces nos leía sus poemas con una voz de ultratumba que me sobrecogía. Fueron los primeros poemas modernos que oí. Subrayo que los oí como lo que eran realmente: poemas modernos, a pesar de la manera anticuada con que su autor los recitaba. Gracias a él, conocí a otros poetas de su generación, como Villaurrutia, Cuesta, Novo y, más tarde, a José Gorostiza. Ellos me abrieron los ojos y me descubrieron la poesía moderna. La biblioteca de mi abuelo terminaba a principios del siglo veinte, de modo que hasta mi ingreso en la Nacional Preparatoria me enteré de que se habían publicado libros después de 1910. Proust fue una revelación para mí. Yo creía que, después de Zola, no se habían escrito novelas.

 

“Tránsito y permanencia” (4:17)

 

 

 

Yo leí El amante de lady Chatterley hacia 1934 y me causó una impresión profunda, como las otras novelas, poemas, ensayos y libros de viaje de Lawrence. Leí sus obras con entusiasmo o, más exactamente, con esa pasión ávida y encarnizada que sólo se tiene en la juventud.

 

 

“La religión solar de D.H. Lawrence” (10: 100)

 

 

 

Quevedo no es un autor sino muchos; el Quevedo que yo leía en esos años y al que trataba vanamente de imitar era el poeta cristiano y estoico de los poemas al paso del tiempo, al pecado y a la muerte. También frecuentaba, claro, al poeta erótico y al satírico, al autor de las jácaras y los entremeses de rufianes y putas, pero esas lecturas no se reflejaban en lo que entonces escribía.

 

“Quevedo, Heráclito y algunos sonetos” (3:125)

 

 

 

La escritura, las revistas

 

Al llegar a la adolescencia, la fascinación ante el lenguaje se convirtió en tentación: quise escribir poemas en los que cada palabra y cada sílaba tuviesen un color y una resonancia capaces de recrear estados anímicos —emociones, sentimientos, sensaciones, ensoñaciones— que de otra manera eran inexpresables. Escribir poesía fue un rito secreto, ejercido a espaldas de los adultos o en su contra. Ingenua temeridad: mis versos no eran sino líneas inánimes y era desoladora la distancia entre ellas y la emoción que experimentaba al escribirlas. El rito, colindante con el sacramento y la blasfemia (la poesía me parecía una actividad fuera de la ley) se resolvía invariablemente en lugares comunes. Naturalmente yo apenas si me daba cuenta de esos repetidos fracasos. […]

 

Fui un lector desordenado y ávido; devoraba novelas y libros de historia; en cambio, leía lentamente los libros de poesía, releyendo los poemas que me impresionaban: quería aprender. Mis lecturas me revelaron que ignoraba los rudimentos del arte poético. Para remediar esta falla quizá debería haber acudido a mis maestros de literatura, ya que para entonces cursaba los primeros años del bachillerato. […]

 

Más tarde escribí otros cuentos, con mayores pretensiones literarias y con temas urbanos que me parecían insólitos, como las confidencias de una esquina a un farol. También pequeños textos: algunos eran monólogos líricos y otros descaradamente sexuales. No fueron muchos y todos se han perdido. Ninguno de ellos valía gran cosa pero revelaban cierta afición por las ficciones literarias.

 

“Preliminar” a Miscelánea I. Primeros escritos (13:17-18)

 

 

 

Muy joven comencé a colaborar en revistas literarias. Varias de ellas fueron fundadas por mí y otros pocos amigos. La primera fue Barandal; apareció en 1931 y yo tenía diecisiete años; ahí publiqué mi primer artículo sobre temas poéticos.

 

“El llamado y el aprendizaje” (13:19)

 

 

 

Por esos años un grupo de jóvenes aprendices y poseídos por ideas radicales publicamos dos revistas, Barandal y Cuadernos del Valle de México. En 1931 apareció Barandal. La hacíamos cuatro amigos: Rafael López Malo, Salvador Toscano, Arnulfo Martínez Lavalle y yo. Duró siete números. En ella también colaboraron José Alvarado, Enrique Ramírez y Ramírez, Raúl Vega Córdoba, Manuel Rivera Silva y otros muchachos de nuestra edad o un poco mayores que nosotros, como Manuel Moreno Sánchez. No asistíamos a los mismos cursos, pero, gracias a Rafael Solana y a Carmen Toscano, conocí a Efraín Huerta. Fuimos amigos y nunca dejamos de serlo. Se nos ocurrió publicar, en cada número, como un suplemento aparte, poemas y textos de escritores que admirábamos: Carlos Pellicer, Xavier Villaurrutia, Salvador Novo. Los invitamos y todos ellos aceptaron.

 

 “Contemporáneos. Primer encuentro” (4: pp. 69-70, fragmentos)

 

 

 

En 1933 un entusiasta y generoso poeta-editor, Miguel N. Lira, que publicaba una colección de poesía, Fábula, imprimió en un folleto siete breves poemas míos: Luna silvestre. La edición fue de 30 ejemplares. Una confesión: veo a mis primeras tentativas con una sonrisa a un tiempo indulgente y resignada pero, en el caso de Luna silvestre, la sonrisa se cambia en gesto de impaciencia y reprobación. Hay pecados que no tienen remisión y Luna silvestre es uno de ellos.

 

“Preliminar” a “Primera instancia. Poesía (1930-1943)” (13:17-18)

 

 

 

En 1933 publiqué Luna silvestreun pequeño folleto de juventud. Escribía poemas que tenían que ver con una adolescencia dramática, desdichada. Pienso en “Nocturno”, ”Otoño” e “Insomnio”, escritos en momentos difíciles por un joven de 19 años. Pronto descubrí que la defensa de la poesía era inseparable de la defensa de la libertad. De ahí mi interés apasionado por los asuntos políticos y sociales. Yo no encontraba oposición entre la poesía y la revolución: las dos eran facetas del mismo movimiento, dos alas de la misma pasión.

 

“Genealogía de un libro: Libertad bajo palabra(15:106/112)

 

 

 

En Cuadernos del Valle de México aparecieron algunos poemas de Alberti, uno de nuestros poetas favoritos y cuya reciente adhesión al comunismo nos había entusiasmado.

 

“Rafael Alberti, visto y entrevisto” (3:378)

 

 

 

En 1934, ya en la Facultad, supimos que Rafael Alberti visitaría México, acompañado de su mujer, la escritora María Teresa León. Viajaban por América en gira de propaganda en favor, si mi recuerdo es exacto, del Socorro Rojo Internacional. Alberti acababa de ingresar en el Partido Comunista Español y su gesto nos había conmovido y, también, desconcertado […] Rafael y María Teresa llegaron a México a fines de 1934 o a principios de 1935. Era una pareja atrayente, vistosa. Los dos eran jóvenes y bien parecidos: ella rubia y un poco opulenta, vestida de rojo llameante y azul subido; él con aire deportivo, chaqueta de tweed, camisa celeste y corbata amarillo canario. Insolencia, desparpajo, alegría, magnetismo y el fulgor sulfúreo del radicalismo político. Los rodeamos con entusiasmo. Los Alberti pasaron varios meses en México y durante esa temporada los visité con cierta frecuencia. Vivían en un pequeño apartamento de un edificio moderno en Tacubaya, hoy en ruinas. Rafael tenía 33 años y yo 21. Él era un poeta célebre y yo un desconocido; sin embargo, nunca adoptó el tono del maestro sino el del amigo de mayor experiencia y saber. […]

 

Una tarde, paseando por el centro de la ciudad, nos detuvimos frente a una librería: en una vitrina estaba expuesto el volumen de la Poesía de Quevedo, que en esos años había publicado Astrana Marín en la editorial Aguilar. Entramos y Alberti compró el libro. Creo que durante esa temporada mexicana leyó a Quevedo con pasión, como puede comprobarlo cualquiera que recuerde los sonetos de la elegía a Sánchez Mejías (Verte y no verte, México, 1935). Al salir de la librería caminamos un largo trecho hablando de Quevedo hasta que, cansados, entramos en un café. Alberti me leyó algunos de los sonetos a Lisi. Me atreví a interrumpirlo y le dije uno que sabía de memoria: “En breve cárcel traigo aprisionado, / con toda su familia de oro ardiente…”. Me miró primero con sorpresa y, después, con simpatía, sonriendo con aprobación. Comprendí instantáneamente que no era la ideología lo que podía unirnos sino la comunidad de la lengua y el amor a nuestros poetas. […]

 

En una ocasión nos reunimos con él en un bar. Cada uno de nosotros leyó uno o dos poemas. Alberti escuchaba con cortesía aunque, hay que confesarlo, sus comentarios eran parcos y poco entusiastas. Cuando llegó mi turno vacilé: mis poemas no eran sociales ni combativos, como los de los otros, sino más bien íntimos. Sentí un poco de vergüenza: de pronto me pareció que leer aquellos textos era como incurrir en una confesión no pedida. Alberti reparó en mi turbación. Al salir me llamó aparte y me dijo: “En lo que escribes hay una búsqueda de lenguaje y por eso tus poemas, en el fondo, son más revolucionarios que los de ellos. Tú te propones explorar un territorio desconocido –tu propia intimidad– y no pasearte por parajes públicos en donde no hay nada que descubrir.” No he olvidado nunca sus palabras. ¿Las recordará Alberti?

 

“Rafael Alberti, visto y entrevisto” (3:375-377)

 

 

 

En 1934 experimenté un doble cambio. Comencé a escribir poemas de exaltado erotismo y, simultánea pero no contradictoriamente, poemas de introspección y desasimiento. Agrupé los primeros en un pequeño libro: Raíz del hombre. Creo que fue mi nacimiento poético.

 

“Preliminar” a Primera instancia. Poesía (1930-1943) (13:28)

 

 

 

Verde el árbol de la vida…

 

 

Premios inesperados: el pasado se hace presente, presencia impalpable pero real. Entre el temblor de las ramas y el rumor de las sílabas, alguien me mira —el que fui antes, hace mucho, el muchacho aquel que repetía embelesado por los patios de la Escuela Nacional Preparatoria la frase recién leída: gris es la teoría, verde el árbol...

 

“El árbol de la vida”, (2:413)

 

NOTAS

[1] Supongo que se refiere a su primo Guillermo Haro y Paz. (G.S.)

[2] Sari Bermúdez, Voces que cuentan. México, Plaza y Janés.

[3] “El burrito” de Tablada (entre los jaikais de El jarro de flores, de 1922) dice:

Mientras lo cargan
sueña el burrito amosquilado
en paraísos de esmeralda.

La memoria de Paz optó por deshacer la metáfora (aunque preservó la rima). (G.S.)