1914-1924

 

Oídos con el alma, 
pasos mentales más que sombras, 
sombras del pensamiento más que pasos, 
por el camino de ecos 
que la memoria inventa y borra: 
sin caminar caminan 
sobre este ahora, puente 
tendido entre una letra y otra. 

“Pasado en claro” (fragmento) (12:75)

 

 

El origen y la familia

 

Nací el 31 de marzo de 1914, el año en que estalla la primera gran guerra y, en México, el año de la ocupación norteamericana de Veracruz, la caída de Huerta y la gran división de los revolucionarios triunfantes. Desde la época de la Intervención francesa y el Imperio hasta los años de la Revolución, la vida privada de mi familia paterna se confundió con la vida pública de México.

Nací el 31 de marzo de 1914, el año en que estalla la primera gran guerra y, en México, el año de la ocupación norteamericana de Veracruz, la caída de Huerta y la gran división de los revolucionarios triunfantes. Desde la época de la Intervención francesa y el Imperio hasta los años de la Revolución, la vida privada de mi familia paterna se confundió con la vida pública de México. [1]

 

 

“El poeta en su tierra” (15:383)

 

 

 

Vengo de una familia típica de México. Por parte de mi padre, mi familia es muy antigua y es originaria del estado de Jalisco. Una familia mestiza. Mi abuelo paterno era mexicano. Mis abuelos maternos eran andaluces y mi madre nació en México. De manera que mi familia es por una parte europea y por la otra indígena.

 

“Octavio Paz” (entrevista con Rita Guibert) (15:422)

 

 

Yo no nací en Mixcoac pero allá viví durante toda mi niñez y buena parte de mi juventud. Apenas tenía unos meses de edad cuando los azares de la Revolución nos obligaron a dejar la ciudad de México; mi padre se unió en el sur al movimiento de Zapata, con Antonio Díaz Soto y Gama y otros jóvenes, mientras mi madre se refugió, conmigo, en Mixcoac, en la vieja casa de mi abuelo paterno, Ireneo Paz, patriarca de la familia.

 

“Evocación de Mixcoac” (14:341)

 

 

 

Mi casa era grande y pequeña mi familia. Cinco personas: mi abuelo, una tía, mi madre, mi padre y yo. Las ausencias de mi padre eran frecuentes… El patriarca de la familia era un hombre de la edad que yo tengo ahora, ochenta años. Cargaba sobre sus hombros más de medio siglo de historia de México, de la Intervención francesa a la Revolución. […] Como todos los niños, me sentía solo, aunque estaba cerca de mi madre, de mi tía y, mientras vivió, de mi abuelo.

 

“Soy otro, soy muchos” (15:357)

 

 

 

Vivíamos en una casa grande, con un jardín. Éramos una familia venida a menos, empobrecida por la revolución y la guerra civil. Nuestra casa, llena de muebles antiguos, libros y objetos, se desmoronaba poco a poco. A medida que caían los cuartos, nosotros llevábamos los muebles a otro cuarto. Recuerdo que durante mucho tiempo viví en una habitación espaciosa, pero a la que le faltaba parte de un muro. Unos suntuosos biombos me defendían bastante mal del viento y de la lluvia. Una enredadera se metió en mi cuarto […] En mi casa, como en todas las casas mexicanas de aquella época, al menos las de la burguesía y la clase media, los hombres no eran muy católicos, más bien eran libre pensadores, masones, liberales. En cambio, las mujeres eran fervorosamente católicas. De niño, por presión de mi tía y de mi madre, estudié en un colegio francés de hermanos maristas y, como todos los niños, tuve crisis de fervor religioso. Me preocupaba mucho saber si mi abuelo, que no era creyente pero al que yo consideraba como uno de los hombres más buenos de la tierra, se iba a salvar o no. Aquello de que estaba condenado a ir al infierno me parecía atroz. Una incongruencia de Dios: condenar a un hombre bueno simplemente porque no creía en él. Y esto me hizo pensar que los filósofos paganos y los héroes que en la escuela nos enseñaban a admirar habían ido a dar también al infierno. Todo esto me horrorizaba y, al mismo tiempo, fomentaba mi fervor.

 

“Octavio Paz” (con Rita Guibert) (15:423)

 

 

 

Tuve ideas religiosas, pero no muy ardientes. Mi familia era liberal. Mi madre es española y católica; mi padre fue vagamente cristiano. Mi abuelo era masón. El tránsito del liberalismo al ateísmo fue simple para mí. De niño estudié en un colegio de hermanos maristas. Luego me cambiaron a uno inglés. Como no éramos ricos, después estudié en escuelas del gobierno.

 

“Octavio Paz: poesía y metafísica” (con María Embeita) (15:32)

 

 

 

Mi madre era andaluza. Una mujer excepcionalmente bonita. Además, tenía buena voz. Aún la recuerdo en el jardín o en la terraza, cantando o tarareando canciones españolas. La relación con mi tía era distinta: ella me inculcó el amor a los libros. Entre ella y mi madre —como pasa siempre entre cuñadas— la relación era tirante. Mi tía era una solterona inteligente y un poco delirante. Yo era una de las causas de su rivalidad.

 

“Soy otro, soy muchos” (15:358)

 

 

 

Mi madre es hija de andaluces. Y de dos lugares célebres de Andalucía: mi abuelo era de Medina Sidonia y mi abuela de El Puerto de Santa María. Pero mi casa de niño era una casa muy mexicana, muy tradicionalmente mexicana, en la cual el problema español estaba vivo. Mi abuelo paterno era liberal y masón y mi padre también era liberal y después se volvió revolucionario. Eran antiespañoles pero eran antiespañoles que leían muchísimo a los españoles. Gracias a ellos leí a Galdós de niño.

 

“Solo a dos voces” (15:627)

 

 

 

Mi padre era mexicano ­—el apellido Paz aparece en el país desde el siglo dieciséis, al otro día de la conquista— y mi madre española. Siendo mexicano, también me fascinó la otra vertiente de mi origen. Por mis abuelos maternos vengo del Puerto de Santa María y de Medina Sidonia. Cuando, ya mayor, conocí Jerez y Cádiz, me pareció regresar a mi niñez. Tuve dos tías, una gaditana y otra jerezana, que se llamaban Angustias y Salud; sus efluvios contradictorios mantenían el equilibrio psíquico de la familia. Mi familia paterna era liberal y, además, indigenista: antiespañola por partida doble. Mi madre detestaba las discusiones y respondía a las diatribas con una sonrisa. Yo encontraba sublime su silencio, más contundente que un tedioso alegato. Mi madre —hormiga providente… pero hormiga que cantaba como una cigarra— me decía: procura ser modesto, ya que no humilde. La humildad es de santos, la modestia, de gente bien nacida. […] Yo tuve tías, tuve tres tías: Belica, Belica es Isabelica, es una manera andaluza, creo. Aparece en el XVII y en el XVI, en el teatro de Lope, Belica. La otra se llamaba Leonor y la otra, no me acuerdo, María Teresa, pero estas eran, no sé si eran hijas de un hermano o una hermana de mi abuela o de mi abuelo. Creo que eran más bien de mi abuela. Luego había otros Delgado que siguen viviendo en México.

 

“Octavio Paz en el recuerdo” (entrevista con Eduardo Ángel Ruiz Buitrón)

 

 

 

Mis abuelos paternos eran tapatíos de vieja cepa; en mi casa se hablaba con frecuencia de Guadalajara y entre los lugares que se mencionaban con mayor entusiasmo había uno que, literalmente, me encantaba: el Parque de Agua Azul. Lo soñé como un manantial de agua pura en el centro de una espesura verde de plantas y árboles paradisiacos. Agua Azul: al oír estas dos palabras yo pensaba en una agua celeste o en un cielo acuático.

 

“Juan Soriano” (7:350)

 

 

 

Mi padre y mi abuelo eran muy distintos. Como todas las casas, la mía era teatro de la lucha entre las generaciones (aparte de la otra, tal vez más profunda, entre los sexos).

 

“Suma y sigue (conversación con Julio Scherer)” (8:366)

 

 

 

Tres fueron, en mi opinión, las personas que ejercieron una enorme influencia en mí, durante mi niñez: don Ireneo, mi abuelo, es una de ellas, la figura masculina de mayor impacto en mi primera edad. Mi padre, en cambio, fue siempre para mí una figura amada y distante a un tiempo. Circunstancias y hechos que marcaron su vida —la revolución en el sur, primero y la política después— le mantuvieron alejado de su familia y yo nunca pude hablar con él. Mi madre y mi tía Amalia, en cambio, siempre estuvieron a mi lado en esos años. Ambas, a manera de pilastras paralelas, ejercieron su influencia sobre mi persona. Doña Josefina, mi madre, encarnaba el afecto: mi tía Amalia es la suscitadora de mis inquietudes.

 

“La falla de mi padre” (mensaje a Felipe Gálvez). Proceso, 17-XI, 1984.

 

 

 

Don Ireneo, mi abuelo, es la figura masculina de mayor impacto en mi primera edad. Dirigió un diario, La Patria, y escribió novelas populares. De hecho, durante una época, vivimos de las ventas de uno de sus libros, un best-seller. Amaba a los libros y había logrado reunir una biblioteca de cierta importancia. Desde niño leí libros de autores mexicanos. En mi familia nuestros escritores no sólo eran vistos con respeto y con simpatía sino que se exaltaba, a veces de modo inmoderado, a los del siglo XIX, especialmente a los del bando liberal. La razón de esta anomalía es muy simple: mi abuelo se había alistado desde su juventud en las filas del liberalismo.

 

“Tránsito y permanencia” (4:16)

 

 

 

Uno de los libros que más me atraía no estaba en la biblioteca: el álbum de Amalia Paz. Mi madre y otros familiares se referían a él con una sonricilla, no sé si de burla o de envidia. Amalia era mi tía, una solterona muy alta y muy flaca, siempre leyendo novelas francesas del siglo pasado o perdida en soliloquios inaudibles, a ratos susurrantes y otros exaltados como río crecido. ¿Con quién hablaba, a quién increpaba, con quién reía y a quién, un minuto después, rogaba? Como todos los viejos, tenía la cabeza llena de fantasmas. Era inteligente y delirante, solícita y perversa.

 

“Tránsito y permanencia” (4: 16)

 

 

 

Obediente a su signo, el melancólico Saturno, [mi tía Amalia] saltaba del entusiasmo al abatimiento. En la vejez la soledad es un peso insoportable y quizá por esto ella buscaba mi compañía: yo era el más chico de la casa y el único que escuchaba embelesado sus historias. Me fascinaba y me aterraba. A ella le debo mi afición a los cuentos fantásticos. También mi primera noticia de la poesía mexicana. Tal vez había sido atractiva, a juzgar por un retrato suyo colgado en una salita y por los poemas y dedicatorias de su álbum. Lo guardaba en su recámara, en un secreter. Una de mis primas descubrió el escondite y una tarde nos deslizamos a hurtadillas en su habitación, sacamos el álbum y lo hojeamos, asombrados y burlones. Contenía algunos dibujos y acuarelas, un retrato suyo a lápiz y muchos poemas y composiciones en prosa. Al principio, mi prima y yo nos reímos; de pronto nos quedamos serios: los autores de aquellos madrigales y sonetos estaban muertos. Nos estremecimos, devolvimos el álbum en su sitio y nos alejamos. La sombra de la muerte nos había rozado.

 

“Tránsito y permanencia” (4: 17)

 

 

 

La política es lucha por el poder pero, asimismo, es lucha de ideas. Mi familia era liberal y las divinidades tutelares de la casa eran los héroes del liberalismo y los grandes revolucionarios franceses… Yo nací entre libros. Uno de mis grandes placeres era hojear, con un primo, los gruesos volúmenes de historia de mi abuelo y detenernos en sus estampas: la toma de Jerusalén por los cruzados, el suplicio de Cuauhtémoc, el Juramento del Juego de Pelota, la batalla de Trafalgar… Nuestros juegos infantiles eran mojigangas heroicas: los duelos de D’Artagnan, las cabalgatas del Cid, la lámpara de Aladino o las hazañas en las praderas del Oeste de Buffalo Bill. El amor a lo maravilloso mueve a los niños. Y lo maravilloso, para nosotros, era sobre todo la acción. La historia es también acción y por esto los juegos infantiles, sin excluir a los juegos eróticos, son el comienzo, el prólogo de la historia. Muchos años después, en Pasado en claro, al recordar los juegos de mi niñez, encontré en ellos una profecía de mi pasión por la historia y por la política. Como la historia, el juego infantil es una acción cuyo sentido último se nos escapa. Quizá la historia, como el juego, es aprender a morir, una escenificación o una alegoría de la muerte. Y yo en la muerte descubrí al lenguaje:

 

El universo habla solo
pero los hombres hablan con los hombres:
hay historia. Guillermo, Alfonso, Emilio:
el corral de los juegos era historia
y era historia jugar a morir juntos.

 

“El poeta en su tierra” (15:383)

 

 

 

La época en que nací y en la que me formé, así como mi tradición familiar, explican en buena parte mi pasión por la historia viva: la política. Pero también los juegos infantiles fueron una verdadera iniciación. Aquí interviene otra pasión, la más poderosa: la poesía. A su vez, la poesía es un juego. Un salto mortal. Poesía e historia no son, tal vez, sino las dos caras de la misma enigmática realidad. Ambas están presentes en nuestra infancia.

 

“El poeta en su tierra” (15:384)

 

 

 

Frente a los llanos, allí donde terminaban las casas, vivían Ifigenia y Elodio. Venían de las profundidades del Ajusco, la gran montaña que domina el sur del valle de México. Los dos volcanes son blancos y azules; el Ajusco es oscuro y rojizo: los dos tenían el color de su montaña. Indios viejos, hablaban todavía nahua y su español salpicado de aztequismos y diminutivos era dulce y cantante. Hacía muchos años, él había sido jardinero de mis abuelos y ella había dejado en nuestra casa una leyenda de cuentos y prodigios. Yo los veía como familia y ellos, que no habían tenido hijos, me trataban como a un nieto adoptivo. Elodio tenía una pierna de palo, como los piratas de los cuentos. Era reservado y cortés —salvo durante sus estrepitosas borracheras— y me enseñó a lanzar piedras con una honda. Con ella combatí en algunas furiosas batallas infantiles. Ifigenia era lo contrario de su marido. Arrugada, sentenciosa, vivaz, niña vieja con un saber de siglos, fuente manando siempre maravillas, más que una abuela era una leyenda andante, un personaje de uno de sus cuentos. Era bruja y curandera, me contaba historias, me regalaba amuletos y escapularios, me hacía salmodiar conjuros contra los diablos, los fantasmas, las enfermedades, las malas ideas. Me inició en los misterios del temascal, el tradicional baño azteca, rito de comunión con el agua, el fuego, y las criaturas incorpóreas que engendran los vapores. Decía que el temascal no era un baño sino un renacimiento. Y era verdad: al salir del baño yo sentía que regresaba de un largo viaje al comienzo del tiempo. Viaje inmóvil con los ojos cerrados pero despiertos los sentidos y el espíritu.

 

“Evocación de Mixcoac” (14:345)

 

 

 

¿Qué edad tendría? No sé, tres o cuatro años quizá. En cambio, es muy vívida la memoria del lugar: una pequeña sala cuadrangular en una vieja casona de Mixcoac…  Me veo, mejor dicho: veo una figura borrosa, un bulto infantil perdido en un inmenso sofá circular de gastadas sedas, situado justo en el centro de la pieza. Con cierta inflexibilidad, cae la luz de un alto ventanal. Deben de ser las cinco de la tarde pues la luz no es muy intensa. Muros empapelados de un desvaído amarillo con dibujos de guirnaldas, tallos, flores, frutos: emblemas del tedio. Todo real, demasiado real; todo ajeno, cerrado sobre sí mismo. Una puerta da al comedor, otra a la sala y la tercera, lateral y con vidrieras, a la terraza. Las tres están abiertas. La pieza servía de antecomedor. Rumor de risas, voces, tintineo de vajillas. Es día de fiesta y celebran un santo o un cumpleaños. Mis primos y primas, mayores, saltan en la terraza. Hay un ir y venir de gente que pasa al lado del bulto sin detenerse. El bulto llora. Desde hace siglos llora y nadie lo oye. Él es el único que oye su llanto. Se ha extraviado en un mundo que es, a un tiempo, familiar y remoto, íntimo e indiferente. No es un mundo hostil: es un mundo extraño, aunque familiar y cotidiano, como las guirnaldas de la pared impasible, como las risas del comedor. Instante interminable: oírse llorar enmedio de la sordera universal… No recuerdo más. Sin duda mi madre me calmó: la mujer es la puerta de reconciliación con el mundo. Pero la sensación no se ha borrado ni se borrará. No es una herida, es un hueco.

 

“Entrada retrospectiva” (8:17)

 

 

 

 

Viaje a California

 

 

Imposible no recordar, ante aquel paisaje, a ratos desolado y siempre con esa monotonía que es uno de los atributos de la inmensidad, otro viaje de mi infancia, no menos largo, hecho con mi madre de la ciudad de México a San Antonio, Texas. Fue durante el período final de la Revolución mexicana. Para protegernos de los guerrilleros que asaltaban los trenes, viajaba con nosotros una escolta militar. Mi madre veía con recelo a los oficiales: iba a reunirse con mi padre, desterrado político en los Estados Unidos y adversario de aquellos militares. Tenía la obsesión de los ahorcados, con la lengua de fuera y balanceándose colgados de los postes del telégrafo a lo largo de la vía. Los había visto varias veces, en otros viajes de México a Puebla. Al llegar a un lugar en donde había combatido, hacía poco, una partida de alzados con las tropas federales, me cubrió la cara con un movimiento rápido de la mano mientras que con la otra bajaba la cortina de la ventanilla. Yo estaba adormecido y su movimiento me hizo abrir los ojos: entreví una sombra alargada, colgada de un poste. La visión fue muy rápida y antes de que me diese cuenta de lo que había visto, se desvaneció. Tendría entonces unos seis años y al recordar este incidente mientras veía la interminable llanura de la India, pensé en las matanzas de 1947 entre los hindúes y los musulmanes. Matanzas a la orilla de un ferrocarril, lo mismo en México que en la India… Desde el principio, todo lo que veía provocaba en mí, sin que yo me lo propusiese, la aparición de imágenes olvidadas de México. La extrañeza de la India suscitaba en mi mente la otra extrañeza, la de mi propio país…

 

“Vislumbres de la India” (10: 365)

 

 

Aunque originario de una familia burguesa, mi padre fue amigo y compañero del gran revolucionario Antonio Díaz Soto y Gama. Formaba parte de un grupo de jóvenes más o menos influidos por su anarquismo. Sucedió que esos jóvenes no pudieron unirse a las fuerzas norteñas y se fueron al sur, donde conocieron a Zapata y fueron conquistados por el zapatismo. Mi padre pensó desde entonces que el zapatismo era la verdad de México. Cuando yo era niño visitaban mi casa muchos viejos líderes zapatistas y también muchos campesinos a los que mi padre, como abogado, defendía en sus pleitos y demandas de tierras… Participó en las actividades de la Convención Revolucionaria. Posteriormente fue representante de Zapata y de la Revolución del Sur en los Estados Unidos. Mi madre y yo lo alcanzamos en Los Ángeles. Allá nos quedamos casi dos años.

 

“Pasados (Conversación con Claude Fell)” (8:249)

 

 

 

Tenía seis años y no hablaba una sola palabra de inglés. Recuerdo vagamente el primer día de clases: la escuela con la bandera de los Estados Unidos, el salón desnudo, los pupitres, las bancas duras y mi azoro entre la ruidosa curiosidad de mis compañeros y la sonrisa afable de la joven profesora, que procuraba aplacarlos. Era una escuela angloamericana y sólo dos de los alumnos eran de origen mexicano, aunque nacidos en Los Ángeles. Aterrorizado por mi incapacidad para comprender lo que se me decía, me refugié en el silencio. Al cabo de una eternidad llegó la hora del recreo y del lunch. Al sentarme a la mesa descubrí con pánico que me faltaba una cuchara; preferí no decir nada y quedarme sin comer. Una de las profesoras, al ver intacto mi plato, me preguntó con señas la razón. Musité: «cuchara», señalando la de mi compañero más cercano. Alguien repitió en voz alta: «¡cuchara!» Carcajadas y algarabía: «¡cuchara, cuchara!» Comenzaron las deformaciones verbales y el coro de las risotadas. El bedel impuso silencio pero a la salida, en el arenoso patio deportivo, me rodeó el griterío. Algunos se me acercaban y me echaban a la cara, como un escupitajo, la palabra infame: ¡cuchara! Uno me dio un empujón, yo intenté responderle y, de pronto, me vi en el centro de un círculo: frente a mí, con los puños cerrados y en actitud de boxeo, mi agresor me retaba gritándome: «¡cuchara!» Nos liamos a golpes hasta que nos separó un bedel. Al salir nos reprendieron. No entendí ni jota del regaño y regresé a mi casa con la camisa desgarrada, tres rasguños y un ojo entrecerrado. No volví a la escuela durante quince días; después, poco a poco, todo se normalizó: ellos olvidaron la palabra cuchara y yo aprendí a decir spoon.

 

“Entrada retrospectiva” (8:18)

 

 

 

Cambió la situación política de México y volvimos a Mixcoac. Fieles a las tradiciones familiares mis padres me matricularon en un colegio francés de la orden de La Salle. Aunque yo hablaba el inglés, no había olvidado el español. Sin embargo, mis compañeros no tardaron en decidir que era un extranjero: un gringo, un franchute o un gachupín, les daba lo mismo. El saberme recién llegado de los Estados Unidos y mi facha —pelo castaño, tez y ojos claros— podrían tal vez explicar su actitud; no enteramente: mi familia era conocida en Mixcoac desde principios del siglo y mi padre había sido diputado por esa municipalidad. Volvieron las risitas y las risotadas, los apodos y las peleas, a veces en el campo de futbol del colegio y otras en una callejuela cercana a la parroquia. Con frecuencia regresaba a mi casa con un ojo amoratado, la boca rota o la cara rasguñada. Mis familiares se inquietaron pero, con buen acuerdo, decidieron no intervenir: las cosas se calmarían poco a poco, por sí mismas. Así fue, aunque la inquina persistió: el menor pretexto bastaba para que volviesen a brotar las acostumbradas invectivas. […] En una ocasión acompañé a mi padre en una visita a un amigo al que, con razón, admiraba: Antonio Díaz Soto y Gama, el viejo y quijotesco revolucionario zapatista. Estaba en su despacho con varios amigos y, al verme, exclamó dirigiéndose a mi padre: “Caramba, no me habías dicho que tenías un hijo visigodo!” Todos se rieron de la ocurrencia pero yo la oí como una condena.

 

“Entrada retrospectiva” (8:18)

 

 

 

 

Mixcoac, calles, escuelas…

 

 

Salí de México con mi madre y por una larga temporada vivimos en Los Ángeles. La caída de Carranza y el triunfo de Obregón acabaron con el destierro de mi padre. Volvimos a vivir con mi abuelo y mi tía Amalia, ahora en una casa mucho más chica. Para sobrevivir, Ireneo Paz tuvo que hipotecar sus bienes y alquilar la casa grande. En la que vivíamos ahora, amueblada con los restos de residencias anteriores, había muchos y grandes estantes llenos de libros. También un jardín o, más bien, una pequeña huerta con un pozo, seis esbeltos pinos, una buganvilia y dos higueras a un tiempo pródigas y misteriosas. Las habitaciones eran espaciosas. En el comedor yo me sentía un poco desamparado: la mesa era muy grande y nosotros muy pocos. En las recámaras y en los pasillos había muchos retratos. En la sala, muebles vetustos y, colgados en los muros, espejos de marco dorado y dos o tres cuadros, académicos paisajes del valle de México. En un ángulo un piano y, en el muro contiguo, prominente, una inmensa fotografía de Porfirio Díaz a caballo. Aunque mi padre protestaba por la presencia de la imagen del dictador en la sala, mi abuelo se rehusaba a moverla y ahí se quedó hasta su muerte, unos pocos años después.

 

“Silueta de Ireneo Paz” (14:142)

 

 

 

Mixcoac es ahora un suburbio más bien feo de la ciudad de México, pero cuando yo era niño era un verdadero pueblo. El barrio en el que yo vivía se llamaba san Juan y la iglesia, una de las más viejas de la zona, era del siglo XVI. Había muchas casas del XVIII y del XIX, algunas con grandes jardines, porque a finales del diecinueve Mixcoac era un lugar de recreo de la burguesía capitalina. Las vicisitudes de aquellos años habían obligado a mi abuelo a dejar la ciudad y trasladarse a la casa de campo.

 

“Tiempos, lugares, encuentros” (15:327)

 

 

 

Yo crecí en Mixcoac, un pueblo que hoy es un suburbio de la ciudad de México. Los balcones de mi casa daban a la plazuela de San Juan. Aunque la infame manía gubernamental le ha arrancado su viejo nombre, todavía están en pie los fresnos eminentes, el solar de muros rosados del siglo XVIII y la pequeña iglesia del XVII. Unos quinientos metros más allá se encuentra la blanca capilla de San Lorenzo, que es la más antigua del barrio. Es una suerte de palomar para ángeles de juguetería. Hacia el sur, a quince minutos de marcha, hay otra plaza vasta y aireada; la limitan, en un costado, los muros rojos de una fábrica del siglo XVII y, enfrente las tapias y verjas de viejas casas del siglo pasado; al fondo se levanta un convento dominico del XVI. El claustro es noble y severo; la iglesia, esbelta y graciosa; el atrio, enorme y con seis árboles venerables.

 

Abundaban las villas, casi todas de inspiración francesa, construidas al finalizar el siglo pasado y rodeadas de jardines con altos árboles melancólicos. Los jardineros de Mixcoac eran famosos y uno de ellos, obligado a emigrar por los trastornos revolucionarios, ganó reconocimiento y desahogo en Los Ángeles. Mixcoac había sido un cacicazgo indígena antes de la Conquista y poseía, en una de sus orillas, una pirámide diminuta como la iglesia de San Juan. El arqueólogo Manuel Gamio, que comenzaba entonces sus trabajos, era amigo de mi familia y nos visitaba. Con la tropilla de mis primos y primas, yo lo acompañé varias veces al viejo san- tuario. Se levantaba en un llano amarillo y reseco que antes había sido un lugar acuático. Era difícil, al ver aquella desolación, imaginar el brillo de la laguna, los juncos, las cañas y las yerbas, los pájaros y las atareadas piraguas.

 

“Repaso en forma de preámbulo” (6:26)

 

 

 

Me falta mencionar otra enseñanza de Mixcoac: la feria y los fuegos de artificio. Más allá de la plazuela de San Juan, alrededor de la capilla de San Lorenzo, al lado de unas enormes excavaciones hechas por una fábrica de adobes y ladrillos (hoy, felizmente, convertidas en el parque Urbina), había un barrio en donde vivían y trabajaban familias de coheteros. El oficio era todavía hereditario y familiar. […] En Mixcoac los coheteros de San Lorenzo eran, naturalmente, los encargados de la pirotecnia en los días de fiesta. Todavía recuerdo maravillado sus invenciones, como aquella cascada de plata y oro, un 12 de diciembre, cayendo sobre la fachada de la iglesia: agua de luz sobre la piedra, bautismo de fuego inocuo sobre las torres y los follajes verdinegros de los fresnos… Así comenzó mi aprendizaje. Los primeros objetos que vi fueron las muestras humildes y dispares del arte indígena y del español, del criollo y del afrancesado de nuestros abuelos. No fue un mal comienzo.

 

“Repaso en forma de preámbulo” (6:26)

 

 

 

(Ignacio) Sánchez Mejías —muerto hacía poco y al que yo, niño, había visto torear en la plaza de Puebla.

 

“Rafael Alberti, visto y entevisto” (3:379)

 

 

 

Cerca de la estación de los tranvías estaba la escuela primaria oficial para varones. Una construcción digna, un poco triste, de muros espesos y grandes ventanales. Desarbolada pero con buenas canchas de basquetball. Yo era aficionado a ese juego y por eso trabé amistad con muchachos de esa escuela. En aquella época, las instituciones educativas del gobierno gozaban de gran prestigio y aquel colegio rivalizaba con los dos privados, el francés de los hermanos de Lasalle (El Zacatito) y el Williams, inglés.

 

“Evocación de Mixcoac” (14:343)

 

 

 

En El Zacatito estudié los cuatro primeros años de la primaria, aprendí (y muy bien) los rudimentos de la gramática, la aritmética, la geografía, la historia de México (menos bien) y la historia sagrada. Debo decirlo: la historia sagrada era (es) prodigiosa, incluso en las versiones endulzadas del hermano Charles y del hermano Antoine. En la capilla me aburría durante las misas interminables. Para escapar del suplicio de ese ocio obligado y de la dureza de las bancas, me di a urdir fantasías y quimeras licenciosas. Así descubrí el pecado y temblé ante la idea de la muerte. En los campos jugué futbol, tuve peleas, sufrí castigos (horas y horas frente a una pared) y, en los juegos y travesuras con mis amigos y compañeros, di los primeros pasos en ese camino que recorremos todos los hombres: los corredores del tiempo y de la historia. Una tarde, al salir corriendo del colegio, me detuve de pronto; me sentí en el centro del mundo. Alcé los ojos y vi, entre dos nubes, un cielo azul abierto, indescifrable, infinito. No supe qué decir: conocí el entusiasmo y, tal vez, la poesía.

 

Mixcoac fue mi pueblo: tres sílabas nocturnas,
un antifaz de sombra sobre un rostro solar.
Vino Nuestra Señora, la Tolvanera madre.
Vino y se lo comió. Yo andaba por el mundo.
Mi casa fueron mis palabras, mi tumba el aire.

 

“Evocación de Mixcoac” (14:349)

 

 

 

Adelante del Colegio Williams y siguiendo siempre la vía del tren, se llegaba a una extraña construcción morisca, ¡la Alhambra en Mixcoac! Parecía transportada por uno de los genios de los cuentos árabes. Aquella fantasía sarracena tenía un jardín frondoso y accidentado por el que corría, entre túneles, montañas, lagos y precipicios, un ferrocarril eléctrico que nos maravillaba […] A lado de la mansión mudéjar, la cueva de los prodigios: cada jueves, día de asueto, abría sus puertas el cine y durante tres horas, con mis primas y primos, me reía con Delgadillo, y saltaba con él desde un rascacielos, cabalgaba con Douglas Fairbanks, raptaba a la voluptuosa hija del sultán de Bagdad y lloraba con la huérfana de la aldea. […] Una mañana de asueto, durante un paseo con mis primos por las afueras del pueblo, tropezamos con un montículo que nos pareció ser una diminuta pirámide. Regresamos alborozados y contamos nuestro hallazgo a los mayores. Sonrientes movieron la cabeza: creyeron que se trataba de otra invención de María Luisa, una de mis primas que había creado toda una mitología de seres misteriosos. Sin embargo, a los pocos días nos visitó el arqueólogo Manuel Gamio, amigo antiguo de nuestra familia. Oyó sin inmutarse nuestro relato y esa misma tarde lo guiamos hacia el sitio de nuestro descubrimiento. Al ver el montículo nos explicó que probablemente era un santuario consagrado a Mixcoatl, divinidad que dio nombre a nuestro pueblo antes de la conquista.

 

“Evocación de Mixcoac” (14:344)

 

 

Sus cartas y sus mensajes me han conmovido. Vienen de muy lejos, de mi niñez y de mi adolescencia… y vienen de muy cerca, del edificio del Colegio Williams, que no ha cambiado de sitio desde hace más de medio siglo. Allá estudié, como ustedes ahora, la aritmética, la geometría, la gramática, la historia de México y la del mundo. También aprendí a jugar footbol y basquetbol. Recuerdo con emoción a mis maestros, al profesor De la Mora, al profesor Saucedo; también al de inglés, el señor Vega y al más popular de todos, Charley Williams, nuestro iniciador no sólo en el saber de los libros sino en el de los deportes. También recuerdo a nuestro querido Director Johnny Williams, una persona que supo hacerse estimar y que logró algo aún más difícil: hacerse querer. En el Colegio Williams aprendimos a adiestrar nuestras mentes y nuestros cuerpos. Aprendimos asimismo algo más precioso: a cultivar al alma y fortificar el carácter. Así comenzamos, como ustedes ahora, ese largo aprendizaje que no termina nunca: el de ser hombres y mujeres cabales.

 

“A los alumnos del Colegio Williams” (carta del 20 de septiembre de 1995)

 

 

Primera escritura

 

 

Pero la herencia, con ser importante, no es lo decisivo. Lo determinante es la llamada interior. Esto es muy difícil de describir. No escogemos: algo o algo nos escoge. Un día —tendría siete u ocho años— me descubrí escribiendo un poema. Un poema ingenuo y torpe. Poco después, a los nueve o diez años, leí que le habían preguntado a Alejandro Magno, cuando era niño: “Tú ¿qué quieres ser, el héroe Aquiles o su cantor Homero?” Alejandro respondió: “Prefiero ser el héroe a la trompeta del héroe.” Esa respuesta me conturbó, porque para mí Homero no era menos, sino más importante que Aquiles. Sin Homero no habría Aquiles.

 

“Hallar la primera frase” (entrevista con Miguel Reyes Razo)

 

 

 

Mi amor por la palabra comenzó cuando oí hablar a mi abuelo y cantar a mi madre, pero también cuando los oí callar y quise descifrar o, más exactamente, deletrear su silencio. Las dos experiencias forman el nudo de que está hecha la convivencia humana: el decir y el escuchar.

 

“Nuestra lengua” (14:91)

 

 

 

Mi primer escrito, niño aún, fue un poema; desde esos versos infantiles la poesía ha sido mi estrella fija.

 

“La casa de la presencia” (1:15)

 

 

 

Niño todavía, conocí la atracción por las palabras; me parecían talismanes capaces de crear realidades insólitas.

 

“El llamado y el aprendizaje” (13:17)

 

 

 

Mi verdadera vocación fue, desde mi niñez, la poesía. Un día sentí el llamado. Todo lo que hice e intenté después, mis aprendizajes, no fue ni ha sido sino mi respuesta a ese llamado.

 

“El llamado y el aprendizaje” (13:20)

 

 

 

La sensación con la que me levantaba de niño, al amanecer, cuando salía el sol en el pueblo de Mixcoac, ese aire frío de las mañanas de nuestro Altiplano, me sigue pareciendo tonificante. Es un reto, una invitación a vivir.

 

“El poeta en su tierra” (15:396)

 

 

 

Tengo miedo de ser un fantasma. ¿Fui alguna vez así? Sí, de niño, trepado en una higuera o a caballo sobre la barda de una huerta de pueblo mexicano.

 

(Carta a Bona de Pisis, 1 de septiembre de 1963)

 

 

 

Cuando yo era chico, admiraba mucho a dos personajes, a Simbad el Marino y a Ulises. Los dos fueron grandes navegantes y yo navegaba en la verde carabela de la higuera.

 

“Soy otro soy muchos” (15:359)

 

 

 

Cuando era niño, un día en que mi abuelo no estaba en su estudio, me senté al frente de su escritorio, escogí una pluma bien tallada —él no usaba pluma fuente— y en el hermoso papel que empleaba para su correspondencia escribí una carta de amor. La cerré cuidadosamente y la sellé con lacre rojo y un anillo que le servía para esos menesteres. Fui al jardín, corté algunas flores, hice un pequeño ramo y salí de la casa. Anochecía —esa hora que llaman “entre azul y buenas noches”. No había un alma en las calles de Mixcoac, un pueblo en las afueras de la ciudad en donde vivíamos. La carta no tenía nombre de destinataria; estaba dirigida literal y realmente a la desconocida. Caminé un trecho: ¿a quién entregarla o en dónde depositarla? Al dar la vuelta en una esquina, en la semiobscuridad, vislumbré una casa de nobles proporciones, con una fila de balcones de hierro y, tras los barrotes, unas ventanas de madera con visillos blancos. La casa me pareció que guardaba un misterio; tal vez vivía en ella la desconocida. Movido por un impulso que no puedo explicar, después de un instante de vacilación, arrojé la carta y el ramo de flores entre los barrotes de uno de los balcones y me alejé rápidamente. Mi poesía ha sido fiel a este acto infantil y a la esperanza que portaba: encontrarla. ¿A quién? A mi fantasma perdido en el tiempo. Un fantasma, estaba seguro, que encarnaría en una mujer de carne y hueso.

 

“El llamado y el aprendizaje” (13:20)

 

 

 

 

Final de infancia

 

 

Una noche, serían ya cerca de las ocho, mi tía y mi madre comenzaron a alarmarse. Ya era hora de que mi abuelo estuviese de regreso. Era uno de sus «días de visita» y había salido solo. Mi primo Guillermo y yo, tendidos sobre la alfombra, hojeábamos un grueso volumen de estampas… De pronto, oímos el ruido habitual: el chirriar de la reja, el sonido opaco de los pasos y del bastón, ahora titubeante, subiendo los seis peldaños de la pequeña escalera, después los mismos pasos en la terraza, igualmente pequeña, con las macetas de las camelias blancas y encarnadas de Amalia, su gran lujo. La puerta se abrió y apareció mi abuelo. Nos miró a todos con una mirada indefinible y, jadeante, dijo: «Me siento mal, algo me pasa». Las mujeres lo llevaron a su cuarto, lo sentaron en la cama, le ayudaron a deshacer el nudo de la corbata y a quitarse el saco y la camisa. Masculló: «Tal vez me haría bien una friega de alcohol». Mi madre dijo en voz baja: «Hay que llamar pronto a un médico». Y salió corriendo hacia el teléfono. Antes de que lo hubiese descolgado, el anciano masculló algo ininteligible, movió la cabeza como para decirle adiós al mundo y murió.

 

“Silueta de Ireneo Paz” (14:149)

 

 

Era obligatorio asistir a la misa, y las misas se celebraban en una capilla muy bonita; el colegio era un edificio de fines del siglo XVIII o principios del XIX que antes había sido una hacienda. Las misas eran largas, los sermones aburridos y mi fe comenzó a congelarse. Me aburría y esto era ya una blasfemia porque me daba cuenta de que me aburría. Además, pensaba en las muchachas. La Iglesia se convirtió en una proveedora de sueños eróticos cada vez más indecentes. Y esos sueños me hacían dudar más y más y las dudas alimentaban mi cólera contra la Divinidad. Un buen día, al salir de la iglesia, comprobé una vez más que la Comunión no me había producido ningún efecto. Estaba tan caído de la mano de Dios después de la Comunión como antes. Escupí en el suelo como si quisiera devolver la hostia, bailé sobre mi escupitajo, dije dos o tres maldiciones y reté a Dios. Desde ese día, aunque sin decírselo a nadie, profesé un antideísmo beligerante.

 

“Octavio Paz” (con Rita Guibert) (15: 424)

 

 

 

(La memoria no es lo que recordamos, sino lo que nos recuerda. La memoria es un presente que nunca acaba de pasar. Acecha, nos coge de improviso entre sus manos de humo que no sueltan, se desliza en nuestra sangre: el que fuimos se instala en nosotros y nos echa afuera. Hace mil años, una tarde, al salir de la escuela, escupí sobre mi alma; y ahora mi alma es el lugar infame, la plazuela, los fresnos, el muro ocre, la tarde interminable en que escupo sobre mi alma. Nos vive un presente inextinguible e irreparable. Ese niño apedreado, ese sexo femenino como una grieta que fascina, ese adolescente que acaudilla un ejército de pájaros al asalto del sol, esa grúa esbelta de fina cabeza de dinosaurio inclinándose para devorar un transeúnte, a ciertas horas me expulsan de mí, viven en mí, me viven. No esta noche.)

 

“Execración” (fragmento) (11:182)

 

 

 

Conozco, reconozco la escalera, los gastados escalones, el mareo y el vértigo. Aquí lloré, aquí canté. Éstas son las piedras con que te hice, torre de palabras ardientes y confusas, montón de letras desmoronadas.

 

No. Quédate, si quieres, a rumiar al que fuiste. Yo parto al encuentro del que soy, del que ya empieza a ser; mi descendiente y antepasado, mi padre y mi hijo, mi semejante desemejante. El hombre empieza donde muere. Voy a mi nacimiento.

 

“Viejo poema” (fragmento) (11:187)