1914-1926

 

Oídos con el alma, 
pasos mentales más que sombras, 
sombras del pensamiento más que pasos, 
por el camino de ecos 
que la memoria inventa y borra: 
sin caminar caminan 
sobre este ahora, puente 
tendido entre una letra y otra. 

“Pasado en claro”  (12:75)

 

El origen y la familia

 

Nací el 31 de marzo de 1914, el año en que estalla la primera gran guerra y, en México, el año de la ocupación norteamericana de Veracruz, la caída de Huerta y la gran división de los revolucionarios triunfantes. Desde la época de la Intervención francesa y el Imperio hasta los años de la Revolución, la vida privada de mi familia paterna se confundió con la vida pública de México.

 

“El poeta en su tierra” (15:383)

 

 

Nací en la calle de Venecia, en la colonia Juárez, al lado de la casa de Amado Nervo. No tenía un mes de nacido cuando nos cambiamos a Mixcoac.

 

“Itinerarios de un poeta” (En El Nacional) [1]

 

 

Cuando tenía 40 días de nacido mi familia se mudó a la villa de Mixcoac, ahora unos suburbios de distrito anónimos de la desmadejada capital. Estaban escapando del alboroto de la ciudad´ a la casa patriarcal de mi abuelo.

 

Tongues of Fallen Angels, pp. 135-162 [2]

 

 

La primera experiencia es también mi primer recuerdo primer recuerdo. ¿Qué edad tendría? No sé, tres o cuatro años quizá.

Ando entre las imágenes de un ojo
desmemoriado. Soy una de sus imágenes…

Estoy dentro del ojo: el pozo
donde desde el principio un niño
está cayendo, el pozo donde cuento
lo que tardo en caer desde el principio,
el pozo de la cuenta de mi cuento
por donde sube el agua y baja
mi sombra.

“Pasado en claro” (fragmento) (12: 76)

Me veo, mejor dicho: veo una figura borrosa, un bulto infantil perdido en un inmenso sofá circular de gastadas sedas, situado justo en el centro de la pieza. Con cierta inflexibilidad, cae la luz de un alto ventanal. Deben ser las cinco de la tarde pues la luz no es muy intensa. Muros empapelados de un desvaído amarillo con dibujos de guirnaldas, tallos, flores, frutos: emblemas del tedio. Todo real, demasiado real; todo ajeno, cerrado sobre sí mismo. Una puerta da al comedor, otra a la sala y la tercera, lateral y con vidrieras, a la terraza. Las tres están abiertas. La pieza servía de antecomedor. Rumor de risas, voces, tintineo de vajillas. Es día de fiesta y celebran un santo o un cumpleaños. Mis primos y primas, mayores, saltan en la terraza. Hay un ir y venir de gente que pasa al lado del bulto sin detenerse. El bulto llora. Desde hace siglos llora y nadie lo oye. Él es el único que oye su llanto. Se ha extraviado en un mundo que es, a un tiempo, familiar y remoto, intimo e indiferente. No es un mundo hostil: es un mundo extraño, aunque familiar y cotidiano, como las guirnaldas de la pared impasible, como las risas del comedor. Instante interminable: oírse llorar en medio de la sordera universal… No recuerdo más. Sin duda mi madre me calmó: la mujer es la puerta de reconciliación con el mundo. Pero la sensación no se ha borrado ni se borrará. No es una herida, es un hueco. Cuando pienso en mí, lo toco; al palparme, lo palpo. Ajeno siempre y siempre presente, nunca me deja, presencia sin cuerpo, mudo, invisible, perpetuo testigo de mi vida. No me habla pero yo, a veces, oigo lo que su silencio me dice: esa tarde comenzaste a ser tú mismo; al descubrirme, descubriste tu ausencia, tu hueco: te descubriste. Ya lo sabes: eres carencia y búsqueda.

 

Entrada retrospectiva” (8:15)

Niño entre adultos taciturnos
y sus terribles niñerías,
niño por los pasillos de altas puertas,
habitaciones con retratos,
crepusculares cofradías de los ausentes,
niño sobreviviente
de los espejos sin memoria
y su pueblo de viento:
el tiempo y sus encarnaciones
resuelto en simulacros de reflejos.
En mi casa los muertos eran masque los vivos.

“Pasado en claro” (fragmento) (12: 83)

Vengo de una familia típica de México. Por parte de mi padre, mi familia es muy antigua y es originaria del estado de Jalisco. Una familia mestiza. Mi abuelo paterno era mexicano. Mis abuelos maternos eran andaluces y mi madre nació en México. De manera que mi familia es por una parte europea y por la otra indígena.

 

“Octavio Paz” (Entrevista con Rita Guibert) (15:422)

 

 

Mi casa era grande y pequeña mi familia. Cinco personas: mi abuelo, una tía, mi madre, mi padre y yo. Las ausencias de mi padre eran frecuentes… El patriarca de la familia era un hombre de la edad que yo tengo ahora, ochenta años. Cargaba sobre sus hombros más de medio siglo de historia de México, de la Intervención francesa a la Revolución. […]. Como todos los niños, me sentía solo, aunque estaba cerca de mi madre, de mi tía y, mientras vivió, de mi abuelo.

 

“Soy otro, soy muchos” (15:357)

 

 

Vivíamos en una casa grande, con un jardín. Éramos una familia venida a menos, empobrecida por la revolución y la guerra civil. Nuestra casa, llena de muebles antiguos, libros y objetos, se desmoronaba poco a poco. A medida que caían los cuartos, nosotros llevábamos los muebles a otro cuarto. Recuerdo que durante mucho tiempo viví en una habitación espaciosa, pero a la que le faltaba parte de un muro. Unos suntuosos biombos me defendían bastante mal del viento y de la lluvia. Una enredadera se metió en mi cuarto […]. En mi casa, como en todas las casas mexicanas de aquella época, al menos las de la burguesía y la clase media, los hombres no eran muy católicos, más bien eran libre pensadores, masones, liberales. En cambio, las mujeres eran fervorosamente católicas. De niño, por presión de mi tía y de mi madre, estudié en un colegio francés de hermanos maristas y, como todos los niños, tuve crisis de fervor religioso. Me preocupaba mucho saber si mi abuelo, que no era creyente pero al que yo consideraba como uno de los hombres más buenos de la tierra, se iba a salvar o no. Aquello de que estaba condenado a ir al infierno me parecía atroz. Una incongruencia de Dios: condenar a un hombre bueno simplemente porque no creía en él. Y esto me hizo pensar que los filósofos paganos y los héroes que en la escuela nos enseñaban a admirar habían ido a dar también al infierno. Todo esto me horrorizaba y, al mismo tiempo, fomentaba mi fervor.

 

“Octavio Paz” (Entrevista con Rita Guibert) (15:423)

 

 

Tuve ideas religiosas, pero no muy ardientes. Mi familia era liberal. Mi madre es española y católica; mi padre fue vagamente cristiano. Mi abuelo era masón. El tránsito del liberalismo al ateísmo fue simple para mí. De niño estudié en un colegio de hermanos maristas. Luego me cambiaron a uno inglés. Como no éramos ricos, después estudié en escuelas del gobierno.

 

“Octavio Paz: poesía y metafísica” (Entrevista con María Embeita) (15:32)

 

 

Mi madre era andaluza. Una mujer excepcionalmente bonita. Además, tenía buena voz. Aún la recuerdo en el jardín o en la terraza, cantando o tarareando canciones españolas. La relación con mi tía era distinta: ella me inculcó el amor a los libros. Entre ella y mi madre —como pasa siempre entre cuñadas— la relación era tirante. Mi tía era una solterona inteligente y un poco delirante. Yo era una de las causas de su rivalidad.

 

“Soy otro, soy muchos” (15:358)

 

 

Mi madre es hija de andaluces. Y de dos lugares célebres de Andalucía: mi abuelo era de Medina Sidonia y mi abuela de El Puerto de Santa María. Pero mi casa de niño era una casa muy mexicana, muy tradicionalmente mexicana, en la cual el problema español estaba vivo. Mi abuelo paterno era liberal y masón y mi padre también era liberal y después se volvió revolucionario. Eran antiespañoles pero eran antiespañoles que leían muchísimo a los españoles. Gracias a ellos leí a Galdós de niño.

 

“Solo a dos voces” (15:627)

 

 

Mi padre era mexicano ­—el apellido Paz aparece en el país desde el siglo dieciséis, al otro día de la conquista— y mi madre española. Siendo mexicano, también me fascinó la otra vertiente de mi origen. Por mis abuelos maternos vengo del Puerto de Santa María y de Medina Sidonia. Cuando, ya mayor, conocí Jerez y Cádiz, me pareció regresar a mi niñez. Tuve dos tías, una gaditana y otra jerezana, que se llamaban Angustias y Salud; sus efluvios contradictorios mantenían el equilibrio psíquico de la familia. Mi familia paterna era liberal y, además, indigenista: antiespañola por partida doble. Mi madre detestaba las discusiones y respondía a las diatribas con una sonrisa. Yo encontraba sublime su silencio, más contundente que un tedioso alegato. Mi madre —hormiga providente… pero hormiga que cantaba como una cigarra— me decía: procura ser modesto, ya que no humilde. La humildad es de santos, la modestia, de gente bien nacida. […]. Yo tuve tías, tuve tres tías: Belica, Belica es Isabelica, es una manera andaluza, creo. Aparece en el XVII y en el XVI, en el teatro de Lope, Belica. La otra se llamaba Leonor y la otra, no me acuerdo, María Teresa, pero estas eran, no sé si eran hijas de un hermano o una hermana de mi abuela o de mi abuelo. Creo que eran más bien de mi abuela. Luego había otros Delgado que siguen viviendo en México.

 

Octavio Paz en el recuerdo” (En Puerta del Sol)[3]

 

 

Mis abuelos paternos eran tapatíos de vieja cepa; en mi casa se hablaba con frecuencia de Guadalajara y entre los lugares que se mencionaban con mayor entusiasmo había uno que, literalmente, me encantaba: el Parque de Agua Azul. Lo soñé como un manantial de agua pura en el centro de una espesura verde de plantas y árboles paradisíacos. Agua Azul: al oír estas dos palabras yo pensaba en una agua celeste o en un cielo acuático.

 

“Juan Soriano” (7:350)

 

 

Enfrente del Palacio Municipal hay una construcción rojiza del siglo XVIII. Tiene un patio armonioso, rodeado de arcadas robustas y una diminuta capilla barroca, toda dorada. El edificio hoy es una universidad privada; en aquellos años la habían dividido en viviendas y en una de ellas vivía mi tía Victoria, [4] casi centenaria, devota y siempre suspirando por su Guadalajara.

 

“Evocación de Mixcoac” (14:347)

 

 

Mi padre y mi abuelo eran muy distintos. Como todas las casas, la mía era teatro de la lucha entre las generaciones (aparte de la otra, tal vez más profunda, entre los sexos).

 

“Suma y sigue (Conversación con Julio Scherer)” (8:366)

 

 

Estos jóvenes querían irse al norte, en la época de la dictadura de Victoriano Huerta, donde estaban los ejércitos más disciplinados y los que realmente, desde el punto de vista militar, le dieron el triunfo a la Revolución. En el norte dominaban los rancheros y la clase media; en el sur, los campesinos sin tierra, bandas que la prensa llamaba “bárbaros”, “hunos”, etc. Sucedió que esos jóvenes no pudieron unirse a las fuerzas norteñas y se fueron al sur, donde conocieron a Zapata y fueron conquistados por el zapatismo. Mi padre pensó desde entonces que el zapatismo era la verdad de México. Creo que tenía razón. Mas tarde, la amistad con Soto y Gama y otros que habían combatido en el sur con los ejércitos campesinos consolidó mis creencias y sentimientos. El sur era y es acentuadamente indio; allá la cultura tradicional está todavía viva. Cuando yo era niño visitaban mi casa muchos viejos lideres zapatistas y también muchos campesinos a los que mi padre, como abogado, defendía en sus pleitos y demandas de tierras. Recuerdo a unos ejidatarios que reclamaban unas lagunas que están —o estaban— por el rumbo de la carretera de Puebla: los días del santo de mi padre comíamos un plato precolombino extraordinario, guisado por aquellos campesinos: “pato enlodado” de la laguna, rociado con pulque curado de tuna…

 

“Pasados” (8:248)

 

 

Tres fueron, en mi opinión, las personas que ejercieron una enorme influencia en mí, durante mi niñez: don Ireneo, mi abuelo, es una de ellas, la figura masculina de mayor impacto en mi primera edad. Mi padre, en cambio, fue siempre para mí una figura amada y distante a un tiempo. Circunstancias y hechos que marcaron su vida —la revolución en el sur, primero y la política después— le mantuvieron alejado de su familia y yo nunca pude hablar con él. Mi madre y mi tía Amalia, en cambio, siempre estuvieron a mi lado en esos años. Ambas, a manera de pilastras paralelas, ejercieron su influencia sobre mi persona. Doña Josefina, mi madre, encarnaba el afecto: mi tía Amalia es la suscitadora de mis inquietudes.

 

La falla de mi padre” (En Proceso)[5]

 

 

Don Ireneo, mi abuelo, es la figura masculina de mayor impacto en mi primera edad. Dirigió un diario, La Patria, y escribió novelas populares. De hecho, durante una época, vivimos de las ventas de uno de sus libros, un best-seller. Amaba a los libros y había logrado reunir una biblioteca de cierta importancia. Desde niño leí libros de autores mexicanos. En mi familia nuestros escritores no sólo eran vistos con respeto y con simpatía sino que se exaltaba, a veces de modo inmoderado, a los del siglo XIX, especialmente a los del bando liberal. La razón de esta anomalía es muy simple: mi abuelo se había alistado desde su juventud en las filas del liberalismo.

 

“Tránsito y permanencia” (4:16)

 

 

El carácter [mi abuelo lo heredó] de su madre que fue una mujer perseverante para educar a sus hijos […]. Procreó con su esposa 6 hijos, tres hombres y tres mujeres. La primera de nombre Amalia, quien permaneció soltera; le siguen Rosita, de carácter agradable y muy dulce; casó con don Joaquín Haro de la Cadena, y Laura, casada con un arquitecto. De los hijos varones, el primero fue Carlos, quien murió joven, tragedia que ensombreció la personalidad de mi abuelo; le siguió Arturo y después Octavio, mi padre, licenciado en Derecho […].

Incansable tipógrafo, aún en sus diarias labores vestía elegantes trajes de la época; fumaba enormes habanos por lo que tenía unas tijeras especiales para cortarlos de las puntas. En los aciagos días en que se veía venir la revolución, algunos estudiantes de San Ildefonso, entre los que descollaba un joven estudiante de jurisprudencia, Alfonso Reyes, pasaba a saludar al viejo liberal y revolucionario con el que tenía largas conversaciones; luego, al triunfo de la revolución, su imprenta fue destruida por Pablo González.

 

“Entrevista con Napoleón Rodríguez” [6]

 

 

Uno de los libros que más me atraía no estaba en la biblioteca: el álbum de Amalia Paz. Mi madre y otros familiares se referían a él con una sonricilla, no sé si de burla o de envidia. Amalia era mi tía, una solterona muy alta y muy flaca, siempre leyendo novelas francesas del siglo pasado o perdida en soliloquios inaudibles, a ratos susurrantes y otros exaltados como río crecido. ¿Con quién hablaba, a quién increpaba, con quién reía y a quién, un minuto después, rogaba? Como todos los viejos, tenía la cabeza llena de fantasmas. Era inteligente y delirante, solícita y perversa.

 

“Tránsito y permanencia” (4:16)

 

 

Obediente a su signo, el melancólico Saturno, [mi tía Amalia] saltaba del entusiasmo al abatimiento. En la vejez la soledad es un peso insoportable y quizá por esto ella buscaba mi compañía: yo era el más chico de la casa y el único que escuchaba embelesado sus historias. Me fascinaba y me aterraba. A ella le debo mi afición a los cuentos fantásticos. También mi primera noticia de la poesía mexicana. Tal vez había sido atractiva, a juzgar por un retrato suyo colgado en una salita y por los poemas y dedicatorias de su álbum. Lo guardaba en su recámara, en un secreter. Una de mis primas descubrió el escondite y una tarde nos deslizamos a hurtadillas en su habitación, sacamos el álbum y lo hojeamos, asombrados y burlones. Contenía algunos dibujos y acuarelas, un retrato suyo a lápiz y muchos poemas y composiciones en prosa. Al principio, mi prima y yo nos reímos; de pronto nos quedamos serios: los autores de aquellos madrigales y sonetos estaban muertos. Nos estremecimos, devolvimos el álbum en su sitio y nos alejamos. La sombra de la muerte nos había rozado.

 

“Tránsito y permanencia” (4:17)

 

 

La política es lucha por el poder pero, asimismo, es lucha de ideas. Mi familia era liberal y las divinidades tutelares de la casa eran los héroes del liberalismo y los grandes revolucionarios franceses… Yo nací entre libros. Uno de mis grandes placeres era hojear, con un primo, los gruesos volúmenes de historia de mi abuelo y detenernos en sus estampas: la toma de Jerusalén por los cruzados, el suplicio de Cuauhtémoc, el Juramento del Juego de Pelota, la batalla de Trafalgar… Nuestros juegos infantiles eran mojigangas heroicas: los duelos de D’Artagnan, las cabalgatas del Cid, la lámpara de Aladino o las hazañas en las praderas del Oeste de Buffalo Bill. El amor a lo maravilloso mueve a los niños. Y lo maravilloso, para nosotros, era sobre todo la acción. La historia es también acción y por esto los juegos infantiles, sin excluir a los juegos eróticos, son el comienzo, el prólogo de la historia. Muchos años después, en Pasado en claro, al recordar los juegos de mi niñez, encontré en ellos una profecía de mi pasión por la historia y por la política. Como la historia, el juego infantil es una acción cuyo sentido último se nos escapa. Quizá la historia, como el juego, es aprender a morir, una escenificación o una alegoría de la muerte. Y yo en la muerte descubrí al lenguaje:

El universo habla solo
pero los hombres hablan con los hombres:
hay historia. Guillermo, Alfonso, Emilio:
el corral de los juegos era historia
y era historia jugar a morir juntos.

“El poeta en su tierra” (15:383)

La época en que nací y en la que me formé, así como mi tradición familiar, explican en buena parte mi pasión por la historia viva: la política. Pero también los juegos infantiles fueron una verdadera iniciación. Aquí interviene otra pasión, la más poderosa: la poesía. A su vez, la poesía es un juego. Un salto mortal. Poesía e historia no son, tal vez, sino las dos caras de la misma enigmática realidad. Ambas están presentes en nuestra infancia.

 

“El poeta en su tierra” (15:384)

 

 

Frente a los llanos, allí donde terminaban las casas, vivían Ifigenia y Elodio. Venían de las profundidades del Ajusco, la gran montaña que domina el sur del valle de México. Los dos volcanes son blancos y azules; el Ajusco es oscuro y rojizo: los dos tenían el color de su montaña. Indios viejos, hablaban todavía nahua y su español salpicado de aztequismos y diminutivos era dulce y cantante. Hacía muchos años, él había sido jardinero de mis abuelos y ella había dejado en nuestra casa una leyenda de cuentos y prodigios. Yo los veía como familia y ellos, que no habían tenido hijos, me trataban como a un nieto adoptivo. Elodio tenía una pierna de palo, como los piratas de los cuentos. Era reservado y cortés —salvo durante sus estrepitosas borracheras— y me enseñó a lanzar piedras con una honda. Con ella combatí en algunas furiosas batallas infantiles. Ifigenia era lo contrario de su marido. Arrugada, sentenciosa, vivaz, niña vieja con un saber de siglos, fuente manando siempre maravillas, más que una abuela era una leyenda andante, un personaje de uno de sus cuentos. Era bruja y curandera, me contaba historias, me regalaba amuletos y escapularios, me hacía salmodiar conjuros contra los diablos, los fantasmas, las enfermedades, las malas ideas. Me inició en los misterios del temascal, el tradicional baño azteca, rito de comunión con el agua, el fuego, y las criaturas incorpóreas que engendran los vapores. Decía que el temascal no era un baño sino un renacimiento. Y era verdad: al salir del baño yo sentía que regresaba de un largo viaje al comienzo del tiempo. Viaje inmóvil con los ojos cerrados pero despiertos los sentidos y el espíritu.

 

“Evocación de Mixcoac” (14:345)

 

 

¿Qué edad tendría? No sé, tres o cuatro años quizá. En cambio, es muy vívida la memoria del lugar: una pequeña sala cuadrangular en una vieja casona de Mixcoac…  Me veo, mejor dicho: veo una figura borrosa, un bulto infantil perdido en un inmenso sofá circular de gastadas sedas, situado justo en el centro de la pieza. Con cierta inflexibilidad, cae la luz de un alto ventanal. Deben de ser las cinco de la tarde pues la luz no es muy intensa. Muros empapelados de un desvaído amarillo con dibujos de guirnaldas, tallos, flores, frutos: emblemas del tedio. Todo real, demasiado real; todo ajeno, cerrado sobre sí mismo. Una puerta da al comedor, otra a la sala y la tercera, lateral y con vidrieras, a la terraza. Las tres están abiertas. La pieza servía de antecomedor. Rumor de risas, voces, tintineo de vajillas. Es día de fiesta y celebran un santo o un cumpleaños. Mis primos y primas, mayores, saltan en la terraza. Hay un ir y venir de gente que pasa al lado del bulto sin detenerse. El bulto llora. Desde hace siglos llora y nadie lo oye. Él es el único que oye su llanto. Se ha extraviado en un mundo que es, a un tiempo, familiar y remoto, íntimo e indiferente. No es un mundo hostil: es un mundo extraño, aunque familiar y cotidiano, como las guirnaldas de la pared impasible, como las risas del comedor. Instante interminable: oírse llorar enmedio de la sordera universal… No recuerdo más. Sin duda mi madre me calmó: la mujer es la puerta de reconciliación con el mundo. Pero la sensación no se ha borrado ni se borrará. No es una herida, es un hueco.

 

“Entrada retrospectiva” (8:17)

 

 

 

Viaje a California

 

Mucho antes que Zapata fuera emboscado, mi padre se había dejado crecer la barba y con un nombre falso fue a los Estados Unidos para juntar fondos y publicitar a su jefe. Pasó cuatro años en Texas y California editando un periódico méxico-estadounidense, y finalmente, en algún momento en 1918, cuando Zapata estaba muerto, todos nos unimos a él en Los Ángeles […]. La ciudad era pequeña y agradable en ese entonces, con jardines y casas de madera. A mí me asombraba el modo en que los estadounidenses abandonaban sus casas: Son un país de nómadas, caminando, marchando, vendiendo, moviéndose, nunca estacionados en el tiempo.

 

Tongues of Fallen Angels”, pp. 135-162

 

 

Imposible no recordar, ante aquel paisaje, a ratos desolado y siempre con esa monotonía que es uno de los atributos de la inmensidad, otro viaje de mi infancia, no menos largo, hecho con mi madre de la ciudad de México a San Antonio, Texas. Fue durante el período final de la Revolución mexicana. Para protegernos de los guerrilleros que asaltaban los trenes, viajaba con nosotros una escolta militar. Mi madre veía con recelo a los oficiales: iba a reunirse con mi padre, desterrado político en los Estados Unidos y adversario de aquellos militares. Tenía la obsesión de los ahorcados, con la lengua de fuera y balanceándose colgados de los postes del telégrafo a lo largo de la vía. Los había visto varias veces, en otros viajes de México a Puebla. Al llegar a un lugar en donde había combatido, hacía poco, una partida de alzados con las tropas federales, me cubrió la cara con un movimiento rápido de la mano mientras que con la otra bajaba la cortina de la ventanilla. Yo estaba adormecido y su movimiento me hizo abrir los ojos: entreví una sombra alargada, colgada de un poste. La visión fue muy rápida y antes de que me diese cuenta de lo que había visto, se desvaneció. Tendría entonces unos seis años y al recordar este incidente mientras veía la interminable llanura de la India, pensé en las matanzas de 1947 entre los hindúes y los musulmanes. Matanzas a la orilla de un ferrocarril, lo mismo en México que en la India… Desde el principio, todo lo que veía provocaba en mí, sin que yo me lo propusiese, la aparición de imágenes olvidadas de México. La extrañeza de la India suscitaba en mi mente la otra extrañeza, la de mi propio país…

 

“Vislumbres de la India” (10:365)

 

 

Aunque originario de una familia burguesa, mi padre fue amigo y compañero del gran revolucionario Antonio Díaz Soto y Gama. Formaba parte de un grupo de jóvenes más o menos influidos por su anarquismo. Sucedió que esos jóvenes no pudieron unirse a las fuerzas norteñas y se fueron al sur, donde conocieron a Zapata y fueron conquistados por el zapatismo. Mi padre pensó desde entonces que el zapatismo era la verdad de México. Cuando yo era niño visitaban mi casa muchos viejos líderes zapatistas y también muchos campesinos a los que mi padre, como abogado, defendía en sus pleitos y demandas de tierras… Participó en las actividades de la Convención Revolucionaria. Posteriormente fue representante de Zapata y de la Revolución del Sur en los Estados Unidos. Mi madre y yo lo alcanzamos en Los Ángeles. Allá nos quedamos casi dos años.

 

“Pasados” (Conversación con Claude Fell) (8:249)

 

 

Tenía seis años y no hablaba una sola palabra de inglés. Recuerdo vagamente el primer día de clases: la escuela con la bandera de los Estados Unidos, el salón desnudo, los pupitres, las bancas duras y mi azoro entre la ruidosa curiosidad de mis compañeros y la sonrisa afable de la joven profesora, que procuraba aplacarlos. Era una escuela angloamericana y sólo dos de los alumnos eran de origen mexicano, aunque nacidos en Los Ángeles. Aterrorizado por mi incapacidad para comprender lo que se me decía, me refugié en el silencio. Al cabo de una eternidad llegó la hora del recreo y del lunch. Al sentarme a la mesa descubrí con pánico que me faltaba una cuchara; preferí no decir nada y quedarme sin comer. Una de las profesoras, al ver intacto mi plato, me preguntó con señas la razón. Musité: «cuchara», señalando la de mi compañero más cercano. Alguien repitió en voz alta: «¡cuchara!» Carcajadas y algarabía: «¡cuchara, cuchara!» Comenzaron las deformaciones verbales y el coro de las risotadas. El bedel impuso silencio pero a la salida, en el arenoso patio deportivo, me rodeó el griterío. Algunos se me acercaban y me echaban a la cara, como un escupitajo, la palabra infame: ¡cuchara! Uno me dio un empujón, yo intenté responderle y, de pronto, me vi en el centro de un círculo: frente a mí, con los puños cerrados y en actitud de boxeo, mi agresor me retaba gritándome: «¡cuchara!» Nos liamos a golpes hasta que nos separó un bedel. Al salir nos reprendieron. No entendí ni jota del regaño y regresé a mi casa con la camisa desgarrada, tres rasguños y un ojo entrecerrado. No volví a la escuela durante quince días; después, poco a poco, todo se normalizó: ellos olvidaron la palabra cuchara y yo aprendí a decir spoon.

 

“Entrada retrospectiva” (8:18)

 

 

Cambió la situación política de México y volvimos a Mixcoac. Fieles a las tradiciones familiares mis padres me matricularon en un colegio francés de la orden de La Salle. Aunque yo hablaba el inglés, no había olvidado el español. Sin embargo, mis compañeros no tardaron en decidir que era un extranjero: un gringo, un franchute o un gachupín, les daba lo mismo. El saberme recién llegado de los Estados Unidos y mi facha —pelo castaño, tez y ojos claros— podrían tal vez explicar su actitud; no enteramente: mi familia era conocida en Mixcoac desde principios del siglo y mi padre había sido diputado por esa municipalidad. Volvieron las risitas y las risotadas, los apodos y las peleas, a veces en el campo de futbol del colegio y otras en una callejuela cercana a la parroquia. Con frecuencia regresaba a mi casa con un ojo amoratado, la boca rota o la cara rasguñada. Mis familiares se inquietaron pero, con buen acuerdo, decidieron no intervenir: las cosas se calmarían poco a poco, por sí mismas. Así fue, aunque la inquina persistió: el menor pretexto bastaba para que volviesen a brotar las acostumbradas invectivas. […] En una ocasión acompañé a mi padre en una visita a un amigo al que, con razón, admiraba: Antonio Díaz Soto y Gama, el viejo y quijotesco revolucionario zapatista. Estaba en su despacho con varios amigos y, al verme, exclamó dirigiéndose a mi padre: “Caramba, no me habías dicho que tenías un hijo visigodo!” Todos se rieron de la ocurrencia pero yo la oí como una condena.

 

“Entrada retrospectiva” (8:18)

 

 

 

Los primos, los amigos y los juegos

 

[Mi abuelo] a la hora de la comida hacía bromas, pues nos llamaba a comer con una cornetita. Todos los niños jugábamos con el abuelo alrededor de la mesa y luego comíamos puntualmente; sin mayor ruido, de vez en vez una conversación aislada. Era mi abuelo, en conclusión, de genio humorista, satírico.

 

“Entrevista con Napoleón Rodríguez”

 

 

Tendría unos seis años y una de mis primas me enseñó una revista norteamericana con una fotografía de soldados desfilando por una gran avenida, probablemente de Nueva York. «Vuelven de la guerra», me dijo. Esas pocas palabras me perturbaron como si anunciasen el fin del mundo o el segundo advenimiento de Cristo… Unos años antes había terminado la guerra y sabía que los soldados desfilaban para celebrar su victoria; para mí aquella guerra había pasado en otro tiempo, no ahora ni aquí. La foto me desmentía. Me sentí, literalmente, desalojado del presente.

 

 “La búsqueda del presente” (3:34)

 

 

De niño me impresionó aquella frase: “Los elegidos de los dioses mueren jóvenes”. Aunque nunca pude entender exactamente por qué los elegidos de los dioses tenías que morir jóvenes. Sabía que los héroes en general mueren jóvenes y, claro, todo joven quiere ser un héroe. En mi niñez, me rodeaba el culto de la acción y a los héroes. Mi abuelo había participado en la historia de México; también mi padre. Eran los modelos inmediatos pero yo aprendí a ver con cierto escepticismo a los modelos.

 

“Me asombra haber llegado a los 80: Octavio Paz” (En El Financiero) [7]

 

 

Adelante del Colegio Williams y siguiendo siempre la vía del tren, se llegaba a una extraña construcción morisca, ¡la Alhambra en Mixcoac! Parecía transportada por uno de los genios de los cuentos árabes. Aquella fantasía sarracena tenía un jardín frondoso y accidentado por el que corría, entre túneles, montañas, lagos y precipicios, un ferrocarril eléctrico que nos maravillaba […]. A lado de la mansión mudéjar, la cueva de los prodigios: cada jueves, día de asueto, abría sus puertas el cine y durante tres horas, con mis primas y primos, me reía con Delgadillo, y saltaba con él desde un rascacielos, cabalgaba con Douglas Fairbanks, raptaba a la voluptuosa hija del sultán de Bagdad y lloraba con la huérfana de la aldea. […]. Una mañana de asueto, durante un paseo con mis primos por las afueras del pueblo, tropezamos con un montículo que nos pareció ser una diminuta pirámide. Regresamos alborozados y contamos nuestro hallazgo a los mayores. Sonrientes movieron la cabeza: creyeron que se trataba de otra invención de María Luisa, una de mis primas que había creado toda una mitología de seres misteriosos. Sin embargo, a los pocos días nos visitó el arqueólogo Manuel Gamio, amigo antiguo de nuestra familia. Oyó sin inmutarse nuestro relato y esa misma tarde lo guiamos hacia el sitio de nuestro descubrimiento. Al ver el montículo nos explicó que probablemente era un santuario consagrado a Mixcoatl, divinidad que dio nombre a nuestro pueblo antes de la conquista.

 

“Evocación de Mixcoac” (14:344)

 

 

 

Mixcoac, calles, escuelas…

 

La caída de Carranza y el triunfo de Obregón acabaron con el destierro de mi padre. Volvimos a vivir con mi abuelo y mi tía Amalia, ahora en una casa mucho más chica. Para sobrevivir, Ireneo Paz tuvo que hipotecar sus bienes y alquilar la casa grande. En la que vivíamos ahora, amueblada con los restos de residencias anteriores, había muchos y grandes estantes llenos de libros. También un jardín o, más bien, una pequeña huerta con un pozo, seis esbeltos pinos, una buganvilia y dos higueras a un tiempo pródigas y misteriosas. Las habitaciones eran espaciosas. En el comedor yo me sentía un poco desamparado: la mesa era muy grande y nosotros muy pocos. En las recámaras y en los pasillos había muchos retratos. En la sala, muebles vetustos y, colgados en los muros, espejos de marco dorado y dos o tres cuadros, académicos paisajes del valle de México. En un ángulo un piano y, en el muro contiguo, prominente, una inmensa fotografía de Porfirio Díaz a caballo. Aunque mi padre protestaba por la presencia de la imagen del dictador en la sala, mi abuelo se rehusaba a moverla y ahí se quedó hasta su muerte, unos pocos años después.

 

“Silueta de Ireneo Paz” (14:142)

 

 

Mixcoac es ahora un suburbio más bien feo de la ciudad de México, pero cuando yo era niño era un verdadero pueblo. El barrio en el que yo vivía se llamaba san Juan y la iglesia, una de las más viejas de la zona, era del siglo XVI. Había muchas casas del XVIII y del XIX, algunas con grandes jardines, porque a finales del diecinueve Mixcoac era un lugar de recreo de la burguesía capitalina. Las vicisitudes de aquellos años habían obligado a mi abuelo a dejar la ciudad y trasladarse a la casa de campo.

 

“Tiempos, lugares, encuentros” (15:327)

 

 

Los balcones de mi casa daban a la plazuela de San Juan. Aunque la infame manía gubernamental le ha arrancado su viejo nombre, todavía están en pie los fresnos eminentes, el solar de muros rosados del siglo XVIII y la pequeña iglesia del XVII. Unos quinientos metros más allá se encuentra la blanca capilla de San Lorenzo, que es la más antigua del barrio. Es una suerte de palomar para ángeles de juguetería. Hacia el sur, a quince minutos de marcha, hay otra plaza vasta y aireada; la limitan, en un costado, los muros rojos de una fábrica del siglo XVII y, enfrente las tapias y verjas de viejas casas del siglo pasado; al fondo se levanta un convento dominico del XVI. El claustro es noble y severo; la iglesia, esbelta y graciosa; el atrio, enorme y con seis árboles venerables.

Abundaban las villas, casi todas de inspiración francesa, construidas al finalizar el siglo pasado y rodeadas de jardines con altos árboles melancólicos. Los jardineros de Mixcoac eran famosos y uno de ellos, obligado a emigrar por los trastornos revolucionarios, ganó reconocimiento y desahogo en Los Ángeles. Mixcoac había sido un cacicazgo indígena antes de la Conquista y poseía, en una de sus orillas, una pirámide diminuta como la iglesia de San Juan. El arqueólogo Manuel Gamio, que comenzaba entonces sus trabajos, era amigo de mi familia y nos visitaba. Con la tropilla de mis primos y primas, yo lo acompañé varias veces al viejo santuario. Se levantaba en un llano amarillo y reseco que antes había sido un lugar acuático. Era difícil, al ver aquella desolación, imaginar el brillo de la laguna, los juncos, las cañas y las yerbas, los pájaros y las atareadas piraguas […].

Me falta mencionar otra enseñanza de Mixcoac: la feria y los fuegos de artificio. Más allá de la plazuela de San Juan, alrededor de la capilla de San Lorenzo, al lado de unas enormes excavaciones hechas por una fábrica de adobes y ladrillos (hoy, felizmente, convertidas en el parque Urbina), había un barrio en donde vivían y trabajaban familias de coheteros. El oficio era todavía hereditario y familiar. […] En Mixcoac los coheteros de San Lorenzo eran, naturalmente, los encargados de la pirotecnia en los días de fiesta. Todavía recuerdo maravillado sus invenciones, como aquella cascada de plata y oro, un 12 de diciembre, cayendo sobre la fachada de la iglesia: agua de luz sobre la piedra, bautismo de fuego inocuo sobre las torres y los follajes verdinegros de los fresnos… Así comenzó mi aprendizaje. Los primeros objetos que vi fueron las muestras humildes y dispares del arte indígena y del español, del criollo y del afrancesado de nuestros abuelos. No fue un mal comienzo.

 

“Repaso en forma de preámbulo” (6:26)

 

 

De niño salía con mi abuelo los jueves. Visitábamos a una hija que tenía en el centro y a varias de sus amistades. Entre otras amigas de mi abuelo conocí a una famosa actriz que se llamó Mimí Derba. Su madre también había sido actriz. Mi abuelo, que era actor de teatro, iba a tomar una copa de jerez con ellas y luego a cenar con amigos. Yo lo acompañaba y eso me permitió conocer aquella ciudad que ahora es el centro.

 

Una grandeza caída” (En Artes de México)[8]

 

 

[A mi abuelo le hicieron un reconocimiento]. Fue en el estado de Morelos, en 1920, en que asistió a un almuerzo en su honor. En dicha ocasión yo los acompañe a él y a mí tía Amalia.

 

“Entrevista con Napoleón Rodríguez”

 

 

(Ignacio) Sánchez Mejías —muerto hacía poco y al que yo, niño, había visto torear en la plaza de Puebla.

 

“Rafael Alberti, visto y entevisto” (3:379)

 

 

Cerca de la estación de los tranvías estaba la escuela primaria oficial para varones. Una construcción digna, un poco triste, de muros espesos y grandes ventanales. Desarbolada pero con buenas canchas de basquetball. Yo era aficionado a ese juego y por eso trabé amistad con muchachos de esa escuela. En aquella época, las instituciones educativas del gobierno gozaban de gran prestigio y aquel colegio rivalizaba con los dos privados, el francés de los hermanos de Lasalle (El Zacatito) y el Williams, inglés.

 

“Evocación de Mixcoac” (14:343)

¡Qué extraño es saberse vivo!
Caminar entre la gente
con el secreto a voces de estar vivo

Madrugadas sin nadie en el Zócalo
solo nuestro delirio
……………………y los tranvías
Tacuba Tacubaya Xochimilco San Ángel Coyoacán
en la plaza más grande que la noche
encendidos
listos para llevarnos
en la vastedad de la hora
……….. ………………..al fin del mundo
Rayas negras
las pértigas enhiestas de los troles
……. …………………………..contra el cielo de piedra
y su moña de chispas su lengüeta de fuego
brasa que perfora la noche
………………………….pájaro
volando silbando volando
entre la sombra enmarañada de los fresnos
desde San Pedro hasta Mixcoac en doble fila

 “Escribir y decir(15:83)

Estuve en un colegio francés, El Zacatito, de los hermanos La Salle. Ahí estudié los primeros cuatro años de la primaria. Y en el último año tuve entre mis maestros a un hermano, un profesor al que le llamábamos el hermano Antonio. Nos fascinaba porque nos contaba las leyendas de la historia sagrada de un modo lleno de poesía. Los milagros, todas estas historias de la Biblia que son prodigiosas se las oímos, en versión muy depurada porque la Biblia es un libro bastante arriesgado.

 

Entrevista con Octavio Paz” (En Letras Libres)[9]

 

 

Ya fuera de la plaza, en la calle de Actipan, se encontraba la vieja hacienda de El Zacatito, transformada por los hermanos de la orden de La Salle en un colegio. Un edificio grande, con un patio de pesadas columnas rectangulares, grandes salones, una capilla con un coro (famoso entre los entendidos) y las habitaciones de los hermanos. En todos los muros, crucifijos y estampas sagradas. Sin embargo, la construcción evocaba, más que a la piedad, a la utilidad. No la gracia sino la razón práctica. Sus proporciones y su disposición podían compararse a una proposición racional, destinada no a despertar inquietudes sino a confirmar las creencias y las convicciones. Pero sin nostalgias ni complacencias: era un colegio a un tiempo conservador y moderno, decidido a enseñarnos a navegar en las agitadas aguas del naciente siglo XX. Campos de futbol, el juego favorito (en el Williams reinaba el béisbol) y una extensa huerta en la que los hermanos cultivaban con arte y eficiencia muchas legumbres. Sin descuidar a las ciencias y a los conocimientos útiles, nuestros maestros subrayaban la enseñanza del lenguaje y la gramática. El lenguaje claro, decían, ayuda a pensar. Más exactamente: nos obliga a pensar. Los libros de lectura eran excelentes aunque expurgados de herejías liberales y limpios de molicie y sensualidad, aun la más inocente […].

En El Zacatito […] aprendí (y muy bien) los rudimentos de la gramática, la aritmética, la geografía, la historia de México (menos bien) y la historia sagrada. Debo decirlo: la historia sagrada era (es) prodigiosa, incluso en las versiones endulzadas del hermano Charles y del hermano Antoine. En la capilla me aburría durante las misas interminables. Para escapar del suplicio de ese ocio obligado y de la dureza de las bancas, me di a urdir fantasías y quimeras licenciosas. Así descubrí el pecado y temblé ante la idea de la muerte. En los campos jugué futbol, tuve peleas, sufrí castigos (horas y horas frente a una pared) y, en los juegos y travesuras con mis amigos y compañeros, di los primeros pasos en ese camino que recorremos todos los hombres: los corredores del tiempo y de la historia. Una tarde, al salir corriendo del colegio, me detuve de pronto; me sentí en el centro del mundo. Alcé los ojos y vi, entre dos nubes, un cielo azul abierto, indescifrable, infinito. No supe qué decir: conocí el entusiasmo y, tal vez, la poesía.

Mixcoac fue mi pueblo: tres sílabas nocturnas,
un antifaz de sombra sobre un rostro solar.
Vino Nuestra Señora, la Tolvanera madre.
Vino y se lo comió. Yo andaba por el mundo.
Mi casa fueron mis palabras, mi tumba el aire.

“Evocación de Mixcoac” (14:349)

De trecho en trecho, para aliviar el camino, habían plantado, como si fuesen patrullas de centinelas inmóviles, grupos de «truenos». Me encantaban esos arbolillos aunque no acertaba a descubrir su relación con los truenos que me estremecían en las noches de temporal. Uno de mis profesores en el colegio de El Zacatito, el hermano Antoine, me aclaró: no son truenos sino troène. En francés, unos arbustos. ¡Ah!, respondí aturullado. Esa tarde busqué en el diccionario francés-español el significado de troène: alheña. Ante esa palabra árabe mi confusión fue mayor. Seguí buscando y encontré otro enigma, ahora latino: ligustro. Pero ¿qué es ligustro? Alhaña. ¿Y qué es alhaña? Ligustro. Perversidad de los diccionarios: las definiciones circulares.

 

“Evocación de Mixcoac” (14:347)

 

 

Terminé la educación primaria en una escuela inglesa, el Colegio Williams. Ahí, también, me interesó la historia y la literatura.

 

Entrevista con Octavio Paz” (En Letras Libres)

 

 

Sus cartas y sus mensajes me han conmovido. Vienen de muy lejos, de mi niñez y de mi adolescencia… y vienen de muy cerca, del edificio del Colegio Williams, que no ha cambiado de sitio desde hace más de medio siglo. Allá estudié, como ustedes ahora, la aritmética, la geometría, la gramática, la historia de México y la del mundo. También aprendí a jugar futbol y basquetbol. Recuerdo con emoción a mis maestros, al profesor De la Mora, al profesor Saucedo[10]; también al de inglés, el señor Vega y al más popular de todos, Charley Williams, nuestro iniciador no sólo en el saber de los libros sino en el de los deportes. También recuerdo a nuestro querido Director Johnny Williams, una persona que supo hacerse estimar y que logró algo aún más difícil: hacerse querer. En el Colegio Williams aprendimos a adiestrar nuestras mentes y nuestros cuerpos. Aprendimos asimismo algo más precioso: a cultivar al alma y fortificar el carácter. Así comenzamos, como ustedes ahora, ese largo aprendizaje que no termina nunca: el de ser hombres y mujeres cabales.

 

“A los alumnos del Colegio Williams” (Carta de 20 de septiembre de 1995)

 

 

Los profesores eran ingleses y mexicanos. Se cultivaba el cuerpo pero como energía y combate. Una educación destinada a producir inteligentes y activos animales de presa. Se exaltaban las virtudes viriles: la tenacidad, el valor, la lealtad y la agresividad. Mucha aritmética, geometría y geografía aunque sin descuidar el lenguaje. No las reglas ni la teoría: la práctica. Nos enseñaban a usarlo como un utensilio o un arma, una prolongación de la mano. Paradojas de la moral inglesa: gozábamos de gran libertad pero había un calabozo para los reincidentes y los castigos físicos no eran desconocidos. ¿Cuál era la religión del colegio? Creo que la familia Williams era anglicana, algunos de los profesores eran quizá católicos y otros protestantes (nunca lo supimos a ciencia cierta), pero lo que predominaba era un vago deísmo […].

El colegio tenía campos de futbol y beisbol, duchas de agua helada y una sala de debates para los alumnos mayores. Estoicismo democracia: echorro de agua fría y la discusión en el ágora. En el colegio Williams me inicié (sin saberlo) en el método inductivo,aprendí inglés un poco de boxeo. También, el arte de trepar por los árboles el arte de quedarse solo, en una horqueta, escuchando los pájaros. Cuarenta años más tarde descubrí, leyendo The Prelude, que  Wordsworth había tenido experiencias semejantes en su niñez. Quizá la verdadera imaginación, a diferencia de la fantasía, consiste en ver la realidad. 

 

“Evocación de Mixcoac” (14:344)

 

 

 

Primera escritura

 

Pero la herencia, con ser importante, no es lo decisivo. Lo determinante es la llamada interior. Esto es muy difícil de describir. No escogemos: algo o algo nos escoge. Un día —tendría siete u ocho años— me descubrí escribiendo un poema. Un poema ingenuo y torpe. Poco después, a los nueve o diez años, leí que le habían preguntado a Alejandro Magno, cuando era niño: “Tú ¿qué quieres ser, el héroe Aquiles o su cantor Homero?” Alejandro respondió: “Prefiero ser el héroe a la trompeta del héroe.” Esa respuesta me conturbó, porque para mí Homero no era menos, sino más importante que Aquiles. Sin Homero no habría Aquiles.

 

“Hallar la primera frase” (En Excélsior)[11]
 

 

 

Mi amor por la palabra comenzó cuando oí hablar a mi abuelo y cantar a mi madre, pero también cuando los oí callar y quise descifrar o, más exactamente, deletrear su silencio. Las dos experiencias forman el nudo de que está hecha la convivencia humana: el decir y el escuchar.

 

“Nuestra lengua” (14:91)

 

 

Comencé a viajar cuando aprendí a leer, es decir, en mi infancia. Los juegos y la lectura no fueron nunca, para la gente de mi edad, actividades enemigas ni mundos separados: nuestros juegos prolongaban de esta o de aquella manera las aventuras y las peripecias de nuestras lecturas solitarias. Entre leer y jugar había muchos puentes trazados por la imaginación y que nos conducían a los países movibles que inventa el deseo.

 

Excursiones e incursiones”  (2:15)

Abderramán, Pompeyo, Xicoténcatl,
batallas en el Oxus o en la barda
con Ernesto y Guillermo. La mil hojas,
verdinegra escultura del murmullo,
jaula del sol y la centella
breve del chupamirto: la higuera primordial,
capilla vegetal de rituales
polimorfos, diversos y perversos.

“Pasado en claro” (fragmento) (12:78)

Entre los objetos que me causaban admiración en la biblioteca de mi abuelo se encontraban unos atriles giratorios que sostenían una infinidad de tarjetas con los retratos de los escritores admirados por él. Predominaban los franceses aunque había de otras naciones y lenguas: Hugo, Balzac, Zola, Byron, Tolstoi y no recuerdo cuántos más. Había un nicho especial para los españoles, de Pérez Galdós y Emilia Pardo Bazán a don Emilio Castelar, patriarca de los liberales mexicanos. Otro nicho estaba dedicado a los héroes republicanos, como Lincoln, Gambetta y Garibaldi, ya los prohombres revolucionarios: Mirabeau, Desmoulins, Danton y otros. No podían faltar, claro, ni Oliverio Cromwell ni Bonaparte. Entre todas estas notabilidades de fuera aparecían con naturalidad muchos mexicanos y algunos hispanoamericanos coma Sarmiento, Bello, Zorrilla de San Martín y Jorge Isaacs. La colección de tarjetas recordaba a los retratos de familia. En cierto modo era verdad: en mi casa los veíamos coma parientes lejanos y figuras tutelares. Eran nuestros penates.

En la biblioteca la literatura y la historia de España ocupaban un lugar central. Desde la orilla española vislumbre el mundo árabe y me deslumbró. No sé todavía cuál era mi héroe favorito, si el Cid o Almanzar. De modo que por los dos extremos de mi ser, el indio y el español, muy pronto tuve conciencia de otros mundos y otras almas. Mi niñez y las lecturas de mi juventud me prepararon sin que yo lo supiese para mis encuentros con Oriente. Leí muchos libros de Salgari y Jules Verne. Mis amigos y yo pasábamos de Los tres mosqueteros a los cowboys y los pieles rojas sin el menor escrúpulo y sin darnos cuenta de que saltábamos épocas y continentes. Era un lector voraz y llegué a leer libros “prohibidos” porque nadie prestaba atención a mis lecturas …

 

Entrada retrospectiva(8:23)

…Isis y el asno Lucio; el pulpo y Nemo;
y los libros marcados por las armas de Príapo,
leídos en las tardes diluviales
el cuerpo tenso, la mirada intensa.

“Pasado en claro” (fragmento) (12:82)

Mi primer escrito, niño aún, fue un poema; desde esos versos infantiles la poesía ha sido mi estrella fija.

 

“La casa de la presencia” (1:15)

 

 

Niño todavía, conocí la atracción por las palabras; me parecían talismanes capaces de crear realidades insólitas.

 

“El llamado y el aprendizaje” (13:17)

 

 

Mi verdadera vocación fue, desde mi niñez, la poesía. Un día sentí el llamado. Todo lo que hice e intenté después, mis aprendizajes, no fue ni ha sido sino mi respuesta a ese llamado.

 

“El llamado y el aprendizaje” (13:20)

 

 

La sensación con la que me levantaba de niño, al amanecer, cuando salía el sol en el pueblo de Mixcoac, ese aire frío de las mañanas de nuestro Altiplano, me sigue pareciendo tonificante. Es un reto, una invitación a vivir.

 

“El poeta en su tierra” (15:396)

 

 

En Mixcoac, pueblo de labios quemados, solo la higuera señalaba los cambios del año. La higuera, seis meses vestida de un sonoro vestido verde y las otros seis carbonizada ruina del sol de verano. Encerrado en cuatro muros (al norte, el cristal del no saber, paisaje por inventar; al sur, la memoria cuarteada; al este, el espejo; al oeste, la cal y canto del silencio) escribía mensajes sin respuesta, destruidos apenas firmados. Adolescencia feroz: el hombre que quiere ser, y que ya no cabe en ese cuerpo demasiado estrecho, estrangula al niño que somos. (Todavía, al cabo de los años, el que voy a ser, y que no será nunca, entra a saco en el que fui, arrasa mi estar, lo deshabita, malbarata riquezas, comercia con la Muerte.) Pero en este tiempo la higuera llegaba hasta mi cuarto y tocaba insistente los vidrios de la ventana, llamándome. Yo salía y penetraba en su centro: sopor visitado de pájaros, vibraciones de élitros, entrañas de fruto goteando plenitud…

¡Leer mi destino en las líneas de la palma de una hoja de higuera! Te prometo luchas y un gran combate solitario contra un ser sin cuerpo. Te prometo una tarde de toros y una cornada y una ovación. Te prometo el coro de los amigos, la caída del tirano y el derrumbe del horizonte. Te prometo el destierro y el desierto, la sed y el rayo que parte en dos la roca: te prometo el chorro de agua. Te prometo la llaga y los labios, un cuerpo y una visión. Te prometo una flotilla navegando por un río turquesa, banderas y un pueblo libre a la orilla. Te prometo unos ojos inmensos, bajo cuya luz has de tenderte, árbol fatigado. Te prometo el hacha y el arado, la espiga y el canto, te prometo grandes nubes, canteras para el ojo, y un mundo por hacer.

Hoy la higuera golpear en mi puerta y me convida. ¿Debo coger el hacha o salir a bailar con esa loca?

 

“¿Águila o sol?” (11:185)

 

 

Tengo miedo de ser un fantasma. ¿Fui alguna vez así? Sí, de niño, trepado en una higuera o a caballo sobre la barda de una huerta de pueblo mexicano.

 

Carta a Bona de Pisis (1 de septiembre de 1963)

 

 

Cuando yo era chico, admiraba mucho a dos personajes, a Simbad el Marino y a Ulises. Los dos fueron grandes navegantes y yo navegaba en la verde carabela de la higuera.

 

“Soy otro soy muchos” (15:359)

 

 

Un día en que mi abuelo no estaba en su estudio, me senté al frente de su escritorio, escogí una pluma bien tallada —él no usaba pluma fuente— y en el hermoso papel que empleaba para su correspondencia escribí una carta de amor. La cerré cuidadosamente y la sellé con lacre rojo y un anillo que le servía para esos menesteres. Fui al jardín, corté algunas flores, hice un pequeño ramo y salí de la casa. Anochecía —esa hora que llaman “entre azul y buenas noches”. No había un alma en las calles de Mixcoac, un pueblo en las afueras de la ciudad en donde vivíamos. La carta no tenía nombre de destinataria; estaba dirigida literal y realmente a la desconocida. Caminé un trecho: ¿a quién entregarla o en dónde depositarla? Al dar la vuelta en una esquina, en la semiobscuridad, vislumbré una casa de nobles proporciones, con una fila de balcones de hierro y, tras los barrotes, unas ventanas de madera con visillos blancos. La casa me pareció que guardaba un misterio; tal vez vivía en ella la desconocida. Movido por un impulso que no puedo explicar, después de un instante de vacilación, arrojé la carta y el ramo de flores entre los barrotes de uno de los balcones y me alejé rápidamente. Mi poesía ha sido fiel a este acto infantil y a la esperanza que portaba: encontrarla. ¿A quién? A mi fantasma perdido en el tiempo. Un fantasma, estaba seguro, que encarnaría en una mujer de carne y hueso.

 

“El llamado y el aprendizaje” (13:20)

 

 

 

Final de la infancia

 

Una noche, serían ya cerca de las ocho, mi tía y mi madre comenzaron a alarmarse. Ya era hora de que mi abuelo estuviese de regreso. Era uno de sus «días de visita» y había salido solo. Mi primo Guillermo y yo, tendidos sobre la alfombra, hojeábamos un grueso volumen de estampas… De pronto, oímos el ruido habitual: el chirriar de la reja, el sonido opaco de los pasos y del bastón, ahora titubeante, subiendo los seis peldaños de la pequeña escalera, después los mismos pasos en la terraza, igualmente pequeña, con las macetas de las camelias blancas y encarnadas de Amalia, su gran lujo. La puerta se abrió y apareció mi abuelo. Nos miró a todos con una mirada indefinible y, jadeante, dijo: «Me siento mal, algo me pasa». Las mujeres lo llevaron a su cuarto, lo sentaron en la cama, le ayudaron a deshacer el nudo de la corbata y a quitarse el saco y la camisa. Masculló: «Tal vez me haría bien una friega de alcohol». Mi madre dijo en voz baja: «Hay que llamar pronto a un médico». Y salió corriendo hacia el teléfono. Antes de que lo hubiese descolgado, el anciano masculló algo ininteligible, movió la cabeza como para decirle adiós al mundo y murió.

 

“Silueta de Ireneo Paz” (14:149)

 

 

Era obligatorio asistir a la misa, y las misas se celebraban en una capilla muy bonita; el colegio era un edificio de fines del siglo XVIII o principios del XIX que antes había sido una hacienda. Las misas eran largas, los sermones aburridos y mi fe comenzó a congelarse. Me aburría y esto era ya una blasfemia porque me daba cuenta de que me aburría. Además, pensaba en las muchachas. La Iglesia se convirtió en una proveedora de sueños eróticos cada vez más indecentes. Y esos sueños me hacían dudar más y más y las dudas alimentaban mi cólera contra la Divinidad. Un buen día, al salir de la iglesia, comprobé una vez más que la Comunión no me había producido ningún efecto. Estaba tan caído de la mano de Dios después de la Comunión como antes. Escupí en el suelo como si quisiera devolver la hostia, bailé sobre mi escupitajo, dije dos o tres maldiciones y reté a Dios. Desde ese día, aunque sin decírselo a nadie, profesé un antideísmo beligerante.

 

“Octavio Paz” (Entrevista con Rita Guibert) (15:424)

 

 

Las primeras obras pornográficas que leí fueron algunos clásicos. Recuerdo que El asno de oro me produjo una turbación extraordinaria. Había también mucha literatura francesa y las poetas y novelistas de fin de siglo en nuestra lengua. Los “modernistas” hispanoamericanos ocupaban un lugar destacado en los libreros. Esos años —los de mi adolescencia y mi primera  juventud (digo primera porque tuve varias)— fueron los de la gran explosión de la vanguardia poética y pictórica. También fueron las del descubrimiento de nuestra poesía barroca y especialmente de Góngora. Yo leí mucho a Góngora y lo sigo leyendo siempre. Y también a Quevedo. En la escuela nos hacen odiar a nuestros clásicos, pero yo, más tarde, he regresado a la poesía medieval y tradicional. Otra de mis lecturas ha sido y es el Arcipreste de Hita. Pero esto fue más tardío.

 

 “Entrevistas” (15:440)

 

 

(La memoria no es lo que recordamos, sino lo que nos recuerda. La memoria es un presente que nunca acaba de pasar. Acecha, nos coge de improviso entre sus manos de humo que no sueltan, se desliza en nuestra sangre: el que fuimos se instala en nosotros y nos echa afuera. Hace mil años, una tarde, al salir de la escuela, escupí sobre mi alma; y ahora mi alma es el lugar infame, la plazuela, los fresnos, el muro ocre, la tarde interminable en que escupo sobre mi alma. Nos vive un presente inextinguible e irreparable. Ese niño apedreado, ese sexo femenino como una grieta que fascina, ese adolescente que acaudilla un ejército de pájaros al asalto del sol, esa grúa esbelta de fina cabeza de dinosaurio inclinándose para devorar un transeúnte, a ciertas horas me expulsan de mí, viven en mí, me viven. No esta noche.)

 

“Execración” (11:182)

 

 

Conozco, reconozco la escalera, los gastados escalones, el mareo y el vértigo. Aquí lloré, aquí canté. Éstas son las piedras con que te hice, torre de palabras ardientes y confusas, montón de letras desmoronadas.

No. Quédate, si quieres, a rumiar al que fuiste. Yo parto al encuentro del que soy, del que ya empieza a ser; mi descendiente y antepasado, mi padre y mi hijo, mi semejante desemejante. El hombre empieza donde muere. Voy a mi nacimiento.

 

“Viejo poema” (11:187)

 

NOTAS

[1] García Ramírez, Fernando y Juan José Reyes, “Itinerarios de un poeta”, El Nacional, 29 de noviembre de 1990, pp. 13-14.

[2] Rodman, Selden, “Tongues of Fallen Angels: Conversations with Jorge Luis Borges and Others”, New Directions Books, 1974, pp. 135-162.

[3] Ruiz Butrón, Eduardo Ángel, “Octavio Paz en el recuerdo”, Puerta de Sol, año 1, núm. 1, diciembre de 2001.

[4] Se refiere a su tía abuela Victoria Solórzano Preciado (Guadalajara, diciembre de 1839 – Mixcoac, 27 de enero de 1931), hermana de su abuela paterna Rosa. Su domicilio era el número 1 del jardín Agustín Jáuregui. (AGA).

[5] Paz, Octavio, “La falla de mi padre fue que no se dio cuenta de mi afecto”, Proceso, 17 de noviembre de 1984.

[6] Rodríguez, Napoleón, “Ireneo Paz, letra y espada liberal”, Fontamara, 2002, pp. 124-128.

[7] “Me asombra haber llegado a los 80: Octavio Paz”, El Financiero, 28 de marzo de 1994, p. 69.

[8] “Una grandeza caída”, Artes de México, nueva época, núm 1, otoño 1988.

[9] Santí, Enrico Mario, “Entrevista a Octavio Paz”, Letras Libres, 31 de enero de 2005.

[10] El nombre del profesor era Pedro Sauceda. (AGA).

[11] Reyes Razo, Miguel. “Hallar la primera frase”, Excélsior, 7 de diciembre de 1990, pp. 1 y 41.